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ESTRATEGIAS NUCLEARES EN LA OTAN, por el general Martínez Isidoro (1º Ciclo AEME 2022)

El General de división (Ret.) D. Ricardo Martínez Isidoro en una entrevista en televisión

La Disuasión Nuclear está concebida, no tanto por acuerdo sino por reflexión mutua, para que no se produzca un conflicto de este tipo que aniquilaría a los contendientes e incluso la vida misma en el Planeta.

   A partir de este axioma básico las potencias con capacidad nuclear se han centrado en esbozar e implementar teorías de empleo para desbordar este supuesto, con la finalidad de concebir estrategias que disuadan espacios geopolíticos concretos, como por ejemplo Europa, o limiten alguno de los efectos devastadores de la fisión no controlada del átomo, este sería el caso de la bomba de neutrones, célebre en los ochenta y noventa del siglo pasado.

   También se han superpuesto, sin combinarse en el origen de la decisión, diversas estrategias de empleo de las armas nucleares que “aliadas” suponen al candidato agresor la realización de una reflexión más complicada; este sería el caso de las estrategias nucleares de la OTAN que se “combinan”, en Europa, con la francesa, británica, y naturalmente con la de la Federación Rusa, aunque esta es del candidato opuesto.

   Desde el principio de su existencia, la OTAN ha desarrollado sucesivas estrategias nucleares reactivas que han tenido como referencia su enemigo tradicional, antes la URSS y ahora la Federación Rusa, siendo el escenario fundamental Europa.

   En la Guerra Fría, o la Guerra de Europa, como la llaman analistas de prestigio (Robert Kaplan, Universidad de Harvard), la tutela nuclear la ha llevado a cabo Estados Unidos y la ha ejercido de una manera firme, muy rígida, sobre Gran Bretaña, y prácticamente inexistente sobre Francia, potencias ambas nucleares con posibilidades de influir en el razonamiento disuasivo en Europa.

La primera estrategia común a los Dos Bloques,” la Destrucción Mutua Asegurada” siguió a una superioridad nuclear americana, consecuencia de la detención única del arma nuclear por EEUU, que duró relativamente poco. La posibilidad de aniquilación mutua paró los impulsos del Este, pero su superioridad convencional, bacteriológica y química, demostrada con grandes alardes de fuerza, en la Guerra Fría, puso de manifiesto la posibilidad de desbordar la disuasión mutua, mediante acciones clásicas de gran envergadura.

La Alianza Atlántica tuvo que reaccionar, en esa fase, a la renovación de los riesgos y amenazas que le planteaba el Este adecuando su estrategia, ahora de la Respuesta Flexible, mediante la cual se disuadía a la Unión Soviética por una gradual posibilidad de empleo de la Triada, es decir, las armas convencionales, las nucleares tácticas y las nucleares estratégicas; en esta estrategia occidental no estaba prevista la utilización inicial del armamento nuclear (No First Use), aspecto que sucedía al contrario en el bando oriental, que esgrimía su teoría nuclear militar indicando “que se reservaba el primer uso de aquellas”, aspecto que continua en la actualidad.

   Dada la escasa profundidad del Teatro Europeo, por la ocupación del Pacto de Varsovia de los países satélites, la OTAN disponía de un reducido espacio para detener un posible ataque del Este, y por tanto muy poco tiempo para la reflexión nuclear de empleo dentro de la Respuesta Graduada.

   Por ello, la OTAN dio un paso más, creando una estrategia complementaria, convencional y anti fuerzas, basada en la localización y la consiguiente destrucción, empleando unos medios y un armamento muy modernos, de gran precisión y efectividad, que se implicarían contra los segundos escalones de las fuerzas del Pacto de Varsovia, esta opción se llamó FOFA (FOLLOW-ON FORCES ATTACK).

    Es necesario apuntar que las nuevas tecnologías, que han facilitado el aumento de la velocidad de los vectores portantes de las armas nucleares, al parecer disponibles por la Federación Rusa (Misiles hipersónicos), harían también disminuir considerablemente los tiempos de recorrido de los mismos, y con ello la posibilidad de detección, e incluso de reflexión del agredido sobre las dimensiones del ataque del agresor, su identificación y la reacción alternativa. Lo que en tiempo de la Guerra Fría era escasez de espacio en la actualidad se tornaría en escasez de tiempo.

    El enfrentamiento disuasivo OTAN-PACTO DE VARSOVIA (PAV), en la Guerra Fría, produjo la escalada de este tipo de armas con la Ex Unión Soviética, y con ella la acumulación de cabezas nucleares y vectores, incluyendo los bombarderos estratégicos, objeto de los sucesivos tratados ABM, SALT I y II, START y NEW START, que culminando su validez al borde de la Epidemia del COVID 19, fue prorrogado con cierta rapidez sin que se produjeran efectos de reducción, objeto fundamental de estos tratados.

   La estrategia de la Respuesta Flexible, descontada la componente nuclear estratégica que aseguraba fundamentalmente el aliado norteamericano desde su territorio, se desarrollaba  sobre el teatro europeo, donde la superioridad convencional del PAV era notoria; la aparición de los misiles nucleares soviéticos SS-20, sobre todo, móviles, muy precisos y capaces de batir todos los objetivos de los países europeos de la OTAN y los norteamericanos estacionados en el Continente, desequilibraron la relación de fuerzas, dando lugar a la posibilidad desestabilizar el vínculo transatlántico, promoviendo que Estados Unidos pudiera “desentenderse” de Europa. Estas acciones produjeron la Crisis de los Euromisiles en los años ochenta y la necesidad de desplegar los de alcance intermedio por Estados Unidos, en especial los Pershing II y los Misiles Crucero.

   En el teatro europeo propiamente dicho, siempre objetivo de la estrategia militar soviética en su día, existían, y existen, dos aliados con capacidad nuclear, Gran Bretaña y Francia. Los británicos, con una componente estratégica submarina (SLBM), basada en los famosos Polaris, que fueron reemplazados por los Trident, siempre estuvieron” bajo doble llave”, precisando para su disparo un ulterior “permiso” del aliado norteamericano.

   Sin embargo los franceses, en su día con tres componentes, hoy solo permanecen, la aérea y la submarina (los S-3 de la Meseta de Albión, en la Provenza fueron suprimidos), mantuvieron y mantienen la autonomía de su empleo, de carácter estratégico, pues el alcance de sus SLBM y componente aérea sobre aviones Rafale así se lo permiten.

   Cabe decir que tanto la capacidad nuclear británica como la gala son consideradas, y así lo manifestaron los soviéticos en su día, como armas nucleares con acción sobre su territorio y por lo tanto, bajo el principio de “seguridad igual”, deberían ser contabilizadas en cualquier proceso de desarme; el caso del despliegue de los SS-20 constituyó, para los rusos, una de las razones que lo justificaban.

   Ni que decir tiene que este principio, dado el número exagerado de cabezas y vectores de los “Dos Grandes”, incluyendo bombarderos estratégicos, no fue aceptado por Francia que siempre fue intransigente en el concepto de la autonomía de su” Force de Frappe”; incluso existió un profundo debate en torno a la necesidad de que las armas nucleares de la OTAN que operaran en Europa se pusieran a disposición de los países europeos en los que se desplegaran, en lo que respecta a la decisión de su empleo, convergiendo los deseos de una Defensa Europea con la gravedad del momento de la crisis de los Euromisiles.(Michel Manel, L’Europe Face aux SS-20.Stratégies. 1982).

   Es necesario reconocer que a Estados Unidos le interesaba la ambigüedad de las opciones de respuesta citadas, pues ello perturbaba el cálculo soviético; hasta tal punto que existen teorías de un posible “impulso norteamericano” al desarrollo nuclear francés.

   Pasados los años, y más desarrollada la opción de “una Defensa Europea”, se ha visto como Francia podría ofrecer sus dispositivos nucleares (aviones y submarinos) para que fuera la columna central de una disuasión autóctona puramente europea, aunque es necesario admitir que ese “préstamo” no lo sería en términos de decisión ya que la doctrina gala es muy estricta al respecto; “una sola mano para el botón nuclear”.

   En cualquier caso, todas estas cuestiones sirvieron a la Federación Rusa para, en su momento, enrarecer las negociaciones START y las de un hipotético nuevo tratado INF, ahora en suspenso, dado que lo que es evidente es que los dispositivos europeos son estratégicos, por los orígenes de los posibles lanzamientos, y que los destinos son evidentemente objetivos situados en la “Gran Rusia”.

   El tercer elemento de la Triada nuclear, las armas nucleares tácticas, no se puede desvincular de lo analizado hasta ahora, pues forma parte de la estrategia de respuesta flexible; están desplegadas, y de algún modo vinculan a los países que las detentan, y lo hacen por su situación con respecto a la Federación Rusa y por la voluntad de recibirlas en su suelo, aspectos que la política, y el fomento del pacifismo y la presión, podrían hacer variar las decisiones iniciales tomadas (Nuclear Sharing) por los europeos.

   Recientemente se ha cuestionado en Alemania su actitud en torno a abandonar la decisión de que su territorio albergue armas nucleares tácticas de la OTAN, esencialmente la posibilidad de que aviones germanos asignados a la Organización Atlántica, los denominados DCA (Dual Capable Aircraft), puedan ser suprimidos; la reciente decisión del Gobierno alemán de renovar sus aviones de combate con la disponibilidad de dicha doble capacidad, en el marco de la Guerra Ruso-Ucraniana, aleja por el momento esas sensaciones.  

   Los analistas de los países afectados, principalmente, Francia, Holanda, Italia, Bélgica, Polonia y los Bálticos, no tardaron en reaccionar, emitiendo juicios claros sobre el significado de dicha posible renuncia:

   Se debilitaría el flanco norte de la Alianza; se renunciaría a una opción importante sin contrapartidas de la Federación Rusa; se fomentaría que Polonia pudiera relevar a Alemania en ese cometido, aspecto que provocaría a los rusos (Tratado NATO-Rusia de 1997); se favorecerían los movimientos antinucleares; se perjudicaría la posición de Francia en el Grupo de Planeamiento Nuclear de la OTAN; no se sería coherente con la doctrina militar rusa, que propugna un ataque nuclear, incluso ante una agresión convencional; se produciría un fomento de la proliferación, al buscar cada Estado su solución nuclear; se podría fomentar la defección de otros Aliados, como Italia;  etc.

   La Federación Rusa ha modernizado su arsenal nuclear, en todos los órdenes (ICBM RS-28, Misil Hipersónico Avanguard), y ha desplegado misiles nucleares con capacidad de alcanzar territorio europeo (Iskander, en Kaliningrado y, al parecer, en Crimea y San Petersburgo, además del Pacífico), también lo ha hecho con misiles crucero de alcance próximo a los contemplados en el tratado INF, aspecto considerado por la OTAN como la clave de la renuncia de EEUU a la continuidad del Tratado.

   La irrupción de China en el “gran juego nuclear”, con capacidades intercontinentales que pueden afectar a la OTAN en términos de disuasión, y la posesión por este país de dispositivos incluibles en un futuro e hipotético tratado INF, complican no solo el futuro del NEW START, sino cualquier solución global de desarme, al estar este pujante país en pleno desarrollo de sus posibilidades armamentísticas, en apoyo de sus pretensiones económicas y sociales.

   Es evidente que el objetivo, y el escenario de la Federación Rusa, es Europa, y que las estrategias de respuesta se juegan sobre nuestro Continente, muy afectado por la reciente renuncia a continuar con el Tratado INF; la reciente prolongación de la vigencia del Tratado START, sin apenas discusiones, la renuncia rusa al de Cielos Abiertos, y de Estados Unidos al ABM, junto con la banalización del FACE, completan un escenario de ausencia de medidas de confianza y de inseguridad en Europa.

    La invasión rusa de Ucrania, y en general, la presión sobre la libertad de pertenecer a la OTAN de los países de su “extranjero próximo”, completan este panorama con la amenaza, de la Federación Rusa, de una hipotética reacción nuclear ante una posible intervención occidental directa en el conflicto; se puede admitir que la OTAN y la Federación Rusa están ya en una guerra disuasiva.

