Etiqueta: China (Página 1 de 2)

La relación bilateral con Estados Unidos y la Cumbre de la OTAN, por Josep Piqué

La buena sintonía con EEUU es indispensable para España, pues refuerza su posición en ámbitos clave de su política exterior: la Unión Europea, América Latina y el Mediterráneo occidental.

JOSEP PIQUÉ |  1 de julio de 2022

La Cumbre de la OTAN en Madrid ha sido extremadamente importante, por el contenido y por el contexto geopolítico en el que se ha producido. La criminal agresión de Rusia a Ucrania ha propiciado lo que el presidente Joe Biden ha denominado la “otanización” de Europa y ha puesto de manifiesto que China no ha sido coherente con los principios básicos del Derecho Internacional, al no condenar y “comprender” la flagrante violación de la integridad territorial de un Estado independiente y soberano, mediante el uso injustificado de la fuerza.

Por ello, más allá de calificar a Rusia como la amenaza más significativa y directa a la seguridad de los aliados, y para la paz y la estabilidad del área euro-atlántica, el nuevo Concepto Estratégico de la OTAN considera a China un desafío a nuestros valores e intereses y a nuestra seguridad. Son cambios sustanciales en relación al Concepto Estratégico anterior, cuando se consideraba a Rusia como un socio para la paz y la seguridad y no había ninguna mención a China.

En esa “otanización” de Europa cabe destacar la incorporación de dos países neutrales (por diferentes motivos y circunstancias) como Suecia y Finlandia, una vez levantado el veto de Turquía. Pero también el fortalecimiento de las capacidades militares de la Alianza y de la presencia estadounidense en Europa.

Otro asunto muy relevante abordado en Madrid es el relativo a la seguridad de 360º, tanto en lo que se refiere a los ámbitos (incluidos los relacionados con la “guerra híbrida” y las “zonas grises”, y el uso del espacio y el ciberespacio) como a la visión geográfica, incluyendo las amenazas crecientes que vienen no solo del Este, sino del llamado Flanco Sur. Dos de estos aspectos –el aumento de la presencia militar estadounidense en el continente europeo y las amenazas desde el Flanco Sur– enmarcan una nueva etapa en la relación bilateral entre España y Estados Unidos, una relación que ha pasado por diferentes intensidades y que es crucial para nuestro país. No solo se trata de la primera potencia del mundo, sino que EEUU es el principal inversor en España y principal destino en inversión directa de nuestras empresas. Los intercambios comerciales son muy importantes (unos 44.000 millones de euros anuales) y los flujos turísticos –más allá del impacto de la pandemia– son cada vez mayores, así como nuestros intercambios culturales o las relaciones científicas y tecnológicas.

«No solo se trata de la primera potencia del mundo, sino que EEUU es el principal inversor en España y principal destino en inversión directa de nuestras empresas»

Obviamente somos, como ha dicho el presidente Biden, un “socio indispensable” para la seguridad y la defensa, dada la estratégica importancia de las bases de Rota y Morón. Por todo ello, una estrecha relación bilateral en el ámbito político es muy deseable. Y, además, debemos ser conscientes que fortalece nuestro peso específico en la Unión Europea, desde una vocación atlántica reforzada con la salida de Reino Unido. También en América Latina, con una creciente influencia china que tanto España como EEUU tienen que tomarse muy en serio en una región tan vinculada a su vecino del Norte como a través de la Comunidad Iberoamericana, especialmente en el momento convulso que viven todos los países de la región. Y, desde luego, la relación bilateral es esencial para hacer valer nuestra posición en el Mediterráneo occidental. Basta mencionar nuestra relación con Marruecos o Argelia para ver la relevancia de una buena sintonía con EEUU.

En este sentido, el momento más alto de la relación bilateral fue a partir de 2001, cuando se firmó en Madrid por quien suscribe –entonces ministro de Asuntos Exteriores del gobierno de José María Aznar– y la secretaria de Estado, Madeleine Albright, con la administración de Bill Clinton, la primera Declaración Conjunta entre ambos países. Nótese que se negoció con esa administración, pero fue asumida plenamente y profundizada por la administración de George W. Bush.

Tenía pues una profunda visión “bipartisana” por ambas partes, ya que el gobierno español compartió con el Partido Socialista, entonces en la oposición, toda la información y obtuvo su conformidad. La relación entre dos Estados soberanos e independientes no puede basarse en la coyuntura política ni en los vaivenes de la lógica y legítima alternancia de gobierno, sino que debe plantearse como una “política de Estado”, como lo es la política exterior. Sin consensos básicos en este terreno, la política exterior adolece de falta de credibilidad y deja de inspirar la confianza necesaria con los interlocutores.

Lamentablemente, ese consenso interno se perdió en 2004, cuando el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero retiró apresurada y unilateralmente las tropas españolas en Irak, a pesar de que no habían intervenido en la guerra y estaban bajo el paraguas de Naciones Unidas y, además, se permitió aconsejar al resto de aliados que hicieran lo mismo. Previamente, se produjo el famoso episodio cuando el entonces jefe de la oposición no se levantó en señal de respeto a la bandera estadounidense en el desfile militar del 12 de octubre en Madrid.

«La relación entre dos Estados soberanos e independientes no puede basarse en la coyuntura política ni en los vaivenes de la lógica y legítima alternancia de gobierno, sino que debe plantearse como una ‘política de Estado’»

Cabe decir que Rodríguez Zapatero, ya en calidad de expresidente del gobierno, ha seguido manifestando su animadversión hacia EEUU, apoyando a regímenes tan antinorteamericanos como Cuba o Venezuela o recomendando la necesidad de que Europa se uniera a China para hacer frente común a la hegemonía de nuestro principal aliado. Actitudes que no ayudan a generar de nuevo un clima de confianza mutua. Como tampoco ayuda el hecho de que miembros del actual gobierno de coalición sean claramente contrarios a la Alianza Atlántica y al propio EEUU. Todo esto se ha visto con meridiana claridad a raíz de la agresión rusa a Ucrania, culpabilizando a la OTAN y pidiendo una “paz” que no es otra cosa que una rendición de Ucrania y la cristalización de una situación de facto que premia la violación del Derecho Internacional y el uso injustificado de la fuerza militar para conseguir objetivos geopolíticos, posibilitando futuras agresiones.

Por ello, es remarcable que, en los márgenes de la Cumbre de Madrid, se haya firmado otra Declaración Conjunta que, recogiendo el espíritu y los objetivos de la de 2001, se haya adaptado a las nuevas circunstancias, aunque sin más concreciones que las relativas a la defensa. Es un mérito, sin duda, del ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares. Se trata de una declaración que refuerza la respuesta multilateral ante el desafío de Rusia y muestra un firme apoyo a Ucrania, defiende un orden internacional basado en normas, comparte los objetivos de la Agenda 2030, y “anima” a China a cumplir sus compromisos en los organismos multilaterales, contribuir a la seguridad internacional y cooperar en la provisión de bienes públicos globales como el cambio climático, la biodiversidad y la igualdad de género.

La nueva declaración se propone intensificar la cooperación en seguridad, incluyendo la lucha antiterrorista, el narcotráfico y la trata de personas, así como la ciberseguridad y el ciberespacio. También promover una migración segura, ordenada y regular, tanto en América Latina como en el Norte de África, la lucha contra el cambio climático en el marco del Acuerdo de París, así como la mejora de la seguridad energética y del suministro de minerales críticos, promoviendo cadenas de suministro resilientes.

Asimismo, se pretende una mayor cooperación en el ámbito comercial (donde mantenemos aún algunas diferencias por los aranceles establecidos por la anterior administración estadounidense), fiscalidad empresarial (en el marco de la OCDE) y en el terreno digital, científico y tecnológico.

Finalmente, se promueve una mayor cooperación política, con consultas regulares entre el ministerio de Asuntos Exteriores y el Departamento de Estado, así como entre los dos gobiernos, en la perspectiva, además, de la próxima presidencia española del Consejo de la UE del segundo semestre de 2023. Objetivos muy generales todos ellos, pero que enmarcan una voluntad clara de colaboración y de mejora de la relación bilateral.

«La fiabilidad y la confianza cuestan mucho construirlas, pero perderlas puede ser muy rápido»

La declaración del 2001 era más concreta en algunos puntos (como los contactos entre presidentes, el intercambio de información, la actualización del Acuerdo de Extradición o la promoción de la enseñanza del inglés en España y del español en EEUU).Y dio lugar a la mejor relación bilateral que hayamos mantenido nunca. Hay que esperar que se recupere aquel nivel, aunque sea parcialmente.

En ambas declaraciones, los temas de defensa fueron cruciales, estableciéndose incluso en 2001 un Comité Bilateral de Defensa de Alto Nivel, en el marco de la revisión del Convenio de Cooperación de Defensa. Ahora se acuerda, de nuevo en ese marco, el establecimiento permanente de dos destructores estadounidenses adicionales (a los cuatro existentes) en la base de Rota, para el fortalecimiento del escudo antimisiles. Queda pendiente la aprobación parlamentaria. Los socios de gobierno y parlamentarios del Partido Socialista ya han anticipado su voto negativo. Afortunadamente, la oposición encabezada por el Partido Popular ya ha confirmado su voto favorable, en un claro ejercicio de responsabilidad y sentido de Estado.

Es cierto que en la fase final del gobierno de Rodríguez Zapatero se ofreció a EEUU aumentar la presencia militar en la base de Rota, y que hubo una cierta mejora durante el gobierno de Mariano Rajoy. Pero, el hecho de que llegara Donald Trump a la Casa Blanca no solo no ayudó sino que empeoró las cosas (con España y, en general, con los aliados occidentales).

La declaración bilateral de 2001 posibilitó que el primer viaje a Europa del nuevo presidente Bush empezara por España, en una visita bilateral de gran profundidad, algo que no había sucedido antes. Ahora se ha producido, por primera vez en las dos últimas décadas, en el marco multilateral de la Cumbre de la OTAN.

Vamos en la buena dirección. Ojalá se pueda ir más allá y el claro compromiso de España con la OTAN o el cambio repentino –poco explicado y pésimo en las formas– de la posición española sobre el Sáhara han podido contribuir a restablecer una mínima confianza. Pero la política exterior, la credibilidad y la confianza se construyen paso a paso, con perseverancia y coherencia. Para ello, debe consensuarse con el principal partido de la oposición y alternativa de gobierno, y en el marco del Parlamento.

Si no se hace así, todo podría resultar, de nuevo, un intento fallido. Y no nos lo podemos permitir. La fiabilidad y la confianza cuestan mucho construirlas, pero perderlas puede ser muy rápido. Que la Cumbre de la OTAN, organizativamente muy exitosa para España, no sea flor de un día. Deben mantenerse los compromisos asumidos de forma leal y firme, así debe exigírsele también a la alternativa de Gobierno. Sobre su posición, afortunadamente, no tengo la menor duda.

El Indo-Pacífico sigue en el centro, por José Piqué

El debilitamiento de Rusia viene a confirmar aún más que el juego se desarrolla en el Indo-Pacífico. Más centro de gravedad que nunca, a pesar de las apariencias.

JOSEP PIQUÉ |  2 de junio de 2022

Aunque la invasión de Ucrania por Rusia pueda hacer pensar lo contrario, no hay un regreso del centro de gravedad geopolítico al Atlántico. Sigue en el Indo-Pacífico. Incluso más que antes. Las razones para esta afirmación contra-intuitiva son diversas, pero contundentes.

Para Estados Unidos, el principal adversario geopolítico para su hegemonía global sigue siendo, sin ninguna duda, China. Mientras, China sigue empeñada en avanzar y crear las condiciones objetivas para sustituir a EEUU como gran superpotencia global a mediados del presente siglo. La guerra ucraniana no ha cambiado en absoluto esa realidad. Y ambas partes van moviendo sus piezas en esta gran partida y se observan mutuamente cada vez con más agresividad. El riesgo de caer en la “trampa de Tucídides” sigue intacto.

