Mes: julio 2021

¿Qué fue del panarabismo?

El llamado ‘mundo árabe’ solo subsiste en las calles y en algunas élites intelectuales. En la política, prima la pugna geopolítica sobre un sentimiento panarabista o panislámico.JOSEP PIQUÉ |  23 de julio de 2021

Oriente Próximo (Oriente Medio es un anglicismo) ha sido, durante siglos, espacio de conquista y de conflicto. A partir de Mahoma y el Corán en el siglo VII, desde la actual Arabia Saudí, el mundo árabe y el Islam se expandieron por toda la región y también por el norte de África y la península Ibérica (único lugar en el que el Islam retrocedió por la Reconquista).

Esta expansión continuó por pueblos no árabes, en buena parte de África, la actual Turquía, el sureste europeo y, hacia el este, por Asia Central, Irán, Pakistán, India y buena parte del Sureste Asiático. El momento de máximo esplendor histórico para los árabes llegó con el Califato de Bagdad, que acabó en el siglo XIII con las conquistas mongolas y, ya a principios del siglo XVI, con la incorporación de la región al Imperio Otomano, después de la derrota bizantina y la caída de Constantinopla.

Desde entonces, lo que hoy llamamos el mundo árabe ha estado sometido a una potencia no árabe (los mongoles y luego los otomanos), con presencia creciente de las potencias europeas (especialmente, Francia y Reino Unido). Con la desaparición del Imperio Otomano, después de la Primera Guerra Mundial y el establecimiento de la República Turca en 1923, la región pasó a depender fundamentalmente del colonialismo francés y británico (los acuerdos Sykes-Picot son su paradigma) y, en mucha menor medida, de Italia o España. Además de su interés geopolítico, como escenario de disputa entre las potencias europeas, se suma la importancia vital desde el punto de vista geoeconómico, al disponer de enormes reservas de hidrocarburos fósiles, fundamentales para el crecimiento de los países occidentales.

Los procesos de descolonización posteriores a la Segunda Guerra Mundial dan lugar al establecimiento de diferentes Estados independientes que son los que hoy conocemos. Sin embargo, Occidente (incluido en el pasado más reciente, Estados Unidos) ha mantenido su influencia en la región, propiciando regímenes aliados (incluidos Irán y Turquía) y apoyando sistemas políticos autoritarios (y corruptos) pero que garantizaban la estabilidad de los suministros energéticos necesarios para sus economías. Fueron unas independencias “tuteladas”, aunque cada vez más mediatizadas en el contexto de la guerra fría, que abrió pronto dinámicas diferentes que, en buena medida, subsisten hoy.

«Tras las independencias, Occidente mantuvo su influencia en la región, propiciando regímenes aliados y apoyando sistemas políticos autoritarios (y corruptos) pero que garantizaban la estabilidad de los suministros energéticos»

La más importante tiene su punto de ignición en Egipto, después del derrocamiento del rey Faruk por los “oficiales libres”, liderados por el nacionalista panárabe Gamal Abdel Nasser, quien proclamó la república, en 1953. En 1956, Nasser decreta la nacionalización del Canal de Suez, bajo control de Francia y Reino Unido hasta entonces. La respuesta fue la intervención militar franco-británica (con la ayuda de Israel), hasta que son obligados a retirarse por el presidente de Estados Unidos, Dwight Eisenhower, quien no quería enajenarse una región que podía caer rápidamente bajo la órbita soviética.

Tal desenlace, percibido como un gran triunfo, enardece el nacionalismo panárabe, de naturaleza laica y prosocialista, y que tiene a Nasser como su gran héroe y adalid. No en vano, Egipto es el país árabe más populoso y con gran capacidad de influencia sobre el conjunto. Tal efecto difusor se concreta en la aparición de regímenes de naturaleza inicial similar (a través del partido Baaz) en Siria, Irak, Libia o Sudán, además de los surgidos de la descolonización francesa, como Argelia y Túnez, y de inspirar el movimiento palestino, a través de Al Fatah.

Todos ellos, de forma más o menos expresa, se encuadran en el llamado Movimiento de Países No Alineados (próximos en diferente grado a la Unión Soviética) frente a EEUU, gran valedor y protector de Israel. Algunos de estos países propician movimientos de unidad árabe entre diferentes Estados, aunque ninguno de ellos cuaja ante los nacionalismos locales. En cualquier caso, es el auge del panarabismo, en el que el componente religioso es importante pero lo es más el nacionalismo y la recuperación de la autoestima después de siglos de sometimiento a potencias foráneas.

El canto de cisne de este movimiento se produjo en 1967, durante la guerra de los Seis Días, en la que Israel obtiene una gran victoria sobre Egipto, Jordania y Siria, provocando el fin de la estrella de Nasser, quien dimite aunque la presión militar y popular le lleva a dar marcha atrás a esa dimisión. Nasser fallece poco después, en 1970, y es sustituido por su mano derecha, Anwar el Sadat. A partir de entonces, se inicia el declive imparable del panarabismo y el ascenso del panislamismo como elemento aglutinador de la región (y más allá, especialmente después de la proclamación de la República Islámica de Irán, en 1979, derrocando al Sha Reza Pahlevi, gran aliado de EEUU).

