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La relación bilateral con Estados Unidos y la Cumbre de la OTAN, por Josep Piqué

La buena sintonía con EEUU es indispensable para España, pues refuerza su posición en ámbitos clave de su política exterior: la Unión Europea, América Latina y el Mediterráneo occidental.

JOSEP PIQUÉ |  1 de julio de 2022

La Cumbre de la OTAN en Madrid ha sido extremadamente importante, por el contenido y por el contexto geopolítico en el que se ha producido. La criminal agresión de Rusia a Ucrania ha propiciado lo que el presidente Joe Biden ha denominado la “otanización” de Europa y ha puesto de manifiesto que China no ha sido coherente con los principios básicos del Derecho Internacional, al no condenar y “comprender” la flagrante violación de la integridad territorial de un Estado independiente y soberano, mediante el uso injustificado de la fuerza.

Por ello, más allá de calificar a Rusia como la amenaza más significativa y directa a la seguridad de los aliados, y para la paz y la estabilidad del área euro-atlántica, el nuevo Concepto Estratégico de la OTAN considera a China un desafío a nuestros valores e intereses y a nuestra seguridad. Son cambios sustanciales en relación al Concepto Estratégico anterior, cuando se consideraba a Rusia como un socio para la paz y la seguridad y no había ninguna mención a China.

En esa “otanización” de Europa cabe destacar la incorporación de dos países neutrales (por diferentes motivos y circunstancias) como Suecia y Finlandia, una vez levantado el veto de Turquía. Pero también el fortalecimiento de las capacidades militares de la Alianza y de la presencia estadounidense en Europa.

Otro asunto muy relevante abordado en Madrid es el relativo a la seguridad de 360º, tanto en lo que se refiere a los ámbitos (incluidos los relacionados con la “guerra híbrida” y las “zonas grises”, y el uso del espacio y el ciberespacio) como a la visión geográfica, incluyendo las amenazas crecientes que vienen no solo del Este, sino del llamado Flanco Sur. Dos de estos aspectos –el aumento de la presencia militar estadounidense en el continente europeo y las amenazas desde el Flanco Sur– enmarcan una nueva etapa en la relación bilateral entre España y Estados Unidos, una relación que ha pasado por diferentes intensidades y que es crucial para nuestro país. No solo se trata de la primera potencia del mundo, sino que EEUU es el principal inversor en España y principal destino en inversión directa de nuestras empresas. Los intercambios comerciales son muy importantes (unos 44.000 millones de euros anuales) y los flujos turísticos –más allá del impacto de la pandemia– son cada vez mayores, así como nuestros intercambios culturales o las relaciones científicas y tecnológicas.

«No solo se trata de la primera potencia del mundo, sino que EEUU es el principal inversor en España y principal destino en inversión directa de nuestras empresas»

Obviamente somos, como ha dicho el presidente Biden, un “socio indispensable” para la seguridad y la defensa, dada la estratégica importancia de las bases de Rota y Morón. Por todo ello, una estrecha relación bilateral en el ámbito político es muy deseable. Y, además, debemos ser conscientes que fortalece nuestro peso específico en la Unión Europea, desde una vocación atlántica reforzada con la salida de Reino Unido. También en América Latina, con una creciente influencia china que tanto España como EEUU tienen que tomarse muy en serio en una región tan vinculada a su vecino del Norte como a través de la Comunidad Iberoamericana, especialmente en el momento convulso que viven todos los países de la región. Y, desde luego, la relación bilateral es esencial para hacer valer nuestra posición en el Mediterráneo occidental. Basta mencionar nuestra relación con Marruecos o Argelia para ver la relevancia de una buena sintonía con EEUU.

En este sentido, el momento más alto de la relación bilateral fue a partir de 2001, cuando se firmó en Madrid por quien suscribe –entonces ministro de Asuntos Exteriores del gobierno de José María Aznar– y la secretaria de Estado, Madeleine Albright, con la administración de Bill Clinton, la primera Declaración Conjunta entre ambos países. Nótese que se negoció con esa administración, pero fue asumida plenamente y profundizada por la administración de George W. Bush.

Tenía pues una profunda visión “bipartisana” por ambas partes, ya que el gobierno español compartió con el Partido Socialista, entonces en la oposición, toda la información y obtuvo su conformidad. La relación entre dos Estados soberanos e independientes no puede basarse en la coyuntura política ni en los vaivenes de la lógica y legítima alternancia de gobierno, sino que debe plantearse como una “política de Estado”, como lo es la política exterior. Sin consensos básicos en este terreno, la política exterior adolece de falta de credibilidad y deja de inspirar la confianza necesaria con los interlocutores.

