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La industria de defensa en el ET. II Ciclo AEME de 2022

Manfredo Monforte Moreno. General de División (Ret.). Dr. Ingeniero de Armamento. Artillero. Academia de Artes y Ciencias Militares

General Monforte Moreno

“Robles (ministra de Defensa) alerta de que la industria militar europea está ganando la batalla a la española”, a lo que añade: “tenemos mucha capacidad, iniciativa de hacer cosas, pero mucha competencia internacional… la industria española es muy pequeña y eso hace que en ocasiones sea menos competitiva” (Europapress, 21 de octubre de 2022). Un diagnóstico válido para los últimos cinco siglos de la pendular historia industrial militar nacional.

La industria militar española equipa a los ejércitos desde que Alonso de Quintanilla gestionase el reclutamiento y aprovisionamiento de las Hermandades de Castilla para la conquista de Granada. A partir de ese momento (1492), los Reyes Católicos mantienen un ejército permanente, razón última por la que aparece una industria artesanal, privada y gremial que le proporciona armas y equipos.

Dos siglos antes, la pólvora negra había llegado a Europa para revolucionar el arte de la guerra. Único propulsor y explosivo durante casi seis siglos, alrededor de ella, y sin abandonar la fabricación de armas blancas y otros ingenios, aparece la necesidad de fabricar ingenios capaces de lanzar proyectiles a partir de la energía química de la pólvora, lo que da lugar a la aparición de numerosas instalaciones privadas de armamento ligero y pesado, sus municiones y su pólvora.  

Durante el Siglo XVI y a medida que se estanca el combate terrestre, el esfuerzo bélico se orienta a incrementar la fuerza naval. Con la llegada de los Borbones a España a principios del Siglo XVIII, se regula la actividad industrial militar y la Corona asume su explotación para lo cual confía la tarea al Cuerpo de Artillería. Con el fin de satisfacer las necesidades del Ejército y mantener la Carrera de Indias se crean las Reales Fábricas, que a finales del XVIII se reordenan y alejan de la frontera francesa tras la revolución de 1789. Los problemas económicos y otras circunstancias obligan a importar armamento para abastecer a las unidades durante las Guerras Carlistas del XIX, mostrando claramente las carencias de una industria en continua decadencia y sin pulso. Este hecho, conocido por militares y gobernantes, ha tratado de corregirse en repetidas ocasiones con resultados muy dispares.  

La industria militar trató de reorganizarse por enésima vez durante la dictadura de Primo de Rivera y posteriormente durante la II República, pero los continuos cambios de gobierno y la Guerra Civil truncaron cualquier iniciativa. Tras la contienda, la fabricación quedó en manos del Estado o con una fuerte intervención de éste. Así, la creación del Instituto Nacional de Industria y de la Empresa Nacional Santa Bárbara protagonizan décadas de centralización y control de unas capacidades poco competitivas y, en algunos casos, ruinosas. En paralelo, comenzaron a nacer algunas industrias de capital privado (Barreiros, Manufacturas Metálicas Madrileñas, Instalaza, Ceselsa, Fecsa, Iturri…) que poco a poco fueron equipando al Ejército de materiales muy dispares, desde lanzagranadas a uniformes, material de campaña y otros aperos.

Con la llegada de la democracia se inicia una reconversión industrial inevitable; en el sector de defensa se comienza a considerar la cuenta de resultados de las empresas públicas, reconociendo que sanearlas precisaba de nuevos productos –innovación– y el acceso al mercado exterior.  El déficit del sector público es el detonante de la privatización de la Empresa Nacional Santa Bárbara a favor de la multinacional americana General Dynamics. A dicha privatización siguieron los intentos de reconversión de algunas factorías para terminar cerrando unas y vendiendo otras.

Al igual que la Armada cuenta con un proveedor principal, Navantia, de capital público, y el Ejército del Aire dispone de Airbus como suministrador de referencia, el Ejército de Tierra no cuenta con un “campeón nacional” capaz de satisfacer el grueso de sus necesidades. De hecho, las compras del Ejército están atomizadas y se reparten entre la industria nacional y el mercado internacional, donde se trata de adquirir materiales que se han dejado de producir en España, como es el caso de fusiles, pistolas, cohetes, misiles, etc.

