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El mundo que nos viene. Autor Rafael Vidal Delgado

D. José Ortega y Gasset, en su Prólogo para franceses de su gran libro de reflexiones «La Rebelión de las masas», decía a principios del siglo XX:

Por esto recomiendo al lector que ahorre la malignidad de una sonrisa al encontrar que en los últimos capítulos de este volumen se hace con cierto denuedo, frente al cariz opuesto de las apariencias actuales, la afirmación de una pasión, de una probable unidad estatal de Europa. No niego que los Estados Unidos de Europa son una de las fantasías más módicas que existen, y no me hago solidario de lo que otros han pensado bajo estos signos verbales. Mas, por otra parte, es sumamente improbable que una sociedad, una colectividad tan madura como la que ya forman los pueblos europeos, no ande cerca de crearse su artefacto estatal mediante el cual formalice el ejercicio del poder público europeo ya existente. No es, pues, debilidad ante las solicitaciones de la fantasía ni propensión a un «idealismo» que detesto, y contra el cual he combatido toda mi vida, lo que me lleva a pensar así. Ha sido el realismo histórico el que me ha enseñado a ver que la unidad de Europa como sociedad no es un «ideal», sino un hecho y de muy vieja cotidianidad. Ahora bien: una vez que se ha visto esto, la probabilidad de un Estado general europeo se impone necesariamente. La ocasión que lleve súbitamente a término el proceso puede ser cualquiera: por ejemplo, la coleta de un chino que asome por los Urales o bien una sacudida del gran magma islámico.

Hemos repintado la sacudida del gran magma islámico, porque en los últimos años estamos viviendo profundos cambios en el mundo musulmán, que no solo cambiarán sus propios estatus, sino que también producirán modificaciones estructurales profundas en las demás civilizaciones, principalmente la Occidental o Cristiana, la más afectada.

Los trabajos de investigación que se sucederán en esta página, formarán los capítulos de un libro, en el cual se analizarán los cambios producidos en cada uno de los países islámicos y su repercusión en Occidente y más concretamente en el ámbito territorial que nos atañe: Europa y el Mediterráneo.

Debemos aclarar que el año de referencia es 1970, asombrándonos que en la mayoría de los países musulmanes eran monarquías o republicas parlamentarias, con todos los «peros» que se puedan poner, pero en los que la mujer era libre para vestir, para estudiar, opinar, trabajar, etc. ¡Cuánto ha cambiado todo desde entonces! Por otra parte la sociedad occidental de 1970 era más tolerante que la actual y lo expresa una persona, el autor de esta obra, que terminó su carrera militar en dicho año, luego pasó por varias universidades, según los destinos castrenses, doctorándose en la Universidad de Granada en Geografía e Historia en el años 2002.

Los capítulos que vayan colgándose en esta página, no llevan un orden, sino que se publicarán la situación de los países conforme se vayan terminando las investigaciones, advirtiendo al lector que todas las fuentes son de carácter periodístico, bien que con contrastadas, y trabajos de instituciones que se dedican al mundo geopolítico.

Primer Shah de Persia
Irán en 1970. Jóvenes estudiantes con su minifalda
Celebraciones de Persépolis. El intento de obtener la legitimidad histórica del shah Reza Palheví y el principio del fin.
Llegada de Jomeine a Irán, tras el derrocamiento de la monarquía.
El rey Zahir. derrocado en 1973, pero en 2002, el presidente designado por EE.UU., solicitó la restauración de la monarquía, como única forma de mantener la unidad del país. Promulgó la Constitución de 1964, y los actuales gobernantes talibanes, pretenden resucitarla, bien que modificando determinados artículos relacionados con la Fe islámica
Etnias afganas. Importancia de Loya Yirga o reunión de todos los jefes de tribus. Los talibanes la han convocado
La mujer hoy en Afganistán
División del Yemen del Norte y Sur, que dieron lugar a la República del Yemen
Etnias en el Yemen
Jóvenes yemeníes
Omán fue el primer país árabe del mundo que se independizó del califato Abassi, en 751. Su frontera con Yemen del Sur, en su etapa comunista, se propagó a la región de Dhofar, enfrentándose el país a una cruenta guerra a finales de la década de los sesenta del pasado siglo
No existe democracia en Omán. Es una monarquía absoluta. Se han constituido dos cámaras, al alta con dignatarios designados por el Sultán y la baja, elegidos por los wilayatos, pero con carácter censitario, es decir con pocos cientos de miles de personas que pueden votar. Existe el voto femenino y se puede votar a una mujer,
El actual Sultán reforma las instituciones del país. Aquí le vemos junto con su esposa en un acto en el Día Internacional de la Mujer, aunque sigue siendo baja su representación, mucho más alta que en otros países árabes, ocupando puesto en la administración pública y en las empresas, existiendo, por ejemplo un buen número de ingenieras. El Sultán quiere impulsar la economía del país para no depender del petróleo o del gas.