La ruptura definitiva del sueño panárabe viene de la mano de Sadat, después de la guerra del Yom Kippur, en 1973, que termina prácticamente en tablas y que lleva a Sadat a alejarse de la Unión Soviética y acercarse a EEUU. La conclusión fue la Paz de Camp David entre Israel y Egipto, la ruptura del bloque árabe y el abandono del liderazgo mantenido hasta entonces por Egipto. A ese nuevo alineamiento se sumaría Jordania en 1994. Por cierto, a Sadat tal audaz movimiento le costó que la Liga Árabe expulsara a Egipto y se desplazara de El Cairo a Túnez; y también su propia vida en manos de un militante islamista en 1981.

«La ruptura definitiva del sueño panárabe viene de la mano de Sadat, después de la guerra del Yom Kippur, que termina prácticamente en tablas y que lleva a Sadat a alejarse de la Unión Soviética y acercarse a EEUU»

Desde entonces, el panarabismo no ha levantado cabeza, a pesar de que el resto del mundo árabe no haya reconocido a Israel mientras no se solucionara el problema palestino sobre la base de los dos Estados.

La región ha vivido en las últimas tres décadas varios acontecimientos dramáticos y disruptivos, desde la primera guerra del Golfo (1991), para retrotraer la invasión de Kuwait por el Irak de Sadam Hussein, a las llamadas Primaveras Árabes de 2010-11, que afectaron fundamentalmente a los regímenes republicanos, autoritarios y corruptos y que, tras diversas vicisitudes, con la frágil excepción de Túnez, han devenido en golpes militares (como en Egipto) o en trágicas guerras civiles, como en Libia o Siria. Sin olvidar el tremendo trauma que ha supuesto la intervención militar britano-estadounidense en Irak y Afganistán.

Todo ello ha desembocado en un nuevo escenario que se caracteriza por el repliegue de EEUU de la zona, el papel irrelevante de la Unión Europea y la entrada en liza –de nuevo– de potencias no árabes, con pretensiones de influencia cuando no hegemónicas, como Rusia, Turquía o Irán.

El marco es la pugna geopolítica entre Irán, Turquía y Arabia Saudí, para ejercer su supremacía sobre el mundo musulmán. Desde una potencia chií, una potencia suní no árabe y un régimen árabe suní (Guardián de los Santos Lugares), cada uno de ellos con su juego de alianzas, muchas veces de geometría variable y no siempre homogéneas. En eso estamos ahora, ya sea en Yemen, en Siria o en Libia.

A este escenario se han sumado los Acuerdos de Abraham, que han permitido a buena parte del mundo árabe desvincularse del conflicto palestino para normalizar su relación con Israel. Un nuevo paradigma que hay que analizar a fondo, aunque las motivaciones hayan sido muy distintas según los casos.

El llamado “mundo árabe” solo subsiste en las calles y en algunas élites intelectuales. En la política, prima la pugna geopolítica sobre un sentimiento panarabista o panislámico. Este segundo sentimiento corre el evidente riesgo de derivar hacia el panislamismo radical y convertirse en el campo de batalla entre las diferentes potencias en presencia. El primero fue pero ya no es. La alianza subordinada entre Egipto y Arabia Saudí (regímenes muy distintos que comparten enemigo común) es buena muestra de ello. En el futuro, es probable que el panarabismo pueda resucitar desde Egipto. Hoy por hoy, sin embargo, no podemos vislumbrarlo más que en un horizonte incierto y lejano.

El acto final de Merkel

Durante sus últimas semanas en el cargo, la canciller alemana parece estar intentando una última hazaña: reajustar Occidente.HENNING HOFF |  14 de julio de 2021

Angela Merkel dejará pronto su cargo, pero no lo parecería echando un vistazo a su agenda. A finales de junio, por ejemplo, Merkel recibió al presidente francés, Emmanuel Macron, en la cancillería; hizo lo mismo con el primer ministro italiano, Mario Draghi; pronunció un discurso ante la Federación de la Industria Alemana, seguido de una reunión con la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen; presidió la reunión semanal del Consejo de Ministros; se enfrentó al Parlamento en una versión alemana de las “Preguntas al Primer Ministro” británicas; se reunió con el secretario de Estado de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, y luego tomó el avión a Bruselas para asistir a dos días de una bulliciosa cumbre de la Unión Europea, en la que su idea de última hora de tentar al presidente ruso, Vladímir Putin, con un regreso al diálogo de cumbres entre la UE y Rusia fue rechazada.

Mientras otros miembros de su gobierno se toman un respiro –hay una campaña electoral por delante para muchos de ellos, que comenzará en serio a principios de agosto–, Merkel, exponente de la ética del trabajo protestante (si es que hay una), demuestra su habitual sentido del deber. Y aunque a primera vista parezca que la canciller de los últimos 16 años se limita a hacer lo que siempre ha hecho –resolver cualquier problema inmediato de forma pragmática y sensata–, parece apuntar a lo más alto en su salida: nada menos que dejar un Occidente más o menos reorganizado, con una UE que al menos tenga la oportunidad de convertirse en una fuerza más consecuente en los asuntos mundiales.

Ninguneo

Muchos en Berlín y en otros lugares, incluido este columnista, han criticado a Merkel por su tibia bienvenida a la administración de Joe Biden. ¿Cómo es posible que una transatlántica tan comprometida como Merkel no se alegre más y abrace más abiertamente a un EEUU “de vuelta”? Parte de la respuesta parece ser: porque para volver primero tuvieron que irse. Es probable que también influya el hecho de que la administración de Biden no consultara con sus aliados antes de anunciar la retirada de Afganistán, así como su política de vacunas.