Aunque en conjunto la industria militar española es netamente exportadora, no ocurre lo mismo con el material terrestre, pues para resultar competitivo en el mercado exterior hay que mantener un cierto volumen de producción que, en los países de nuestro entorno, se apoya en la demanda interna. Una industria que cuenta con una baja demanda basada en un presupuesto anoréxico, que recibe pedidos de forma discontinua –por programas– y carece de una planificación estratégica por parte de su cliente interno, es incapaz de mantener un cierto ritmo de producción y justificar nuevas inversiones en inmovilizado –un ejemplo es el taller de cañones de Trubia, que no recibe pedidos desde hace más de una década– y está condenada a sobrevivir en la incertidumbre. A esto hay que sumar la cesión de ciertas capacidades a multinacionales cuyos objetivos no tienen necesariamente que coincidir con las necesidades estratégicas del Ejército Español.

El bajo presupuesto dedicado a la defensa, mantenido alrededor del 1 % del Producto Interior Bruto nacional durante décadas, junto con la profesionalización de las Fuerzas Armadas y la carga salarial que ello implica, ha ido poniendo de manifiesto las carencias del equipamiento militar por mera obsolescencia y la imposibilidad física de atender al mantenimiento de los materiales. El propio JEMAD ha manifestado que se dispone de unidades que no se pueden desplegar por obsolescencia (Comparecencia del jefe de Estado Mayor de la Defensa en la Comisión de Defensa para informar sobre el Proyecto de Ley de Presupuestos Generales del Estado para el año 2022. Madrid, 28 de octubre de 2021).

Afortunadamente, los empresarios del sector han entendido que el mercado nacional es demasiado pequeño para sostener las grandes capacidades que un sector tan especializado como el militar precisa, y se han visto empujados al mercado exterior. De hecho, algunas fábricas dedican hasta el 95 % de su producción a la exportación.

Para entender la situación actual del sector, son de suma importancia otros dos factores: por una parte, la inversión estatal en I+D+i, que es netamente inferior a la que dedican los países de nuestro entorno. De hecho, España dedica a esta partida en torno al 1,15% de su PIB, mientras nuestros competidores invierten entre un 2,5 y un 4 % de su riqueza anual, lo que lastra nuestra capacidad innovadora relativa; basta echar un vistazo al número de patentes españolas frente a las de otros países, con un saldo desfavorable de 1 a 100 o más si nos comparamos con Suecia, Israel o Corea del Sur.

Por otra parte, nos encontramos con una Ley de Contratos del Sector Público que muestra serias carencias para su aplicación en el sector de la Defensa al no contemplar que la mayor parte de los suministros requieren experiencia, solvencia técnica y capacidades singulares que poco tienen que ver con el precio de los servicios o productos contratados. Así, con la aplicación rigurosa de la Ley, se adquieren materiales en el extranjero por presentar un precio ligeramente inferior, sin tener en cuenta el daño que se produce a la industria nacional (a igualdad de calidad y producto) y las condiciones del suministro. No se considera, por ejemplo, el volumen de impuestos que pagan las empresas nacionales frente a las extranjeras, y que, globalmente, resultarían más beneficiosas para el Estado.

Y aún podemos considerar una tercera circunstancia: la reglamentación en materia de armamento y explosivos supone una barrera de entrada a nuevas empresas e impone condiciones mucho más restrictivas que las de nuestros competidores extranjeros, repercutiendo en una falta de competitividad comparada.

Por otra parte, la concentración de las grandes adquisiciones en un solo órgano de la Administración que no cuenta con suficiente personal cualificado dificulta en gran medida la gestión de las adquisiciones y posterga la planificación y aplicación de una política industrial avanzada y valiente que no contemplar el ciclo de vida de los sistemas como un todo. A pesar de ello, la iniciativa privada y la consultoría pública (Isdefe) va subsanando las carencias del sistema.

La industria española del sector se apoya en dos asociaciones empresariales muy activas y valoradas, AESMIDE y TEDAE. Además, existen algunos esfuerzos puntuales mediante la creación de clústers orientados al desarrollo de algunos programas: tal es el caso de Tess Defense, nacida para la gestión del 8×8 Dragón o de SMS para el desarrollo de misiles.