¿Cómo se podría haber evitado la conquista talibana de Afganistán?

En el EEUU de hoy, hay voces que dicen que fue un error involucrarse en lo que ellos llaman “construcción de nación” inmediatamente después del acuerdo de Bonn.

Por Carl Bildt*

30/08/2021 – 05:00

El 20 aniversario del atentado terrorista del 11-S coincidirá ahora con la consolidación del segundo Emirato talibán en Afganistán, bienvenido por mensajes jaculatorios de Al Qaeda. ¿Se podría haber evitado? ¿U Occidente y la comunidad internacional estuvieron siempre encaminados a la derrota desde el momento en que Estados Unidos derrocó el régimen talibán en un ataque relámpago a finales de 2001? ¿Se perdieron las oportunidades para un arreglo político estable, ya sea por defecto o por diseño?

Hay obviamente lecciones que debemos aprender, aunque auguro una feroz controversia sobre cuáles son exactamente esas lecciones en los próximos años.

Bienvenido Mr. Talibán: la geopolítica pospandémica pasa por el tablero afganoE. Andrés Pretel A. Alamillos

Quizá la oportunidad más importante que se dejó pasar fue justo después de la partida de las últimas fuerzas soviéticas en febrero de 1989. Hubo propuestas entonces para un acuerdo patrocinado por la ONU entre lo que quedaba del régimen de Najibulá y los diferentes grupos antisoviéticos muyahidines. Pero quedaron en nada, rechazado principalmente por Estados Unidos y Pakistán.https://d-31693348683385083089.ampproject.net/2108132216000/frame.html

Por supuesto, nunca se sabrá si hubo otra oportunidad para un arreglo más estable justo después del derrocamiento del régimen talibán 12 años después. En teoría, habría tenido sentido intentar incluir también a los talibanes en un acuerdo político inclusivo. Pero Estados Unidos difícilmente habría aceptado esto, y los grupos de la Alianza del Norte estaban ansiosos por hacerse con todo el poder que pudieran.

El acuerdo salido de la conferencia de Bonn marcó el rumbo de los años venideros. Su esencia era un sistema presidencial altamente centralizado, estructuras dominadas por la antigua Alianza del Norte y una continua dependencia de los viejos señores de la guerra regionales que habían sido impulsados y financiados por las sacas de dólares de la CIA.

Putin teme la desestabilización talibana de Asia CentralJavier Espadas. Moscú

En el EEUU de hoy, hay voces que dicen que fue un error involucrarse en lo que ellos llaman “construcción de nación” inmediatamente después del acuerdo de Bonn. Pero lo que sucedió fue más bien al revés. Estados Unidos se resistió activamente a un enfoque más ambicioso para ayudar al país, centrándose en cambio en su propia operación antiterrorista y, a lo sumo, aceptando alguna ‘reconstrucción’. Esto llevó, en contra del consejo de muchos, a una presencia internacional muy escasa con fuerzas de asistencia de seguridad limitadas solo a Kabul. Estos fueron los años de Donald Rumsfeld y, en la medida en que hubo una atención sostenida de Estados Unidos en Afganistán (antes de que la guerra en Irak se la robara toda), se centró en la operación antiterrorista Libertad Duradera.

Pero estos años iniciales fueron el periodo en el que quizás hubiera sido posible un acuerdo político más amplio y duradero. En su ausencia, y como reacción a los otros fracasos de este periodo, entre ellos la dependencia de los viejos señores de la guerra, los talibanes comenzaron su regreso en 2005 y empezó la nueva guerra en Afganistán.

Los años siguientes fueron de altibajos, con los esfuerzos internacionales dependientes en gran medida de los cambios en las políticas de Washington. Los países europeos desempeñaron un papel clave en los esfuerzos de seguridad de la OTAN y gradualmente se convirtieron en dominantes en la financiación de los diferentes esfuerzos civiles. Las decisiones políticas para Afganistán se establecían casi exclusivamente en Washington, impulsadas por una mentalidad militar​ estadounidense no siempre en sintonía con enfoques más europeos.