Veamos algunos acontecimientos recientes. La visita de Joe Biden a Japón y Corea del Sur ha supuesto la reafirmación de la voluntad de EEUU de mantener sus compromisos de seguridad con ambos países y de propiciar su acercamiento, algo que, más tarde o más temprano, tendrá que producirse. Por otra parte, ha tenido lugar en Tokio otra reunión al máximo nivel del QUAD –que agrupa a Japón, Australia, EEUU e India–, en un claro intento de desmentir de nuevo la predicción del ministro chino de Asuntos Exteriores, Wang Yi, de que este se “desharía como la espuma en el mar”. La cooperación es creciente en asuntos de seguridad, incluidas maniobras aeronavales conjuntas. Nótese el esfuerzo por incorporar a India en una creciente alianza cuyo principal objetivo implícito es la contención del expansionismo cada vez más agresivo de China.

No es circunstancial que China, aprovechando la equidistante actitud india en la guerra de Ucrania, esté intentando acercarse a su tradicional enemigo histórico, incluyendo posibles soluciones al secular enfrentamiento en unas fronteras inmensas y no claramente delimitadas. Parafraseando a Buñuel, India se ha convertido en “ese oscuro objeto del deseo”, ya que, por su dimensión y su potencial, se constituye, por razones objetivas, en una gran potencia celosa de su autonomía estratégica y con un proyecto nacional –basado en el hinduismo– independiente de la pugna entre las dos superpotencias.

«Nótese el esfuerzo por incorporar a India en una creciente alianza cuyo principal objetivo implícito es la contención del expansionismo cada vez más agresivo de China»

Asimismo, y no menos importante, Biden ha declarado –aunque luego sus palabras han sido “matizadas” por el departamento de Estado– su firme determinación de defender militarmente a Taiwán ante cualquier agresión china. Poco a poco, EEUU modula su tradicional doctrina de “ambigüedad estratégica”, establecida después de la histórica visita de Nixon a Pekín y sus acuerdos con Mao, hace cincuenta años.

Una doctrina que apoya la tesis de “una sola China”, reconociendo solo estatus internacional pleno a la República Popular, pero que se compromete a apoyar a Taiwán ante cualquier intento de integración que no sea pacífico y de común acuerdo. El debate en EEUU está abierto y los partidarios de abandonar esa ambigüedad son cada vez más mayoritarios en ambos partidos. La razón es obvia: las circunstancias han cambiado y China parece cada más dispuesta a reintegrar Taiwán, aunque sea utilizando la fuerza militar.

De hecho, las intrusiones de cazas chinos en el espacio aéreo de Taiwán son más recurrentes, así como de barcos “pesqueros” chinos –en realidad, patrullas militares–, por cientos, en aguas territoriales disputadas en el mar del Sur de China, como las que rodean el archipiélago de las Spartly o las Paracel. Es uno de los objetivos personales de Xi Jinping, después de, previsiblemente, prolongar su mandato indefinidamente en el próximo Congreso del Partido Comunista Chino (PCCh) en otoño de este año.

«China parece cada más dispuesta a reintegrar Taiwán, aunque sea utilizando la fuerza militar»

De hecho, la respuesta estadounidense a la agresión rusa debe leerse en este contexto. EEUU no va a permitir que Rusia consiga sus objetivos y en ello ha comprometido a la Alianza Atlántica y, a pesar de las dificultades internas, a la Unión Europea y al conjunto de Occidente. El mensaje es claro: el coste para Rusia va a ser inasumible –lo está siendo ya–, y lo sería también para China si optara por una invasión de Taiwán. Las declaraciones de Biden van incluso más allá. En Ucrania, el apoyo a ese país y a su gobierno legítimo es indiscutible, pero no incluye implicación militar sobre el terreno ni participar en operaciones aéreas de exclusión, para evitar una confrontación directa de la OTAN con Rusia. En el caso de Taiwán, el compromiso incluye esa vertiente de implicación militar, además de la involucración directa de otros aliados en la zona, como Australia, y el apoyo explícito de Japón y Corea del Sur, entre otros.

Asimismo, Biden está intentando revertir el descomunal error estratégico de Donald Trump al no ratificar el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés) y empujar a su principal impulsor, Japón, a mantenerlo sin EEUU, presumiblemente a la espera de un cambio de posición. Acto seguido, la decisión de Trump propició la Asociación Económica Integral Regional (RCEP), que incluye a la propia China –India se descolgó en el último momento–, dejando las manos libres a Pekín y debilitando la credibilidad norteamericana frente a sus aliados asiáticos.

Biden ha puesto en marcha el Indo-Pacific Economic Framework (IPEF), “sucedáneo” del TPP, más flexible y maleable, para poder sortear las previsibles dificultades que encontraría un tratado en toda regla para ser aprobado en el Capitolio. No es, pues, un acuerdo comercial en el sentido convencional, sino que descansa en cuatro pilares: promover el comercio –en particular, el digital–, potenciar cadenas de valor resilientes –sin contar con China–, promover inversiones en infraestructuras y en energías renovables, y luchar contra la corrupción, promoviendo normas fiscales adecuadas. Muchos países reclaman, para incorporarse, ir más allá y abrir el mercado estadounidense a sus productos. Pero eso hoy no es posible. Se trata de abrir un camino que pretende incorporar a dicho esquema, además de a Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda, a siete países de la ASEAN –todos menos Myanmar, Camboya y Laos– y, significativamente, a India. Ello supondría en torno al 40% del PIB global y, aunque adolece de la ausencia de otros países del continente americano, se compensa con el peso de India, no solo demográfico y económico, sino por su significación política. Cabe destacar también su carácter abierto a otros Estados-isla del Pacífico. Fiji ya ha mostrado su interés.

Esta iniciativa se suma a la puesta en marcha, impulsada por el QUAD, de la Alianza para el conocimiento del Dominio Marítimo en Indo-Pacífico, que incluiría a las islas del océano. No hay que olvidar el papel desempeñado por las islas durante la Segunda Guerra Mundial y la pugna entre EEUU y Japón por el dominio oceánico.

Conviene destacar que todas esas iniciativas vienen a contrarrestar la clara voluntad china de expandir su influencia en dicho teatro, en detrimento no solo de EEUU, sino de Australia, tradicional garante de su seguridad. Máxime después del AUKUS, el acuerdo entre EEUU, Reino Unido y Australia –en detrimento de Francia, a su vez históricamente presente en la región, con posesiones en la Polinesia– para el suministro a Camberra de submarinos de propulsión nuclear y de altísima y sofisticada tecnología militar –hasta ahora no compartida con nadie– por parte de Washington.

«No hay que olvidar el papel desempeñado por las islas del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial y la pugna entre EEUU y Japón por el dominio oceánico»

La respuesta de China está siendo clara: un empeoramiento de las relaciones con Australia, a pesar de ser su principal socio comercial, y, sobre todo, la puesta en marcha de su propia iniciativa. La “Visión de Desarrollo Conjunto entre China y las Islas Naciones del Pacífico” ha tenido su primera plasmación en acuerdos de cooperación –incluyendo la seguridad, además de aduanas o pesca– entre China y las Islas Salomón, que previsiblemente incluyen la posibilidad de establecer una base militar en las mismas, algo que hasta ahora China solo ha materializado en Yibuti, en la entrada del mar Rojo por el estrecho de Bab-el Mandeb.

China pretende ampliar ese acuerdo con una negociación ya avanzada con Kiribati y con conversaciones con Samoa, Tonga, Fiji, Vanuatu, Papúa Nueva Guinea y Timor Leste. Wang inició la semana pasada una gira de diez días por la zona.

Finalmente, China está impulsando con otras autocracias y democracias imperfectas o iliberales una incipiente Iniciativa de Seguridad Global, sobre la doble base de la no injerencia y el rechazo a la hegemonía estadounidense.

En definitiva, ambas partes están moviendo con rapidez sus fichas, incluyendo acuerdos económicos y comerciales, estratégicos, de financiación de infraestructuras o de lucha contra los efectos del cambio climático (enormemente sensible en la región), que no ocultan la pugna estratégico-militar y por las esferas de influencia. Lo que está en juego es que la presencia estadounidense (y australiana) en la región desaparezca, nada menos, y, por tanto, que EEUU deje de ser una superpotencia global en detrimento de una China cuyo principal objetivo es, precisamente, sustituirle en ese papel.

Palabras mayores. El debilitamiento de Rusia viene a confirmar aún más que el juego se desarrolla en el Indo-Pacífico. Más centro de gravedad que nunca. A pesar de las apariencias.

ALGUNAS COSAS QUE HE LEÍDO

Biden’s China strategy cannot work with weapons alone, Edward Luce, Financial Times

The BRI and the war in Ukraine, Francesca Ghiretti and Jacob Mardell, MERICS China podcast

China’s own hotheadedness reinforces Quad’s strategic importance, Richard McGregor, Lowy Institute

La UE y España también miran al Indo-Pacífico, Emilio de Miguel, Política Exterior

The Administration’s Approach to the People’s Republic of China, Antony Blinken, US Department of State

LA ESCALA DE LOS MAPAS

Este mapa interactivo de Carnegie, titulado “The Strategic Importance of the Indian Ocean”, permite estudiar con detenimiento el laberinto geoestratégico en el que se ha convertido el Indo-Pacífico: cuellos de botella, fronteras marítimas, rutas comerciales, disputas territoriales…, añadiendo capas de complejidad a gusto del consumidor.

PLAYLIST

En su siempre interesante Sinica Podcast, Kaiser Kuo conversa cada semana con sinólogos clave. En el último episodio, Kuo entrevista a Demetri Sevastopulo, corresponsal de Financial Times y autor de algunas sonadas exclusivas, como la revelación de la prueba del misil hipersónico chino o la petición rusa de ayuda militar al poco de comenzar la invasión de Ucrania. Sevastopulo cree que en estos momentos es muy difícil mantener en Washington un debate abierto sobre China, debido a las posiciones cada vez más agresivas entre demócratas y republicanos. “Hay una gran cantidad de autocensura, que no creo que sea saludable para la democracia estadounidense ni para una administración que necesita elaborar políticas inteligentes para tratar con China”, afirma.

Este sábado 4 de junio, como cada año, los hongkoneses conmemoran Tiananmen. Por primera vez en 30 años –salvo el parón por el Covid–, la diócesis de Hong Kong no celebrará una misa conmemorativa. La represión de las autoridades chinas va de “mal en peor”, como advierte Chris Patten.

Nos volvemos a ver en dos semanas,Josep 

@joseppiquecamps

joseppique.es

LA OTAN Y EL MEDITERRÁNEO. 1º ciclo AEME 2022

Por Rafael Vidal, coronel de Artª, DEM, Inteligencia militar Conjunta, Estados Mayores Conjuntos, Doctor en Geografía e Historia por la Universidad de Granada. Master y profesor principal de Seguridad Global y Dirección de Servicios de Emergencia. Presidente de la Real Hermandad de Veteranos de la Junta Provincial de Málaga, de las Fuerzas Armadas y de la Guardia Civil, Presidente del Consejo Asesor del Foro para la Paz en el Mediterráneo.

La frontera sur de la Alianza Atlántica abarca el mar mediterráneo (mar entre tierras) y el norte de África, siendo concebido, geopolíticamente, no como los países del Magreb, sino incluyendo el Sahel y hasta el golfo de Guinea.