Dos oportunidades se asoman al horizonte de 2023: el incremento del presupuesto dedicado a Defensa anunciado por el Gobierno tras la cumbre de la OTAN en Madrid y la participación en los grandes proyectos europeos. Lo primero puede empezar a subsanar las insuficiencias manifestadas por los mandos de las Fuerzas Armadas, aunque se tardarán años en ponernos al día en cuanto a materiales modernos; la segunda puede incrementar la competitividad de nuestra industria y la apertura de nuevos y atractivos mercados plurinacionales.

En definitiva, la industria militar española constituye un ecosistema caracterizado por una gran estabilidad laboral, buenas condiciones retributivas y una alta cualificación de su masa laboral. Sin duda, un activo que España debe potenciar y aprovechar. Ojalá que, en un futuro próximo, el Ejército de Tierra pueda contar con los proveedores de referencia que necesita. Tal vez, el modelo industrial israelí puede ser un buen ejemplo.

El Indo-Pacífico sigue en el centro, por José Piqué

El debilitamiento de Rusia viene a confirmar aún más que el juego se desarrolla en el Indo-Pacífico. Más centro de gravedad que nunca, a pesar de las apariencias.

JOSEP PIQUÉ |  2 de junio de 2022

Aunque la invasión de Ucrania por Rusia pueda hacer pensar lo contrario, no hay un regreso del centro de gravedad geopolítico al Atlántico. Sigue en el Indo-Pacífico. Incluso más que antes. Las razones para esta afirmación contra-intuitiva son diversas, pero contundentes.

Para Estados Unidos, el principal adversario geopolítico para su hegemonía global sigue siendo, sin ninguna duda, China. Mientras, China sigue empeñada en avanzar y crear las condiciones objetivas para sustituir a EEUU como gran superpotencia global a mediados del presente siglo. La guerra ucraniana no ha cambiado en absoluto esa realidad. Y ambas partes van moviendo sus piezas en esta gran partida y se observan mutuamente cada vez con más agresividad. El riesgo de caer en la “trampa de Tucídides” sigue intacto.

Veamos algunos acontecimientos recientes. La visita de Joe Biden a Japón y Corea del Sur ha supuesto la reafirmación de la voluntad de EEUU de mantener sus compromisos de seguridad con ambos países y de propiciar su acercamiento, algo que, más tarde o más temprano, tendrá que producirse. Por otra parte, ha tenido lugar en Tokio otra reunión al máximo nivel del QUAD –que agrupa a Japón, Australia, EEUU e India–, en un claro intento de desmentir de nuevo la predicción del ministro chino de Asuntos Exteriores, Wang Yi, de que este se “desharía como la espuma en el mar”. La cooperación es creciente en asuntos de seguridad, incluidas maniobras aeronavales conjuntas. Nótese el esfuerzo por incorporar a India en una creciente alianza cuyo principal objetivo implícito es la contención del expansionismo cada vez más agresivo de China.

No es circunstancial que China, aprovechando la equidistante actitud india en la guerra de Ucrania, esté intentando acercarse a su tradicional enemigo histórico, incluyendo posibles soluciones al secular enfrentamiento en unas fronteras inmensas y no claramente delimitadas. Parafraseando a Buñuel, India se ha convertido en “ese oscuro objeto del deseo”, ya que, por su dimensión y su potencial, se constituye, por razones objetivas, en una gran potencia celosa de su autonomía estratégica y con un proyecto nacional –basado en el hinduismo– independiente de la pugna entre las dos superpotencias.

«Nótese el esfuerzo por incorporar a India en una creciente alianza cuyo principal objetivo implícito es la contención del expansionismo cada vez más agresivo de China»

Asimismo, y no menos importante, Biden ha declarado –aunque luego sus palabras han sido “matizadas” por el departamento de Estado– su firme determinación de defender militarmente a Taiwán ante cualquier agresión china. Poco a poco, EEUU modula su tradicional doctrina de “ambigüedad estratégica”, establecida después de la histórica visita de Nixon a Pekín y sus acuerdos con Mao, hace cincuenta años.