Las decisiones políticas para Afganistán se establecían casi exclusivamente en Washington, impulsadas por una mentalidad militar

Con la excepción parcial de Londres, ninguna capital europea hizo ningún esfuerzo serio para influir en la política estadounidense sobre Afganistán durante estos años. Afganistán nunca ocupó un lugar destacado en la agenda de la UE, ya que se suponía implícitamente que todo era responsabilidad de la OTAN. Las visitas del alto representante de la UE a Kabul fueron extremadamente raras.

La política estadounidense no fue de ninguna manera coherente. Varias doctrinas iban y venían. Durante su periodo como comandante de la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad, David Petraeus creía que la victoria vendría a través de una política de asesinatos selectivos de comandantes talibanes a través de controvertidas «redadas nocturnas». Richard Holbrooke, como representante especial de Estados Unidos, abogó por un proceso político con los talibanes, incluido el acercamiento a Irán.

Al final, ninguno de los dos enfoques dio resultados. Las redadas nocturnas probablemente fueron contraproducentes, ya que alienaron a muchos afganos, y ciertamente no faltaron nuevos reclutas para llenar los vacíos en las filas talibanas que dejaron los muertos. Y los esfuerzos para establecer un proceso político fueron derribados en Washington, donde existía la creencia de que los talibanes primero debían ser derrotados, o al menos reducidos en tamaño.

Las últimas horas de Kabul, en primera persona desde el Palacio PresidencialAlicia Alamillos

A menudo, era una guerra de alta tecnología contra una insurgencia de baja tecnología. Los ataques aéreos de cazas desde el Golfo o desde portaaviones ciertamente podrían ser tácticamente efectivos. Pero los llamados ‘daños colaterales’ aumentaron el resentimiento entre la población. Y fue muy caro; evidentemente, toda esta alta tecnología no venía gratis.

Y luego estaba la naturaleza de la política del propio Afganistán. Las elecciones presidenciales se convirtieron en graves crisis que trastocaron y deslegitimaron el propio sistema político. Y las vastas entradas de dinero en un país que carece de la experiencia o de las estructuras para lidiar con él estaban destinadas a fomentar, y lo hicieron, un clima de corrupción.

La abrumadora presencia militar internacional durante el llamado ‘incremento’ (‘surge’) de Obama en 2009 y 2010 fue claramente insostenible y probablemente contraproducente. Se inició un proceso de reducción gradual de la presencia internacional y entrega de responsabilidades a las autoridades afganas. Solo entonces se dio peso a los esfuerzos por buscar un arreglo político. Si se hubiera hecho antes de que se señalara la retirada, la posibilidad de progreso podría haber sido mayor.

La OTAN terminó su misión de combate en 2015, aunque continuó el entrenamiento y el apoyo, y las fuerzas afganas se volvieron aún más dependientes del poder aéreo estadounidense y de contratistas estadounidenses de diferentes tipos.

¿Cómo 75.000 talibanes han recuperado en seis semanas lo que perdieron en 20 años?Alicia Alamillos

Se puede argumentar que todo estaba, paso a paso, en camino hacia algo que podría haber sido sostenible hasta que fuera posible un arreglo político más amplio e inclusivo. Cuando los soviéticos se marcharon en 1989, el régimen permaneció en su lugar, cambió sus colores de comunista a nacionalista y se mantuvo durante algunos años. Cayó cuando desaparecieron la Unión Soviética y su apoyo financiero, y cuando no hubo un acuerdo político más amplio.

Pero, en última instancia, fue la política divisoria de Washington, no la política corrupta de Kabul, la que allanó el camino hacia el desastre que estamos presenciando.

Fue la política divisoria de Washington, no la política corrupta de Kabul, la que allanó el camino hacia el desastre

Donald Trump quería salir de Afganistán, así como de casi todos los demás lugares donde Estados Unidos tenía presencia militar. Fue debido al temor a que se despertara una mañana y ordenara una retirada inmediata que se firmó el infame acuerdo de Doha de febrero de 2020. No fue un acuerdo de paz, sino un acuerdo de retirada, y, además de eso, abandonó ‘de facto’ al Gobierno afgano y cualquier intento serio de proceso político.