                                                       General de División (R) Ricardo Martínez Isidoro

                                                                                       Miembro de AEME

¿Va Turquía en serio?, por Josep Piqué

Cartas oficiales con la solicitud de adhesión a la Alianza Atlántica de Finlandia y Suecia, 18 de mayo de 2022. OTAN

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Una de las consecuencias –muy contraproducente para Rusia– de la invasión de Ucrania ordenada por Vladímir Putin ha sido la decisión política de Finlandia y Suecia de plantear su integración en la Alianza Atlántica. Estos dos países nórdicos han roto su tradicional neutralidad, forzada en el caso de Finlandia, después de las dos guerras con la Unión Soviética, durante la Segunda Guerra Mundial, y libremente adoptada por Suecia hace dos siglos, en el Tratado de Viena.

La respuesta aliada ha sido claramente positiva, por varios motivos. Uno, porque se trata de dos países inequívocamente democráticos y con los mismos valores en los que se basa nuestra convivencia, con una cultura de defensa y seguridad que, a pesar de su neutralidad, o precisamente por ello, los ha llevado a disponer de unas fuerzas armadas sólidas y bien pertrechadas humana y materialmente. Dos, porque ya llevan tiempo cooperando y coordinando sus políticas con la OTAN, forman parte de organismos comunes como la Asociación para la Paz e, incluso, realizan maniobras militares conjuntas.

La integración es, pues, factible a muy corto plazo. Si la respuesta de la Alianza en la Cumbre de Madrid de finales de junio es positiva (superando las reservas que ha manifestado Turquía), tal incorporación será una realidad a finales de este año o inicios de 2023.

En cualquier caso, desde el momento de la petición formal y de su aceptación, la OTAN ha mostrado su voluntad de cubrir a ambos países, aplicando de facto el artículo 5 del Tratado de Washington, constitutivo de la Alianza, para evitar tentaciones rusas durante el periodo de transición hasta la plena integración.

En tercer lugar, ambos países forman parte de la Unión Europea desde 1995 y, por consiguiente, están cubiertos por los tratados, que incluyen la ayuda mutua en caso de agresión exterior. Una posibilidad, sin embargo, que no tiene el contenido real del artículo 5 mencionado.

Por último, porque la incorporación de Finlandia y Suecia supone un plus de seguridad para estos países ante la evidente agresividad rusa, su revanchismo y su determinación a usar la fuerza militar para conseguir sus objetivos. Un revanchismo que lleva a Rusia a reclamar el espacio post-soviético dentro de su área de influencia y su deseado perímetro de seguridad. Ello incluye algunas aspiraciones históricas vigentes desde la época de los zares: el dominio del Báltico, más allá de las zonas que suelen helarse en invierno, es una de ellas. Las heladas que suelen afectar al golfo de Finlandia cierran el acceso a las “aguas calientes” desde San Petersburgo. De ahí, la enorme importancia estratégica del enclave de Kaliningrado al sur de Lituania y de la neutralidad de sus países ribereños en la costa occidental del mismo, Finlandia y Suecia.

«Las heladas que suelen afectar al golfo de Finlandia cierran el acceso a las ‘aguas calientes’ desde San Petersburgo, de ahí la enorme importancia estratégica del enclave de Kaliningrado al sur de Lituania y de la neutralidad de sus países ribereños en la costa occidental del mismo, Finlandia y Suecia»

Con la integración, el Báltico, que en la guerra fría era un “mar soviético”, pasa a ser un “mar aliado”, con un control total de los accesos al océano Atlántico. Para la OTAN, pues, constituye una aportación fundamental a la seguridad europea y explica la virulenta reacción rusa, amenazando veladamente incluso con armas nucleares a ambos países y su total oposición a la decisión, libremente adoptada por dos países libres, soberanos y democráticos. Una decisión que supone, además, que siete de los ocho países del Consejo Ártico van a ser miembros de la Alianza.

Otra gran aspiración histórica de Rusia (que incluye el dominio del Cáucaso, del Caspio y de Asia Central) es la de controlar el mar Negro y la secular pugna por dominar el Bósforo con el Imperio Otomano y, posteriormente, con Turquía. Con la caída del muro de Berlín, Rumanía y Bulgaria salieron de la órbita soviética y, posteriormente, entraron en la OTAN. En ese contexto, cobran enorme importancia otros dos países ribereños: Ucrania y Turquía.

En el caso de Ucrania, el primer objetivo de Rusia era garantizar la continuidad de su flota en el mar Negro y, fundamentalmente, su histórica base en Sebastopol, en Crimea. En un primer momento, eso se logró con un arrendamiento a 25 años de dicha base (en territorio ucraniano) que luego se prorrogó. Pero esto dependía de la voluntad ucraniana de seguir con ese estatus. Por ello, la anexión ilegal de Crimea en 2014 hay que leerla desde esa perspectiva. Sin embargo, va más allá: para Rusia se trata de acabar controlando totalmente el mar de Azov (incluyendo el puerto estratégico de Mariúpol) y cerrar el acceso del resto de Ucrania al mar, con la conquista de Odesa y conectando Crimea con Trasnistria, en Moldavia, bajo control ruso desde los años noventa. En esa lógica, hay que inscribir los objetivos militares de Rusia con su intervención militar contra Ucrania.

Pero queda Turquía y su dominio sobre el Bósforo y los Dardanelos, desde la caída de la Constantinopla bizantina en el siglo XV. Primero, bajo el Imperio Otomano y luego por la Turquía surgida de la derrota y desaparición del imperio, liderada por Mustafa Kemal Atatürk. Atatürk acordó con los bolcheviques renunciar al Cáucaso a cambio de su ayuda contra la Grecia independiente en la disputa por la actual Turquía europea, después de la Primera Guerra Mundial. Ello implicaba, lógicamente, seguir controlando el acceso desde el mar Negro al Mediterráneo.

Turquía tiene, pues, la llave estratégica. Por ello, a pesar de sus carencias democráticas y de su política neo-otomana y cada vez más ambigua en su relación con la UE y con Occidente, se integró en la OTAN, casi desde el principio, como elemento sustancial de la política de contención frente a la URSS.

«La voluntad de una política autónoma, que implica no tener aliados sino solo socios más o menos circunstanciales, ha llevado a Erdogan a sobrepasar auténticas líneas rojas»

Sin embargo, muchas cosas chirrían, sobre todo a medida que el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, ha ido consolidando su liderazgo cada vez más autocrático y su política de islamización del poder político, junto a una política exterior que le ha llevado a cambiar la tradicional máxima kemalista (“cero problemas con los vecinos”) y a tener problemas con todos ellos, incluyendo otro miembro de la Alianza como Grecia, o manteniendo la ocupación de una parte de Chipre, en contra de la legalidad internacional. Además, ha intensificado sus misiones militares en el exterior, ya sea en Siria, Irak o Libia, o apoyando al islamismo político en abierta confrontación con Arabia Saudí o Egipto en su pugna por la supremacía en el mundo árabe suní.

Esa voluntad de una política autónoma, que implica no tener aliados sino solo socios más o menos circunstanciales, le ha llevado a sobrepasar auténticas líneas rojas. La más importante es la decisión, con el pretexto de que el sistema antiaéreo y antimisiles estadounidense Patriot era demasiado caro, adquirir a Rusia su sistema S-400. Algo inadmisible para la Alianza y, desde luego, para Washington, que impuso sanciones en equipamiento militar y, fundamentalmente, suspender la provisión de sus sofisticados aviones de caza F-35 para el ejército turco. La máxima expresión de ese enfado fue la declaración del presidente de EEUU, Joe Biden, que condenó el genocidio turco contra los armenios, algo que no había sucedido antes y que Turquía sigue empeñada en negar a pesar de todas las evidencias.

A pesar de ello, ante la magnitud del desencuentro, Turquía ha estado intentando congraciarse de nuevo con EEUU, ofreciendo fórmulas de control conjunto sobre los S-400 o suavizando sus posiciones en el Mediterráneo oriental, en un movimiento soterrado y sostenido por el cambio del primer ministro Ahmet Davutoglu hace unos años.

Sin embargo, la invasión rusa de Ucrania ha vuelto a poner de relieve que Turquía tiene su propia agenda y que no siempre coincide con los intereses de la OTAN, a la que pertenece.

Así, en su política de acercamiento circunstancial a Rusia y a Putin (acordando posiciones en Siria, sin objetar la continuidad de Bachar el Asad a cambio tener de manos libres en el norte contra los kurdos), y más allá de sus afinidades personales (una concepción similar del ejercicio del poder político, la relación con la religión o una política exterior reivindicativa de las antiguas áreas de influencia imperial), se le ha añadido su equidistancia, ofreciéndose como mediador en el conflicto, de momento con escaso éxito. Una equidistancia claramente contradictoria con su carácter de miembro de la Alianza.

«La decisión turca de cerrar el Bósforo a la navegación de buques de guerra mientras dure el conflicto afecta a Rusia y el posible refuerzo de su flota, pero también afecta negativamente a la OTAN»

Pero también su decisión de cerrar el Bósforo a la navegación de buques de guerra mientras dure el conflicto. Algo que, obviamente, afecta a Rusia y el posible refuerzo de su flota, para intentar el asalto anfibio de Odesa, en combinación con fuego artillero y de misiles y el despliegue de fuerzas desde tierra. Pero también afecta negativamente a la OTAN. Valga como ejemplo que el envío a la zona de la fragata Blas de Lezo por parte de España, fuertemente publicitada, ha quedado en suspenso y obligada a permanecer en el Egeo.

El último episodio es la oposición turca a la entrada de Suecia y Finlandia en la Alianza, algo que requiere la unanimidad de todos los Estados miembros de la misma. Los motivos aducidos se refieren básicamente a la actitud prokurda de ambos países. Algo de eso hay, y algo intentará conseguir a cambio de levantar el veto, pero parece más una excusa de cara a la galería. Lo más importante para Turquía es levantar el veto nórdico a la venta de armamento a raíz del ataque a los kurdos sirios en 2019 y, sobre todo, el veto norteamericano a la venta de los F-35 y de equipamiento militar adicional, utilizando el chantaje.

Un juego muy arriesgado ante la actitud abiertamente favorable de EEUU a la entrada de los dos países nórdicos y el cansancio de todos los aliados ante un socio manifiestamente desleal. La OTAN debe decidir entre abrir sus puertas a dos países socios, amigos y con los mismos valores o ceder a las exigencias oportunistas y ventajistas de Turquía. Y explorar hasta qué punto Ankara va en serio o está jugando de farol.

La Alianza tiene mucho que perder, pero debe transmitir a Turquía que los chantajes entre aliados no son admisibles. Ankara desafía y juega con fuego desde hace demasiado tiempo. Puede haber alguna concesión no esencial, pero ceder ahora comprometería el futuro de la OTAN de forma sustantiva y significaría perder credibilidad disuasoria frente a Rusia.

Habrá que optar entre una Alianza cohesionada y basada en la lealtad mutua o mantener en su seno a un país claramente estratégico, pero en el que no se puede confiar en los momentos difíciles.

LA AMENAZA NUCLEAR DEL PRESIDENTE PUTIN- 1º Ciclo AEME de 2022

 La disuasión nuclear fue concebida para  evitar una conflagración mundial, pues el Mundo, tal y como lo concebimos, sería sacrificado seguramente. Desde entonces las potencias que poseen armas nucleares, y que las incluyen en sus Estrategias de Seguridad Nacional, han tratado de desarrollar cargas y vectores portantes que de algún modo facilitaran su  inclusión en el seno de un conflicto generalizado, sin renunciar al carácter disuasivo de tales armas, pues tanto un sistema como otro de inclusión podría producir la temible escalada.

   De lo que no debe quedar duda es de que el desencadenamiento del fuego nuclear por una potencia en conflicto generalizado se produciría cuando la existencia de la Nación iniciadora se viera en extremo comprometida por las acciones del adversario, pues cuando se dotó de armamento nuclear lo hizo seguramente por ese motivo, la causa suprema, la existencial; curiosamente esta es una reflexión que ha sido aducida por el propio Presidente Putin en la actual guerra que enfrenta a Rusia y Ucrania, tras la invasión de esta última por la primera.