Lamentablemente, ese consenso interno se perdió en 2004, cuando el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero retiró apresurada y unilateralmente las tropas españolas en Irak, a pesar de que no habían intervenido en la guerra y estaban bajo el paraguas de Naciones Unidas y, además, se permitió aconsejar al resto de aliados que hicieran lo mismo. Previamente, se produjo el famoso episodio cuando el entonces jefe de la oposición no se levantó en señal de respeto a la bandera estadounidense en el desfile militar del 12 de octubre en Madrid.

«La relación entre dos Estados soberanos e independientes no puede basarse en la coyuntura política ni en los vaivenes de la lógica y legítima alternancia de gobierno, sino que debe plantearse como una ‘política de Estado’»

Cabe decir que Rodríguez Zapatero, ya en calidad de expresidente del gobierno, ha seguido manifestando su animadversión hacia EEUU, apoyando a regímenes tan antinorteamericanos como Cuba o Venezuela o recomendando la necesidad de que Europa se uniera a China para hacer frente común a la hegemonía de nuestro principal aliado. Actitudes que no ayudan a generar de nuevo un clima de confianza mutua. Como tampoco ayuda el hecho de que miembros del actual gobierno de coalición sean claramente contrarios a la Alianza Atlántica y al propio EEUU. Todo esto se ha visto con meridiana claridad a raíz de la agresión rusa a Ucrania, culpabilizando a la OTAN y pidiendo una “paz” que no es otra cosa que una rendición de Ucrania y la cristalización de una situación de facto que premia la violación del Derecho Internacional y el uso injustificado de la fuerza militar para conseguir objetivos geopolíticos, posibilitando futuras agresiones.

Por ello, es remarcable que, en los márgenes de la Cumbre de Madrid, se haya firmado otra Declaración Conjunta que, recogiendo el espíritu y los objetivos de la de 2001, se haya adaptado a las nuevas circunstancias, aunque sin más concreciones que las relativas a la defensa. Es un mérito, sin duda, del ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares. Se trata de una declaración que refuerza la respuesta multilateral ante el desafío de Rusia y muestra un firme apoyo a Ucrania, defiende un orden internacional basado en normas, comparte los objetivos de la Agenda 2030, y “anima” a China a cumplir sus compromisos en los organismos multilaterales, contribuir a la seguridad internacional y cooperar en la provisión de bienes públicos globales como el cambio climático, la biodiversidad y la igualdad de género.

La nueva declaración se propone intensificar la cooperación en seguridad, incluyendo la lucha antiterrorista, el narcotráfico y la trata de personas, así como la ciberseguridad y el ciberespacio. También promover una migración segura, ordenada y regular, tanto en América Latina como en el Norte de África, la lucha contra el cambio climático en el marco del Acuerdo de París, así como la mejora de la seguridad energética y del suministro de minerales críticos, promoviendo cadenas de suministro resilientes.

Asimismo, se pretende una mayor cooperación en el ámbito comercial (donde mantenemos aún algunas diferencias por los aranceles establecidos por la anterior administración estadounidense), fiscalidad empresarial (en el marco de la OCDE) y en el terreno digital, científico y tecnológico.

Finalmente, se promueve una mayor cooperación política, con consultas regulares entre el ministerio de Asuntos Exteriores y el Departamento de Estado, así como entre los dos gobiernos, en la perspectiva, además, de la próxima presidencia española del Consejo de la UE del segundo semestre de 2023. Objetivos muy generales todos ellos, pero que enmarcan una voluntad clara de colaboración y de mejora de la relación bilateral.

«La fiabilidad y la confianza cuestan mucho construirlas, pero perderlas puede ser muy rápido»

La declaración del 2001 era más concreta en algunos puntos (como los contactos entre presidentes, el intercambio de información, la actualización del Acuerdo de Extradición o la promoción de la enseñanza del inglés en España y del español en EEUU).Y dio lugar a la mejor relación bilateral que hayamos mantenido nunca. Hay que esperar que se recupere aquel nivel, aunque sea parcialmente.

En ambas declaraciones, los temas de defensa fueron cruciales, estableciéndose incluso en 2001 un Comité Bilateral de Defensa de Alto Nivel, en el marco de la revisión del Convenio de Cooperación de Defensa. Ahora se acuerda, de nuevo en ese marco, el establecimiento permanente de dos destructores estadounidenses adicionales (a los cuatro existentes) en la base de Rota, para el fortalecimiento del escudo antimisiles. Queda pendiente la aprobación parlamentaria. Los socios de gobierno y parlamentarios del Partido Socialista ya han anticipado su voto negativo. Afortunadamente, la oposición encabezada por el Partido Popular ya ha confirmado su voto favorable, en un claro ejercicio de responsabilidad y sentido de Estado.