Lo que comenzó Trump, lo concluyó Joe Biden. El 14 de abril, anunció que todas las fuerzas estadounidenses restantes deberían estar fuera para el 11 de septiembre. Pero las consultas con los aliados fueron incluso más inexistentes que cuando Trump selló el acuerdo de Doha. Tuvieron que leerlo en la prensa.

Pero Afganistán no era solo un problema de Estados Unidos. En ese momento, las fuerzas estadounidenses en la misión de la OTAN constituían un poco más de una cuarta parte del total. Las contribuciones de la Unión Europea y sus Estados miembros a los esfuerzos económicos y civiles fueron más del doble que las de Estados Unidos.

¿Qué es el ISIS-K? La filial afgana del Daesh que ve a los talibanes como traidores al islamAlejandro Requeijo Alicia Alamillos

En aquel momento, todavía existía la posibilidad de que la salida de Estados Unidos fuera algo mejor que la salida de la Unión Soviética. Pero esto habría requerido una estrategia política concertada para manejar la política de la retirada y, más aún, la política de la pos-retirada. Podría haber funcionado. Las evaluaciones de inteligencia filtradas de que el régimen podría sobrevivir algún periodo no eran necesariamente erróneas. Pero evidentemente carecían de una evaluación de la política del propio Estados Unidos y su efecto sobre la moral y la confianza en Afganistán.

Después del colapso, tanto Biden como el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, han culpado de todo a Afganistán y al Ejército afgano.

La salida de Estados Unidos de Afganistán resultó ser mucho peor manejada que la salida soviética

Pero la fuerza de un Ejército no es principalmente la fuerza de sus armas, sino la fuerza de su moral y su confianza en una eventual victoria. El Ejército afgano claramente tenía lo primero, pero perdió casi todo lo segundo cuando comenzaron a fluir mensajes estadounidenses instando a los estadounidenses a salir del país lo antes posible.

Los dignatarios extranjeros se apresuraron a ir a Doha para reunirse con los talibanes mientras nadie se presentaba en Kabul, donde, como era de esperar, la sensación de traición se estaba haciendo más fuerte. Evidentemente, ese mensaje se leyó alto y claro en las filas de las fuerzas de seguridad afganas.

Entonces todo fue mucho más lejos de lo que incluso los talibanes habían previsto. En cierto modo, fue una reversión de lo que experimentaron con el rápido colapso de su régimen hace dos décadas.

Un final ignominioso

El régimen afgano colapsó cuando Estados Unidos envió la señal de que se lavaba las manos, y finalmente se evaporó el 15 de agosto. Al no haberse preparado para este escenario, EEUU acabó con la humillación de tener que pedir permiso a los talibanes para quedarse unos días para sacar al menos a algunas personas.

Fue un final tan ignominioso como se puede imaginar. La salida de Estados Unidos de Afganistán resultó ser mucho peor manejada que la salida soviética.

¿Había alguna alternativa?https://14cc325d014b74041bbffa13caf110ea.safeframe.googlesyndication.com/safeframe/1-0-38/html/container.html?n=0

Claramente, Biden quería salir de Afganistán y no le importaban demasiado los métodos ni las consecuencias. Esta era una ‘guerra eterna’, y no quería nada de eso.

Veinte años es mucho tiempo en la impaciente esfera política de Estados Unidos, pero no cuando se trata de ayudar a construir un Estado funcional, un Ejército razonable y una nación más estable. El éxito estratégico en situaciones como estas solo se logra con paciencia estratégica, y eso es lo que Estados Unidos perdió.

El reto de la paciencia estratégica: tres lecciones de la caída de AfganistánJean-Marie Guéhenno*

Pero no debería haber sido imposible mantener una presencia de seguridad reducida centrada en Kabul y mantener un mensaje firme a los talibanes de que se mantendría hasta que hubiera un arreglo político creíble e inclusivo. Pero, que yo sepa, ningún Gobierno puso tal opción sobre la mesa para su discusión. Parece que Afganistán ni siquiera estaba en la agenda de ninguna de las reuniones de la UE después del dramático anuncio estadounidense de abril.

Ahora estamos donde estamos.