   Los intereses vitales de una Nación forman parte de sus intereses nacionales, pero aquellos son tan exclusivos que determinan la existencia misma de la colectividad organizada a la que llamamos Estado; sin ellos desaparecería la necesidad de continuar con la vida nacional, al menos esa es la concepción subjetiva del propio Estado, potencialmente agredido, por la  que “su  privación o violación materializa el umbral de franqueamiento crítico más allá del cual el defensor estima que su supervivencia estaría irremisiblemente comprometida”. (Politologie de la Défense Nationale. Henri Pac. Masson. Pag.68).

   En otro orden de cosas, esta concepción nacional referida, este estado subjetivo puede no ser compartido por el otro protagonista de la disuasión, dado que aquella anida en un sentimiento, en una percepción, que nada tiene que ver con aspectos estratégicos, estos últimos muy ligados al propio territorio, a los objetivos fundamentales del país objeto, solo ellos justificarían una reacción nuclear pues su conquista supondría la derrota,  he ahí la clave de la disuasión.

   Por lo tanto podemos admitir, y los pensadores en torno a la disuasión así lo hacen (Politologie de la Défense Nationale), que existen dos concepciones sobre el verdadero sentido de los intereses vitales como límite para desencadenar, en este caso, una respuesta nuclear; el primero es una percepción nacional y el segundo es meramente estratégica, al estilo de Clausewitz.

   Yendo al caso del actual escenario de la guerra entre Rusia y Ucrania, y dentro de las dos hipótesis de la concepción del interés vital, es necesario encajarlas en las sucesivas amenazas nucleares del Presidente Putin, antes y a lo largo de lo que él llama “operación especial” en Ucrania, por otra parte incontestadas por el país agredido que además no posee armas nucleares, y que van dirigidas claramente a la Organización Atlántica, para disuadirla de actuación a favor del país ucraniano, por otra parte inverosímil pues la OTAN es una organización internacional que actúa por consenso, a 30 países, de los que solo 3 poseen armas nucleares con sus propias políticas de empleo. Distinto es que estos países nucleares pongan sus armas de este tipo a disposición de la Alianza, en las condiciones que se determinen en su Comité de Planes de la Defensa, en su planeamiento nuclear, aspectos que se deberán aprobar en sus órganos de gobierno al más alto nivel; en cualquier caso, y según los mismos teóricos, la OTAN estaría ya, con la situación actual, en una guerra disuasiva con la Federación Rusa.

   En el caso de las armas nucleares de Francia, su concepto de empleo no prevé la cesión de la decisión de su desencadenamiento pues su doctrina es muy rigurosa al respecto, fomentando su propia autonomía estratégica; además el país galo renuncia al concepto de escalada, pues el desencadenamiento de su respuesta nuclear se produciría cuando “sus objetivos vitales” estuvieran en grave peligro; por ello las armas nucleares tácticas, los antiguos Regimientos Plutón, fueron suprimidos, los misiles de la Meseta de Albión, en Provenza, igualmente, y sus fuerzas convencionales tendrían también, en ambiente de guerra abierta, la finalidad de determinar, marcando al enemigo, cuando esos intereses vitales estarían en serio peligro. Sin duda que sus armas han estado “apuntadas” a la Federación Rusa, sirviendo de elemento importante de incertidumbre, en relación con la estrategia OTAN, para el cálculo disuasivo de la ex URSS.

   El Presidente Putin esgrime, como umbral de empleo del armamento nuclear, razones existenciales de la Federación Rusa, es decir que se ponga en entredicho o se amenace gravemente la existencia de la Federación, aspecto que sitúa los intereses vitales de Rusia en una mera percepción subjetiva, en un relato que proviene del momento del hundimiento y desarticulación de la antigua Unión Soviética, y que se basa en la no aceptación, de hecho, de los acuerdos de Paris de 1990, implementados, aceptados y rubricados por los representantes oficiales de la entonces Unión Soviética.

   En este sentido, su pretensión es el cambio del orden internacional actual, perjudicial para la Federación Rusa en su opinión, cuando nunca en estos 70 últimos años había sido tan floreciente, incluso podría haber sido hasta democrática, si hubiera respetado los patrones de la misma, la alternancia política, el respeto a la oposición, la separación de poderes y la lucha contra la corrupción.

   Su pretendida amenaza existencial proviene de una reflexión que supone que las Organizaciones Internacionales, la OTAN y la UE, tienen por finalidad la amenaza a la Federación y su fin, simplemente porque las Naciones limítrofes quieren decidir su propio futuro de seguridad, soberanamente; en ningún caso la Organización Atlántica y mucho menos la UE, per se, representan un peligro existencial para los rusos, sino un convencimiento de que no quieren ser regidos por gobiernos autocráticos después de las experiencias recientes y antiguas; las minorías rusófonas en su “extranjero próximo” son frecuentes, con otras etnias, en muchos países del Mundo, merced a delimitaciones administrativas y descolonizadoras, cuando en la antigua URSS, en ocasiones, eran consecuencia de sus “progromos”, como en Ucrania.

   La disuasión que sobre la Alianza Atlántica está ejerciendo el Presidente Putin, con sus advertencias referentes al posible empleo de armamento nuclear, no puede ser concebida por Occidente si este y sus acciones no representan un grave peligro de carácter estratégico, como es la conquista o neutralización de objetivos específicos que supongan un peligro existencial, vital, para la Federación Rusa, y este no es el caso; la ayuda militar y financiera, a un tercer país, invadido, en francas condiciones de inferioridad, flagrantes si se quiere, con amplias repercusiones europeas, la ha venido practicando, secularmente, lo que hoy es la Federación Rusa, en teatros de Oriente Medio y Próximo, y en el Indo-Pacífico para apoyar a regímenes anti occidentales y opuestos.

   Putin está prácticamente solo, con adeptos más que consejeros, con la calle secuestrada y en un gran aislamiento internacional, y económicamente constreñido. Su Doctrina Militar vigente, y en general la consuetudinaria desde que posee el arma nuclear, admite el “primer uso” del arma nuclear, para ello dispone de la Triada en este tipo de armamento, y no es en absoluto extraño que pudiera emplear armamento nuclear táctico, para resolver sus problemas operacionales en Ucrania, por ello tiene su despliegue listo, de Iskander-M, por ejemplo, de hasta 500 kms. de alcance con la doble capacidad, pero su empleo más probable sería en algún objetivo adecuado en Ucrania, o como demostración de su resolución en este conflicto, pero no en el Occidente “otanizado”, pues allí su disuasión no funcionaría, pues no hay ningún interés vital, estratégico, amenazado por la Organización Atlántica.

   Diferente sería predecir la reacción de la OTAN ante ese empleo nuclear en Europa, que abriría una etapa de extraordinaria tensión , y posiblemente una escalada de empleo de este tipo de armas, empezando por un despliegue de nuevos vectores que recordaría” la crisis de los misiles de los años ochenta” y sus repercusiones para la seguridad mundial, en un momento donde la vacuidad reina, por la ausencia de tratados y medidas de confianza, todos ellos en suspenso, y con un START negociado con prisas.

                                                                                GENERAL DE DIVISION (Rdo)

                                                                                RICARDO MARTINEZ ISIDORO

                                                                                Miembro de AEME.      18.04.22 

Proyección geopolítica de Rusia en el hemisferio americano

INFORMES DE SITUACIÓN – 16 de marzo de 2022

Por Jose Miguel Alonso-Trabanco

Como una gran potencia que ha resurgido de las cenizas de la antigua Unión Soviética, Rusia ha hecho todo lo posible para restaurar su hegemonía geopolítica en el espacio postsoviético con el fin de hacer retroceder la influencia occidental, mejorar su seguridad nacional, anular una correlación de fuerzas considerada perjudicial y reescribir la arquitectura de seguridad europea para cumplir con sus imperativos estratégicos. La invasión total de Ucrania es simplemente la última \u2012 y ciertamente la evidencia más despiadada \u2012 de tal búsqueda decidida. Sin embargo, en un intento por reafirmar su estatus como una fuerza a tener en cuenta a escala global, Moscú también ha fortalecido su posición más allá de su periferia inmediata. De hecho, los vectores de influencia rusos se pueden ver incluso en el hemisferio americano, lejos de su Lebensraum natural. Este desarrollo desafía la idea central de la Doctrina Monroe: la concepción del hemisferio americano como la esfera de influencia exclusiva de Washington. Hay que tener en cuenta que, según las opiniones teóricas de Nicholas Spykman, el perímetro geopolítico de la seguridad nacional estadounidense va desde Alaska y Groenlandia hasta Colombia, un área que abarca Canadá, México, el istmo centroamericano y la cuenca del Caribe.

Sin embargo, la presencia rusa en el hemisferio americano no es nueva. Los rusos conquistaron Alaska a través de asentamientos, puestos de avanzada mercantiles, proselitismo religioso e incluso la fuerza. Tal interés fue motivado por las ganancias ofrecidas por el próspero comercio de pieles. Además, en el contexto de la Guerra Civil Americana, el Imperio ruso respaldó diplomáticamente a la Unión e incluso envió buques de guerra a puertos estratégicos estadounidenses para disuadir una intervención militar directa de los rivales de Gran Bretaña o Francia, con los que Rusia tenía cuentas que saldar después de la Guerra de Crimea a favor de la Confederación, el lado que Londres y París estaban inclinados a apoyar. Poco después de la fatídica victoria del Norte, Alaska fue vendida a los Estados Unidos porque los costos de mantenerla se habían vuelto más altos para los beneficios. Los rusos esperaban que la absorción de Alaska por los estadounidenses debilitara la posición de los británicos en la costa este de Canadá. A su vez, Washington quería a Alaska como puerta de entrada a Asia y como punta de lanza del poder marítimo estadounidense en el Pacífico.

Durante la Guerra Fría, el intento soviético de colocar misiles balísticos en Cuba, que se había unido al bloque socialista bajo el régimen revolucionario de Fidel Castro, desencadenó una gran crisis que casi encendió una confrontación nuclear entre las principales superpotencias del mundo. La presencia operativa de armas nucleares soviéticas en la nación caribeña habría sido profundamente problemática para Washington porque habría amenazado la desembocadura del río Mississippi, el corazón de la industria petrolera estadounidense y una parte sustancial de la costa este. En la década de 1980, el Kremlin apoyó a las fuerzas de izquierda en las guerras civiles que estallaron en América Central. En respuesta, la CIA y el Pentágono patrocinaron escuadrones paramilitares de derecha. Además, a través de su constelación de ‘rezidenturas’, la KGB estaba activa en la región en los campos del espionaje, las intrigas políticas, el reclutamiento de activos, la agitación ideológica, las operaciones encubiertas, el fomento de la subversión y todo tipo de esquemas de capa y daga.

Después del colapso de la URSS, la influencia rusa desapareció en gran medida del hemisferio estadounidense. Sin embargo, hubo cuatro puntos de inflexión que crearon una ventana de oportunidad para que los rusos regresaran. Primero, la concentración excesiva de la agenda de política exterior de los Estados Unidos en las primeras dos décadas del siglo 21 en el Medio Oriente, Asia Central y el Indo-Pacífico dejó un vacío de poder que podría ser aprovechado por actores locales y externos. Después de todo, la ley de capilaridad dicta que la naturaleza aborrece los vacíos. Para el Kremlin, habría sido imprudente no aprovecharse de esta negligencia. En segundo lugar, el surgimiento de gobiernos autoritarios de izquierda , empoderados por la acumulación de descontento popular, resentimiento y privación de derechos , cuyas políticas nacionalistas dirigidas a los intereses de los Estados Unidos generaron una atmósfera política favorable. La adopción de la «lucha antiimperialista» militante por parte de los miembros de línea más dura de este emergente «eje bolivariano» provocó la necesidad de buscar el apoyo de un patrocinador extranjero cuya asistencia podría ayudar a mitigar algunos de los impactos más directos de las represalias predecibles de Washington.