Merkel es conocida por leer los cambios un poco tarde en ocasiones. Cuando cayó el muro de Berlín, al principio era una observadora, una física que había elegido la carrera de ciencias porque los dirigentes comunistas podían insistir en su propia realidad socialista de color de rosa en la mayoría de los ámbitos, pero “no podían suspender las leyes de la gravedad”. Llegó al poder en 2005 después de casi perder las elecciones porque su plataforma original estaba llena de pilares neoliberales, como los impuestos fijos o proporcionales, cuando los votantes ya habían pasado página.

Su cambio de rumbo en materia de energía nuclear fue un caso parecido. Intentó evitar el fin de la producción de energía atómica en Alemania que su predecesor, Gerhard Schröder, junto con sus socios de coalición, Los Verdes, había diseñado, pero cuando en 2011 se produjo el desastre nuclear de Fukushima en el lejano Japón, Merkel aprovechó la oportunidad para ponerse de nuevo en sintonía con la sociedad alemana (por desgracia, a expensas de la unidad europea), lanzando la “Energiewende” para orientar Alemania hacia la producción de energía limpia. Diez años después y tras mucha lentitud, la Energiewende necesita otro impulso si se quieren alcanzar los objetivos climáticos.

El giro multipolar

En una línea similar, gran parte de las conversaciones sobre el emergente mundo “multipolar” no impresionaron a Merkel durante mucho tiempo. Mientras Washington seguía siendo el principal proveedor de seguridad de Europa, ella y sus gobiernos se sintieron libres para abrir camino a las relaciones económicas especiales con Rusia –deterioradas después de la anexión de Crimea en 2014, a pesar de lo cual el controvertido y desacertado proyecto del gasoducto Nord Stream 2 se mantuvo– y, en particular, con China, de nuevo a expensas de la unidad europea. Pensar en los polos, en las dinámicas geoestratégicas y geoeconómicas, y en el peligro de crear dependencias peligrosas, se dejó para más adelante.

Sin embargo, tras cuatro años de presidencia de Donald Trump y los acuciantes temores de la élite alemana sobre si EEUU logrará resolver lo que algunos describen como “inmensos problemas” internos, Merkel parece haber tomado finalmente la decisión de que es necesario un cambio. Como mínimo, Europa y Alemania necesitan tener un “plan B” en caso de que los estadounidenses vuelvan a elegir a Trump o a una figura trumpista dentro de tres años, lo que podría acabar definitivamente con siete décadas de política exterior estadounidense. Esto significa un Occidente que en el futuro se basará más en los intereses compartidos, más que en los valores, y una Europa que cooperará estrechamente o incluso se alineará con Washington siempre que tenga sentido hacerlo, al tiempo que amplía el margen de lo que la UE puede hacer por su cuenta si es necesario.

Merkel parece apuntar ahora con firmeza a la creación de la autonomía estratégica europea: otra victoria silenciosa para Macron, quien, al final del largo mandato de la canciller, puede sentirse satisfecho de que la gran estadista de Europa, después de bloquearle durante años, se mueva ahora con firmeza en su dirección, y a toda velocidad.

No hay victorias rápidas

Debido a la irritabilidad de la China de Xi Jinping y confiando simplemente en su capacidad de persuasión con Rusia, Merkel ha fracasado hasta ahora. El Acuerdo Integral de Inversión (CAI, por sus siglas en inglés) entre la UE y China, que la canciller alemana impulsó a finales del año pasado en contra de los deseos de la administración entrante de Biden, está congelado después de que Pekín sancionara a los miembros del Parlamento Europeo, el mismo órgano necesario para ratificar el acuerdo. Y su movimiento de última hora sobre Rusia fue bloqueado por bálticos y holandeses en particular, que no solo se sintieron pasados por alto (y con mucha razón), sino que también vieron la oferta de conversaciones al más alto nivel como una recompensa a Putin por su reciente mal comportamiento, insistiendo en acordar solo una lista reforzada de contramedidas que la UE tomará contra Rusia.

Sin embargo, Merkel no se arrepiente. La cumbre de la UE supuso “un primer paso importante”, insistió el 28 de junio, ya que Bruselas estudiará ahora posibles formatos para un diálogo UE-Rusia. “No serán conversaciones de amistad: no son una señal de que nuestra relación sea buena”. Más bien, insinuó la canciller, se trata de preparar a la UE para discutir, y posiblemente dar forma, a las relaciones con los otros “polos” de los asuntos mundiales, incluida Rusia.

A mediados de julio, Merkel tiene previsto colocar otra de las piezas del rompecabezas de un Occidente reajustado. Con su visita a Biden en la Casa Blanca, la canciller tratará de resolver el Nord Stream 2, probablemente aceptando alguna forma de automatismo para dar marcha atrás, vinculando el funcionamiento del gasoducto con el buen comportamiento ruso. (Las dudas sobre la viabilidad técnica persisten.) Hasta ahora, Merkel ha mostrado una notable intransigencia en este asunto, rechazando la amenaza de sanciones estadounidenses como una violación inaceptable de la soberanía de Alemania para fijar su propia política energética.

De cumbre a cumbre

Si se elimina esa molestia, la canciller podrá explorar con Biden cuáles de las numerosas iniciativas transatlánticas establecidas en la reciente cumbre entre la UE y EEUU son las más prometedoras para desarrollarlas con rapidez y fijarlas antes de las próximas elecciones presidenciales en EEUU. Después de eso, Merkel y Macron podrían ir a Pekín (sería la decimotercera visita de la canciller alemana) para reunirse con Xi antes de que Biden, que primero dudó pero que ahora, al parecer, busca una reunión de alto nivel con su homólogo chino, tenga su primera cumbre entre EEUU y China.