Para el 11 de septiembre, quizá sepamos si existe algún tipo de régimen semi-inclusivo en Afganistán, aunque en esencia dominado por los victoriosos talibanes, o si el país habrá entrado en una nueva fase larga de conflicto renovado y desesperación cada vez más profunda. No debemos olvidar que el país también se enfrenta a una sequía horrible, una pandemia devastadora, un desastre humanitario y un sistema financiero que colapsa.

En cuanto a las consecuencias más amplias para el desorden global y para Europa, es un tema para hablar, mucho más ampliamente, en otra ocasión.

* Carl Bildt es ex primer ministro y exministro de Exteriores de Suecia. Artículo publicado originalmente en el European Council for Foreign Relations, con el título «Afghanistan: How it could have been different».

https://www.elconfidencial.com/amp/mundo/europa/2021-08-30/evitar-conquista-taliban-afganistan_3256214/?__twitter_impression=true&s=03

El trilema de Israel y la causa palestina

09.07.2021 Josep Piqué

Oriente Próximo sigue siendo uno de los focos de atención geopolítica, a pesar de (y a causa de) la progresiva retirada de Estados Unidos de la región y el muy escaso papel de la Unión Europea en sus conflictos.JOSEP PIQUÉ |  9 de julio de 2021

Estados Unidos está consumando su retirada de Afganistán (como ya ha hecho en Irak o en el conflicto sirio, mediante el cese del apoyo a las milicias kurdas). Una retirada muy controvertida porque todo apunta a que el retorno del régimen talibán es inevitable en un plazo relativamente corto de tiempo. Veinte años después del inicio de la guerra, volvemos al punto de partida y la incógnita es si eso va a propiciar también un refuerzo del yihadismo, que fue el origen y la justificación de la intervención militar, al tener Al Qaeda sus principales bases y dirigentes en el país. Parece más bien una asunción realista de la derrota y los paralelismos con la retirada de Vietnam son cada vez más evidentes.

Ese repliegue incluye la aceptación de un papel relevante a otras potencias no occidentales, como RusiaTurquíaIrán o las monarquías del golfo Pérsico que, en un nuevo “Great Game”, están pugnando por la influencia en una vasta región, incluyendo la parte oriental del norte de África que fue en su día parte sustancial del Imperio Otomano.

El interés geoestratégico de EEUU se ha basado en el control y en la estabilidad de los suministros energéticos, hoy menos relevantes dada la creciente autosuficiencia energética del país y la progresiva disminución del peso de las energías fósiles en el mix de generación. Pero ha habido otro “anclaje” esencial, derivado del apoyo a Israel (un asunto de política interna en EEUU) y la búsqueda de una eventual solución a la cuestión palestina. En cualquier caso, el paradigma ha cambiado, más allá de la reorientación de Washington hacia el Indo-Pacífico y su confrontación sistémica con China.

El apoyo norteamericano a las llamadas “primaveras árabes” de hace una década ha derivado, en general, hacia una mayor inestabilidad en Oriente Próximo (incluidas sangrientas guerras civiles e injerencias de otras potencias, antes impensables) o un retorno al autoritarismo represivo en el marco de la competencia por la influencia y la hegemonía en el mundo árabe, que disputan potencias árabes, pero también potencias musulmanas no árabes, particularmente Turquía e Irán.

Acuerdos del Siglo

Por otra parte, el apoyo árabe a la causa palestina –condicionando la relación con Israel a la solución del conflicto– que ya se resquebrajó con la paz entre Israel y Egipto, en 1979, o entre Israel y Jordania, en 1997, ahora se ha visto golpeado por los llamados Acuerdos de Abraham (auténticos Acuerdos del Siglo y no el inefable planteamiento realizado por Donald Trump y su yerno, Jared Kushner), que suponen la normalización de las relaciones con Israel de países árabes importantes, sin condicionarla en la práctica a la resolución del conflicto palestino-israelí. Este auténtico cambio cualitativo ha sido rubricado por Emiratos Árabes UnidosBahrein (impensable sin el visto bueno implícito de Arabia Saudí), Sudán y Marruecos.

Ciertamente, tales movimientos telúricos están propiciando una ofensiva de Irán y Turquía (con el apoyo catarí) para convertirse en los adalides de la causa palestina, ante la “traición” del mundo árabe, y aprovecharlo para reforzar su influencia frente a Arabia Saudí y su ahora incondicional aliado, Egipto.

