Categoría: Francia

Alemania y los Leopard: ¿titubeo o estrategia?, por Josep Piqué

Artículo de Política Exterior

Scholz no ha titubeado ante una decisión trascendental: el envío de los Leopard a Ucrania, sino que ha marcado el ritmo, buscando una coalición lo más amplia posible con los aliados del gobierno, la oposición, los estadounidenses y, más importante, la sociedad alemana. La estrategia le ha salido bien.

El titular más habitual (con alguna excepción) ante la decisión alemana de enviar, por fin, una compañía de carros de combate Leopard 2 para el ejército ucraniano (que los venía solicitando desde que entraron los primeros tanques rusos en su territorio) ha sido que Alemania cede a la presión de los aliados y que se ha visto forzada a tomar una decisión que no deseaba. En mi opinión, las cosas no son tan lineales y simples. Para el canciller alemán, Olaf Scholz, asegurarse el respaldo de su propio partido y no profundizar en las diferencias con sus socios de gobierno (liberales y verdes) era esencial. Y lo ha conseguido. Primero, mostrando su resistencia y obteniendo que Estados Unidos se comprometa, a su vez, a enviar sus propios carros de última generación, los Abrams. Son pocos, pero es un cambio cualitativo, no exento de oposición en el Capitolio. Una decisión arriesgada y valiente de Joe Biden, incluso con las reticencias claras del Pentágono.

A su vez, en su justificación ante el Bundestag (en un claro ejemplo de respeto a las instituciones democráticas), Scholz ha sumado a la oposición (la CDU/CSU), que venía reclamando la decisión, consiguiendo así un amplísimo respaldo parlamentario del que solo ha quedado exento (y no por casualidad) el partido ultraderechista Alternativa por Alemania (AfD). Más allá del Parlamento, conviene tener en cuenta que la opinión pública alemana ha estado muy dividida y que, sobre todo en el este, la decisión recibe un notable rechazo, aunque decreciente. Hoy los partidarios ya son mayoría. El rechazo se fundamenta en la historia, ya que recuerda a los carros alemanes invadiendo Polonia y, más adelante, emprendiendo la ofensiva contra la Unión Soviética, en la Segunda Guerra Mundial. Obviamente, la actual situación nada tiene que ver, pero es una muestra más del peso (y el sentimiento de culpabilidad) que tiene en los alemanes la historia reciente del país. Es evidente que en el caso de AfD hay un componente político adicional que se relaciona con la equidistancia para atender en exclusiva los intereses de Alemania, pero que, en la práctica, acaba favoreciendo a Rusia.

En el frente interno, por tanto, al final las cosas le han salido bien a Scholz. Es cierto que ello obliga a reconsiderar los gastos en los presupuestos de defensa, ya que habrá que recomponer la capacidad militar alemana. Pero es también un fuerte apoyo a su potente industria de defensa y un reconocimiento a su avanzada tecnología. Se trata, en suma, de dotar de contenido a la Zeitenwende o cambio de era, afrontando una imprescindible modernización y el refuerzo de unas Fuerzas Armadas muy poco dotadas para un país del peso de Alemania.

«Es riesgo de escala ya fue asumido cuando la OTAN decidió apoyar militar y financieramente a Ucrania frente a la agresión rusa»

Algunos argumentarán que la decisión podría provocar una respuesta imprevisible de Rusia y una escalada cuyas consecuencias son muy difíciles de predecir. Pero es un riesgo ya asumido, cuando la OTAN decidió apoyar militar y financieramente a Ucrania frente a la agresión rusa, con los límites (que se mantienen, al menos de momento), de no facilitar aviones de caza o de usar tropas de la OTAN en territorio ucraniano.

En todo caso, ha quedado patente que no es una decisión que afecte solo a Alemania. Tanto EEUU, con su compromiso, como algunos de los países que tienen Leopard 2 dispuestos a ser entregados, todos van a acompañar a los alemanes. Comenzando por Polonia (en una clara paradoja de la historia: pidiendo a Alemania que acepte que sus carros de combate se utilicen en una guerra en un país fronterizo), pero siguiendo también, probablemente, con España (así lo ha manifestado ya el gobierno español, a pesar de la oposición interna de Unidos Podemos y de algunos de sus socios parlamentarios más relevantes). En su momento, España se precipitó, anticipando ese envío sin contar con el visto bueno de Alemania (que es necesario al ser una licencia de su tecnología) para después recular, argumentando el mal estado de sus carros. Algo que ahora parece que puede resolverse, una vez garantizado el permiso alemán.