Además, la participación de Estados Unidos en las llamadas «revoluciones de color» en la antigua Unión Soviética y la expansión hacia el este de la OTAN provocaron una reacción violenta de Moscú, tal como los pensadores realistas (por ejemplo, George Kennan, Henry Kissinger, Kenneth Waltz y John Mearsheimer) habían advertido. Como contramedida, el Kremlin decidió aumentar su presencia geopolítica en el hemisferio americano. Después de todo, para los estados bolivarianos, Rusia era un candidato adecuado que tenía los medios y los motivos para ofrecer el tipo de patrocinio que necesitaban, así como una fuente de beneficios económicos que podrían compensar su acceso restringido al comercio y la financiación. Además, el Kremlin no les daría lecciones sobre la democracia liberal, los mercados libres o la transparencia. Sin embargo, este movimiento en lugar de ser impulsado por fundamentos ideológicos, responde a cálculos de arte de gobernar inspirados en la realpolitik.

El cuarto factor importante ha sido la creciente presencia geoeconómica china en la región a través de inversiones en sectores estratégicos, operaciones comerciales, asociaciones comerciales, empresas conjuntas, líneas de crédito, asistencia tecnológica y proyectos de infraestructura. Desde el punto de vista ruso, este esfuerzo ilustró que la posición de Washington en su propio patio trasero no era tan fuerte como parecía. En consecuencia, América Latina tal vez también podría traer oportunidades para el Kremlin. En este sentido, las siguientes secciones examinan el compromiso de Rusia con los principales estados latinoamericanos.

Cuba

Cuba, que una vez fue un satélite soviético, de repente se vio privada de generosos subsidios soviéticos y patrocinio geopolítico después del colapso de la Unión Soviética. La Habana no tuvo más remedio que implementar reformas económicas suaves, cortejar a aliados latinoamericanos de ideas afines y tratar de normalizar las relaciones diplomáticas bilaterales con Washington. Sin embargo, con el fin de diversificar sus asociaciones, Cuba ha acogido con beneplácito los intereses chinos y rusos. Desde la perspectiva de La Habana, asegurar el apoyo de ambos es crucial para hacer frente a fenómenos externos e internos que podrían alcanzar proporciones peligrosas o desencadenar trastornos. Aunque Pekín es más rico que Moscú, este último está mucho más familiarizado con Cuba gracias a la cercanía que se fomentó durante décadas durante la Guerra Fría. En aquel entonces, los estudiantes cubanos eran educados en universidades soviéticas, el idioma ruso se enseñaba ampliamente en Cuba, la élite gobernante del Partido Comunista de Cuba estaba en contacto permanente con sus homólogos soviéticos, y había una colaboración activa en inteligencia, asuntos militares, diplomacia e incluso operaciones de combate emprendidas en guerras de poder extrarregionales. Por lo tanto, hay un fuerte trasfondo que facilita el esfuerzo de reavivar esta conexión en el siglo 21.

Ha habido señales y gestos simbólicos que apuntan hacia una reactivación de la colaboración militar. Además, el ejército cubano se ha vuelto muy obsoleto después de la caída de la URSS, por lo que el acceso al armamento ruso moderno sería útil, especialmente si se otorgan condiciones financieras beneficiosas para su compra. Asimismo, también se ha discutido la posibilidad de reabrir la estación Lourdes SIGINT, un puesto de escucha que se utilizó para espiar a los estadounidenses durante la Guerra Fría. Recientemente, la posibilidad de una presencia militar rusa directa en Cuba ha sido mencionada por funcionarios rusos, pero no está claro si realmente hay un plan para hacerlo realidad en un futuro cercano.

Además, la renovación de los lazos ruso-cubanos también tiene una dimensión geoeconómica significativa. Por ejemplo, en 2013, Moscú decidió cancelar casi el 90% de la deuda de Cuba. Teniendo en cuenta el débil perfil estructural de la economía cubana, el monto total era probablemente impagable de todos modos, pero esta concesión debe haber sido intercambiada por favores de La Habana. Los detalles exactos no han sido revelados, pero Cuba es notablemente uno de los partidarios más fuertes de las posiciones diplomáticas rusas. En otras palabras, el reembolso de los favores económicos no necesariamente se está liquidando con dinero. Además, las empresas rusas están involucradas en empresas conjuntas cuyos proyectos a gran escala tienen la intención de aprovechar los recursos naturales cubanos, incluidos los depósitos de petróleo en alta mar y el níquel. Además, Moscú ha ofrecido asistencia para la mejora de las capacidades económicas e industriales cubanas, especialmente en sectores como la energía nuclear, la infraestructura, las telecomunicaciones y la biotecnología.

Venezuela

Después de que Hugo Chávez se convirtiera en presidente, Venezuela forjó estrechos lazos con países latinoamericanos que comparten un sentimiento antiestadounidense, y con potencias euroasiáticas que albergan agendas revisionistas. Así, Rusia se ha convertido en un aliado estratégico clave para Caracas. Hay una gran cantidad de apoyo diplomático mutuo y Moscú ha hecho todo lo que está a su alcance para evitar el colapso del gobierno venezolano encabezado por el hombre fuerte Nicolás Maduro, el sucesor elegido a dedo por Chávez. Este respaldo ha sido visible cada vez que el régimen de Venezuela ha estado bajo presión. Por ejemplo, hace unos años, los bombarderos estratégicos rusos fueron alojados en Venezuela como una muestra abierta del apoyo inquebrantable del Kremlin mientras el país se veía sacudido por la agitación política. Podría decirse que el régimen venezolano es lo suficientemente fuerte y resistente como para manejar a sus rivales nacionales por su cuenta, pero confiar en un poderoso aliado extrarregional proporciona protección adicional. Más importante aún, Venezuela es un comprador de armamento ruso, incluidos rifles de asalto, tanques, aviones de combate, helicópteros y misiles. La entrega de material militar ha aumentado el poder duro de Caracas, desalentó un levantamiento disidente, disuadió una intervención militar extranjera y, en cierta medida, equilibró la presencia de las fuerzas estadounidenses en la vecina Colombia. Además, según ciertos medios periodísticos, mercenarios del Grupo Wagner, una empresa militar privada rusa, operan en Venezuela como guardianes de activos rusos y también como guardaespaldas de cuadros de alto nivel del régimen.

Aunque Venezuela no es precisamente un mercado de consumo próspero o una potencia industrial, contiene vastos depósitos de recursos naturales estratégicos. Por lo tanto, Moscú es un proveedor de crédito y las inversiones rusas están presentes en sectores clave de la economía venezolana, como la producción de petróleo y la minería de oro. Teniendo en cuenta las asimetrías existentes, Rusia tiene la ventaja, por lo que Caracas tiene un incentivo para complacer a sus socios rusos, incluidas las empresas estatales, las empresas privadas y, lo que es más importante, los beneficios económicos, comerciales y financieros otorgados por el Kremlin se pueden reembolsar con concesiones políticas, militares, diplomáticas y estratégicas. Por lo tanto, la entrada de dinero ruso a Venezuela está siendo recompensada con ganancias que son más valiosas que las meras ganancias. Para Caracas, este arreglo garantiza que Moscú favorezca la supervivencia del régimen encabezado por Maduro. Además, según fuentes abiertas, la asistencia rusa ha permitido a Venezuela recurrir al reino de las criptomonedas apátridas como un canal adecuado para desviar las sanciones impuestas por Washington. Debe tenerse en cuenta que Rusia es uno de los principales instigadores de una campaña mundial para socavar la hegemonía monetaria del dólar estadounidense y el control estadounidense sin precedentes de las arterias financieras internacionales.

En resumen, Venezuela se ha convertido en un punto de apoyo estratégico cada vez más importante para la proyección de la influencia rusa en las Américas. Aunque el régimen venezolano está lejos de ser un socio ideal o estable, Moscú está dispuesto a hacer la vista gorda ante su naturaleza desagradable siempre y cuando exista una oportunidad transaccional pragmática para posicionarse en una cabeza de playa tan crucial. En consecuencia, teniendo en cuenta la profundidad de su participación en Venezuela, un cambio de régimen en Caracas, ya sea a través de un golpe de Estado, una guerra civil o una «revolución de color», sería perjudicial para la agenda geopolítica regional de Moscú y un revés para su reputación como un protector efectivo de sus aliados asediados.

Nicaragua

La participación rusa en América Central comenzó cuando la URSS apoyó el régimen de izquierda establecido por los militantes sandinistas en la guerra de poder que estalló en los años 80. El otro lado en este campo de batalla , los escuadrones paramilitares de derecha conocidos como ‘Contras’ fueron apoyados clandestinamente por Washington bajo la administración Reagan como parte de su cruzada global para hacer retroceder la influencia soviética derrocando a los gobiernos del tercer mundo alineados con Moscú. El respaldo soviético incluyó asistencia militar, diplomática, política y económica. Dado que las ondas de choque resultantes podrían haber envuelto potencialmente a otros países también, este choque no fue menor.

El fin de la Guerra Fría y el derrocamiento electoral de los sandinistas cerraron este capítulo. Sin embargo, su regreso al poder una vez más bajo el liderazgo de Daniel Ortega en 2007 marcó un punto de inflexión en la orientación estratégica del país. La fortuna estaba proporcionando una oportunidad que valía la pena aprovechar y el Kremlin no podía permitirse desperdiciarla. En aquel entonces, los rusos se habían recuperado del caos que atravesaron durante los años 90 y estaban listos para enfrentarse a Washington como respuesta al creciente cerco de Rusia. Teniendo en cuenta los precedentes existentes y la necesidad apremiante de buscar poderosos patrocinadores cuya ayuda podría ser útil para manejar las tensiones con los Estados Unidos por desacuerdos irreconciliables, el presidente Ortega abrazó con entusiasmo el patrocinio ruso.

Desde entonces, la cooperación bilateral ha prosperado a una escala sin precedentes. Managua ha favorecido diplomáticamente los intereses de Moscú incluso en algunos de los puntos álgidos más polémicos del espacio postsoviético (como la independencia de Osetia del Sur y Abjasia, la anexión de Crimea y la invasión de Ucrania). A su vez, los rusos han apoyado al régimen de Ortega a través de la entrega de asistencia, efectivo y equipo militar. En estas circunstancias, la presencia rusa en esta nación se ha fortalecido a medida que el desafiante gobierno nicaragüense se ha enfrentado a la creciente desaprobación de Washington. Además, la capacitación rusa ha mejorado las capacidades institucionales de las fuerzas de seguridad nicaragüenses, un activo del poder duro que proporciona estabilidad política en tiempos de problemas, así como una ventaja significativa en caso de disturbios civiles.

Nicaragua no representa un premio económico formidable para Moscú. Sin embargo, su ubicación lo convierte en una plataforma adecuada para realizar actos militares y navales simbólicos de ruido de sables. Además, Nicaragua alberga una estación terrestre del Sistema Global de Navegación por Satélite de Rusia (GLONASS), operado por la agencia espacial rusa Roskosmos. Aunque el propósito de dicha instalación podría ser puramente civil, también podría emplearse para la recolección de SIGINT, una sospecha razonable que se ha nutrido del secreto que rodea el proyecto.

Compromisos adicionales

A través de Venezuela, Cuba y Nicaragua, Rusia ha hecho incursiones en América del Sur, el Caribe y América Central, respectivamente. Sin embargo, la estabilidad de estos puentes a largo plazo es volátil, por decir lo menos. Por lo tanto, llegar a pesos pesados regionales mucho más estables para explorar oportunidades para cubrir sus apuestas tiene sentido para Moscú. Por lo tanto, los rusos han invertido en el desarrollo de lazos con Brasil, México y Argentina. Al igual que puede encantar a los «estados deshonestos», el Kremlin también puede acercarse a países cuyos gobiernos tienen un mayor grado de legitimidad.