En teoría, en junio de 2022, se aprobará el nuevo Concepto Estratégico de la OTAN, siendo nuestra capital, Madrid, donde se realizará la cumbre. Hagamos antes un breve repaso gráfico de los conceptos anteriores [1]:

Resumen de los Conceptos Estratégicos

La guerra en Ucrania, iniciada en 2022 y la penetración de Rusia y China en África; conflictos de intereses en el Norte del continente africano; el auge del terrorismo yihadista en el Sahel; la existencia de estados fallidos; la inmigración indeseada procedente del Sur; el autoritarismo militar como forma de gobierno en estados africanos; las agresiones al medio ambiente; la pobreza, la pandemia y la hambruna en algunos países al Sur del Sahel y en el mismo Sahel; y un largo etcétera, pueden hacer inviable el Séptimo Concepto Estratégico citado en el primer párrafo, tal como está concebido, según fuentes de la Alianza.

Antes de la aprobación del 6º Concepto Estratégico, la OTAN en concurrencia con la UE habían promovido una serie de iniciativas, como el Diálogo Mediterráneo (1994), adhiriéndose varios países del Norte de África, llegando a denominarse OTAN+7, pero como decía el general Ayala: “La OTAN no es la herramienta más adecuada para aproximar ambas orillas del Mediterráneo” y posteriormente en sus conclusiones expresaba que “el verdadero problema es la falta de definición de lo que la OTAN es y quiere ser” [2].

Sin embargo, el sexto Concepto, aprobado en 2010, se encuentra, en años posteriores, con la Primavera Árabe y la intervención de la OTAN en diversos países del Magreb, Libia y Egipto, sin la unanimidad que debiera regir la seguridad de la Alianza, de tal forma que los países intervinieron de acuerdo con sus propios criterios.

Fueron años en que la Alianza aun creía y basaba su estrategia en la “seguridad cooperativa”, dado que Rusia era un socio estratégico, pero todo se rompió en mil pedazos, cuando Vladimir Putin, el autócrata ruso, decidió que ya era hora de volver a sus fronteras de antaño y que el cerco que estaba sufriendo por parte de la OTAN, ponía en peligro la propia Federación Rusa y estados afines. La invasión de Ucrania y la ocupación de Crimea, así como determinadas regiones del este del país, presentaron la nueva faz rusa, corría 2014.

Situación de fuerzas navales en el Mediterráneo en 2016

Una de las obsesiones estratégicas del imperio ruso ha sido y sigue siendo su salida libre al Mediterráneo y de hecho en 1971 el régimen de Háfez al-Ásad, de ideología del socialismo árabe, permitió un pequeño apeadero, para que los buques pudieran repostar, pero en 2017, se había convertido en una potente base naval, con cesión de soberanía territorial, permitiendo el atraque en ella, junto con todas las instalaciones convenientes, de una flota rusa para el Mediterráneo, incluyéndose la existencia en la misma de armamento nuclear, nos estamos refiriendo a la base naval de Tartus.

En los documentos previos a la concreción del Concepto Estratégico para 2022, se han identificado cinco desafíos para la OTAN:

  1. Enfrentamiento dialéctico entre grandes potencias, sin llegar a definir ¡qué se entiende con ello!
  2. La guerra híbrida, no existiendo una idea clara, por mucho que tratadistas luminosos hayan intentado interpretar el concepto.
  3. La guerra a través de terceros.
  4. El terrorismo internacional yihadista.
  5. La evolución acelerada de tecnología rupturistas y emergentes.

Estos desafíos, es lo que actualmente se definen dentro de la “zona gris” que, en realidad es un estado de crisis permanente y que hay que saber gestionar. Vivimos en un mundo en crisis que es la normalidad, parafraseando a Heráclito: “todo pasa, nada permanece, ningún momento es igual al anterior y continuamente hay que tomar decisiones para resolver la situación del momento”.

Lo importante del “mar entre tierras”, no son las propias aguas, sino las tierras que lo rodean y que todo el sur del mismo es un verdadero polvorín que en puede estallar en cualquier momento y que en la actualidad, 2022, se dan todos los ingredientes de que lo haga.

Alpha Oumar Konaré, presidente de la Comisión de la Unión Africana, en una conferencia pronunciada en el mes de abril de 2006 en la Universidad de Alcalá de Henares, dijo textualmente:

Si la situación en África sigue degradándose, ningún continente estará a salvo. Menos aún nuestros vecinos europeos, porque están al lado. Ningún visado ni muro podrá detener a 1.500 millones de pobres que no tienen un dólar al día para comer [3].

Han transcurrido 16 años de aquellas proféticas palabras y la situación en el continente africano, principalmente desde el golfo de Guinea hacia el Mediterráneo ha ido degradándose paulatinamente, sin que la OTAN ni la Unión Europea y mucho menos Francia, al ser una zona eminentemente francófona, hayan podido resolver los enormes problemas planteados.

Estado Unidos dispone del AFRICOM o cuartel general de las operaciones para África, con el fin de intervenir en algunos de los 53 países que la integran, excepto Egipto, teniendo su sede en Stuttgar, aunque es previsible su traslado a la Base Naval de Rota.

Pero es un instrumento militar, sin sentido en los tiempos de corren. Entre 2021 y lo que va de año 2022, se han dado numerosos golpes de estado en distintos países. La UE y Francia, van retrocediendo y va aumentando la influencia de China y principalmente Rusia, a través de lo que se llamada “la diplomacia armada paralela”, es decir del grupo contratista de seguridad Wagner, propiedad de Yevgeny Prigozhin, muy allegado al autócrata ruso, Vladimir Putin.

Estos contratistas ofrecen seguridad a los gobernantes de los muchos países africanos, del Sahel y al Sur del mismo, principalmente contra los opositores, el terrorismo yihadista y una aparente paz, que sirve a Rusia para extraer una gran cantidad de minerales estratégicos para el futuro.

China, de una forma más suave, pero igualmente eficaz, está penetrando en África, considerando a los africanos como “iguales”, proporcionándole tecnología a cambio de los recursos que almacena en sus entrañas.

Retomando las palabras de Oumar Konaré, el problema de África, desde el Norte al Sur, es de desarrollo, por ello, la OTAN, aunque sea una Alianza político militar, no tiene una incidencia diaria sobre ella, a no ser que los intereses útiles y/o vitales de la misma se vean amenazados, teniéndose que realizar operaciones “no artículo 5º del Tratado”. La Alianza debe proteger las aguas del Mediterráneo, dejando la cooperación con el Magreb, Sahel y África ecuatorial en manos de otras instituciones, como la Unión Europea.

Se ha producido iniciativas, como la Unión por el Mediterráneo, la 5+5, y otras, pero ninguna ha demostrado su eficacia y continuidad.

Las premisas sobre las que deben basarse la cooperación con los países africanos deben ser:

  1. Consideración de igualdad soberana, sin mirar al pasado colonialista.
  2. Cooperación económica, social y política, siempre a través de vías seguras que, no lleven a la corrupción.
  3. Exigencia a las empresas occidentales y norteamericanas, por supuesto, de la ética y moral en las inversiones.
  4. Hacer de muchos países africanos una de las “fábricas del mundo”, al igual que hoy lo es China.
  5. Apoyo incondicional a la protección del medio ambiente, revirtiendo el escándalo del lago Chad o las pestilentes aguas del golfo de Guinea.
  6. Aportación de los países europeos y de otros de la Alianza, de un 0,5 o 0,7% del PIB para cooperación con los países africanos, sin contrapartida por parte de ellos.
  7. Convocar una Conferencia de Seguridad y Cooperación del Mediterráneo y África, a modos de su homónima europea de 1975, transformada luego en organización que sirva de caja de resonancia de los problemas mediterráneos y africanos y puedan resolverse las diferencias.
  8. Potenciar las organizaciones regionales, como la Unión Africana, Comunidad Económica de los Estados de África Central, Comité Permanente Interestatal para la Lucha contra la Sequía en el Sahel, Comunidad Africana Oriental, Comunidad de Desarrollo de África Austral, Comunidad Económica Africana, Comunidad Económica y Monetaria de África Central, etc.
  9. Ayuda para resolver el fenómeno terrorista.
  10. Dar estabilidad a las instituciones para reducir los “estados fallidos” y los “vacíos del poder central” que se producen en bastantes estados africanos.

A modo de conclusión:

La OTAN poco puede hacer para resolver los problemas del “mar entre tierras”, aunque debe ser el pilar defensivo de todas las iniciativas sociales, económicas, políticas y de cualquier índole que se lleven a cabo.

Coronel E.T. (Ret.) Rafael Vidal Delgado

Asociación Española de Militares Escritores (AEME)


[1] VIDAL DELGADO, Rafael. La OTAN ante el terrorismo. Foro para la Paz en el Mediterráneo. Málaga, 2016. Pág. 50.

[2] AYALA, José Enrique de. La OTAN en el Mediterráneo. Afkar/Ideas, de otoño de 2009. Páginas 25-27.

[3] MUNDO NEGRO, junio de 2006.

LA GUERRA EN UCRANIA, LECCIONES APRENDIDAS

F. Javier Blasco, coronel (r) 4 de abril de 2022

Transcurridos cuarenta días desde el inicio de la invasión, tiempo en el que han ocurrido muchas cosas y casi ninguna tal y como era de esperar, parece que nos enfrentamos a una posición en la que, tras desastres, desolación y muerte, una vez puestas las cartas sobre la mesa y agotados ambos bandos por los intensos combates y los problemas para alimentar la batalla, ya no queda más remedio que avocarse a una dura y puede que peligrosa negociación.

Desde luego Putin no ha ganado esta guerra, ni tampoco Zelenski; ha sido una guerra de desgaste; de momento corta en el tiempo, pero demasiado cruda, fratricida y bastante inhumana sobre el terreno y en la realidad humana.

Guerra en la que las poco instruidas, no muy bien armadas y bastante mal dirigidas, aplastantes y mayoritarias fuerzas rusas se han enfrentado, de nuevo, a la cruda realidad de lo que supone la alta moral de combate del adversario, que entorno a un inusitado líder, defiende su territorio con todo, si fuera preciso.

Ucrania, sola y más o menos abandonada por la cínica, acomodaticia y cuasi silente Comunidad Internacional (CI) y con unos pocos recursos que les han ido llegando a sus manos, ha sabido aprovechar otras formas y métodos de combate que le han ofrecido su voluntad de vencer a toda costa y las nuevas tecnologías; aspectos, que se han mostrado tanto o más eficaces que la honda de David, para derribar a Goliat.

Drones simples, de bajo coste, fabricación casera o comprados a Turquía y operados a corta distancia, han sido capaces de destruir carros de combate de alta tecnología y buen grado de auto protección. La invasión de las redes por auténticos y aficionados hackers, no sólo han valido como herramientas de inteligencia, sino que han puesto en jaque las redes de mando y control rusas y los sistemas de detección, control de movimientos y de aprovisionamiento en las grandes empresas estatales o particulares, relacionadas con su logística militar.

Rusia sigue sin aprender a analizar bien los factores de la decisión, ni antes de iniciar el conflicto, en los primeros momentos de la invasión ni ahora para propiciar los grandes cambios en su estrategia a tan solo pocas fechas de entablar los duros combates.

La logística rusa sigue siendo un gran hándicap; no han aprendido nada tras sus dolorosas y nefastas intervenciones en diferentes y complicados conflictos. Fue su tumba y lo será en gran parte de este conflicto, si es que acaba con la balanza en su contra. Ello ha paralizado la alimentación de la maquinaria de guerra y ha dejado vacíos los estómagos de sus tropas que, obligados a comer raciones caducadas de fecha, han tenido que recurrir a la explotación local, con los riesgos de sabotajes y envenenamiento que ello supone.

Las fuerzas expedicionarias extranjeras desplegadas para el combate a modo de mercenarios, han servido para el establecimiento de una política de revancha, brutalidad y de difícil limpieza o expulsión del país el día de mañana.