Es cierto que en la fase final del gobierno de Rodríguez Zapatero se ofreció a EEUU aumentar la presencia militar en la base de Rota, y que hubo una cierta mejora durante el gobierno de Mariano Rajoy. Pero, el hecho de que llegara Donald Trump a la Casa Blanca no solo no ayudó sino que empeoró las cosas (con España y, en general, con los aliados occidentales).

La declaración bilateral de 2001 posibilitó que el primer viaje a Europa del nuevo presidente Bush empezara por España, en una visita bilateral de gran profundidad, algo que no había sucedido antes. Ahora se ha producido, por primera vez en las dos últimas décadas, en el marco multilateral de la Cumbre de la OTAN.

Vamos en la buena dirección. Ojalá se pueda ir más allá y el claro compromiso de España con la OTAN o el cambio repentino –poco explicado y pésimo en las formas– de la posición española sobre el Sáhara han podido contribuir a restablecer una mínima confianza. Pero la política exterior, la credibilidad y la confianza se construyen paso a paso, con perseverancia y coherencia. Para ello, debe consensuarse con el principal partido de la oposición y alternativa de gobierno, y en el marco del Parlamento.

Si no se hace así, todo podría resultar, de nuevo, un intento fallido. Y no nos lo podemos permitir. La fiabilidad y la confianza cuestan mucho construirlas, pero perderlas puede ser muy rápido. Que la Cumbre de la OTAN, organizativamente muy exitosa para España, no sea flor de un día. Deben mantenerse los compromisos asumidos de forma leal y firme, así debe exigírsele también a la alternativa de Gobierno. Sobre su posición, afortunadamente, no tengo la menor duda.

LAS NUEVAS OPERACIONES MULTIDOMINIO EN LA OTAN. 1º CICLO de AEME 2022, por el TG (Res.) Rubén García Servet

García Servet, entre las banderas de España y la OTAN. / SUR

Mucho se ha hablado en los últimos tiempos de la evolución del panorama estratégico y sobre la guerra de Ucrania, que conduce inevitablemente a una reflexión de fondo sobre la defensa en Europa y sobre la defensa nacional de los países europeos, sobre esquemas novedosos.

A todo ello se ha hecho referencia en este ciclo dedicado al Concepto Estratégico de la OTAN que se aprobará en junio de este año por los países miembros de la Alianza Atlántica en la cumbre de Madrid. Este documento marcará la forma en que la Alianza se recoloca a sí misma, al menos conceptualmente, cara al futuro, en el complejo tablero de la seguridad y la defensa en Europa.

Dentro de este ciclo conviene también hacer una referencia a una evolución doctrinal de gran calado y que raramente se analiza en este tipo de reflexiones estratégicas. Se trata de la conducción de las operaciones militares en el mundo tan sumamente complejo del Siglo XXI.

Esta reflexión se ha visto ratificada en lo fundamental y de una forma rotunda, en la reciente guerra de Ucrania, que está revelando lecciones que no deben pasarse por alto.

Y es que la evolución conceptual en el tema operativo ha sido vertiginosa desde la guerra fría, apareciendo sucesivamente nuevos elementos que encierran lecciones profundas, muchas veces filosóficas, de cómo se debe afrontar al adversario en el campo de batalla, entendido dicho campo de batalla de una forma amplia, como el terreno en el que tiene lugar el enfrentamiento de voluntades, que es al fin y al cabo la guerra.

Una visión rápida a lo que está pasando en Ucrania nos obliga a reconocer el esbozo de un nuevo paradigma del conflicto. Las conducción de las operaciones hoy, en un mundo globalizado e hiperconectado, obliga a llevar a sus últimas consecuencias en la Doctrina OTAN el concepto de Operaciones Multidominio y, seguramente, a irlas ampliando a nuevos campos de acción relevantes.

En una primera derivada se constata que, con el paso del tiempo, los dominios operativos, los campos de batalla en los que hay que confrontar al enemigo, se han ido ampliando.

Hasta el Siglo XX, los dominios de operación se limitaban a dos: el Terrestre y el Naval, las batallas eran sobre la tierra o sobre el mar y muy excepcionalmente con interacciones entre ambos dominios. Esto explica la tradicional especialización de los profesionales de las armas en militares o marinos de guerra.

El Siglo XX trajo la aparición de un nuevo dominio de operaciones, el aéreo. La derivada fue la aparición de los ejércitos del aire, con personal especializado y mentalizado para operar en el medio aéreo.

Trajo también un concepto operativo exigido por la realidad de los hechos, las operaciones conjuntas. Porque el hecho de que el dominio operativo aéreo se superponía a los otros dos, obligaba a un planeamiento y ejecución conjunto de la acción militar en los tres dominios operativos.

Con ello surgió un problema práctico que perdura hasta nuestros días. Es muy difícil dotar de una verdadera mentalidad conjunta a personal formado, uniformado y entrenado para operar en un dominio específico. Aunque las operaciones son hoy necesariamente conjuntas, planeadas y dirigidas por Estados Mayores conjuntos, son ejecutadas por medios y mentalidades específicos, lo que hace a menudo que el sistema presente puntos de fricción.