Es una tarea difícil, y sin duda implica cierta arrogancia. Pero sería propio de Merkel dejar los pasos más ambiciosos para el final. “El momento en el que uno sale a campo abierto es también un momento de riesgo”, dijo a la promoción de Harvard de 2019, con un toque de sabiduría de galleta de la fortuna, en su discurso de graduación de hace dos años. “Dejar ir lo viejo es parte de un nuevo comienzo”.

Para Merkel, está empezando nada menos que un nuevo orden mundial, y quiere que la UE le dé forma. En lugar de evitar vincular a su sucesor, como algunos han especulado en relación con su tibia respuesta transatlántica, el objetivo de Merkel en sus últimas semanas parece ser casi el contrario: crear la plantilla para un Occidente futuro y para una política exterior europea que resista incluso cambios de gran alcance, especialmente en EEUU.

Versión en inglés en la web del Internationale Politk Quarterly (IPQ).

CUANDO SE DEJA DE SER MILITAR

Aunque parezca mentira, sabemos que muchos españoles no saben que los militares – ahora todos profesionales – tienen recortados los derechos que a todos los nacionales reconoce la Constitución. Entre ellos, los de asociación de opinión política, manifestación y huelga.

Todo aspirante a ser militar conoce estas limitaciones, importantísimas, que los hacen compatibles con la disciplina militar y, por tanto, con la neutralidad política. Aunque ello ni implique, naturalmente, que con su derecho al voto el militar, de acuerdo con su libertad de pensamiento y su conciencia, decida cuál es su opción política preferida y vote por ella.

Estas ideas sobre los “derechos” de los militares nos llevan directamente al tema que nos ocupa. Todo militar, sea cual sea el camino que haya elegido para serlo, no lo consigue sino cuando realiza el sagrado juramento ante la Bandera que representa a su Patria. Y en ese acto se compromete, nada menos, que a dar su vida (derramar hasta la última gota de su sangre) en defensa de esa Patria que le acoge como soldado – ¡honrosísimo título! – de la nación a la que pertenece.

Por tanto, el hecho de ser soldado español comienza cuando se realiza ese juramento y, a partir de ese momento, asume el recorte de “derechos” a los que me referí antes. Ser soldado es una profesión vocacional. Pero, ¿sólo vocacional?

No cabe duda que existen otras profesiones que exigen un sentido del deber y unos sacrificios que no son exigibles para la mayor parte de quienes se dedican a la práctica de la mayoría de las profesiones existentes. Por ejemplo, es profesión vocacional el sacerdocio, la vida religiosa contemplativa, la práctica policial, la tauromaquia, la medicina en muchos casos… Pero, ninguna de estas profesiones vocacionales requiere el juramento que se exige al militar ni soportan, en la práctica, las restricciones de los derechos constitucionales que el militar está obligado a respetar y cumplir. Hay un tercer factor más que distingue al militar del resto de sus compatriotas: el estar dispuesto a acudir, sin reservas ni pretexto, a la llamada para el servicio los siete días de la semana en los 365 días del año.

Por ello, cuando al militar se le designa con el nombre de funcionario del Estado se confunden demasiados conceptos fundamentales. Por la sencilla razón de que el militar no es un funcionario, sea cual sea la categoría que éste ostente. Resulta bastante inconveniente – yo diría que incoherente, inaceptable y falso – confundir al militar con el funcionario. Como es fácilmente deducible, ni por sus obligaciones ni por sus derechos son comparables. La militar es una profesión única. En absoluto comparable a la del funcionario.

De ahí que la pregunta vuelva a repetirse: ¿la profesión militar sólo es vocacional? Sin ánimo de ser exclusivista pero sí realista, digo como Calderón de la Barca que la militar es “una religión de hombres honrados”. Esto es, una vocación que va más allá del cumplimiento del deber, del sacrificio, del riesgo, de la abnegación… Porque llega, si es preciso, hasta dar la vida voluntariamente en virtud del juramento público que se ha hecho ante la representación de la Patria, nuestra Bandera.

Y ahora surge otra pregunta muy interesante, cuya respuesta es bastante desconocida en estos tiempos caracterizados por la abundancia de información procedente no sólo de los medios de comunicación clásicos, sino a la conexión de la masa popular a las redes sociales: ¿Cuándo el militar deja de serlo? ¿Cuándo termina la vida militar del militar?

Cuando una fuerte, decisiva y exclusiva vocación te ha llevado a integrarte en una Institución que está dispuesta, en su conjunto, a defender a la Patria ofrendando la vida de sus componentes, y que todos y cada uno de ellos se han comprometido a hacerlo mediante un juramento sagrado o, como mínimo, mediante una rotundidad legal inapelable, es prácticamente imposible renunciar de por vida a ello ni olvidarse del solemne compromiso adquirido hasta que llega la muerte.

Moral y éticamente, el militar como tal va a dejar de serlo cuando le llegue el final de su vida. Pero no sólo por el hecho del juramento que en su día realizó ante su Bandera, del que nada ni nadie puede intentar que se desdiga de la solemne decisión adoptada libremente con pleno conocimiento de causa. En realidad, quien así lo hiciera lo que estaría consiguiendo es adquirir la calificación de perjuro.