La política de tierra quemada, tiene muy grandes y graves consecuencias inmediatas y también a medio y largo plazo, dado que muchas de las ciudades han quedado arrasadas, llenas de minas, trampas, y cadáveres en fosas individuales y comunes por todas partes, lo que, por un lado, pondrá en grave peligro la movilidad en la zona y por otro, la salubridad a nada que el tiempo cambie a temperaturas más altas.

Las masacres de civiles apreciadas ayer en ciudades abandonados por los rusos son fruto de su mala formación militar, el desprecio a la legislación humanitaria y la desesperación o rabia individual y colectiva, al verse obligados a retirarse, sin presión militar que les obligue a ello, cuando tantas bajas les costó conquistarlos.

Masacres y crímenes de guerra, que en el argot militar ruso se conoce ‘zachistka’ desde que se empleó masivamente en Chechenia; que forzosamente, no se pueden ocultar y que deberían ser juzgados por tribunales internacionales, aunque dudo mucho, que algún día, el máximo responsable, Putin se siente en un banquillo para responder por dichos cargos.

Guerra de Ucrania

La destrucción casi total de varias ciudades enteras ha provocado la emigración masiva de sus ciudadanos, quienes pueden cambiar de pensamiento, con respecto a su deseo inicial de regresar cuanto antes, lo que producirá una gran pérdida de la mejor y más preparada sociedad ucrania.

Reconstruir el país no será tarea fácil; al contrario, será muy costosa y Ucrania no podrá afrontar los costes que ello supone. Pensar que será Rusia la obligada por la CI, es de momento, algo falaz o utópico. Sin duda, tanto EEUU como la UE deberán sufragar diversos planes de recuperación y reconstrucción casi total del país, porque su industria y comunicaciones también han resultado extremadamente afectadas.

Los reiterados y elocuentes discursos -apoyados en masivas videoconferencias- de Zelenski a los parlamentarios de los países más importantes de occidente no han servido para mover ninguna conciencia individual o colectiva; a lo sumo, para propiciar más, cautelosos y mejores apoyos de material de combate; pero en nada para avanzar en las pretensiones políticas y de alianzas de Ucrania.

El efecto CNN a modo de un seguimiento en directo de los combates, actuaciones y decisiones adoptadas durante esta guerra, ha sido aprovechado por ambos bandos para realizar una buena inteligencia sobre las redes abiertas (OSINT); tanto que, en algunos momentos, ha habido que parar los pies a la mucha información, veraz o no, lanzada por todos los medios, noticiarios y redes del mundo.

La CI sigue adoleciendo de una gran falta de planificación previa, sincronización, despliegue de medios rápidos, capaces y efectivos, así como de normas y procedimientos adecuados para la extracción, el acompañamiento, el trato, manejo, la transferencia de responsabilidades y la acomodación final de los refugiados que este tipo de conflictos bélicos producen de forma masiva y sin solución de continuidad.

Una vez más el tema de los refugiados ha recaído en la decisión política, en los propios medios y las pocas o muchas capacidades de apoyo de los países fronterizos para llevar a cabo la aceptación de incontroladas avalanchas de personas, muy jóvenes y mayores. Agravado en este caso, por llegar masivamente sin apenas acompañamiento masculino realmente servible, por la movilización general de los varones ucranios. Situaciones desbordadas desde el principio, que han propiciado, a pesar de las advertencias, la trata de blancas y el fomento de la prostitución hasta en países muy lejanos al conflicto.

La primaria y natural tendencia a recoger y enviar por cualquier medio, sin orden ni concierto, ropa usada y todo tipo de enseres, víveres, y productos útiles para los refugiados; una vez más, ha inundado, los campos o centros de acogida; ha llegado mínimamente a quien la pueda utilizar y, finalmente supone un engorro o, lo que es peor un negocio futuro para la segunda mano de quienes no han sufrido las consecuencias de la guerra.  

El resultado final del conflicto dependerá de la capacidad, voluntad de presión y de sincronización de las grandes potencias que apoyan a uno u otro bando con especial atención a China y la India, así como del porcentaje y el valor de los objetivos alcanzados cuando se sienten realmente a negociar.

Es de destacar, de nuevo, el papel intermediario de Turquía en este conflicto; papel, que ya arrancó hace años de la mano rusa en el conflicto sirio. Con ello, parece pretenderse, aumentar la consideración internacional de Erdogan y, en parte, desplazar a EEUU, tradicionalmente hegemónico en estas lides. Sorprenden bastante la ambigüedad de Israel desde el comienzo del conflicto y la negativa de los ‘amigos árabes’ a secundar los intentos de Biden para paliar los efectos de la carestía de los carburantes.  

Increíblemente, las tropas rusas, sin ser forzados a ello, han caído en el grave riesgo sanitario que producen las zonas contaminadas con alta radiación nuclear, cuando se entra y permanece en ellas durante largos periodos de tiempo y sin los apropiados equipos de protección individual y colectiva.

Es muy vergonzoso que, mientras todo esto ocurre, y particularmente por parte de la UE, salvo honrosas y anecdóticas excepciones, se sigan comprando a Rusia materias primas como crudo, gas e incluso minerales como el aluminio, propiciado fundamentalmente por la codicia y necesidad de Alemania para no parar sus producciones.    

Con independencia del grado de participación e intervención militar de la OTAN y la UE, esta guerra ha valido para volver a levantar las orejas y elevar el grado de atención porque el lobo, sigue ahí fuera, llamando a nuestras puertas ansiando comerse débiles e indefensas presas.

Por ello, una Alianza, que estaba a punto de ser casi desmantelada o quedar en algo residual, vuelve a coger brío tal y como se verá en la próxima Cumbre de Madrid, donde se reflejará que obligatoriamente deberá cambiar de tono, intensidad y timbre su discurso y recuperar su radicalidad. Son ya muchos los países que han declarado su firme propósito de aumentar, en mucho, sus gastos en defensa.

Igualmente, sucede en el seno de la UE; una vez más, ha vuelto a ponerse de manifiesto, que la capacidad de influencia e intervención militar de la Unión fuera de sus fronteras y en defensa de sus miembros es casi nula y, que los esfuerzos e iniciativas hasta el momento en dicho aspecto, han sido tan solo unos parches para tenernos entretenidos e incluso engañados con algo, que nunca ha servido para nada.  

Quede como quede o finalice esta guerra, Rusia saldrá muy mermada en su capacidad de relación, intercambio y reconocimiento internacional en todas las esferas imaginables: políticas, económicas, industriales y de tipo social. Internamente, las protestas, inicialmente minoritarias, por mucho que las pretendan ocultar y acallar, pueden llevar a provocar un cambio importante en la sociedad rusa y por consiguiente, en su liderazgo político.

La OTAN y China. 1º CICLO de AEME 2022. Autor: Profesor Calduch

La agresión rusa a Ucrania ha revalorizado, de forma abrupta y dramática, la importancia de la alianza estratégica transatlántica. Hasta hace poco, la OTAN era considerada una organización en declive, una vez que Washington había transferido su prioridad política y estratégica al área Indo-Pacífica, llegando incluso a establecer una nueva alianza con Australia y el Reino Unido (Aukus). Ahora, en cambio, se está reconsiderando seriamente el contenido que debe recoger el nuevo concepto estratégico, pendiente de aprobarse en el Consejo Atlántico del próximo Junio.

Sin duda, la creación de la OTAN respondió a la necesidad de enfrentar la amenaza del comunismo soviético, de acuerdo con la doctrina norteamericana de contención. No obstante, Estados Unidos quiso expresamente evitar un compromiso estratégico mundial, restringiendo su aplicación al área euro-atlántica.

Durante medio siglo, la OTAN desempeñó eficazmente su función de garante de la seguridad transatlántica mediante la disuasión, tanto nuclear como convencional, y llegado el caso mediante la intervención militar, como en Kosovo (1999). Sin embargo, en el concepto estratégico aprobado ese mismo año se introdujo la modificación de autorizar las operaciones de gestión de crisis, no amparadas por el art. 5, y realizadas fuera del área euro-atlántica tal y como se define en el art. 6 del Tratado. Entre ellas destacan las operaciones de ISAF y Resolute Support MIssion, ambas en Afganistán (2001-2021), la NATO Training Mission in Iraq (2004-2011), la Operation Unified Protection en Libia (2011) y la Ocean Shield contra la piratería en el Índico (2009-2016).

A la vista de estos hechos, resulta evidente que por la vía consuetudinaria la OTAN ha modificado dos de los artículos fundamentales del Tratado de Washington. Ello obliga a considerar nuevos escenarios de posibles intervenciones aliancistas en la región Indo-Pacífica, dada la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China pero también debido a que en dicha región Estados Unidos y Francia poseen parte de sus territorios y población que pueden verse directamente amenazados en circunstancias extremas de tensión.

En efecto, superada la etapa de las históricas rivalidades fronterizas entre la URSS y China por los acuerdos de Shanghai (1996) y Moscú (1997), las relaciones entre ambas potencias se han ido fortaleciendo a través de los flujos comerciales, la cooperación energética y las medidas de confianza gracias a la participación en la Organización de Cooperación de Shanghai, como el principal instrumento de seguridad regional asiática al margen de Estados Unidos y sus países aliados en la zona.

Esta aproximación entre Beijing y Moscú, unido al espectacular aumento del poder económico mundial de China, su incremento del gasto en defensa, con el corolario de la modernización y ampliación de las capacidades militares convencionales y nucleares, así como una política cada vez más agresiva en el mar meridional de China y respecto de Taiwán, han alertado a las autoridades norteamericanas. El Consejo Atlántico ha aprobado un posicionamiento explícito sobre las amenazas que para la seguridad de los países miembros de la OTAN puede suponer la evolución del poder chino.

En la Declaración del 14 de Junio de 2021 se afirmaba literalmente: “La creciente influencia y las políticas internacionales de China pueden presentar desafíos a los que debemos responder conjuntamente como Alianza. (…) Las ambiciones declaradas de China y su asertividad presentan desafíos sistémicos para el orden internacional fundado sobre reglas y en ámbitos que resultan importantes para la seguridad de la Alianza.

La reciente Declaración conjunta de Putin y Xi Jinping del 4 de Febrero de 2022, veinte días antes de la invasión rusa de Ucrania, incluye un párrafo específico de oposición a la ampliación de la OTAN que, a la vista de los acontecimientos posteriores, ha resultado revelador del compromiso estratégico alcanzado por ambos dirigentes sobre el futuro de la Alianza.

En efecto, no cabe duda de que China y Rusia comparten una concepción revisionista del orden internacional, acorde con sus particulares concepciones estatales, que cuestiona, cuando no socava abiertamente, los fundamentos de cooperación multilateral y seguridad colectiva que lo sustentaban desde el fin de la bipolaridad. En ambos casos, sus planteamientos revisionistas tienen mucho que ver con la oposición al poder hegemónico ejercido por Estados Unidos y sus aliados occidentales desde la Segunda Guerra Mundial.

En semejantes circunstancias y a la vista de las peligrosas consecuencias que tales concepciones revisionistas están ya acarreando para la seguridad mundial, resulta imprescindible que la OTAN fije su posición estratégica ante “el desafío sistémico” que representa China.

Esta posición estratégica atlantista debería tomar en consideración las vulnerabilidades estructurales del régimen comunista chino. La primera de ellas es la gestión de una población diez veces la de Rusia con un territorio ligeramente superior a la mitad del ruso. Esta realidad geopolítica, que le ha permitido convertirse en la segunda potencia económica mundial aprovechando su mercado interior, también le obliga a mantener un constante y elevado crecimiento del PIB para ir mejorando el reducido nivel de vida de su población con una renta per cápita anual de 9.122 € en 2020.