Los ejércitos modernos han pretendido fomentar la imprescindible mentalidad conjunta de sus militares a través de la formación de altos estudios militares, cursos de Estado mayor y cursos de Oficial General, pero manteniendo una enseñanza de formación específica. El éxito de este dispositivo de formación fue siempre relativo, sin que las operaciones conjuntas lo hayan sido nunca del todo.

El Siglo XXI se abre con el reconocimiento de la existencia de nuevos dominios, nuevos campos de batalla que hay que integrar en el esquema operativo. No se concibe operación militar futura que no plantee las acciones simultáneamente en los dominios tradicionales y en tres nuevos dominios que explicaré a continuación.

El primer nuevo dominio es el ciberespacio, reconocido como cuarto dominio operacional por la doctrina de la OTAN. Aquí el campo de batalla es virtual, pero los efectos se hacen sentir de manera directa en el terreno. Hay una vulnerabilidad que deriva de la sobredependencia de los sistemas informáticos y que hace que las acciones en el ciberespacio hayan de estar integradas con las que se planean y ejecutan en los demás dominios.

La segunda novedad es el Espacio ultraterrestre, reconocido desde 2019 como Dominio Operacional por la OTAN. Sin el Espacio, que envuelve a partir de los 100Km. de altitud al dominio aéreo, no se concibe hoy ninguna operación militar. Comunicaciones, Posicionamiento, Observación visible, infrarroja, radárica, son elementos imprescindibles para toda capacidad militar, incluido el armamento de precisión. Los satélites son muy vulnerables y hay que protegerlos, hay una necesidad imperiosa de acciones defensivas, al igual que cabe imaginar la posibilidad acciones sobre las capacidades espaciales del adversario.

En la guerra de Ucrania, la superioridad en el enfrentamiento en este dominio está cayendo del lado Ucraniano, vía los aliados de la OTAN, hasta el punto de hacer que la manifiesta superioridad rusa en los demás dominios se haya visto cuestionada.

Y se abre paso un sexto dominio operacional, aún no reconocido como tal por la OTAN, pero que está siendo un terreno de combate decisivo en la guerra de Ucrania, el dominio cognitivo, o humano en terminología anglosajona.

El tema es complejo y vidrioso, y sólo será posible plantear la cuestión en un artículo como este. La mera observación del conflicto en Ucrania, nos muestra un combate de narrativas entre los contendientes, que se juega en la mente de las opiniones públicas propias y extrañas.

Comprobamos empíricamente como toda noticia relativa a la guerra, procedente de fuentes propias o cercanas a los contendientes, forma parte de una estrategia de comunicación bien diseñada y dirigida para influir sobre las decisiones de los líderes políticos occidentales, a través de las emociones de sus opiniones públicas.

Parte de este esfuerzo operativo está teniendo lugar en el campo del derecho, en lo que desde hace sólo unos años, los propios servicios jurídicos de la Alianza han catalogado como “Lawfare”, que podríamos traducir como guerra jurídica, y que pretende describir una forma de acción que utiliza el derecho internacional como arma de guerra contra el adversario.

En este sentido, incluso la incuestionable ilegalidad del recurso a la guerra por parte de Rusia, ha sido contestada por este país haciendo alusiones a un inexistente derecho a la legítima defensa de las poblaciones rusas de Ucrania, que abriría la puerta a la aplicación del Artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas y por ello a la intervención rusa.

Por parte ucraniana, estamos asistiendo a una campaña sistemática de acusaciones de violaciones del derecho internacional de los conflictos, cuya comprobación será larga y compleja. La mera acusación, unida a la censura sobre los medios rusos, está produciendo resultados.

La narrativa ucraniana, perfectamente adaptada en mensaje y destinatario a los fines perseguidos, está consiguiendo que los países occidentales y sus liderazgos políticos estén presionados a prestar un apoyo explícito y creciente a la causa ucraniana hasta el límite que permite el peligro de un conflicto nuclear. Al mismo tiempo, la narrativa rusa ha sido eliminada de la ecuación, a través de censura y del reproche social de todo el que mantenga algún tipo de explicación alternativa.

La reflexión sobre la conducción futura de operaciones, que forma parte de las discusiones que llevarán al nuevo concepto estratégico de la Alianza, lleva al Multidominio en su versión amplia, que incide sobre el planeamiento y ejecución de toda operación futura.

Deberán sin duda las autoridades políticas y militares responsables de la Defensa Nacional tomar buena nota de esta importante cuestión para el conflicto de mañana.

TG (res) Rubén García Servert

La guerra en el espacio virtual: España amenazada

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