Hay muchísimas personas – incluso quienes se consideran excelentes comunicadores – que confunden a los militares en activo o en reserva con los militares retirados. Piensan que estos últimos, en esa situación administrativa, ya no son militares, ni piensan o actúan como tales. Por eso, cuando estos militares hablan, escriben, opinan o divulgan, se los suele tratar con un desdén que no se corresponde con la realidad de lo que realmente son. La idea esencial recogida en el párrafo anterior es fundamental para saber distinguir en qué se diferencian unos militares de otros.

El militar retirado lo que ha logrado es recuperar todos los derechos constitucionales, recortados como ya vimos cuando se está en activo o en reserva. Todos los derechos sin excepción. Y es la Ley la que pone en sus justos términos cuál es su relación contractual con la Institución a la que perteneció, sin que por ello se le exija que renuncie, de ningún modo, al juramento al que estuvieron y siguen estando sujetos.

La Ley 39/2007 de 19 de noviembre de la Carrera Militar, dice en su Artículo 115 sobre los Militares Retirados: “Dejarán de estar sujetos al régimen general de derechos y deberes de los miembros de las Fuerzas Armadas y a las leyes penales y disciplinarias militares”. Es decir, recuperan todos los derechos que la Constitución otorga a todos los españoles, aunque estén sujetos a lo dispuesto en las leyes ordinarias penal, civil, contencioso administrativa, etc.).

Añade el Artículo 115 que estos militares “tendrán la consideración de militar retirado…”, es decir, no deja de ser militar.

Además, en la Disposición Final 3.7 de la Ley 8/2014 de 4 de diciembre sobre Régimen Disciplinario de las FAS, se dice que al final del Artículo 115 de la Ley 39/2007 citado anteriormente, se añada el siguiente párrafo: “(Los militares retirados) podrán seguir identificándose con el empleo militar que hubieran alcanzado, siempre acompañado de la palabra <retirado>”. Con lo que se acentúa así el hecho de que el militar, como dije anteriormente, no dejará de serlo hasta su muerte, con las condiciones citadas en las Leyes.

Es por todo lo anterior por lo que los militares retirados tienen el mismo derecho a opinar públicamente y en cualquier ocasión que quienes lo hacen a través de cualquier medio, y el mismo que el que ocupa un escaño de cualquier Parlamento. Firmando sus palabras o escritos con el empleo militar que le corresponda con el añadido de “retirado”.

Esto es lo que en numerosas ocasiones no han entendido quienes creen disponer del monopolio de la palabra o de las ideas a través de los grandes y pequeños medios de comunicación y en los diversos sistemas de las redes sociales. No sólo parece incomodarles que militares retirados, de acuerdo con los derechos que les asisten, puedan llevarles la contraria en las opiniones que libremente manifiestan, sean de la índole que sean. Es muy posible que, además, piensen que esos militares lo que hacen es transgredir el mutismo al que se vieron obligados a practicar los militares en otras situaciones administrativas, y les sorprenda que al estar “retirados” se atrevan a exponer con claridad sus propios puntos de vista con una particularidad característica del militar: la de decir verdad, aun en contra de lo que pueda considerarse políticamente correcto.

Estoy convencido de que quienes por edad y otras circunstancias han pasado a la situación de “retirado”, tienen la enorme fortuna – y también responsabilidad – de haberse convertido, con la educación que han mamado durante muchos años de servicio, en “la voz de los sin voz”, en la de aquellos militares sujetos a callar públicamente por obligación, aunque no a otorgar.

Con los argumentos citados a lo largo de este escrito, la conclusión está clara: el militar no deja de serlo hasta su muerte, sea accidental, en acto de servicio o natural. No sólo por la vocación única que le movió para llegar a serlo, o por la situación administrativa en que se encuentre, o por la avanzada edad a la que pueda llegar.

El militar adquirió un compromiso público, un juramento, que le obliga hasta su último aliento. Y salvo rarísimas excepciones – que las hay – no perderá su condición de soldado al servicio de su Patria, permaneciendo fiel al amor que les une. Hasta el final.

Enrique Domínguez Martínez Campos. Coronel de Infantería/DEM, r.

 Asociación Española de Militares Escritores

Gestionando el caos (I)

Nuevo libro del Dr. Rafael Vidal Delgado.

La Cruz del trabajo, dibujo de Juan Cutanda, publicado en la Ilustración Española y Americana de 1897