En cualquier caso, Alemania ha logrado inscribir su decisión en el marco de la coordinación internacional y de común acuerdo con sus aliados y contando, en paralelo, con el compromiso estadounidense. No ha sido un movimiento en solitario que descargara toda la responsabilidad en ella.

«Se ha logrado recomponer, mal que bien, el frágil eje franco-alemán y el apoyo sin reticencias de Francia a una Alemania que ha marcado los tiempos frente al resto de aliados, pero sobre todo en el seno de la Unión Europea»

Tal aseveración debe ir acompañada de otra reflexión. Con ello, Alemania ha reforzado su liderazgo europeo, poco después de la cumbre franco-alemana de hace unos días (cuando se cumplen 60 años del Pacto del Elíseo) que ha intentado cerrar (por lo menos en apariencia) las discrepancias entre ambos países en ámbitos como el energético, el financiero o el de las ayudas de Estado. Se ha logrado recomponer, mal que bien, el frágil eje franco-alemán y el apoyo sin reticencias de Francia a una Alemania que ha marcado los tiempos frente al resto de aliados, pero sobre todo en el seno de la Unión Europea, explicitando que es ella la que marca su política frente a la agresión rusa.

Por todas estas consideraciones, lo que ha sido percibido como un titubeo e, incluso, una falta de compromiso de Alemania ante una decisión trascendental no se corresponde con la realidad.

Alemania ha marcado el ritmo y su estrategia ha salido bien. Ahora queda apretar el acelerador para que el envío y, sobre todo, la formación de los militares ucranianos se hagan con la máxima rapidez (de hecho, esta última ya había empezado con anterioridad) para llegar a tiempo ante la eventual contraofensiva rusa cuando acabe el invierno. Si eso se consigue, Ucrania no solo estará en mejores condiciones de repelerla, sino, incluso, de iniciar a su vez su propia ofensiva para recuperar buena parte del territorio invadido y forzar a Rusia a entrar en una verdadera negociación que solo puede dar auténticos resultados perdurables si se restablece la integridad territorial de Ucrania, reconocida internacionalmente (incluyendo a China, India o Turquía).

Ojalá la ventaja militar ucraniana contribuya a que Rusia llegue a esta conclusión. Y el envío de los carros de combate puede ser un hito trascendental. Ha habido más estrategia que titubeo real.

La responsabilidad franco-alemana

Con Macron y Scholz al frente, Francia y Alemania deben enfrentarse a una reformulación profunda de su eje tradicional. Europa no avanza si ambos países no acompasan sus ritmos.

JOSEP PIQUÉ |  25 de abril de 2022

Francia y Alemania se han enfrentado en el campo de batalla en muchas ocasiones, desde que la unificación bismarckiana y la frivolidad de Napoleón III llevaran a la guerra franco-prusiana en 1870. Mientras Bismarck iba culminando su proyecto de una Alemania unida bajo la hegemonía de Prusia, la Francia derrotada dio lugar al fin del Imperio (la farsa después de la tragedia, según Marx), la Comuna de París y a la III República.

La responsabilidad franco-alemana | Política Exterior (politicaexterior.com)

Desde entonces, la pugna franco-alemana por la hegemonía continental (con el tradicional apoyo británico al más débil, en este caso, Francia) fue una constante hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Las dos Guerras (1914 y 1939) fueron un continuum de esa pugna, de las que ambas salieron (igual que Reino Unido) profundamente debilitadas, en beneficio de un nuevo orden mundial bipolar encabezado por Estados Unidos y Rusia (a partir de 1917, la Unión Soviética).

Fue la culminación del suicidio de Europa en dos fases y el desplazamiento del centro de gravedad del planeta hacia el Atlántico, primero, y ahora, hacia el Indo-Pacífico.

Después de la devastación y gracias, entre otras causas, al Plan Marshall, Europa Occidental fue saliendo del marasmo y recuperó su vitalidad económica, aunque no política ni militar. La prioridad política se centró en la reconciliación definitiva entre Francia y Alemania y la creación de condiciones para evitar un nuevo enfrentamiento. El primer paso relevante y concreto fue el Tratado de París que creó la CECA, que ponía en común dos antiguos instrumentos de guerra: el carbón y el acero. El siguiente fue aún más profundo: el Tratado de Roma en 1957 que creó la Comunidad Económica Europea e inició la construcción de Europa como un nuevo proyecto político, aunque, pragmáticamente, centrado en lo económico.