Brasil y Rusia son miembros del bloque BRICS, un grupo informal de países que se clasifican como economías emergentes y potencias en ascenso. Curiosamente, un denominador común compartido por Moscú y Brasilia es que ambos están interesados en un equilibrio de poder multipolar, una configuración que les permitiría alcanzar la hegemonía regional en sus propios barrios. Dado que sus posibles esferas de influencia no se superponen, existe un potencial de colaboración en otros lugares. En realidad, aunque justificado con matices ideológicos contrastantes, tanto los gobiernos brasileños de izquierda como los de derecha han alimentado los vínculos con Rusia, lo que no es sorprendente teniendo en cuenta que la geopolítica está formada por fuerzas impersonales en lugar de la agencia humana. Por ejemplo, Moscú ha respaldado consistentemente la candidatura de Brasil para convertirse en miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU. Además, la Federación de Rusia representa un mercado de consumo rentable de las exportaciones brasileñas de materias primas y alimentos y también un proveedor de fertilizantes para la agricultura brasileña. Reveladoramente, el último ejemplo de las relaciones ruso-brasileñas fue la visita oficial del presidente Jair Bolsonaro a Moscú, que provocó indignación en Washington porque fue visto como un acto de desafío ya que tuvo lugar en un momento de mayores tensiones sobre Ucrania. Hasta ahora, el gobierno brasileño se ha mantenido neutral con respecto a la actual crisis de Ucrania. Sin embargo, hay límites. Por ejemplo, el flujo de armas rusas a Caracas es problemático para Brasilia porque considera a Venezuela como un alborotador o un potencial estado fallido.

En otros lugares, Rusia y México han fomentado una modesta mejora de las relaciones bilaterales. Después de todo, México está en una posición compleja. Profundamente anclado a la órbita geopolítica y geoeconómica de Washington, el país tiene que compensar las asimetrías bilaterales existentes frente a los Estados Unidos, pero, al mismo tiempo, no puede permitirse el lujo de alienar a los Estados Unidos o replicar las rivalidades de Washington. Por lo tanto, necesita desarrollar una conexión independiente, cautelosa y pragmática con las potencias extrarregionales como una póliza de seguro que proporcione un escudo contra las tensiones geopolíticas. El desempeño de este acto de equilibrio es una cuestión de arte de gobernar, especialmente si México quiere posicionarse como un estado asertivo a largo plazo. De lo contrario, podría quedar atrapado en un lugar desventajoso en medio de una creciente confrontación de grandes potencias. Por lo tanto, aunque las relaciones bilaterales carecen de profundidad estratégica, existe una colaboración limitada. México recibió 20 millones de vacunas Sputnik-V en 2021. Asimismo, a través de una alianza con la firma italiana Eni, la empresa rusa Lukoil descubrió un yacimiento petrolífero en el Golfo de México en una zona en la que se le otorgó legalmente el derecho a dedicarse a la exploración y producción de hidrocarburos en 2017 que se estima en 250 millones de barriles. El intento del Estado mexicano de cubrir cuidadosamente sus apuestas estratégicas se refleja en la condena diplomática de la invasión ilegal de Ucrania, su insistencia en la resolución pacífica de las hostilidades y una renuencia paralela a unirse a las sanciones occidentales contra Rusia.

En el caso de Argentina, dicho país también recibió vacunas rusas y hay planes para colaborar en el ámbito de la energía nuclear. En una reciente visita al Kremlin, el presidente argentino Alberto Fernández expresó un gran interés en profundizar la complementariedad bilateral y el ofrecimiento de proporcionar un conducto para el desarrollo de una presencia rusa más fuerte en América Latina. Esta audaz apertura hacia Moscú como un potencial socio estratégico se justificó explícitamente como un curso de acción que ayudaría a Buenos Aires a trascender su posición anterior de alineación abrumadora con los intereses estadounidenses (una orientación que ya no se ve como beneficiosa) y superar la carga derivada de cuestiones como la deuda con el FMI, los Estados Unidos, y entidades financieras privadas estadounidenses. Con respecto a la guerra de Ucrania en curso, la posición de Argentina es bastante similar a la de México.

Observaciones finales

Como jugador revisionista en el tablero de ajedrez geopolítico global, Rusia ha ganado varios puntos de apoyo en las Américas. Por lo tanto, Rusia ha cortejado a regímenes que necesitan poderosos patrocinadores externos para administrar sus incómodas relaciones con los Estados Unidos. Para Moscú, estas cabezas de playa sirven como irritantes, distracciones estratégicas, palanca y fichas de negociación que podrían ser útiles para lograr la consolidación de su hegemonía regional en el espacio postsoviético. Por lo tanto, el Kremlin difícilmente estaría dispuesto a ir a la guerra para proteger La Habana, Caracas o Managua, e incluso si quisiera, carece de las capacidades logísticas para llevar a cabo la movilización militar que se requeriría. Sin embargo, al menos por el momento, estas asociaciones son fundamentales para que Moscú fortalezca su posición y se enfrente a Washington en su propio patio trasero. En otras palabras, esta conexión simbiótica no ha sido fomentada por factores ideológicos. En cambio, dado que ha surgido como resultado de necesidades complementarias, se trata de una razón de ser. Incluso el colapso de los gobiernos cubano, venezolano o nicaragüense, aunque representaría un revés público, no sería inoportuno a puerta cerrada en Moscú, especialmente teniendo en cuenta que cualquier cosa que cree problemas para los estadounidenses (y los estados fallidos en el hemisferio americano ciertamente alimentaría la disrupción regional) se considera conveniente para los intereses nacionales rusos.

Además, los esfuerzos rusos para buscar lazos más estrechos con Brasil, México y Argentina han sido más cautelosos. A diferencia de Venezuela, Nicaragua o Cuba, estos países no pueden ser tratados como vasallos, satélites o estados clientes, pero el desarrollo de relaciones mutuamente beneficiosas ofrece plataformas estables para formar asociaciones duraderas cuyo potencial merece ser explorado, y también demuestra sutilmente que la permanencia de la Doctrina Monroe no debe darse por sentada. Este compromiso con los pesos pesados regionales sobre una base de ganar-ganar indica que Rusia promueve el surgimiento de un equilibrio de poder multipolar en el hemisferio estadounidense. Huelga decir que tal pluralidad debilitaría la primacía tradicionalmente sostenida por Washington como el único epicentro regional de la gravedad geopolítica.

En general, la proyección de la influencia rusa en América Latina se ha adelantado o facilitado a través de canales diplomáticos. Sin embargo, hay formas más sutiles de intervenir allí, particularmente teniendo en cuenta la legendaria experiencia de Moscú en el campo de la inteligencia extranjera. Por ejemplo, en caso de que las tensiones entre Estados Unidos y Rusia aumenten aún más, Rusia podría recurrir a «medidas activas» (es decir, acciones encubiertas). Esta estrategia no convencional podría implicar la instigación de la inestabilidad a través del fomento clandestino de la agitación militante, la guerra psicológica, los ciberataques, la violencia sociopolítica o incluso la manipulación de las redes del crimen organizado en los países latinoamericanos, especialmente aquellos que están alineados con los Estados Unidos o en los estados en los que hay una presencia sustancial de intereses estadounidenses. Tales métodos de guerra híbrida conllevan tanto bajos riesgos como altos impactos. Después de todo, sembrar el caos es relativamente barato, fácil y rápido, pero tratar de restaurar el orden es costoso, difícil y largo. Además, queda por ver si el Kremlin intentará eludir las sanciones occidentales a través de circuitos económicos, comerciales, financieros y monetarios clandestinos latinoamericanos.

Mientras tanto, todavía se desconoce cómo Estados Unidos enfrentará este creciente desafío en su propia periferia. Hay señales que indican que los estadounidenses se están preparando para hacer algo al respecto. De hecho, poco después de la intervención militar rusa en Ucrania, el Departamento de Estado involucró a funcionarios del gobierno venezolano en conversaciones bilaterales para buscar suministros alternativos de petróleo y mitigar las consecuencias globales del aumento de los precios de la energía. A cambio, Washington ha estado considerando la posibilidad de levantar las sanciones. En estas posibles negociaciones, Caracas también podría exigir la devolución completa de sus tenencias de oro que fueron congeladas por el Reino Unido y / o la retirada del apoyo estadounidense para el cambio de régimen en Venezuela. No es probable que esta obertura navegue sin problemas debido a la obstinada negativa del establishment de la política exterior estadounidense a abrazar abiertamente la realpolitik y la oposición de ciertos grupos de presión políticos internos, pero, si se logra un resultado exitoso, podría representar un precedente para los esfuerzos posteriores de los Estados Unidos para contrarrestar la influencia rusa en las Américas.

En resumen, hay mucha evidencia que muestra que el hemisferio estadounidense, una vez bajo la tutela exclusiva de Washington, se ha convertido en un frente clave de la nueva Guerra Fría. En este teatro de competencia estratégica, el gigante ruso puede jugar con varias cartas y tiene un incentivo para duplicar a raíz de la crisis de Ucrania. Mientras tanto, es probable que el leviatán estadounidense esté formulando una respuesta. No está claro cómo se desarrollará finalmente esta rivalidad en la región, pero esta realidad ya se hace eco de la observación hecha por Lord Curzon en el sentido de que los países representan «piezas en un tablero de ajedrez sobre el cual se está jugando un gran juego para la dominación del mundo».

Es una cuestión de vida o muerte. Así que la UE proporcionará armas para las fuerzas armadas de Ucrania, por Josep Borrell

Lo que Putin está haciendo es una violación de los principios básicos de la convivencia humana. Este es el momento de ponerse de pie y hablar.

Josep Borrell, alto representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad. Fotografía: Agencia Anadolu/Getty Images

En esta hora oscura, cuando vemos la invasión no provocada e injustificada de Ucrania por parte de Rusia y las campañas masivas de desinformación y manipulación de la información, es esencial separar las mentiras, inventadas para justificar lo que no se puede justificar, de los hechos.

Los hechos son que Rusia, una gran potencia nuclear, ha atacado e invadido un país vecino pacífico y democrático, que no representaba ninguna amenaza para él, ni lo había provocado. Además, el presidente Putin está amenazando con represalias contra cualquier otro estado que pueda venir al rescate del pueblo de Ucrania. Tal uso de la fuerza y la coerción no tiene lugar en el siglo 21.

Lo que Putin está haciendo no es sólo una grave violación del derecho internacional, es una violación de los principios básicos de la convivencia humana. Con su decisión de traer la guerra de vuelta a Europa, vemos el regreso de la «ley de la selva» donde el poder hace lo correcto. El objetivo no es solo Ucrania, sino la seguridad de Europa y todo el orden internacional basado en normas, basado en el sistema de las Naciones Unidas y el derecho internacional.

Su agresión está cobrando vidas inocentes, aplastando el deseo de la gente de vivir en paz. Se están atacando objetivos civiles, violando claramente el derecho internacional humanitario y obligando a la gente a huir. Vemos que se está desarrollando una catástrofe humanitaria. Durante meses, hemos llevado a cabo esfuerzos sin precedentes para lograr una solución diplomática. Pero Putin mintió a los rostros de todos los que lo conocieron, fingiendo estar interesado en una solución pacífica. En cambio, optó por una invasión a gran escala, una guerra en toda regla.

Rusia debe cesar sus operaciones militares de inmediato y retirarse incondicionalmente de todo el territorio de Ucrania. Lo mismo ocurre con Belarús, que tiene que poner fin de inmediato a su participación en esta agresión y respetar sus obligaciones internacionales. La Unión Europea está unida para ofrecer su firme apoyo a Ucrania y a su pueblo. Esto es una cuestión de vida o muerte. Estoy preparando un paquete de emergencia para apoyar a las fuerzas armadas ucranianas en su lucha.

La comunidad internacional ahora, en respuesta, optará por un aislamiento a gran escala de Rusia, para responsabilizar a Putin por esta agresión. Estamos sancionando a quienes financian la guerra, paralizando el sistema bancario ruso y su acceso a las reservas internacionales.

La UE y sus socios ya han impuesto sanciones masivas a Rusia que apuntan a sus líderes y élites y sectores estratégicos de la economía dirigida por el Kremlin. El objetivo no es dañar al pueblo ruso, sino debilitar la capacidad del Kremlin para financiar esta guerra injusta. Al hacer esto, estamos estrechamente alineados con nuestros socios y aliados: Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Japón, Corea del Sur y Australia. También vemos a muchos países de todo el mundo uniéndose para proteger la integridad territorial y la soberanía de Ucrania, incluido el Reino Unido. Estamos juntos en el lado correcto de la historia frente al horrible ataque de Rusia contra un país libre y soberano.