La segunda debilidad estructural deriva de la alta dependencia de las importaciones de materias primas y energía que posee la economía china para garantizar su crecimiento productivo y, al mismo tiempo, su inevitable necesidad de expansión comercial y financiera a escala mundial. Ello exige unas condiciones internacionales de estabilidad estratégica, gestión pacífica de los conflictos de intereses y previsibilidad funcional de los flujos transnacionales, que casan mal con las reivindicaciones revisionistas impuestas por la fuerza, como acaba de hacer Rusia en Ucrania.

El escenario de un estancamiento de la economía real china, provocaría en poco tiempo una creciente inestabilidad social interior del régimen comunista y con ello un escenario de crisis política estatal a medio plazo, como ya ocurrió en el caso soviético, que los dirigentes chinos consideran un riesgo que debe conjurarse a toda costa.

Ello nos remite a la tercera vulnerabilidad estructural, la de un régimen político dominado por un partido comunista cuya gestión autocrática de las instituciones y de la población, dificulta la eficacia y eficiencia requeridas por el capitalismo estatal y su creciente internacionalización. Ya no se trata sólo de la violación o de las restricciones de los derechos humanos y las libertades civiles, es ya una cuestión de incompatibilidad entre una mejora de las condiciones sociales y económicas de vida de una creciente clase media urbana y la perpetuación de unas restricciones políticas impuestas por un régimen cada vez más cerrado y rígidamente elitista.

Esta contradicción del régimen político chino es la que sustenta su cuarta y última vulnerabilidad, la que atañe a la ansiada reunificación con Taiwán. La experiencia represiva de Hong Kong, constituye un recordatorio para la población taiwanesa del futuro que pueden esperar como consecuencia de su integración con la República Popular China. Un conflicto de intereses políticos que es susceptible de escalar militarmente y para el que la OTAN debería prepararse.

Sería razonable que el nuevo concepto estratégico de la OTAN tomase en consideración las posibles amenazas estratégicas y riesgos económicos asociados a la actual política del gobierno chino, incluida su alianza con Rusia. También debería especificar las respuesta adecuadas a la necesaria disuasión y, llegado el caso, la correspondiente represalia defensiva, pero teniendo siempre presente que la primera línea de defensa es siempre una diplomacia eficaz.

Rafael Calduch Cervera

Catedrático de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales

Universidad Complutense de Madrid

La tormenta económica perfecta. Por Juan Iranzo, catedrático de economía aplicada

La tormenta económica perfecta. Por Juan Iranzo – Rebelión en la granja (rebelionenlagranja.com)

La crisis económica provocada por las medidas aplicadas para paliar los efectos del COVID 19, es inédita y además de una enorme gravedad. En efecto las restricciones a la movilidad de las personas y las limitaciones a la actividad productiva generaron un shock de demanda negativo y otro también negativo de oferta. Las economías de la mayoría de los países sufrieron una profunda recesión en el año 2020; un -3,4% en el conjunto mundial, un -6,8% en la UEM; siendo especialmente intenso el hundimiento del PIB en España, un -10,8%, el mayor de la OCDE. Tan solo China registro un crecimiento positivo del 2,3 %, aunque muy moderado respecto a los años anteriores

España es el país desarrollado, que más está sufriendo la situación. La contracción del sector del automóvil, y del turístico, explican solo una parte del problema. Nuestra realidad se vio agravada, desde el primer momento, por las políticas económicas inadecuadas de nuestro Gobierno. Fue un gran error subir los impuestos, elevar el Salario Mínimo Interprofesional, introducir rigideces y limitaciones en el mercado laboral, lastrar con más costes medioambientales la producción y desbocar el gasto público.

En lugar de mejorar la competitividad de nuestro tejido empresarial, se ha reducido nuestro potencial de crecimiento. Además, ha disminuido significativamente la seguridad, lo que provoca efectos muy negativos sobre el consumo privado y la inversión. Asimismo, se han encarecido las importaciones de materias primas, sobre todo energéticas, se han elevado las compras al exterior, que coincide con una pérdida de competitividad, que impide, que las exportaciones, sean, como lo fueron tradicionalmente; el motor de la recuperación.

A pesar de la mayor caída del PIB en 2020, estas limitaciones al crecimiento; provocaron que nuestra economía tan solo creciese un 5% en 2021, frente a una media de la UEM del 5,4%. Antes del comienzo de la guerra de Ucrania no se preveía un incremento de nuestro PIB superior al 5% en 2022; con lo que nos convertiríamos en el último país de la OCDE, en recuperar el PIB precovid de 2019, que posiblemente no lo alcancemos antes del año 2023, si bien la Guerra de Ucrania lo puede retrasar aún más. España era uno de los países más débiles y desequilibrados de la Unión Europea, ya antes del comienzo de la guerra. Teníamos la mayor tasa de paro del Continente, un 13,3%, frente al 7% de media de La UEM; un déficit público, dos puntos superior a la media y una deuda pública, que, a finales de 2021, se situó en el 121,5% del PIB, frente al 97,7% del PIB de media de la Zona Euro.

Pero sin lugar a duda en la actualidad nuestro principal problema es la inflación que se situó en febrero en el 7,6%, medida en IPC interanual. La falta de suministros para las cadenas productivas y el aumento de los costes medioambientales, son las causas fundamentales de esta situación; que además tendía ya a aumentar; puesto que el Índice de Precios Industriales en enero, se situó en el histórico récord del 35,7%; lo que anticipaba un mayor aumento del IPC y una pérdida de competitividad frente a la UEM, nuestra principal zona de comercio, que padece una inflación elevada del 5,8%, pero inferior a la española.

La guerra de Ucrania y las sanciones a Rusia agravaran aún más nuestra situación económica. España es el segundo país productor de automóviles de Europa, que se vio perjudicado por la falta de Chips para nuestras cadenas de fabricación. El conflicto con Rusia puede limitar también la producción de catalizadores, que necesitan como inputs al paladio y al platino; minerales que se producen sobre todo Rusia. Además, la incertidumbre creada penalizará el turismo, la inversión, y el consumo privado.

Asimismo, las fuertes subidas del coste de la energía, incrementaran las importaciones de bienes, lastraran el crecimiento e impulsaran al alza a la inflación; por cada 10$ que sube el precio del barril de petróleo el impacto negativo sobre nuestro crecimiento es de – 0,25 décimas y el efecto sobre el IPC es de 0,3 décimas Por ello no es previsible que nuestra economía crezca más de un 3% este año 2022; es decir la guerra puede restar como mínimo 2 puntos al crecimiento del PIB.

Sin duda, a corto plazo, la principal víctima económica de la guerra de Ucrania será la inflación, puesto que el precio de los alimentos, y sobre todo de la energía se han elevado más de un 40% desde el comienzo de la contienda; por lo que el IPC en España se podría situar en los dos dígitos, en los próximos meses; lo que puede acelerar una espiral inflacionista, precios salarios. Pon todo ello, la economía española, se acerca peligrosamente al precipicio de la Estanflación, lo que implicaría un fuerte aumento del paro, del déficit público, de la deuda y una gran pérdida de poder adquisitivo y de bienestar de la mayoría de los ciudadanos.

Para luchar contra la elevadísima inflación, los Bancos Centrales, están modificando la dirección de sus políticas monetarias, lo que ya está provocando una subida de los tipos de interés en los mercados de deuda pública, lo que penaliza a los países mas endeudados como España. Además, el Banco Central Europeo reducirá la compra de activos, por lo que nuestro Tesoro tendrá grandes problemas para financiarse.

Para amortiguar los efectos de la grave situación, es necesario un cambio radical de la Política Económica del Gobierno. Inmediatamente tiene que reducir la fiscalidad del gas natural, de los hidrocarburos y de la energía eléctrica. Es necesario impulsar un auténtico pacto de rentas que evite fuertes subidas de salarios, tal y como se consiguió en los Pactos de la Moncloa. Resulta imprescindible la reducción del gasto público, el IEE estima que se pueden ahorrar 60.000millones de euros con una buena gestión. Hay que aplicar una bajada, también de los tipos del IRPF y de Sociedades y derogar los de Patrimonio y el de Donaciones y Sucesiones.

También es fundamental una reforma profunda del sector energético, que pase por el alargamiento de su vida útil de nuestras centrales nucleares, modifique la metodología de calculo de la tarifa eléctrica regulada, que favorezca el desarrollo del Hidrogeno y que considere verde a la energía nuclear. Para optimizar todos los recursos disponibles, hay que impulsar la colaboración público-privada, sobre todo en educación y sanidad; y frenar el incremento de la presencia del sector público en las empresas. España cuenta con la gran ayuda de los fondos europeos, que deben destinarse a la mejora de la productividad de nuestras empresas, principalmente pymes y no despilfarrarlos inadecuadamente en políticas populistas.

En definitiva, la economía española se encontraba muy desequilibrada y con un bajo potencial de crecimiento antes de la Guerra de Ucrania. Esta ha provocado la tormenta económica perfecta, que nos puede llevar a la Estanflación. El gran perdedor como  será el ciudadano que tendrá menor poder adquisitivo, peor calidad de vida y más inseguridad en su empleo.

¿Estaba China apostando por la derrota rusa todo el tiempo?

INFORMES DE SITUACIÓN – 13 de marzo de 2022Por Csaba Barnabas Horvath

Las opiniones expresadas en este artículo son las de los autores por sí solas y no reflejan necesariamente las de Geopoliticalmonitor.com

China ha sido vista por muchos como el aliado más importante de Rusia en la invasión de Ucrania. Sin embargo, después de casi dos semanas de combates, han estado culminando episodios confusos en torno a la actitud de China hacia la guerra. Con respecto a las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU y de la Asamblea General, China se ha abstenido en lugar de votar del lado de Rusia. Con respecto a las sanciones a Rusia, China no ha mostrado mucha voluntad de ayudar hasta ahora, y dos importantes bancos chinos, el Banco de China y el Banco Industrial y Comercial de China, incluso se han negado a ayudar a Rusia a procesar las transacciones de exportación. En lugar de apoyar a Rusia, el ministro chino de Asuntos Exteriores, Wang Yi, ha pedido una desescalada del conflicto. China parece estar retirando su apoyo de Rusia, en todas partes, desde la diplomacia hasta la economía.

Por otro lado, sin embargo, las declaraciones chinas justo antes de la guerra parecían haber indicado el pleno apoyo de Beijing a Moscú, y el hecho de que Rusia esperara el final de los Juegos Olímpicos de Invierno de Beijing parece confirmar los rumores de que Xi le pidió a Putin que lo hiciera, indicando a su vez que China era plenamente consciente de lo que se avecinaba. y decidió apoyarlo con pleno conocimiento de causa. Por lo tanto: Apoyo total para la invasión antes de que comenzara, pero luego un retroceso gradual una vez que la invasión estaba en marcha – ¿Qué está pasando aquí? ¿Cambió China de opinión debido a algún suceso inesperado?

¿Qué pasaría si no sucediera nada así, pero fue una estrategia consistente para alentar a Rusia a atacar al principio, pero revertir su apoyo después de que la guerra haya comenzado? Conociendo la historia de las relaciones chino-rusas, una victoria rusa no parece ser de interés para China. Lo que interesa a China es una guerra prolongada de desgaste, drenando los recursos de Rusia tanto como sea posible, debilitándola tanto como sea posible, mientras tanto aislándola de Occidente tanto como sea posible, y con una derrota rusa al final.