ÍNDICE

CAPÍTULOPÁGINA
PRÓLOGO13
INTRODUCCIÓN21
CAPÍTULO 1º. ANTECEDENTES DE SITUACIONES DE CRISIS29
Un nueva actitud29
Concomitancias con el quehacer militar33
Antecedentes históricos36
El Sistema de Conducción de Crisis Español41
Conclusión50
CAPÍTULO 2º. SEGURIDAD Y SISTEMAS DE CRISIS51
2.1. Definición de Crisis51
2.2. Riesgos interrelacionados56
2.3. Conclusión71
CAPÍTULO 3º CONCEPTOS DE CRISIS73
3.1. Clasificación de las crisis73
3.1.1. Generalidades73
3.1.2. Por su globalidad74
3.1.3. Por sus efectos74
3.1.4. Por el sector que afecta75
3.1.5. Por su forma de manifestarse76
3.2. Conceptos que son necesarios conocer en un sistema de crisis  77
3.3. ¿Hay soluciones para una situación de crisis?85
3.4. Ejemplo de un diagrama de una situación de crisis87
CAPÍTULOPÁGINA
CAPÍTULO 4º. DIRECCIÓN DE UN SISTEMA DE CRISIS89
4.1. Funciones de un Sistema de Crisis89
4.2. Planificación89
4.2.1. Generalidades89
4.2.2. Objetivos básicos91
4.2.3. Investigación básica de la organización95
4.3. Información111
4.3.1. Facetas de la información111
4.3.2. Indicadores de crisis113
4.4. Activación118
4.5. Proposición120
4.6. Ejecución y seguimiento121
4.7. Desactivación121
4.8. Conclusión122
CAPÍTULO 5º. INVENTARIO DE RIESGOS123
5.1. Generalidades123
5.2. Tipología de los riesgos123
5.3. En función del sujeto activo123
5.3.1. Riesgos de la Naturaleza124
5.3.2. Riesgos biológicos124
5.3.3. Riesgos tecnológicos125
5.3.3.1. Riesgos químicos125
5.3.3.2. Riesgos físicos125
5.3.3.3. Riesgos nucleares126
5.3.4. Riesgos derivados de la actividades sociales126
5.3.4.1. Riesgos del trabajo126
5.3.4.2. Riesgos en el tráfico y en transporte127
5.3.4.3. Riesgos en el ocio127
5.3.4.4. Riesgos en el hogar127
5.3.5. Riesgos derivados de actividades antisociales127
CAPÍTULOPÁGINA
5.4. En función de la actividad empresarial128
5.5. En función de posibles daños129
5.5.1. Materiales129
5.5.2. Corporales130
5.5.3. Consecuenciales130
5.5.4. Responsabilidad131
5.6. En función de la clase de crisis132
5.6.1. Riesgos de una crisis financiera132
5.6.2. Riesgos de una crisis política133
5.6.3. Riesgos de una crisis laboral133
5.6.4. Riesgos de una crisis institucional134
5.6.5. Riesgos de una crisis tecnológica134
5.6.6. Riesgos de una crisis de emergencia135
5.6.7. Riesgos de una crisis de imagen135
5.7. Riesgos considerados en Protección Civil136
CAPÍTULO 6º. COMUNICACIÓN EN UN SISTEMA DE CRISIS  139
6.1. Introducción139
6.2. Percepción por parte de las organizaciones141
6.3. Principios de comunicación de crisis143
6.4. Los distintos públicos ante la crisis146
6.5. Tipos de portavoces para las situaciones de crisis148
6.6. A modo de conclusión150
CAPÍTULO 7º. ORGANIZACIÓN DE UN SISTEMA DE CRISIS151
7.1. Organización para un sistema de crisis151
7.2. Comité de Planificación152
7.2.1. Introducción152
7.2.2. Director del Comité de Planificación156
7.2.2.1. Perfil del Director de Planificación156
7.2.2.2. Misiones156
7.2.3. Sistema de trabajo del Comité de Planificación157
CAPÍTULOPÁGINA
7.3. Dirección de Crisis158
7.4. Gabinete de Crisis158
7.4.1. Director del Gabinete de Crisis158
7.4.2. Coordinador de Crisis160
7.4.3. Composición del Gabinete de Crisis161
7.5. Centro de Situación de Crisis163
7.6. Elementos de intervención y rehabilitación163
7.6.1. Delimitaciones conceptuales163
7.6.2. Catálogo de recursos movilizables para una crisis de emergencia  164
7.7. Procedimiento operativo166
7.7.1. Definición166
7.7.2 Ámbito de actuación del procedimiento167
7.7.3 Partes que deben comprender las NOP,s167
7.8. Comunicaciones169
7.9. Auditorías170
7.10. Planes de Crisis170
7.11. Conclusión171
CAPÍTULO 8. CENTROS DE MANDO Y CONTROL PARA SITUACIONES DE CRISIS  173
8.1. Qué es un Centro de Mando y Control173
8.1.1. Denominaciones173
8.1.2. Definición173
8.1.3. Aproximación al C2174
8.1.4. Condiciones físicas que debe reunir un C2177
8.2. Diseño funcional de un C2178
8.2.1. Funciones básicas178
CAPÍTULOPÁGINA
8.2.1.1. Función de Mando y Control179
8.2.1.2. Función de Información181
8.2.1.3. Función de Comunicaciones181
8.2.1.4. Función de Instrucción182
8.2.1.5. Función Logística183
8.2.1.6. Función de Información Pública185
8.3. Estados de Prevención de un Centro de Mando y Control186
8.3.1. Tipología de las crisis en función de su intensidad186
8.3.2. Estados de Prevención en el C2187
8.4. Personal en el C2187
8.5. Hablando de comunicaciones188
8.6. Partes que comprende un Centro de Mando y Control189
8.6.1. Sala de Operaciones189
8.6.2. Sala de Decisión194
8.6.3. Centro de Comunicaciones195
8.6.4. Sala de Apoyo195
8.6.5. Sala de Energía195
8.6.6. Sala de grupos electrógenos196
8.6.7. Entrada196
8.6.8. Otras configuraciones196
8.7. Ubicación de un Centro de Mando y Control199
8.8. Los Centros de Mando y Control y las situaciones de crisis199
CAPÍTULO 9º. EJEMPLO DE SITUACIONES DE CRISIS. CRISIS EN LA COMMERCIAL UNION  201
9.1. Causas de la crisis en la Commercial Union201
9.2. Filosofía de gestión de crisis por Commercial Union202
9.3. La gestión de la crisis durante las primeras horas204
9.4. Plan de situaciones de crisis de la Commercial Union208
9.5. Conclusiones210
CAPÍTULOPÁGINA
CAPÍTULO 10º. MÉTODO DE PLANEAMIENTO213
10.1. Introducción213
10.2. Planeamiento y Conducción215
10.3. Proceso continuo de planeamiento215
10.4. El inicio del planeamiento ¿Cuál es la misión?217
10.5. Síntesis del Método de Planeamiento.219
Capítulo 11º. SISTEMA DE CRISIS SANITARIA223
11.1. Preámbulo223
11.2. Orden del Ministerio de Sanidad223
11.3. Organización Mundial de la Salud (OMS)227
11.4. Las alertas sanitarias de la Unión Europea232
11.5. Situación del sistema de crisis sanitaria en 2012236
11.6. Sistema de crisis sanitaria en una comunidad autónoma248
11.7. Sistema de crisis sanitaria en un ayuntamiento251
11.8. Plan de Catástrofes Externas en un hospital254
11.8.1. Consideración previa254
11.8.2. Concepto de Catástrofe255
11.8.3. Concepto de Medicina de Catástrofe255
11.8.4. Definición de Plan de Catástrofes Externas256
11.8.5. Activación del Plan de Catástrofes Externas259
11.8.6. Planificación para preparar al hospital ante una catástrofe  259
11.8.7. Activación del dispositivo sanitarios262
11.8.8. Análisis de riesgos potenciales263
11.8.9. Recuento de medios y recursos263
11.8.10. Organización del sistema de catástrofes del hospital265
11.8.11 Función de Información267
11.8.12 Protocolos de actuación267
11.8.13. Organización del área de Urgencias268
CAPÍTULOPÁGINA
11.8.14. Organización del apoyo no asistencial269
11.9. Conclusiones al capítulo270
CAPÍTULO 12. MÉTODO DE PLANEAMIENTO PARA UN TURISMO DE CONGRESOS  273
12.1. Introducción273
12.2. Organismos internacionales vinculados con Málaga274
12.3. Método de Planeamiento277
12.3.1. Generalidades277
12.3.2. El proceso de la decisión279
12.4. Análisis de los factores de la decisión282
12.4.1. Estudio del ambiente282
12.4.2. Estudio del terreno285
12.4.3. Estudio de los riesgos291
12.4.4. Estudio de los medios disponibles294
12.5. Elaboración de líneas de acción304
12.6. La decisión308
12.7. Sistema de crisis que disponemos tras el método de planeamiento  310
12.7.1. Estructura del Sistema de Crisis310
12.7.2. Riesgos310
12.7.3. Indicadores de crisis311
12.7.4. Conducción de crisis312
12.7.5. Gabinete o Célula de crisis313
12.7.6. Planes de contingencia o de continuidad del negocio314
12.7.7. Principios del sistema de crisis314
12.7.8. Comunicación pública314
12.8 Conclusiones314
EPÍLOGO317
  