Esa reconciliación franco-alemana tuvo dos momentos simbólicos extraordinarios: el Tratado de El Elíseo, firmado en 1953 entre Charles de Gaulle y Konrad Adenauer, y la impactante foto de François Mitterrand y Helmut Köhl cogidos de la mano, en 1984, frente al monumento conmemorativo de la batalla de Verdún, en homenaje a todas las víctimas.

Desde el inicio de la construcción europea, el eje franco-alemán ha sido el motor que ha marcado el ritmo de la misma. En algunos casos, con la crítica de otros Estados miembros (hablando del “directorio” o de “sociedad de socorros mutuos”). Pero una conclusión es clara: Europa, como concepto político, solo es posible si incluye a Francia y Alemania. Puede hacerse, como vemos, sin Reino Unido. O incluso sin Italia o España. Pero el cuerpo europeo solo se sostiene con las dos patas, francesa y alemana. Por ello, los europeístas debemos seguir siempre con mucha atención el devenir político de ambos países.

«Desde el inicio de la construcción europea, el eje franco-alemán ha sido el motor que ha marcado el ritmo de la misma»

Hay que tener en cuenta que la visión de ambos no es compartida –en algunos casos es incluso opuesta– pero ha permitido ir articulando, pragmáticamente y paso a paso, avances reales en el proceso de integración.

La visión de Francia, desde De Gaulle (y que ahora llega al paroxismo con los planteamientos de Marine Le Pen) ha sido una Europa de “las patrias”, sin auténtica voluntad “federal”, aunque camuflada a menudo por sus aspiraciones hegemónicas derivadas de la grandeur (y de la posesión del arma nuclear). Francia no quiere asumir la realidad de que ya no es una gran potencia y, con más o menos fluctuaciones, ha buscado una autonomía europea contrapuesta al liderazgo de EEUU (que se concreta de manera apabullante en la OTAN), siempre que, evidentemente, estuviera liderada por Francia, desde una perspectiva global. Querer ser lo que no se puede ser, suele no acabar bien y genera frustración. Siempre se dijo que Francia quería liderar Europa, pero no podía y que Alemania sí podía, pero no quería…

Sin embargo, esa pretensión ha descansado en la posición pasiva de Alemania. Como decía Willy Brandt, “Alemania es un gigante económico (ya menos, en términos relativos, en el mundo de hoy) y un enano político”. Y, abrumada por su responsabilidad en las dos guerras mundiales y, fundamentalmente, por el horror del nazismo, no se ha sentido incómoda en ese papel secundario. Por ello, su visión de Europa es completamente distinta: trata de avanzar en la “vía federal”, paso a paso, y sin olvidar el objetivo de no reproducir las condiciones que posibilitaron el ascenso al poder de Hitler. Es decir, sin permitir aspiraciones hegemónicas que fueran más allá del peso relativo de cada uno de los Estados miembros de la UE, primando los avances conjuntos, desde una visión más eurocéntrica que global, en la que prima más la pertenencia a la Alianza que la autonomía estratégica. Por ello, la afirmación de Emmanuel Macron en The Economist, de que la OTAN estaba en “muerte cerebral” fue especialmente mal recibida en Berlín.

Afortunadamente, visiones tan distintas han podido canalizarse con cierta eficacia, gracias muchas veces a acontecimientos que nos ponen ante el espejo de la realidad. Los episodios recientes (la crisis financiera del 2008, la del euro de 2011, la pandemia o, ahora, la guerra en Ucrania) nos han obligado a todos a un ejercicio de responsabilidad y solidaridad impensable con anterioridad.

La Unión Europea empieza a pensarse a sí misma como un actor geopolítico y eso plantea debates muy de fondo en ambos países. Primero, porque su peso en el conjunto no es el del inicio, con solo seis miembros. Ahora somos veintisiete (y algunos en la lista de espera) y el eje de gravedad que, al principio, estaba en torno a Aquisgrán, se desplazó hacia el Atlántico, luego bajó hacia el Sur, subió de nuevo hacia el Norte y, finalmente, se ha situado hacia el centro del continente. Sin embargo, tales desplazamientos no han modificado sustancialmente la responsabilidad de fondo franco-alemana. Sin ellos, ningún avance es posible.