Una breve historia de las relaciones chino-rusas

A lo largo de la mayor parte de la historia de las relaciones chino-rusas, Rusia fue un adversario, en lugar de un aliado de China. El objetivo de Rusia no es convertirse en el socio menor de una alianza chino-rusa, sino ser una gran potencia por derecho propio. Rusia tiene una identidad de gran potencia propia, lo que significa que persigue su «agenda de gran potencia por su cuenta», y como la historia nos ha demostrado, cada vez que esa agenda cruzaba los intereses de China, Moscú rara vez dudaba en confrontar a Beijing y, cuanto más fuerte era, más estaba dispuesto a confrontar directamente. Rusia se ha apoderado de aproximadamente un millón de millas cuadradas de China en los tratados de Aigun y Beijing en 1858-1860, un área llamada «Manchuria Exterior», la periferia norte de Manchuria hasta ese momento, y el territorio hasta ahora se conocía como el Lejano Oriente ruso, con Vladivostok y Khabarovsk establecidos allí por colonos rusos. La historiografía china todavía considera estos tratados como «tratados desiguales», la humillación occidental de China y, por lo tanto, incluso si son legalmente legítimos, son al menos moralmente ilegítimos. Mongolia, así como la república autónoma de Tuvan de Rusia fueron partes de China hasta la caída del Imperio Qing en 1911. Rusia los apoyó por primera vez para obtener la independencia de facto en la década de 1910 con Mongolia sirviendo como un estado amortiguador estratégico contra China. Luego, los bolcheviques expandieron el gobierno comunista a Mongolia y Tuva también. Después de la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética logró el reconocimiento formal de la independencia de Mongolia por parte de la República Popular China, y anexó Tuva directamente. La cooperación chino-soviética después de la victoria comunista en China en 1949 duró apenas una década, y después de que se produjo la división sino-soviética a fines de la década de 1950, las dos grandes potencias incluso lucharon una breve guerra fronteriza en 1969 junto con las mismas secciones de la frontera que Rusia adquirió en los tratados desiguales de 1858-1860. Las relaciones entre los dos países solo se calentaron después del colapso de la Unión Soviética, con Rusia volviéndose lo suficientemente débil como para buscar la amistad de China y ser vista como inofensiva por China. La formación de la Organización de Cooperación de Shanghai parecía mostrar el comienzo de una alianza chino-rusa, sin embargo, una propuesta china para un área de libre comercio de la OCS fue rechazada por Rusia, mostrando los temores de Moscú en el Este: con su población como apenas una décima parte de China, y su economía una mera fracción de la de esta última, el único factor restante para que Rusia aparezca en el poder junto con China, de la misma manera que Canadá aparece junto a los Estados Unidos, es su ejército. Más tarde, agregar a India y Pakistán con su antagonismo mutuo a la OCS diluyó la organización hasta el punto de carecer de sentido estratégico y la convirtió en algo así como una versión asiática de la OSCE en el mejor de los casos. Rusia ve a Kazajstán como su propia esfera de influencia, mientras que China, al conectar el país consigo mismo con oleoductos e invertir en la industria energética kazaja, está interesada en mejorar la Vladivostok y Khabarovsk. Para abreviar, la cooperación chino-rusa en los últimos años se trataba simplemente de haber encontrado un terreno común contra los Estados Unidos, en lugar de que los dos se vieran mutuamente como aliados verdaderamente confiables.

¿Cómo entraría en escena una victoria rusa o una derrota rusa? Una victoria rusa definitivamente no sería de interés para China. Al aumentar la población de la Unión Euroasiática, la esfera de influencia más amplia de Rusia, de 185 millones a 226 millones a través de la incorporación de Ucrania, y mejorar las posiciones estratégicas de Rusia contra la OTAN y la UE mediante la eliminación de un país amortiguador de 41 millones de habitantes, Rusia se volvería significativamente más fuerte de lo que era antes de la guerra, y tal cambio estaría cerca en términos geopolíticos de una especie de restablecimiento de la Unión Soviética. Significativamente más fuerte, lo que significa menos dispuesto a cooperar con China, más dispuesto a perseguir su propia agenda de grandes potencias, a perseguirla hasta un punto en el que incluso pueda dañar los intereses chinos, con el objetivo de posicionarse como un tercer jugador entre Los Estados Unidos y China igual a ambos, en lugar del aliado de China.

Cómo es una derrota rusa

Sin embargo, una derrota rusa, que todavía parece ser posible, especialmente si se produce al final de una prolongada guerra de desgaste, debilitando significativamente a Rusia y aislándola de Occidente al mismo tiempo, la pondría en una posición en la que difícilmente tendría otra opción que convertirse en un socio menor en una alianza chino-rusa. si no un mero satélite de China. El poderío militar de Rusia, el que lo hizo aparecer hasta ahora como igual de China, no solo ha demostrado a través de esta guerra ser mucho menos formidable de lo que el mundo pensaba, sino que también ha sufrido grandes pérdidas y continuará sufriendo grandes pérdidas mientras la guerra continúe. Según una filtración de 2020 del sitio web ruso Lenta, por ejemplo, Rusia tiene menos de 3.000 tanques operativos; Según fuentes ucranianas, más de 300 de ellos ya han sido destruidos, lo que significa más del 10% de todos los tanques que Rusia tiene, en solo dos semanas. Oryx, un blog militar independiente por otro lado, estima que las pérdidas de Rusia son de 181 tanques a partir de la mañana de las 10.ésimo de marzo de 2022. Este número, aunque más bajo, todavía muestra una tasa alarmante de 12 tanques perdidos en promedio cada día, e incluso en esta tasa, Rusia perderá el 10% de sus tanques para el 20 de marzo.

Se dice que Rusia ha acumulado el 60% de su arsenal terrestre convencional en la frontera de Ucrania, y esta tasa solo ha aumentado desde entonces. Si un esfuerzo tan trascendental por parte de Rusia continúa con pérdidas tan altas, el ejército ruso será una mera cáscara de su antiguo yo al final, sin mencionar el daño causado a la economía de Rusia por las sanciones. Una Rusia tan debilitada, aislada de Occidente, no tendría más remedio que aliarse con China en los términos que esta última exija. Esto proporcionaría a China un aliado estratégico comprometido y dócil, y acceso a los recursos naturales de Siberia.

El único peligro importante para China en caso de una derrota rusa es la posibilidad de un cambio de régimen pro-occidental. A medida que pasa más tiempo sin un avance particular del esfuerzo de guerra ruso en Ucrania, cada vez más se plantea una discusión sobre la posibilidad de un posible golpe contra Vladimir Putin en caso de que la guerra termine en un fiasco obvio e innegable para Rusia, ya que en este caso, se demostraría que todo el sacrificio que Rusia tuvo que sufrir por la guerra fue en vano. Sin embargo, hay varios factores a tener en cuenta aquí: Primero, en caso de un fiasco ruso, un cambio de régimen es una mera posibilidad que puede o no suceder, mientras que en caso de una victoria rusa, el restablecimiento virtual del Imperio Soviético sería una certeza, por lo tanto, este último es un cierto mal para China, mientras que en el caso de uno anterior, el mal resultado es solo una mera posibilidad para China. Vladimir Putin podría muy bien permanecer en el poder, y en ese caso, una Rusia debilitada sería la más aislada de Occidente, por lo tanto, la más dependiente de una alianza con China. En segundo lugar, incluso si se produce un cambio de régimen, no es del todo seguro si también será un cambio de élite. Podría suceder fácilmente de una manera en la que la segunda línea del liderazgo de Putin simplemente elimine al propio Putin, culpando a él también de su propia responsabilidad en la guerra; sin embargo, ellos y el partido Rusia Unida continúan gobernando el país. En tercer lugar, si el cambio de régimen no es un mero trabajo interno, sino que derriba al partido Rusia Unida y a su propia élite, incluso entonces, a lo largo de las elecciones durante la última década, los dos partidos de oposición rusos más fuertes no eran partidos pro-occidentales, sino el partido de extrema derecha de Vladimir Zhirinovsky y los comunistas. Por lo tanto, incluso si el partido Rusia Unida cae del poder, lo más probable es que sea Zhirinovsky, o los comunistas, o una alianza de ambos que se haría cargo del país, y no algún gobierno pro-occidental. Cuarto, incluso si de alguna manera algún grupo pro-occidental intenta tomar el control, dado el inmenso apoyo no solo del partido Rusia Unida sino también del Partido de Zhirinovsky y los comunistas, el apoyo público al nacionalismo ruso antioccidental parece ser tan fuerte, que cualquier intento de toma de control pro-occidental probablemente terminaría en una agitación prolongada o incluso en una guerra civil. Esto, sin embargo, como veremos, sería algo que China podría aprovechar.

Con respecto a la probabilidad de que Rusia se debilite como resultado de la guerra, tal cambio ciertamente ocurrirá si termina con algo así como una victoria rusa absoluta. Además, es probable que Rusia termine no solo debilitada sino debilitada de una manera que lo más probable es que nunca vuelva a alcanzar la posición que tenía entre las grandes potencias del mundo antes de la guerra. Los recursos demográficos y económicos de Rusia son, de hecho, tan débiles, que lo que es sorprendente no es la debilidad que muestra su ejército en Ucrania, sino más bien cómo logró mantenerse tan fuerte tanto tiempo después de la caída de la Unión Soviética. En cuanto al tamaño de su población, Rusia es de solo 9ésimo en el ranking mundial, detrás de países como Bangladesh, Nigeria y Pakistán. En cuanto a su economía, medida por su PIB sobre una tasa nominal, es simplemente el 11ésimo, detrás de países como Canadá, Italia y Corea del Sur. Además, como su economía está dominada por las exportaciones de petróleo crudo, gas natural, materias primas y trigo, es significativamente menos sofisticada que estas economías. Dadas las posiciones tan débiles en la demografía y la economía, el estatus de gran potencia de Rusia simplemente se mantuvo debido a las capacidades militares que heredó de la época soviética, y un estatus internacional debilitado después de la guerra simplemente significaría que tomaría el rango para el que su peso económico y demográfico ya lo ha predestinado de todos modos. Además, la mera exposición de la relativa debilidad de su ejército que el mundo está presenciando ahora ya es un debilitamiento de la posición internacional de Rusia, como antes, el mero hecho de que el mundo percibiera a su ejército como mucho más poderoso de lo que realmente se transmitió una posición internacional más fuerte. Por lo tanto, además de las capacidades militares reales que Rusia heredó de la Unión Soviética, la mera creencia general de que ha sido más fuerte de lo que realmente era, esta es una fuerza que nunca recuperará. Por lo tanto, en caso de derrota, una Rusia debilitada y aislada de Occidente se encuentra en una posición sin más remedio que alinearse con China, situando al país como socio menor en una alianza no solo por un breve período hasta que se recupere de la guerra, sino a largo plazo, durante las próximas décadas.

The Siberia Factor

The key geopolitical factor in Sino-Russian relations above all is Siberia. The attitudes of China towards Siberia have long been the subject of discussion. Siberia, a vast, sparsely populated region rich in natural resources right next to China, and its’ gargantuan, resource-hungry economy obviously demands attention. Safe access to its’ natural resources would mean a most favorable guarantee for the security of China’s economy, while Siberia under hostile rule would be strangling for it. Thus declared or not, achieving safe access to Siberia’s natural resources is a de facto core geopolitical interest for China. Theoretically speaking, China can achieve this in two ways. One way, the nice and clean one, is via some kind of alliance with Russia. The other one, the ugly way, is to grab Siberia or parts of it by force. In the case of an alliance with Russia, the weaker Russia is the better for China, as a strong, independent-minded Russia may use China’s reliance on Siberian resources against it, while a weak Russia is less likely to dare to do so. Regarding the ugly option, Siberia is strategically vulnerable to China to a great degree in many ways. East Siberia, east of the river Yenisei with its’s enormous area of more than 10 million square kilometers, covers about 60% of Russia’s territory, but at the same time, only about 10% of Russia’s population, 14 million people actually live there, while Manchuria and Inner-Mongolia, China’s neighboring northern regions have a combined population of no less than 123 million people. In fact, East Siberia’s population of 14 million people is less than the urban area of each of the top three cities of China – Beijing, Shanghai, or Chongqing – and roughly equal to the population of Guangzhou or Tianjin, and it is also less than the population of Taiwan. Moreover, vast regions of East Siberia are autonomous federal subjects of indigenous Asian ethnic groups of Russia, where Russian rule has met some resistance every once in a while over the past centuries. On the other hand, however, as Russia is a nuclear power, such an attempt could likely mean nuclear war, which China would surely not dare to risk.