  

El trilema de Israel y la causa palestina

09.07.2021 Josep Piqué

Oriente Próximo sigue siendo uno de los focos de atención geopolítica, a pesar de (y a causa de) la progresiva retirada de Estados Unidos de la región y el muy escaso papel de la Unión Europea en sus conflictos.JOSEP PIQUÉ |  9 de julio de 2021

Estados Unidos está consumando su retirada de Afganistán (como ya ha hecho en Irak o en el conflicto sirio, mediante el cese del apoyo a las milicias kurdas). Una retirada muy controvertida porque todo apunta a que el retorno del régimen talibán es inevitable en un plazo relativamente corto de tiempo. Veinte años después del inicio de la guerra, volvemos al punto de partida y la incógnita es si eso va a propiciar también un refuerzo del yihadismo, que fue el origen y la justificación de la intervención militar, al tener Al Qaeda sus principales bases y dirigentes en el país. Parece más bien una asunción realista de la derrota y los paralelismos con la retirada de Vietnam son cada vez más evidentes.

Ese repliegue incluye la aceptación de un papel relevante a otras potencias no occidentales, como RusiaTurquíaIrán o las monarquías del golfo Pérsico que, en un nuevo “Great Game”, están pugnando por la influencia en una vasta región, incluyendo la parte oriental del norte de África que fue en su día parte sustancial del Imperio Otomano.

El interés geoestratégico de EEUU se ha basado en el control y en la estabilidad de los suministros energéticos, hoy menos relevantes dada la creciente autosuficiencia energética del país y la progresiva disminución del peso de las energías fósiles en el mix de generación. Pero ha habido otro “anclaje” esencial, derivado del apoyo a Israel (un asunto de política interna en EEUU) y la búsqueda de una eventual solución a la cuestión palestina. En cualquier caso, el paradigma ha cambiado, más allá de la reorientación de Washington hacia el Indo-Pacífico y su confrontación sistémica con China.

El apoyo norteamericano a las llamadas “primaveras árabes” de hace una década ha derivado, en general, hacia una mayor inestabilidad en Oriente Próximo (incluidas sangrientas guerras civiles e injerencias de otras potencias, antes impensables) o un retorno al autoritarismo represivo en el marco de la competencia por la influencia y la hegemonía en el mundo árabe, que disputan potencias árabes, pero también potencias musulmanas no árabes, particularmente Turquía e Irán.