Para justificar sus crímenes, el Kremlin y sus partidarios se han involucrado en una campaña masiva de desinformación, que comenzó hace ya semanas. Hemos visto a los medios estatales rusos y su ecosistema vendiendo falsedades en las redes sociales con el objetivo de engañar y manipular.

Los propagandistas del Kremlin llaman a la invasión «una operación especial», pero este eufemismo cínico no puede ocultar el hecho de que somos testigos de una invasión de Ucrania en toda regla, con el objetivo de aplastar su libertad, gobierno legítimo y estructuras democráticas. Llamar al gobierno de Kiev «neonazi» y «rusófobo» es una tontería: todas las manifestaciones del nazismo están prohibidas en Ucrania. En la Ucrania moderna, los candidatos de extrema derecha son un fenómeno marginal con un apoyo mínimo, sin pasar la barrera para entrar en el parlamento. El gobierno ucraniano no cortó el Donbás y no ha prohibido el uso de la lengua y la cultura rusas. Donetsk y Lugansk no son repúblicas, son regiones ucranianas controladas por grupos separatistas armados y respaldados por Rusia.

Lo sabemos, y muchos rusos lo saben. Ha habido valientes protestas en ciudades de toda Rusia desde que comenzó la invasión, exigiendo el fin de la agresión contra una nación vecina pacífica. Escuchamos sus voces y reconocemos su coraje al hablar, y también vemos a muchas figuras públicas prominentes en Rusia protestando por esta invasión sin sentido.

Sigo trabajando con nuestros socios en todo el mundo para garantizar la acción conjunta de la comunidad internacional contra el comportamiento del Kremlin. El 25 de febrero, solo Rusia vetó una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU sobre la agresión de Rusia contra Ucrania, con la abstención de China, India y los Emiratos Árabes Unidos. De todo el mundo, los países condenan los ataques de Rusia, y en la Asamblea General toda la comunidad internacional debe unir fuerzas y ayudar a poner fin a la agresión militar de Rusia mediante la adopción de la resolución relacionada de la ONU.

Con esta guerra contra Ucrania, el mundo nunca volverá a ser el mismo. Es ahora, más que nunca, el momento de que las sociedades y las alianzas se unan para construir nuestro futuro sobre la confianza, la justicia y la libertad. Es el momento de ponerse de pie y hablar. El poder no hace lo correcto. Nunca lo hice. Nunca lo hará.

  • Josep Borrell es el alto representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad

Es una cuestión de vida o muerte. Por lo tanto, la UE proporcionará armas para las fuerzas armadas de Ucrania | Josep Borrell | El Guardián (theguardian.com)

Misiles, submarinos y equilibrio estratégico, por Josep Piqué

El desarrollo de tecnologías que hagan obsoletos los escudos antimisiles puede alterar de manera profunda el actual equilibrio estratégico entre las tres grandes potencias: EEUU, Rusia y China.JOSEP PIQUÉ |  28 de octubre de 2021

En las últimas semanas estamos asistiendo a una sucesión de noticias relativas a pruebas de misiles hipersónicos por parte de las tres grandes potencias (Estados UnidosRusia y China), así como al debate suscitado a raíz del AUKUS sobre el papel estratégico de los submarinos en el equilibrio estratégico global. Con independencia del ingente esfuerzo tecnológico (y económico) que hay detrás de estos desarrollos, los objetivos que se persiguen no son nuevos en la historia. Desde el “Vis pace, para bellum” de los romanos a las modernas teorías de la disuasión, las pugnas entre los grandes poderes se han caracterizado por alterar a su favor la correlación de fuerzas ofensivas y defensivas, para disuadir al adversario para atacar o para defenderse en caso de agresión, buscando su rendición sin necesidad de luchar.

Tales objetivos, a partir del final de la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de la guerra fría, han venido marcados por la búsqueda de la superioridad nuclear, pero sobre todo por la capacidad de neutralizar las defensas enemigas y conseguir su inferioridad de partida ante un eventual conflicto atómico a gran escala. En este contexto cabe enmarcar el desarrollo de nuevos misiles, así como el despliegue de capacidad submarina que estamos observando en estos momentos. Su alcance es enorme, ya que pueden claramente alterar el actual panorama estratégico, hoy todavía decantado de manera indudable a favor de EEUU.

Tal superioridad viene de los años ochenta y es una de las causas fundamentales de la victoria occidental en la guerra fría. Pero no siempre fue así. Ni mucho menos fue un camino fácil.

Una vez iniciada la carrera nuclear con el acceso de la Unión Soviética a la bomba en 1949, la preponderancia de EEUU y la URRS (sucedida por Rusia) en este ámbito sigue hoy intacta, siempre que nos atengamos al número de armas nucleares totales –entre ambos disponen de un 90% del total–, sentando las bases de la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada y del llamado Equilibrio del Terror, algo que no impedía la posibilidad de una guerra limitada en Europa.

Sin embargo, no basta con ese criterio numérico. Hay que atender a las armas realmente desplegadas y a su distribución entre misiles intercontinentales y tácticos –de corto y medio alcance–, sus plataformas de lanzamiento –desde bases operativas, desde operativos móviles, submarinos, bombarderos, etcétera– y cada vez más, su capacidad para sortear los sistemas defensivos del adversario. Desde este punto de vista, EEUU y Rusia disponen de un despliegue similar, aunque sus plataformas de lanzamiento difieren y subsiste una clara asimetría en lo que se refiere tanto a los submarinos como a los llamados escudos antimisiles.

Ambos, después de los diferentes tratados de limitación, han prescindido de los misiles tácticos desde bases terrestres, tienen una importante flota de submarinos –aunque EEUU mantiene una gran superioridad numérica y tecnológica– y de bombarderos, algunos de ellos, por parte estadounidense, “invisibles”. Pero desde los ochenta, el elemento diferencial entre ambos –más allá del ámbito convencional, en donde EEUU tiene una superioridad abrumadora, después del colapso de la URSS y los enormes problemas de Rusia a la hora de renovarse y modernizarse en ese terreno– es, sin duda, la enorme ventaja estadounidense en sistemas de intercepción de mísiles balísticos y, por tanto, su capacidad para neutralizar de manera significativa cualquier ataque y mantener casi intacta su capacidad de respuesta. Son los llamados escudos antimisiles, que en su día, cuando se implementan en la época del presidente Ronald Reagan, la imaginación popular convino en denominar “la Guerra de las Galaxias”.

«Desde los ochenta, el elemento diferencial es la enorme ventaja de EEUU en sistemas de intercepción de mísiles balísticos y, por tanto, su capacidad para neutralizar de manera significativa cualquier ataque y mantener casi intacta su capacidad de respuesta»

Pero antes pasaron muchas cosas. La más llamativa fue la llamada crisis de los misiles en Cuba en 1962. Hasta entonces, EEUU no sentía la amenaza de una instalación de misiles tácticos que pudieran amenazar su territorio continental. De ahí que el presidente John F. Kennedy lo interpretara como un desafío inaceptable. Al final, como es bien sabido, después de unas semanas de enorme tensión, la URSS convino en su retirada. Lo que es menos conocido es que también hubo un compromiso por parte estadounidense de retirar los instalados en Turquía por la OTAN. De nuevo, el resultado buscaba mantener un equilibrio de amenazas entre los dos bloques.

La otra gran crisis es la conocida como la de los euromisiles, cuando la URSS decide, en 1977, instalar misiles tácticos en Europa central y oriental –sobre todo en la República Democrática Alemana y en Checoslovaquia–, conocidos como SS-20. Eran de alcance corto medio (hasta 5.500 kilómetros) y equipados con varias cabezas nucleares, lo que suponía introducir un claro desequilibrio ofensivo frente a la Alianza Atlántica, además de la posibilidad de una guerra nuclear limitada al territorio europeo, partiendo de que EEUU no se arriesgaría a una guerra total por mantener su compromiso con la defensa de Europa Occidental.

La reacción de extrema alarma vino del canciller de la República Federal Alemana, Helmut Schmidt, haciendo un llamamiento desesperado a la OTAN para que contrarrestara tal amenaza. La respuesta llegó a finales de 1979 con la llamada Doble Decisión, por la que se abría un plazo de cuatro años para negociar con los soviéticos una solución o, en caso contrario, instalar una amplia red de misiles de corto y medio alcance –los Pershing 2 y de Crucero–, que supondrían tener a Moscú bajo su alcance. Tal enfoque fue rechazado por la URSS, pero también topó con enormes resistencias dentro de Europa Occidental, con una clara división en el Bundestag –que acabaría con la coalición entre el SPD y los liberales, la caída de Schmidt y la llegada al poder de Helmut Khöl– y una clara oposición en las calles, muchas veces orquestadas por los propios partidos comunistas occidentales, aprovechando los sentimientos pacifistas de la sociedad alemana y de otros países europeos. En paralelo, Reagan propuso la “Opción Cero”, por la que la OTAN se comprometía a no instalar los nuevos misiles a cambio de que la URSS retirara los suyos. El Kremlin se negó, arguyendo que eso dejaba al margen a los misiles nucleares franceses y británicos, independientes de la propia OTAN.

«La crisis de los euromisiles supuso la posibilidad de una guerra nuclear limitada al territorio europeo, partiendo de que EEUU no se arriesgaría a una guerra total por mantener su compromiso con la defensa de Europa Occidental»

En cualquier caso, después de cuatro años tensos, la OTAN, a petición del Bundestag, decide proceder a la instalación planteada, ya con Khöl al frente del gobierno de Bonn. Se equilibraba de nuevo así la amenaza estratégica, pero sobre la base de la nuclearización masiva del territorio europeo. Se trataba, sin embargo, de un equilibrio asimétrico, ya que la URSS tenía la doble amenaza, desde territorio europeo y desde los misiles intercontinentales estadounidenses, mientras que EEUU solo tenía la de los misiles intercontinentales soviéticos.

El paso siguiente fue el desarrollo del escudo antimisiles por parte de EEUU, que neutralizaba en gran medida esta última amenaza. Y la URSS se mostró incapaz de seguir por ese camino, por sus limitaciones económicas y tecnológicas. El escenario estratégico global se decantaba claramente en favor de Occidente, aunque en 1987, ya con Mijaíl Gorbachov, se firmase el Tratado de Washington para desmantelar todos los misiles balísticos o de crucero de alcance inferior a los 5.500 kilómetros. Se restablecía así el equilibrio en territorio europeo, pero no en el ámbito de los misiles intercontinentales, a pesar de los diferentes acuerdos de limitación de los mismos.

La gran asimetría se producía por el despliegue del escudo antimisiles y la superioridad ofensiva a través de submarinos y grandes bombarderos. La pugna se decantaba de manera irremisible, gracias a la tecnología y a la determinación política, en favor de Occidente.

Hasta hoy. Porque además del recuperado esfuerzo ruso en el ámbito militar –tanto convencional, a través de estrategias de A2/AD, utilizadas también por China en el Mar del Sur, como nuclear, con la instalación de misiles móviles rusos en el enclave de Kaliningrado–, el cambio cualitativo viene de dos vectores. Por un lado, la apuesta de EEUU por mantener su superioridad en submarinos de propulsión nuclear y armados con armas nucleares tácticas y estratégicas –de ahí la relevancia estratégica del AUKUS–, con las ventajas que ello supone, ya que son enormemente difíciles de detectar, muy rápidos y movibles sin salir a superficie, no necesitan abastecerse de combustible y tecnológicamente son muy avanzados. Y aunque tanto Rusia como China han incrementado su arsenal, la superioridad estadounidense sigue siendo clara.