Una doctrina que apoya la tesis de “una sola China”, reconociendo solo estatus internacional pleno a la República Popular, pero que se compromete a apoyar a Taiwán ante cualquier intento de integración que no sea pacífico y de común acuerdo. El debate en EEUU está abierto y los partidarios de abandonar esa ambigüedad son cada vez más mayoritarios en ambos partidos. La razón es obvia: las circunstancias han cambiado y China parece cada más dispuesta a reintegrar Taiwán, aunque sea utilizando la fuerza militar.

De hecho, las intrusiones de cazas chinos en el espacio aéreo de Taiwán son más recurrentes, así como de barcos “pesqueros” chinos –en realidad, patrullas militares–, por cientos, en aguas territoriales disputadas en el mar del Sur de China, como las que rodean el archipiélago de las Spartly o las Paracel. Es uno de los objetivos personales de Xi Jinping, después de, previsiblemente, prolongar su mandato indefinidamente en el próximo Congreso del Partido Comunista Chino (PCCh) en otoño de este año.

«China parece cada más dispuesta a reintegrar Taiwán, aunque sea utilizando la fuerza militar»

De hecho, la respuesta estadounidense a la agresión rusa debe leerse en este contexto. EEUU no va a permitir que Rusia consiga sus objetivos y en ello ha comprometido a la Alianza Atlántica y, a pesar de las dificultades internas, a la Unión Europea y al conjunto de Occidente. El mensaje es claro: el coste para Rusia va a ser inasumible –lo está siendo ya–, y lo sería también para China si optara por una invasión de Taiwán. Las declaraciones de Biden van incluso más allá. En Ucrania, el apoyo a ese país y a su gobierno legítimo es indiscutible, pero no incluye implicación militar sobre el terreno ni participar en operaciones aéreas de exclusión, para evitar una confrontación directa de la OTAN con Rusia. En el caso de Taiwán, el compromiso incluye esa vertiente de implicación militar, además de la involucración directa de otros aliados en la zona, como Australia, y el apoyo explícito de Japón y Corea del Sur, entre otros.

Asimismo, Biden está intentando revertir el descomunal error estratégico de Donald Trump al no ratificar el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés) y empujar a su principal impulsor, Japón, a mantenerlo sin EEUU, presumiblemente a la espera de un cambio de posición. Acto seguido, la decisión de Trump propició la Asociación Económica Integral Regional (RCEP), que incluye a la propia China –India se descolgó en el último momento–, dejando las manos libres a Pekín y debilitando la credibilidad norteamericana frente a sus aliados asiáticos.

Biden ha puesto en marcha el Indo-Pacific Economic Framework (IPEF), “sucedáneo” del TPP, más flexible y maleable, para poder sortear las previsibles dificultades que encontraría un tratado en toda regla para ser aprobado en el Capitolio. No es, pues, un acuerdo comercial en el sentido convencional, sino que descansa en cuatro pilares: promover el comercio –en particular, el digital–, potenciar cadenas de valor resilientes –sin contar con China–, promover inversiones en infraestructuras y en energías renovables, y luchar contra la corrupción, promoviendo normas fiscales adecuadas. Muchos países reclaman, para incorporarse, ir más allá y abrir el mercado estadounidense a sus productos. Pero eso hoy no es posible. Se trata de abrir un camino que pretende incorporar a dicho esquema, además de a Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda, a siete países de la ASEAN –todos menos Myanmar, Camboya y Laos– y, significativamente, a India. Ello supondría en torno al 40% del PIB global y, aunque adolece de la ausencia de otros países del continente americano, se compensa con el peso de India, no solo demográfico y económico, sino por su significación política. Cabe destacar también su carácter abierto a otros Estados-isla del Pacífico. Fiji ya ha mostrado su interés.

Esta iniciativa se suma a la puesta en marcha, impulsada por el QUAD, de la Alianza para el conocimiento del Dominio Marítimo en Indo-Pacífico, que incluiría a las islas del océano. No hay que olvidar el papel desempeñado por las islas durante la Segunda Guerra Mundial y la pugna entre EEUU y Japón por el dominio oceánico.

Conviene destacar que todas esas iniciativas vienen a contrarrestar la clara voluntad china de expandir su influencia en dicho teatro, en detrimento no solo de EEUU, sino de Australia, tradicional garante de su seguridad. Máxime después del AUKUS, el acuerdo entre EEUU, Reino Unido y Australia –en detrimento de Francia, a su vez históricamente presente en la región, con posesiones en la Polinesia– para el suministro a Camberra de submarinos de propulsión nuclear y de altísima y sofisticada tecnología militar –hasta ahora no compartida con nadie– por parte de Washington.