Acuerdos del Siglo

Por otra parte, el apoyo árabe a la causa palestina –condicionando la relación con Israel a la solución del conflicto– que ya se resquebrajó con la paz entre Israel y Egipto, en 1979, o entre Israel y Jordania, en 1997, ahora se ha visto golpeado por los llamados Acuerdos de Abraham (auténticos Acuerdos del Siglo y no el inefable planteamiento realizado por Donald Trump y su yerno, Jared Kushner), que suponen la normalización de las relaciones con Israel de países árabes importantes, sin condicionarla en la práctica a la resolución del conflicto palestino-israelí. Este auténtico cambio cualitativo ha sido rubricado por Emiratos Árabes UnidosBahrein (impensable sin el visto bueno implícito de Arabia Saudí), Sudán y Marruecos.

Ciertamente, tales movimientos telúricos están propiciando una ofensiva de Irán y Turquía (con el apoyo catarí) para convertirse en los adalides de la causa palestina, ante la “traición” del mundo árabe, y aprovecharlo para reforzar su influencia frente a Arabia Saudí y su ahora incondicional aliado, Egipto.

Se ha visto con meridiana claridad en la llamada “nueva intifada” (nada que ver con las anteriores) que se inicia a mediados de mayo pasado con las protestas por las resoluciones judiciales sobre propiedades en un barrio mayoritariamente palestino en Jerusalén Este, desata enfrentamientos entre jóvenes arabo-israelíes, ultraortodoxos judíos y las fuerzas del orden de Israel –rompiendo una conllevancia más o menos habitual– y, muy especialmente, se materializa en la confrontación bélica entre Israel y Hamás en la Franja de Gaza. Durante este último enfrentamiento ha habido lanzamientos masivos de misiles hacia territorio israelí, interceptados en su mayoría por el sistema antimisiles Cúpula de Hierro, la destrucción de importantes edificios en Gaza y la amenaza de una intervención terrestre.

Finalmente, se ha impuesto un frágil alto el fuego, con la mediación de Egipto, pero ha quedado de nuevo de manifiesto un conflicto profundo y no superado que, pese a los éxitos diplomáticos de Israel y su política de hechos consumados en la Cisjordania ocupada, está muy lejos de resolverse. La seguridad y la estabilidad sostenibles de Israel siguen dependiendo de ello, máxime con la involucración de otras potencias que siguen pretendiendo la destrucción de Israel.

«Se ha impuesto un frágil alto el fuego, pero ha quedado de nuevo de manifiesto un conflicto profundo y no superado que está muy lejos de resolverse»

En primer lugar, es cierto que hay un problema de interlocución. Pero también un problema conceptual.

La interlocución por parte palestina está afectada por la división entre Hamás, que controla la Franja de Gaza, y Al Fatah, partido que controla la Autoridad Nacional Palestina. Por un lado, una fuerza que utiliza métodos terroristas y que está muy ligada a Irán. Por otro, una institución desprestigiada por la corrupción, la gerontocracia y su incapacidad congénita para ofrecer soluciones reales a las necesidades de unos ciudadanos palestinos sin horizonte, que ven aplazadas las elecciones por enésima vez en los últimos 15 años.

Por parte israelí, hay un gobierno muy inestable, de composición contradictoria (desde ultraortodoxos a partidos árabes) y cuya única cohesión deriva de su voluntad de retirar a Benjamin Netanyahu del poder después de 12 años ininterrumpidos como primer ministro, a pesar de las acusaciones de corrupción que pesan sobre él.

Difícil, pues, esperar gran cosa.

El ‘trilema de Israel’

Pero quizá lo más relevante sea el problema conceptual, que podemos resumir en el llamado “trilema de Israel”. Se trata de decidir si Israel quiere ser un Estado democrático, judío y controlar de facto los territorios ocupados. Si quiere ser judío y controlar el territorio, no puede ser democrático, al condenar a los palestinos a ser ciudadanos “de segunda” en su propia tierra. Si quiere ser judío y democrático, no cabe seguir con la ocupación. Y si quiere ser democrático y controlar los territorios, no puede ser judío y debe abrirse a un Estado plurinacional en el que todos sus ciudadanos tengan los mismos derechos.

Esto nos lleva al debate sobre la solución de los dos Estados, defendida por la comunidad internacional, y si hoy puede ser viable. No lo parece. Hablaríamos de un Estado palestino, fragmentado entre una “isla” (Gaza) y un “archipiélago” (Cisjordania), sin capacidad de autonomía real ni en lo económico, ni en su seguridad y defensa, muy vulnerable además a la subordinación de facto a potencias exteriores como Irán. Algo inadmisible para Israel pero también para el mundo árabe.

Por ello, avanzan cada vez más las posiciones que defienden la posibilidad de un solo Estado binacional y democrático, que garantice los derechos y las oportunidades para todos los ciudadanos, sean judíos, árabes o palestinos, con el apoyo explícito de la comunidad internacional y, en particular, de Naciones Unidas. Se trata de poner el énfasis en los intereses reales de la gente y no en unas aspiraciones históricas incompatibles entre sí.

En este punto vuelve la responsabilidad de EEUU. Este país ya no tiene, ni quiere tener, la capacidad para imponer acuerdos de paz, como en los tiempos de Bill Clinton, pero sí puede influir para que las posiciones se vayan decantando en el tiempo. Puede parecer un objetivo utópico y naif, especialmente hoy. Y, desde luego, nada fácil. Pero hay que explorar alternativas a una solución que ya se ha mostrado inviable. Y Europa debe acompañar en ese empeño.