«Aunque se siga invirtiendo en nuevas generaciones de defensa antimisiles balísticos, el esfuerzo puede resultar baldío si se tiene la capacidad de sortear el escudo»

Pero por otro lado esa superioridad, afianzada desde los años ochenta y basada en los escudos antimisiles balísticos de crucero intercontinentales, de trayectoria elíptica y suficientemente lentos como para ser interceptados en vuelo se pone en peligro con el desarrollo de los nuevos misiles hipersónicos, ensayados ya por Rusia (los Zirkon) y recientemente por China. Estos son mucho más rápidos –en seis o siete minutos pueden dar la vuelta a la tierra–, se mueven en cotas mucho más bajas –entre 20 y 100 kilómetros de altura– y pueden modificar su trayectoria incluso bruscamente para evitar su detección y así evitar su destrucción, antes de llegar a sus objetivos. De manera que, aunque EEUU esté también desarrollándolos, el mensaje es claro: aunque se siga invirtiendo en nuevas generaciones de defensa antimisiles balísticos, el esfuerzo puede resultar baldío si se tiene la capacidad de sortear el escudo.

Este es el gran cambio que puede alterar de manera profunda el actual equilibrio estratégico global. Y si bien EEUU y Rusia, con altibajos y provocaciones mutuas, tienen marcos definidos por los acuerdos de limitación, China no está en ellos. Un motivo más para alimentar el temor estadounidense de ver amenazada realmente su hegemonía global a mediados del presente siglo. China no oculta su ambición y EEUU tiene la obligación de mostrar, con hechos, que tiene la determinación de impedirla.

Estamos ante mundo tan peligroso como el de la guerra fría y con una aceleración de acontecimientos gracias a las nuevas tecnologías que lo hacen, además, mucho más impredecible. Es, pues, más urgente que nunca establecer un diálogo entre las superpotencias que evite al planeta el riesgo real de la destrucción de la humanidad.

Lamentablemente, lo que vemos es una creciente escalada de rearme. Están comenzando a sonar todas las alarmas. Porque sigue vigente el aforismo romano: si vis pace, para bellum.

Enlace original:

Misiles, submarinos y equilibrio estratégico | Política Exterior (politicaexterior.com)

Objetivos de Desarrollo Sostenible (Instituto Español de Estudios Estratégicos)

Introducción

Alba Ambrós

Tengo el placer y también el honor de redactar el capítulo introductorio de este cuaderno sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible y su vinculación y repercusión en el género y la seguridad, en el que participan grandes amigos y expertos en la materia y que es publicado por el Instituto Español de Estudios Estratégicos, que recientemente ha cumplido medio siglo de existencia.

En un cuaderno que hace un recorrido por los distintos aspectos que conforman la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), y en el cual cada uno de los autores explica uno en su capítulo, me gustaría comenzar destacando una palabra, un concepto: alianzas.

Podemos definir y explicar la Agenda 2030 de muchas maneras, pero solo podremos cumplir los ODS y sus metas gracias a las alianzas. Esta agenda global, aprobada por los 193 Estados miembros de Naciones Unidas el 25 de septiembre de 2015 requiere de la implicación del conjunto de la sociedad para su cumplimiento. Tenemos un problema, quedan ya menos de diez años para cumplir las metas a las que nos hemos comprometido. Con el cambio de década, iniciamos también la etapa de la acción y, para lograrlo, necesitamos la implicación y el compromiso de todas y todos.

Cuando a finales de octubre Chile tuvo que renunciar a la organización y celebración de la Conferencia de las Partes —más conocida como COP 25— en su país, debido a las revueltas, y España se ofreció a poner la sede, bajo presidencia chilena, tuvimos muy claro que para lograr organizar y celebrar una cumbre internacional de tamaña dimensión solo cabía hacerlo con la ayuda de todas y todos, aliándonos entre las diferentes Administraciones, sociedad civil y empresas. En exactamente 42 días logramos hacer lo que se suele organizar en un año.

También ha quedado de manifiesto la necesidad del marco que brinda la Agenda 2030 a la hora de hacer frente a una crisis como la COVID-19. Esta pandemia ha demostrado que, efectivamente, vivimos en sociedades interconectadas e interdependientes. Hemos visto que un brote de COVID-19 originado en una punta del planeta tarda pocos días en llegar a países situados en el otro extremo del mismo y en afectar no solo a las personas, sino a la sociedad en su conjunto, a la economía de los países, pero también, por interconexión, a la economía mundial, a los mercados.

Esta pandemia nos ha hecho cuestionar el modelo actual de ciudad, de vivienda, de empleo y de modelo productivo. Pero también nos ha permitido darnos cuenta de la importancia de la sanidad y la investigación.

Por ello, debemos aplicar el ODS 17, no ya a nivel interno de cada país, sino también a nivel global. Sabíamos que una pandemia global era cuestión de tiempo, pero no es una excusa, debemos trabajar unidos para lograr una vacuna universal al alcance de toda la población, evitar el incremento de las desigualdades que ha provocado el coronavirus, pero, sobre todo, aprovechar la oportunidad única que nos brinda para cambiar el modelo de sociedad en el que vivimos. Estos meses de duro confinamiento deben hacernos reaccionar. Debemos aprovechar la oportunidad para replantear los modelos de ciudad, recuperarla para los ciudadanos, hacerlas más accesibles y habitables. También debemos potenciar nuestro sistema sanitario público y dotarlo de los medios necesarios, así como la investigación científica.

El ODS 17, Alianzas para lograr los objetivos, hace énfasis en la necesidad de movilizar todos los medios de implementación necesarios, financieros, públicos y privados, y de otra índole, con el fin de reforzar una alianza mundial para el desarrollo sostenible que ponga en marcha una agenda cuya naturaleza amplia y horizontal, ambiciosa y multidimensional, ha de exigir aglutinar y analizar información de diversos ámbitos de nuestras Administraciones públicas, de la Unión Europea, así como de otros actores nacionales e internacionales.

A lo largo de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible se denota la insistencia en las ventajas y potencialidades de las alianzas, y llama a establecer una alianza mundial para el desarrollo sostenible a través del ODS 17, con un amplio número de actores y socios, la movilización de conocimientos, capacidad técnica, tecnología y recursos. Existe un acuerdo general según el cual dichas alianzas globales pueden y deben convertirse en coaliciones para la acción, orientadas a la reducción de la pobreza y la consecución del desarrollo sostenible. Es responsabilidad de todos.

La Agenda 2030 es una agenda internacional y el ODS 17 está íntegramente dedicado a la promoción de las alianzas necesarias para el desarrollo sostenible.

Como iremos viendo a lo largo de los diferentes capítulos de esta publicación, la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible es un contrato social global centrado en el llamado eje de las cinco P: personas, planeta, paz, prosperidad y alianzas (partnership en inglés). Su objetivo final es conseguir una sociedad más justa y un desarrollo sostenible inclusivo situando en el centro de toda acción a las personas con la intención de que «nadie se quede atrás».

España, como país firmante, ha adquirido el compromiso de cumplir los 17 ODS. Al tratarse de una agenda global, esto implica a todos los actores sociales, en particular al sector privado y las Administraciones públicas. Pero no solo a estos. Para favorecer la transformación, hay que contar con la experiencia, el conocimiento y la participación de toda la sociedad. A nivel nacional se están alineando las políticas, dando coherencia a las medidas y acciones de Gobierno e impulsando el diálogo con la sociedad mediante el establecimiento de sinergias y alianzas.

La apuesta del Gobierno está generando una movilización de la sociedad española, implicando a los diferentes sectores que conforman la sociedad civil, las Administraciones del Estado y las empresas públicas y privadas. La actividad bajo el prisma de la Agenda 2030 es ya visible en las acciones del Gobierno.

Las políticas adoptadas en los primeros dieciocho meses del Gobierno del presidente Sánchez abordaron más que nunca el progreso social y económico del país y están centradas en el planeta y las personas. Esta forma de actuar de España, basando sus acciones en la Agenda 2030 como marco político general del cambio, ha hecho que el modelo español sea percibido en la Unión Europea como un modelo de liderazgo, seguido de cerca por los países del entorno.

Esta acción necesita promover alianzas, impulsadas desde el liderazgo y participadas por los ciudadanos, dirigidas a concretar un proyecto de país donde el desarrollo sostenible se sitúe como eje vertebrador. En definitiva, avanzar en la construcción de un estado de bienestar socioecológico cada vez más fuerte e inclusivo, comprometiéndose con los ODS y la Agenda 2030.

Susana Malcorra, exministra de Asuntos Exteriores de Argentina, hace un recorrido histórico por los diferentes conceptos y políticas de desarrollo, desde el documento compuesto por la emperatriz Catalina la Grande de Rusia a principios de 1767, llamado Instrucciones, hasta llegar al «monumento más hermoso de la historia», es decir, la Agenda 2030. Para ello, comienza preguntándose acerca del significado del concepto de desarrollo y su sentido en la resolución aprobada por la Asamblea General de Naciones Unidas el 25 de septiembre de 2015.

Para Malcorra, Instrucciones debía transformar las condiciones de vida de la sociedad rusa, estableciendo un nuevo código legal, y, para lograrlo, se constituyó una comisión de diputados con representantes de todos los sectores. Como vemos, ya en el siglo xviii se quería aplicar el ODS 17 de alianzas para lograr los objetivos. Desafortunadamente, el documento presentado por la emperatriz era demasiado ambicioso para la época y no se llegó a elaborar por parte de la comisión. Sin embargo, tuvo gran influencia en filósofos de la época, sirviendo también de inspiración para constituciones de muchos países.

Desde entonces, han tenido lugar infinidad de conferencias internacionales alrededor del concepto de desarrollo y sostenibilidad, de los cuales, de acuerdo con Malcorra, habría que destacar dos conferencias:

La llamada Cumbre de Río de 1992, durante la cual «se ataca el desarrollo como una situación de disparidad de riqueza entre países, sin considerar los distintos niveles de desarrollo dentro de cada país, y durante la cual se aprobó la Agenda 21, enfocada en medidas para promover el desarrollo sostenible que deberían llevar al mundo a una posición de desarrollo equitativo y sostenible en el siglo xxi».

La segunda cumbre que se destaca es la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer, más conocida como Conferencia de Pekín, que este año cumple un cuarto de siglo convirtiéndose en marco de referencia de la agenda mundial de igualdad de género.

Continuando por la senda de la perspectiva de género, otro texto de referencia es el informe realizado por la ONU Mujeres para 2018, Transformar las promesas en acción: la igualdad de género en la Agenda 2030, en el que se basa Blanca Palacián, investigadora del Instituto Español de Estudios Estratégicos para su capítulo.

Tal y como se destaca en el capítulo, el reconocimiento de la igualdad de género como un objetivo importante en sí mismo y también como un catalizador del cambio para todos los demás objetivos. La perspectiva de género ha de considerarse el motor de empuje para los otros 16 ODS: «desde la erradicación de la pobreza y el hambre, el fomento de una prosperidad y un crecimiento inclusivos y la construcción de sociedades pacíficas, justas e inclusivas que garanticen la protección del planeta y de sus recursos naturales». De este modo, si hacemos bien el trabajo al que nos hemos comprometido, no solamente se alcanzará el ODS 5, dedicado a la igualdad de género, sino que este ayudará a la consecución de todos los demás. Todos los análisis muestran que, en todos los países y regiones, las mujeres y las niñas se enfrentan a enormes barreras estructurales que repercuten en todos los aspectos de su vida. Por lo tanto, la eliminación de las restricciones específicas de género, así como otras formas de discriminación con las que estas se cruzan, resulta trascendental.

No podemos ni debemos obviar al 50 % de la población mundial. Desde el Alto Comisionado pusimos en numerosas ocasiones el énfasis en la importancia y transversalidad del ODS 5, sobre igualdad de género, ya que no podremos alcanzar las metas ni los objetivos si no incluimos a toda la población. Mejorando las condiciones de vida de mujeres y niñas los beneficios repercuten en toda la sociedad. Ello implica invertir en educación (ODS 4), trabajo digno (ODS 8), reducción de desigualdades (ODS 10), inversión en saneamiento y agua limpia (ODS 6), innovación (ODS 9) y justicia e instituciones fuertes (ODS 16). En definitiva, implementando un objetivo de desarrollo sostenible, repercutimos en la implementación de todos los demás, mejorando la vida y condiciones de toda la sociedad, pero también ayudamos a transformar las ciudades haciéndolas más sostenibles e igualitarias.