«La UE empieza a pensarse a sí misma como un actor geopolítico y eso plantea debates muy de fondo en París y Berlín»

Segundo, porque la realidad obliga a ambos a readaptarse y modificar su visión. En el caso de Francia, la constatación de que la defensa y la seguridad europeas pueden y deben avanzar en una mayor corresponsabilidad y autonomía, pero que no es posible garantizarlas sin la OTAN y, por consiguiente, sin EEUU.

Incluso la propia Le Pen ha ido suavizando sus posiciones, a pesar de la animadversión que trasluce hacia Alemania, incluyendo la ruptura del “eje”: desde la salida de Francia de la UE y del euro, ahora ha planteado una reformulación profunda de la Unión, reconvirtiéndola en un revival confuso de la “Europa de las Patrias”. Tampoco plantea ya la salida de la OTAN. Rememorando a De Gaulle, Le Pen plantea hoy “solo” la salida de su estructura militar.

En cualquier caso, una victoria de Le Pen habría sido demoledora para el futuro de Europa, incluyendo una actitud prorrusa inadmisible en los momentos actuales, cuando vemos las atrocidades y los crímenes de guerra cometidos por la Rusia de Vladímir Putin. Afortunadamente, la victoria de Macron –a reserva de los resultados de las legislativas de junio– deja las cosas como estaban y obliga a replantearse una nueva relación con una Alemania “distinta” a la que hemos conocido en las últimas décadas.

El trascendental discurso de Olaf Scholz en el Bundestag el 27 de febrero de este año así lo ilustra. El canciller habla de “un momento decisivo”, un Zeitenwende o cambio de era y un punto de inflexión histórico. Scholz habla en nombre de un gobierno de coalición complejo, pero que puede recibir el apoyo –aunque sea pasivo– de la CDU/CSU. Es decir, de una mayoría apabullante del Bundestag.

«Alemania asume que no puede seguir asistiendo como espectador pasivo y que se va acomodando más o menos confortablemente a la evolución de las cosas»

Hablamos de la ruptura del principio de no suministrar armas a países en conflicto, dotar a partir de un fondo extraordinario, 100.000 millones de euros este año a gastos en defensa y comprometerse a dedicar el equivalente al 2% del PIB en los años sucesivos, incluyendo una reforma constitucional. Además, Scholz expresó un claro compromiso con los aliados en la implementación unitaria de sanciones significativas a Rusia, aunque ello pueda suponer sacrificios importantes para la población, incluyendo cambios profundos en la política energética y su coordinación con una deseable política energética europea.

Se trata de una ruptura en toda regla con el pasado. Y, lo que es más relevante: la asunción de que Alemania no puede seguir asistiendo como espectador pasivo y que se va acomodando más o menos confortablemente a la evolución de las cosas. Es una revolución, ya que Alemania implícitamente asume que Europa y Occidente necesitan de su mayor liderazgo y compromiso.

Es cierto que cabe cierto escepticismo respecto a la distancia que puede haber entre las palabras y los hechos. El renqueante tránsito hacia una reducción drástica de la dependencia energética de Rusia así lo muestra. El debate político, pero sobre todo moral, que se deriva de pasar de “¿cómo nos afecta económicamente?” a “¿cómo paramos de verdad a Putin?”, sigue estando ahí. Pero hay que darle cierto tiempo al tiempo. Y animar y ayudar a Alemania para que vaya rápido, acompasando la impaciencia francesa con la tradicional inercia alemana.

Así pues, Francia y Alemania deben enfrentarse a una reformulación profunda de su eje tradicional. Esperemos que acierten, porque el conjunto de los europeos lo necesitamos. Europa no avanza si ambos países no acompasan sus ritmos.

ALGUNAS COSAS QUE HE LEÍDO

Francia-Alemania: un eje crucial pero sin ritmo, Claudia Major y Sven Arnold, Política Exterior

Macron, Le Pen and France’s long battle between order and dissent, Sudhir Hazareesingh, Financial Times

Explainer: The proposed hike in German military spending, Alexandra Marksteiner, SIPRI

Un ‘changement d’époque’? Vers une réorientation de la politique étrangère allemande après l’invasion russe en Ukraine, Paul Maurice, Briefings de l’Ifri

‘Zeitenwende’ a cámara lenta, Henning Hoff, Política Exterior