Se ha visto con meridiana claridad en la llamada “nueva intifada” (nada que ver con las anteriores) que se inicia a mediados de mayo pasado con las protestas por las resoluciones judiciales sobre propiedades en un barrio mayoritariamente palestino en Jerusalén Este, desata enfrentamientos entre jóvenes arabo-israelíes, ultraortodoxos judíos y las fuerzas del orden de Israel –rompiendo una conllevancia más o menos habitual– y, muy especialmente, se materializa en la confrontación bélica entre Israel y Hamás en la Franja de Gaza. Durante este último enfrentamiento ha habido lanzamientos masivos de misiles hacia territorio israelí, interceptados en su mayoría por el sistema antimisiles Cúpula de Hierro, la destrucción de importantes edificios en Gaza y la amenaza de una intervención terrestre.

Finalmente, se ha impuesto un frágil alto el fuego, con la mediación de Egipto, pero ha quedado de nuevo de manifiesto un conflicto profundo y no superado que, pese a los éxitos diplomáticos de Israel y su política de hechos consumados en la Cisjordania ocupada, está muy lejos de resolverse. La seguridad y la estabilidad sostenibles de Israel siguen dependiendo de ello, máxime con la involucración de otras potencias que siguen pretendiendo la destrucción de Israel.

«Se ha impuesto un frágil alto el fuego, pero ha quedado de nuevo de manifiesto un conflicto profundo y no superado que está muy lejos de resolverse»

En primer lugar, es cierto que hay un problema de interlocución. Pero también un problema conceptual.

La interlocución por parte palestina está afectada por la división entre Hamás, que controla la Franja de Gaza, y Al Fatah, partido que controla la Autoridad Nacional Palestina. Por un lado, una fuerza que utiliza métodos terroristas y que está muy ligada a Irán. Por otro, una institución desprestigiada por la corrupción, la gerontocracia y su incapacidad congénita para ofrecer soluciones reales a las necesidades de unos ciudadanos palestinos sin horizonte, que ven aplazadas las elecciones por enésima vez en los últimos 15 años.

Por parte israelí, hay un gobierno muy inestable, de composición contradictoria (desde ultraortodoxos a partidos árabes) y cuya única cohesión deriva de su voluntad de retirar a Benjamin Netanyahu del poder después de 12 años ininterrumpidos como primer ministro, a pesar de las acusaciones de corrupción que pesan sobre él.

Difícil, pues, esperar gran cosa.

El ‘trilema de Israel’

Pero quizá lo más relevante sea el problema conceptual, que podemos resumir en el llamado “trilema de Israel”. Se trata de decidir si Israel quiere ser un Estado democrático, judío y controlar de facto los territorios ocupados. Si quiere ser judío y controlar el territorio, no puede ser democrático, al condenar a los palestinos a ser ciudadanos “de segunda” en su propia tierra. Si quiere ser judío y democrático, no cabe seguir con la ocupación. Y si quiere ser democrático y controlar los territorios, no puede ser judío y debe abrirse a un Estado plurinacional en el que todos sus ciudadanos tengan los mismos derechos.

Esto nos lleva al debate sobre la solución de los dos Estados, defendida por la comunidad internacional, y si hoy puede ser viable. No lo parece. Hablaríamos de un Estado palestino, fragmentado entre una “isla” (Gaza) y un “archipiélago” (Cisjordania), sin capacidad de autonomía real ni en lo económico, ni en su seguridad y defensa, muy vulnerable además a la subordinación de facto a potencias exteriores como Irán. Algo inadmisible para Israel pero también para el mundo árabe.

Por ello, avanzan cada vez más las posiciones que defienden la posibilidad de un solo Estado binacional y democrático, que garantice los derechos y las oportunidades para todos los ciudadanos, sean judíos, árabes o palestinos, con el apoyo explícito de la comunidad internacional y, en particular, de Naciones Unidas. Se trata de poner el énfasis en los intereses reales de la gente y no en unas aspiraciones históricas incompatibles entre sí.

En este punto vuelve la responsabilidad de EEUU. Este país ya no tiene, ni quiere tener, la capacidad para imponer acuerdos de paz, como en los tiempos de Bill Clinton, pero sí puede influir para que las posiciones se vayan decantando en el tiempo. Puede parecer un objetivo utópico y naif, especialmente hoy. Y, desde luego, nada fácil. Pero hay que explorar alternativas a una solución que ya se ha mostrado inviable. Y Europa debe acompañar en ese empeño.