Como bien dice Blanca a lo largo del capítulo, la igualdad de género no solo es un fin en sí mismo, sino un motor para los demás; no hemos de perder la perspectiva de que la Agenda 2030 es uno de los mayores consensos jamás alcanzados y que las sensibilidades de todos los países y mandatarios sobre estas cuestiones y otras muchas no son las mismas.

Pero, como ya hemos comentado al principio, esta agenda va mucho más allá. Se trata de una agenda en la que confluyen otras dos: la medioambiental y la de desarrollo internacional.

Como bien comentan Marta Martínez, Carlos Mataix Aldeanueva y Víctor Viñuales Edo en su capítulo sobre las alianzas multiactor en la Agenda 2030, debido a la creciente presión por avanzar hacia un desarrollo más sostenible, con atención a problemas globales como la pobreza, la desigualdad, el agotamiento de los recursos y el traspaso de los límites ecológicos, junto con la aspiración a una mayor participación ciudadana en la toma de decisiones, se han ido promoviendo y experimentando mecanismos de colaboración más fluidos entre actores mediante relaciones más horizontales y democráticas.

Dichas alianzas, como bien se indica en el capítulo, ocupan un papel central en la Agenda 2030 y, por tanto, en la consecución de los ODS; condición necesaria para abordar los problemas complejos de sostenibilidad que afrontamos todos a través de esta agenda de desarrollo sostenible. Es por ello que debemos aplicar el ODS 17 involucrando a todos los actores de la sociedad para lograr cumplir con la agenda y sus metas.

Recordemos que estamos entrando en una nueva década, es decir, quedan ya menos de diez años para cumplir con los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible. Tenemos poco tiempo y un solo planeta.

La irrupción de la joven Greta Thunberg y el movimiento juvenil planetario, despertando la conciencia de lucha contra una emergencia climática, refuerza la necesidad de trabajar hacia un desarrollo sostenible que mitigue los efectos nocivos que producimos.

No se puede seguir en la senda de las energías fósiles, ni tampoco asfixiar nuestro planeta, porque no existe un planeta B. Tanto los Gobiernos como el sector privado y la sociedad civil deben ser conscientes de la necesidad de aplicar políticas y medidas que lo protejan.

No nos hemos dado cuenta hasta ahora, o no nos queríamos dar cuenta, de que el tipo de crecimiento que teníamos era devastador para el planeta. España es un país muy vulnerable al cambio climático. Lo vemos constantemente: desastres naturales que tienen origen en el calentamiento del planeta o cambios en nuestra vida cotidiana, como las temperaturas extremas. En este sentido, el mensaje de Thunberg es determinante, y, si alguien no es sensible a él, se equivoca.

La celebración de la Conferencia de las Partes, COP 25, presidida por Chile el pasado mes de diciembre en Madrid, dio buena muestra de la implicación y preocupación de la sociedad española con respecto a las consecuencias del cambio climático. Fue muy emocionante ver cómo colegios enteros, sector público, sector privado, las diferentes administraciones, locales, regionales y estatales, instituciones y altos cargos del Estado, así como representantes de diferentes organismos internacionales participaban en las diferentes actividades, cuyo marco general era la importancia del objetivo de desarrollo sostenible 13, acción por el clima.

Ya sufrimos los efectos del cambio climático, la pérdida de biodiversidad y de vivir en sociedades desiguales. Hoy, más que nunca, debemos decir con firmeza y convencimiento que sí que hay una alternativa. Una respuesta diferente es posible. El modo en que afrontamos los grandes retos debe estar basado en los valores universales de la justicia, la igualdad, la solidaridad y los derechos humanos.

Debemos y queremos dar una respuesta que ponga a las personas primero, cualesquiera que sean su origen y condición; que respete nuestro planeta y los derechos de las generaciones futuras; que genere un progreso compartido, seguro y sostenible; que construya la paz y la justicia; que sea la de todos y todas, en alianza. El ser humano ha sido capaz de hacer grandes esfuerzos por superar etapas y avanzar hacia el progreso. Ahora también es posible. Pero la urgencia y la necesidad de que aceleremos el ritmo de transformación es cada vez más apremiante. El planeta no deja de avisarnos de los riesgos y de las consecuencias a los que podríamos tener que enfrentarnos si no cambiamos de manera urgente nuestra manera de hacer las cosas. Los científicos ya no dudan: no podemos seguir actuando como hasta ahora y no podemos mirar para otro lado. Ha llegado el momento de trabajar juntos para que, entre todos y todas, podamos definir el mundo que queremos.

Imaginemos un mundo en 2030 donde el cambio climático haya dejado de ser una amenaza; donde la inclusión sea la norma y no la excepción; un mundo en el que los derechos humanos sean respetados y la paz sea el entorno natural. En definitiva, sociedades donde las personas estén en el centro de todas las políticas. La Agenda 2030 también se mide porque introduce un aspecto ético muy profundo. La ética de la responsabilidad del planeta que dejaremos a las siguientes generaciones, la herencia que legaremos.

Ante un mundo cada vez más complejo e interrelacionado, las agendas se han tornado globales y el cumplimiento de los objetivos, interdependiente. De hecho, no podemos centrarnos en un solo objetivo sin trabajar directa o indirectamente en los demás. Por ejemplo, avanzar en igualdad de género (ODS 5) requiere trabajar para una educación de calidad (ODS 4) asegurando la eliminación de las disparidades de género en la educación, así como promoviendo el acceso igualitario a todos los niveles de la enseñanza y la formación profesional. Otro ejemplo: trabajar para transformar nuestras ciudades y comunidades haciéndolas más sostenibles (ODS 11) tiene un impacto directo en la acción por el clima (ODS 13) en términos de contaminación y emisiones de CO2, convirtiendo nuestras ciudades en lugares más sostenibles y respetuosos con el aire y las personas.

España, como país firmante, ha adquirido el compromiso de cumplir los 17 ODS. Al tratarse de una agenda global, esto implica a todos los actores sociales, en particular al sector privado y las administraciones públicas. Pero no solo a ellos. Para favorecer la transformación, hay que contar con la experiencia, el conocimiento y la participación de toda la sociedad. A nivel nacional se están alineando las políticas, dando coherencia a las medidas y acciones de Gobierno e impulsando el diálogo con la sociedad mediante el establecimiento de sinergias y alianzas. Lo mismo debe hacerse en la acción exterior. En esta materia, España es hoy referente entre los países de la UE.

Justamente, en este sentido, Félix Fernández-Shaw recoge en su capítulo sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible y la Unión Europea el compromiso de la nueva presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, con el cumplimiento de la Agenda 2030, enmarcando en ella la actividad de la Unión Europea.

Las nuevas prioridades marcadas por la nueva presidenta de la Comisión Europea quedan bien resumidas en el capítulo escrito por Félix Fernández-Shaw. Estas son: el Green New Deal europeo, una Europa preparada para la Era digital, una economía que trabaja para la gente, proteger la manera de vida europea, una Europa más fuerte en el mundo y un nuevo impulso para la democracia europea. Conforman un grupo de prioridades dirigidas a transformar la Unión Europea en un continente sostenible económica, social y medioambientalmente, desde un marco político, y con una ambición global. La participación activa de los Estados miembros en un marco conjunto solo puede hacernos más fuertes y más decididos.

La Unión Europea, como actor global, empujó desde el primer momento para combinar en un solo documento lo esencial de los compromisos políticos, económicos, sociales y medioambientales e interrelacionarlos, aceptando el empuje de otros países en desarrollo para incluir también los medios de ejecución.

La UE tuvo claro desde el principio que esta era la única senda posible. La Agenda 2030 es una agenda de transformación radical del modelo de desarrollo clásico a escala planetaria. Para que exista esa transformación es imprescindible que las sociedades y las personas se impliquen, debatan, conozcan los distintos elementos y características que las conforman y entiendan las opciones de transformación hacia un modelo de desarrollo sostenible. Solo así aceptarán y ejecutarán en su vida diaria, en sus modalidades económicas, políticas, sociales y medioambientales, las decisiones y las renuncias que conlleva la transformación.

Recordemos que los principios de los Objetivos de Desarrollo Sostenible son también los valores que dan sentido a Europa: el respeto al Estado de derecho, el diálogo y la tolerancia, la igualdad de oportunidades, la paz y la convivencia. Una Europa que protege los derechos de los más vulnerables, que se compromete con el Acuerdo de París para frenar el cambio climático, que hace de la igualdad de género una de sus prioridades. Es lógico que la Unión Europea haya adoptado la Agenda 2030 como principal exponente de su acción exterior. Cabe resaltar también el papel protagonista que ha desempeñado España en Europa, liderando la promoción y el impulso de la Agenda 2030, promoviendo junto con Alemania, Francia y Finlandia que los Estados miembros reafirmasen su compromiso con la Agenda 2030 en las conclusiones del Consejo Europeo del 18 de octubre 2018. Nuestro país exigió que la UE continuase avanzando en la implementación de la Agenda. Es importante que las instituciones europeas adopten el marco de la Agenda 2030 a todos los niveles y la sitúen como elemento central de su acción. Buen ejemplo de ello es la Estrategia Global de la UE presentada por la entonces alta representante Federica Mogherini en 2016, el nuevo Consenso Europeo de Desarrollo acordado por la Comisión Europea, el Consejo Europeo y el Parlamento Europeo en 2017. Junto con el Acuerdo de París y la Agenda de Addis Abeba, la UE ha plantado la Agenda 2030 en el centro de su diálogo con los países socios y está comenzando a desarrollar el formato de los diálogos ODS, donde tanto la UE como el país socio presentan de manera franca y directa sus desafíos en materia de desarrollo sostenible y sus políticas orientadas a alcanzar los ODS.

Fernández-Shaw señala también que la UE y sus Estados miembros están impulsando la programación conjunta de sus fondos de cooperación en los países socios utilizando la Agenda 2030, los ODS, sus metas y sus indicadores como marco común de resultados, no ya europeo sino también con el país socio.

Como podrá observar el lector, no se pueden cumplir los ODS sin alianzas, pero lo cierto es que para lograrlos debemos garantizar la seguridad y el bienestar de la población. Ruth Abril hace, en su capítulo, un interesante recorrido por la vinculación entre los Objetivos de Desarrollo Sostenible, la seguridad y los derechos humanos.

Hace aproximadamente dos años la entonces alta comisionada para la Agenda 2030, Cristina Gallach, participó en un acto sobre la figura de Eleanor Roosevelt, figura clave de la Declaración Universal de Derechos Humanos aprobada hace 71 años por Naciones Unidas, y que sirve como base para la Agenda 2030.

No puede haber desarrollo sin derechos humanos, al igual que no hay derechos humanos sin desarrollo; más aún, la paz y la seguridad son imprescindibles para el desarrollo y el respeto de los derechos humanos. La Agenda 2030 representa, precisamente, la continuación de aquel espíritu onusiano para la paz, la seguridad y el progreso. En definitiva, los 17 Objetivos para el Desarrollo Sostenible, con los que el Gobierno de España está plenamente comprometido, constituyen las bases del nuevo contrato social global para hacer realidad los treinta derechos básicos definidos en la declaración universal. Marcan el camino de la acción para la igualdad, paz, desarrollo y prosperidad.

En aras de la coherencia externa e interna de la Agenda 2030, y en una clara apuesta por el multilateralismo, junto al ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, las organizaciones responsables de nuestra política exterior multiplican las prioridades españolas fuera de nuestras fronteras.

 La ambición de esta Agenda, que busca el cambio de paradigma hacia un modelo de desarrollo sostenible social, económico y medioambiental, implica un compromiso universal. Así, la erradicación de la pobreza, la disminución de las desigualdades, la sostenibilidad en todas sus dimensiones, el enfoque basado en los derechos humanos y el enfoque de género son las prioridades de la política exterior española.

La Agenda 2030 es un acuerdo global, asumido por todos los países que forman la ONU, que pretende ser una hoja de ruta para construir un mundo más justo, próspero, sostenible y en paz poniendo a las personas en el centro, con el objetivo de «no dejar a nadie atrás». Todo esto solo se conseguirá con la alianza de todos los actores implicados: Gobiernos, sociedad civil y ciudadanía en general. Es una agenda ambiciosa, pero la vamos a realizar.

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