However, in the unlikely but not outright impossible case discussed above, if an obvious and undeniable fiasco in Ukraine triggers a coup or some other form of regime change in Russia that fails to take place quickly and smoothly and ends up in prolonged internal turmoil or even civil war, such a situation could be the “now or never” moment for China to march into Siberia, probably under the pretext of peacekeeping or something similar. This is however still a scenario of a very low likelihood, as a peculiar combination of events, factors and intents should take place for it to occur, so the more realistic scenario that China could, and possibly already is aspiring for is simply the one where the war weakens, and simultaneously isolates Russia from the West to such a degree where it has no other choice but to align itself with China and accept a junior role in the alliance. Although even in this case, given the strategic vulnerability of East Siberia, the mere undeclared possibility of the ugly option could easily be used by China to put Russia under psychological pressure any time the latter considers leaving the alliance.

No sabemos si China ha revertido su apoyo a Rusia por las razones mencionadas anteriormente o no. Sabemos, sin embargo, que si China quisiera que Rusia ganara, tendría que adoptar un enfoque diferente al que está siguiendo en este momento, y la élite de Beijing es sin duda consciente de esto. China puede tener preocupaciones sobre las sanciones occidentales en caso de que proporcione asistencia adicional, sin embargo, como Beijing no parecía temeroso de embarcarse en una guerra comercial con Estados Unidos y Australia antes, es poco probable que estas preocupaciones le impidan ayudar a Rusia si ve una victoria rusa como algo vital para sus aspiraciones globales. Por lo tanto, la explicación más simple es que China no quiere que Rusia gane porque una Rusia victoriosa probablemente se volvería demasiado asertiva para manejarla, mientras que una Rusia derrotada, debilitada y aislada no tendría más remedio que convertirse en un dócil aliado estratégico de China, otorgando acceso a los recursos naturales de Siberia en el proceso. Dado el hecho de que China parece haber sido consciente de los planes rusos para invadir Ucrania desde el principio, y alentó a Rusia a hacerlo, solo para revertir su apoyo una vez que comenzó la guerra, todo esto sugiere que China puede haber estado apostando a una derrota rusa todo el tiempo.

Misiles, submarinos y equilibrio estratégico, por Josep Piqué

El desarrollo de tecnologías que hagan obsoletos los escudos antimisiles puede alterar de manera profunda el actual equilibrio estratégico entre las tres grandes potencias: EEUU, Rusia y China.JOSEP PIQUÉ |  28 de octubre de 2021

En las últimas semanas estamos asistiendo a una sucesión de noticias relativas a pruebas de misiles hipersónicos por parte de las tres grandes potencias (Estados UnidosRusia y China), así como al debate suscitado a raíz del AUKUS sobre el papel estratégico de los submarinos en el equilibrio estratégico global. Con independencia del ingente esfuerzo tecnológico (y económico) que hay detrás de estos desarrollos, los objetivos que se persiguen no son nuevos en la historia. Desde el “Vis pace, para bellum” de los romanos a las modernas teorías de la disuasión, las pugnas entre los grandes poderes se han caracterizado por alterar a su favor la correlación de fuerzas ofensivas y defensivas, para disuadir al adversario para atacar o para defenderse en caso de agresión, buscando su rendición sin necesidad de luchar.

Tales objetivos, a partir del final de la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de la guerra fría, han venido marcados por la búsqueda de la superioridad nuclear, pero sobre todo por la capacidad de neutralizar las defensas enemigas y conseguir su inferioridad de partida ante un eventual conflicto atómico a gran escala. En este contexto cabe enmarcar el desarrollo de nuevos misiles, así como el despliegue de capacidad submarina que estamos observando en estos momentos. Su alcance es enorme, ya que pueden claramente alterar el actual panorama estratégico, hoy todavía decantado de manera indudable a favor de EEUU.

Tal superioridad viene de los años ochenta y es una de las causas fundamentales de la victoria occidental en la guerra fría. Pero no siempre fue así. Ni mucho menos fue un camino fácil.

Una vez iniciada la carrera nuclear con el acceso de la Unión Soviética a la bomba en 1949, la preponderancia de EEUU y la URRS (sucedida por Rusia) en este ámbito sigue hoy intacta, siempre que nos atengamos al número de armas nucleares totales –entre ambos disponen de un 90% del total–, sentando las bases de la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada y del llamado Equilibrio del Terror, algo que no impedía la posibilidad de una guerra limitada en Europa.

Sin embargo, no basta con ese criterio numérico. Hay que atender a las armas realmente desplegadas y a su distribución entre misiles intercontinentales y tácticos –de corto y medio alcance–, sus plataformas de lanzamiento –desde bases operativas, desde operativos móviles, submarinos, bombarderos, etcétera– y cada vez más, su capacidad para sortear los sistemas defensivos del adversario. Desde este punto de vista, EEUU y Rusia disponen de un despliegue similar, aunque sus plataformas de lanzamiento difieren y subsiste una clara asimetría en lo que se refiere tanto a los submarinos como a los llamados escudos antimisiles.

Ambos, después de los diferentes tratados de limitación, han prescindido de los misiles tácticos desde bases terrestres, tienen una importante flota de submarinos –aunque EEUU mantiene una gran superioridad numérica y tecnológica– y de bombarderos, algunos de ellos, por parte estadounidense, “invisibles”. Pero desde los ochenta, el elemento diferencial entre ambos –más allá del ámbito convencional, en donde EEUU tiene una superioridad abrumadora, después del colapso de la URSS y los enormes problemas de Rusia a la hora de renovarse y modernizarse en ese terreno– es, sin duda, la enorme ventaja estadounidense en sistemas de intercepción de mísiles balísticos y, por tanto, su capacidad para neutralizar de manera significativa cualquier ataque y mantener casi intacta su capacidad de respuesta. Son los llamados escudos antimisiles, que en su día, cuando se implementan en la época del presidente Ronald Reagan, la imaginación popular convino en denominar “la Guerra de las Galaxias”.

«Desde los ochenta, el elemento diferencial es la enorme ventaja de EEUU en sistemas de intercepción de mísiles balísticos y, por tanto, su capacidad para neutralizar de manera significativa cualquier ataque y mantener casi intacta su capacidad de respuesta»

Pero antes pasaron muchas cosas. La más llamativa fue la llamada crisis de los misiles en Cuba en 1962. Hasta entonces, EEUU no sentía la amenaza de una instalación de misiles tácticos que pudieran amenazar su territorio continental. De ahí que el presidente John F. Kennedy lo interpretara como un desafío inaceptable. Al final, como es bien sabido, después de unas semanas de enorme tensión, la URSS convino en su retirada. Lo que es menos conocido es que también hubo un compromiso por parte estadounidense de retirar los instalados en Turquía por la OTAN. De nuevo, el resultado buscaba mantener un equilibrio de amenazas entre los dos bloques.

La otra gran crisis es la conocida como la de los euromisiles, cuando la URSS decide, en 1977, instalar misiles tácticos en Europa central y oriental –sobre todo en la República Democrática Alemana y en Checoslovaquia–, conocidos como SS-20. Eran de alcance corto medio (hasta 5.500 kilómetros) y equipados con varias cabezas nucleares, lo que suponía introducir un claro desequilibrio ofensivo frente a la Alianza Atlántica, además de la posibilidad de una guerra nuclear limitada al territorio europeo, partiendo de que EEUU no se arriesgaría a una guerra total por mantener su compromiso con la defensa de Europa Occidental.

La reacción de extrema alarma vino del canciller de la República Federal Alemana, Helmut Schmidt, haciendo un llamamiento desesperado a la OTAN para que contrarrestara tal amenaza. La respuesta llegó a finales de 1979 con la llamada Doble Decisión, por la que se abría un plazo de cuatro años para negociar con los soviéticos una solución o, en caso contrario, instalar una amplia red de misiles de corto y medio alcance –los Pershing 2 y de Crucero–, que supondrían tener a Moscú bajo su alcance. Tal enfoque fue rechazado por la URSS, pero también topó con enormes resistencias dentro de Europa Occidental, con una clara división en el Bundestag –que acabaría con la coalición entre el SPD y los liberales, la caída de Schmidt y la llegada al poder de Helmut Khöl– y una clara oposición en las calles, muchas veces orquestadas por los propios partidos comunistas occidentales, aprovechando los sentimientos pacifistas de la sociedad alemana y de otros países europeos. En paralelo, Reagan propuso la “Opción Cero”, por la que la OTAN se comprometía a no instalar los nuevos misiles a cambio de que la URSS retirara los suyos. El Kremlin se negó, arguyendo que eso dejaba al margen a los misiles nucleares franceses y británicos, independientes de la propia OTAN.

«La crisis de los euromisiles supuso la posibilidad de una guerra nuclear limitada al territorio europeo, partiendo de que EEUU no se arriesgaría a una guerra total por mantener su compromiso con la defensa de Europa Occidental»

En cualquier caso, después de cuatro años tensos, la OTAN, a petición del Bundestag, decide proceder a la instalación planteada, ya con Khöl al frente del gobierno de Bonn. Se equilibraba de nuevo así la amenaza estratégica, pero sobre la base de la nuclearización masiva del territorio europeo. Se trataba, sin embargo, de un equilibrio asimétrico, ya que la URSS tenía la doble amenaza, desde territorio europeo y desde los misiles intercontinentales estadounidenses, mientras que EEUU solo tenía la de los misiles intercontinentales soviéticos.

El paso siguiente fue el desarrollo del escudo antimisiles por parte de EEUU, que neutralizaba en gran medida esta última amenaza. Y la URSS se mostró incapaz de seguir por ese camino, por sus limitaciones económicas y tecnológicas. El escenario estratégico global se decantaba claramente en favor de Occidente, aunque en 1987, ya con Mijaíl Gorbachov, se firmase el Tratado de Washington para desmantelar todos los misiles balísticos o de crucero de alcance inferior a los 5.500 kilómetros. Se restablecía así el equilibrio en territorio europeo, pero no en el ámbito de los misiles intercontinentales, a pesar de los diferentes acuerdos de limitación de los mismos.

La gran asimetría se producía por el despliegue del escudo antimisiles y la superioridad ofensiva a través de submarinos y grandes bombarderos. La pugna se decantaba de manera irremisible, gracias a la tecnología y a la determinación política, en favor de Occidente.

Hasta hoy. Porque además del recuperado esfuerzo ruso en el ámbito militar –tanto convencional, a través de estrategias de A2/AD, utilizadas también por China en el Mar del Sur, como nuclear, con la instalación de misiles móviles rusos en el enclave de Kaliningrado–, el cambio cualitativo viene de dos vectores. Por un lado, la apuesta de EEUU por mantener su superioridad en submarinos de propulsión nuclear y armados con armas nucleares tácticas y estratégicas –de ahí la relevancia estratégica del AUKUS–, con las ventajas que ello supone, ya que son enormemente difíciles de detectar, muy rápidos y movibles sin salir a superficie, no necesitan abastecerse de combustible y tecnológicamente son muy avanzados. Y aunque tanto Rusia como China han incrementado su arsenal, la superioridad estadounidense sigue siendo clara.