«No hay que olvidar el papel desempeñado por las islas del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial y la pugna entre EEUU y Japón por el dominio oceánico»

La respuesta de China está siendo clara: un empeoramiento de las relaciones con Australia, a pesar de ser su principal socio comercial, y, sobre todo, la puesta en marcha de su propia iniciativa. La “Visión de Desarrollo Conjunto entre China y las Islas Naciones del Pacífico” ha tenido su primera plasmación en acuerdos de cooperación –incluyendo la seguridad, además de aduanas o pesca– entre China y las Islas Salomón, que previsiblemente incluyen la posibilidad de establecer una base militar en las mismas, algo que hasta ahora China solo ha materializado en Yibuti, en la entrada del mar Rojo por el estrecho de Bab-el Mandeb.

China pretende ampliar ese acuerdo con una negociación ya avanzada con Kiribati y con conversaciones con Samoa, Tonga, Fiji, Vanuatu, Papúa Nueva Guinea y Timor Leste. Wang inició la semana pasada una gira de diez días por la zona.

Finalmente, China está impulsando con otras autocracias y democracias imperfectas o iliberales una incipiente Iniciativa de Seguridad Global, sobre la doble base de la no injerencia y el rechazo a la hegemonía estadounidense.

En definitiva, ambas partes están moviendo con rapidez sus fichas, incluyendo acuerdos económicos y comerciales, estratégicos, de financiación de infraestructuras o de lucha contra los efectos del cambio climático (enormemente sensible en la región), que no ocultan la pugna estratégico-militar y por las esferas de influencia. Lo que está en juego es que la presencia estadounidense (y australiana) en la región desaparezca, nada menos, y, por tanto, que EEUU deje de ser una superpotencia global en detrimento de una China cuyo principal objetivo es, precisamente, sustituirle en ese papel.

Palabras mayores. El debilitamiento de Rusia viene a confirmar aún más que el juego se desarrolla en el Indo-Pacífico. Más centro de gravedad que nunca. A pesar de las apariencias.

ALGUNAS COSAS QUE HE LEÍDO

Biden’s China strategy cannot work with weapons alone, Edward Luce, Financial Times

The BRI and the war in Ukraine, Francesca Ghiretti and Jacob Mardell, MERICS China podcast

China’s own hotheadedness reinforces Quad’s strategic importance, Richard McGregor, Lowy Institute

La UE y España también miran al Indo-Pacífico, Emilio de Miguel, Política Exterior

The Administration’s Approach to the People’s Republic of China, Antony Blinken, US Department of State

LA ESCALA DE LOS MAPAS

Este mapa interactivo de Carnegie, titulado “The Strategic Importance of the Indian Ocean”, permite estudiar con detenimiento el laberinto geoestratégico en el que se ha convertido el Indo-Pacífico: cuellos de botella, fronteras marítimas, rutas comerciales, disputas territoriales…, añadiendo capas de complejidad a gusto del consumidor.

PLAYLIST

En su siempre interesante Sinica Podcast, Kaiser Kuo conversa cada semana con sinólogos clave. En el último episodio, Kuo entrevista a Demetri Sevastopulo, corresponsal de Financial Times y autor de algunas sonadas exclusivas, como la revelación de la prueba del misil hipersónico chino o la petición rusa de ayuda militar al poco de comenzar la invasión de Ucrania. Sevastopulo cree que en estos momentos es muy difícil mantener en Washington un debate abierto sobre China, debido a las posiciones cada vez más agresivas entre demócratas y republicanos. “Hay una gran cantidad de autocensura, que no creo que sea saludable para la democracia estadounidense ni para una administración que necesita elaborar políticas inteligentes para tratar con China”, afirma.

Este sábado 4 de junio, como cada año, los hongkoneses conmemoran Tiananmen. Por primera vez en 30 años –salvo el parón por el Covid–, la diócesis de Hong Kong no celebrará una misa conmemorativa. La represión de las autoridades chinas va de “mal en peor”, como advierte Chris Patten.

Nos volvemos a ver en dos semanas,Josep 

@joseppiquecamps

joseppique.es