«Aunque se siga invirtiendo en nuevas generaciones de defensa antimisiles balísticos, el esfuerzo puede resultar baldío si se tiene la capacidad de sortear el escudo»

Pero por otro lado esa superioridad, afianzada desde los años ochenta y basada en los escudos antimisiles balísticos de crucero intercontinentales, de trayectoria elíptica y suficientemente lentos como para ser interceptados en vuelo se pone en peligro con el desarrollo de los nuevos misiles hipersónicos, ensayados ya por Rusia (los Zirkon) y recientemente por China. Estos son mucho más rápidos –en seis o siete minutos pueden dar la vuelta a la tierra–, se mueven en cotas mucho más bajas –entre 20 y 100 kilómetros de altura– y pueden modificar su trayectoria incluso bruscamente para evitar su detección y así evitar su destrucción, antes de llegar a sus objetivos. De manera que, aunque EEUU esté también desarrollándolos, el mensaje es claro: aunque se siga invirtiendo en nuevas generaciones de defensa antimisiles balísticos, el esfuerzo puede resultar baldío si se tiene la capacidad de sortear el escudo.

Este es el gran cambio que puede alterar de manera profunda el actual equilibrio estratégico global. Y si bien EEUU y Rusia, con altibajos y provocaciones mutuas, tienen marcos definidos por los acuerdos de limitación, China no está en ellos. Un motivo más para alimentar el temor estadounidense de ver amenazada realmente su hegemonía global a mediados del presente siglo. China no oculta su ambición y EEUU tiene la obligación de mostrar, con hechos, que tiene la determinación de impedirla.

Estamos ante mundo tan peligroso como el de la guerra fría y con una aceleración de acontecimientos gracias a las nuevas tecnologías que lo hacen, además, mucho más impredecible. Es, pues, más urgente que nunca establecer un diálogo entre las superpotencias que evite al planeta el riesgo real de la destrucción de la humanidad.

Lamentablemente, lo que vemos es una creciente escalada de rearme. Están comenzando a sonar todas las alarmas. Porque sigue vigente el aforismo romano: si vis pace, para bellum.

Enlace original:

Misiles, submarinos y equilibrio estratégico | Política Exterior (politicaexterior.com)

Los peligros del desacople

Occidente no debe dejarse arrastrar por China a una nueva guerra fría, donde dos grandes mundos separados competían ferozmente entre sí. Hoy el desafío es llegar a un modelo de coexistencia pacífica donde visiones del mundo incompatibles no impidan la cooperación en cuestiones geopolíticas y climáticas.

DARON ACEMOGLU |  28 de julio de 2021

Una buena reflexión de «7 días de Política Exterior» en lo que respecta al «desacople con China».

Históricamente siempre ha habido confrontaciones entre potencias, unas han generado guerras y otras coexistencia, aceptándose por ambas partes sus esferas de influencia.

Pero eran unos tiempos distintos, primero de dos dimensiones: tierra y mar. Tras la conquista del espacio exterior, pasamos a tres dimensiones, pero ahora surge una nueva dimensión: el «espacio virtual», que es precisamente donde se produce la verdadera confrontación o desacople.

Todos vivimos gracias a ese espacio y por mucho que queramos no podemos ya, deshacernos de él.

Es preciso llegar a acuerdos permanentes sobre este cuarto espacio, porque incide en la mente de las personas que, a la postre, seremos esclavizadas o no por el que lo domine.

China es un país autócrata, allí manda el partido comunista chino, permitiendo dentro de sus fronteras lo que hay que hacer o no. Ahí radica su debilidad. Las diferencias regionales que hay en España, Francia, Italia, Alemania, etc., que nos parecen importantes, en China están acalladas por el poder omnímodo del autócrata Xi Jinping. Debemos fomentar por todos los medios posibles que estos pueblos sometidos y que quieren tener su propia identidad, como los uigures, musulmanes https://www.bbc.com/mundo/noticias-51531714, pero hay 55 etnias más que no están de acuerdo con el orden establecido. Leer «China, sus minorías étnicas y las resistencias uigur y tibetana» de Eugenio Anguiano http://www.istor.cide.edu/archivos/num_40/ventana1.pdf

En definitiva la mejor forma de tener un mundo más seguro es que China se convierta en una democracia y desaparezcan las autocracias.

El trilema de Israel y la causa palestina

09.07.2021 Josep Piqué

Oriente Próximo sigue siendo uno de los focos de atención geopolítica, a pesar de (y a causa de) la progresiva retirada de Estados Unidos de la región y el muy escaso papel de la Unión Europea en sus conflictos.JOSEP PIQUÉ |  9 de julio de 2021

Estados Unidos está consumando su retirada de Afganistán (como ya ha hecho en Irak o en el conflicto sirio, mediante el cese del apoyo a las milicias kurdas). Una retirada muy controvertida porque todo apunta a que el retorno del régimen talibán es inevitable en un plazo relativamente corto de tiempo. Veinte años después del inicio de la guerra, volvemos al punto de partida y la incógnita es si eso va a propiciar también un refuerzo del yihadismo, que fue el origen y la justificación de la intervención militar, al tener Al Qaeda sus principales bases y dirigentes en el país. Parece más bien una asunción realista de la derrota y los paralelismos con la retirada de Vietnam son cada vez más evidentes.

Ese repliegue incluye la aceptación de un papel relevante a otras potencias no occidentales, como RusiaTurquíaIrán o las monarquías del golfo Pérsico que, en un nuevo “Great Game”, están pugnando por la influencia en una vasta región, incluyendo la parte oriental del norte de África que fue en su día parte sustancial del Imperio Otomano.

El interés geoestratégico de EEUU se ha basado en el control y en la estabilidad de los suministros energéticos, hoy menos relevantes dada la creciente autosuficiencia energética del país y la progresiva disminución del peso de las energías fósiles en el mix de generación. Pero ha habido otro “anclaje” esencial, derivado del apoyo a Israel (un asunto de política interna en EEUU) y la búsqueda de una eventual solución a la cuestión palestina. En cualquier caso, el paradigma ha cambiado, más allá de la reorientación de Washington hacia el Indo-Pacífico y su confrontación sistémica con China.

El apoyo norteamericano a las llamadas “primaveras árabes” de hace una década ha derivado, en general, hacia una mayor inestabilidad en Oriente Próximo (incluidas sangrientas guerras civiles e injerencias de otras potencias, antes impensables) o un retorno al autoritarismo represivo en el marco de la competencia por la influencia y la hegemonía en el mundo árabe, que disputan potencias árabes, pero también potencias musulmanas no árabes, particularmente Turquía e Irán.

Acuerdos del Siglo

Por otra parte, el apoyo árabe a la causa palestina –condicionando la relación con Israel a la solución del conflicto– que ya se resquebrajó con la paz entre Israel y Egipto, en 1979, o entre Israel y Jordania, en 1997, ahora se ha visto golpeado por los llamados Acuerdos de Abraham (auténticos Acuerdos del Siglo y no el inefable planteamiento realizado por Donald Trump y su yerno, Jared Kushner), que suponen la normalización de las relaciones con Israel de países árabes importantes, sin condicionarla en la práctica a la resolución del conflicto palestino-israelí. Este auténtico cambio cualitativo ha sido rubricado por Emiratos Árabes UnidosBahrein (impensable sin el visto bueno implícito de Arabia Saudí), Sudán y Marruecos.

Ciertamente, tales movimientos telúricos están propiciando una ofensiva de Irán y Turquía (con el apoyo catarí) para convertirse en los adalides de la causa palestina, ante la “traición” del mundo árabe, y aprovecharlo para reforzar su influencia frente a Arabia Saudí y su ahora incondicional aliado, Egipto.

Se ha visto con meridiana claridad en la llamada “nueva intifada” (nada que ver con las anteriores) que se inicia a mediados de mayo pasado con las protestas por las resoluciones judiciales sobre propiedades en un barrio mayoritariamente palestino en Jerusalén Este, desata enfrentamientos entre jóvenes arabo-israelíes, ultraortodoxos judíos y las fuerzas del orden de Israel –rompiendo una conllevancia más o menos habitual– y, muy especialmente, se materializa en la confrontación bélica entre Israel y Hamás en la Franja de Gaza. Durante este último enfrentamiento ha habido lanzamientos masivos de misiles hacia territorio israelí, interceptados en su mayoría por el sistema antimisiles Cúpula de Hierro, la destrucción de importantes edificios en Gaza y la amenaza de una intervención terrestre.

Finalmente, se ha impuesto un frágil alto el fuego, con la mediación de Egipto, pero ha quedado de nuevo de manifiesto un conflicto profundo y no superado que, pese a los éxitos diplomáticos de Israel y su política de hechos consumados en la Cisjordania ocupada, está muy lejos de resolverse. La seguridad y la estabilidad sostenibles de Israel siguen dependiendo de ello, máxime con la involucración de otras potencias que siguen pretendiendo la destrucción de Israel.

«Se ha impuesto un frágil alto el fuego, pero ha quedado de nuevo de manifiesto un conflicto profundo y no superado que está muy lejos de resolverse»

En primer lugar, es cierto que hay un problema de interlocución. Pero también un problema conceptual.

La interlocución por parte palestina está afectada por la división entre Hamás, que controla la Franja de Gaza, y Al Fatah, partido que controla la Autoridad Nacional Palestina. Por un lado, una fuerza que utiliza métodos terroristas y que está muy ligada a Irán. Por otro, una institución desprestigiada por la corrupción, la gerontocracia y su incapacidad congénita para ofrecer soluciones reales a las necesidades de unos ciudadanos palestinos sin horizonte, que ven aplazadas las elecciones por enésima vez en los últimos 15 años.

Por parte israelí, hay un gobierno muy inestable, de composición contradictoria (desde ultraortodoxos a partidos árabes) y cuya única cohesión deriva de su voluntad de retirar a Benjamin Netanyahu del poder después de 12 años ininterrumpidos como primer ministro, a pesar de las acusaciones de corrupción que pesan sobre él.

Difícil, pues, esperar gran cosa.

El ‘trilema de Israel’

Pero quizá lo más relevante sea el problema conceptual, que podemos resumir en el llamado “trilema de Israel”. Se trata de decidir si Israel quiere ser un Estado democrático, judío y controlar de facto los territorios ocupados. Si quiere ser judío y controlar el territorio, no puede ser democrático, al condenar a los palestinos a ser ciudadanos “de segunda” en su propia tierra. Si quiere ser judío y democrático, no cabe seguir con la ocupación. Y si quiere ser democrático y controlar los territorios, no puede ser judío y debe abrirse a un Estado plurinacional en el que todos sus ciudadanos tengan los mismos derechos.

Esto nos lleva al debate sobre la solución de los dos Estados, defendida por la comunidad internacional, y si hoy puede ser viable. No lo parece. Hablaríamos de un Estado palestino, fragmentado entre una “isla” (Gaza) y un “archipiélago” (Cisjordania), sin capacidad de autonomía real ni en lo económico, ni en su seguridad y defensa, muy vulnerable además a la subordinación de facto a potencias exteriores como Irán. Algo inadmisible para Israel pero también para el mundo árabe.

Por ello, avanzan cada vez más las posiciones que defienden la posibilidad de un solo Estado binacional y democrático, que garantice los derechos y las oportunidades para todos los ciudadanos, sean judíos, árabes o palestinos, con el apoyo explícito de la comunidad internacional y, en particular, de Naciones Unidas. Se trata de poner el énfasis en los intereses reales de la gente y no en unas aspiraciones históricas incompatibles entre sí.

En este punto vuelve la responsabilidad de EEUU. Este país ya no tiene, ni quiere tener, la capacidad para imponer acuerdos de paz, como en los tiempos de Bill Clinton, pero sí puede influir para que las posiciones se vayan decantando en el tiempo. Puede parecer un objetivo utópico y naif, especialmente hoy. Y, desde luego, nada fácil. Pero hay que explorar alternativas a una solución que ya se ha mostrado inviable. Y Europa debe acompañar en ese empeño.

« Entradas anteriores