La posibilidad de una recuperación débil, truncada por los prejuicios del capitalismo euro-germano, es más tangible hoy que hace seis meses. No es momento para la condescendencia.

JORGE TAMAMES |  30 de marzo de 2021

Septiembre de 2008. En pleno desplome de Wall Street, el socialdemócrata Peer Steinbrück, ministro de Finanzas alemán, lanza una dura crítica contra el “capitalismo anglo-americano”. Gestionar la economía como un casino es un callejón sin salida y Estados Unidos “perderá su estatus de superpotencia en el sistema financiero global”. El diagnóstico y frustración de Steinbrück lo comparten gran parte de los dirigentes europeos en los últimos días de George W. Bush.

Hoy sabemos que aquella eurocondescendencia no estaba justificada. Como ha mostrado el historiador económico Adam Tooze, el establishment alemán ignoraba hasta qué punto su propio sistema financiero estaba involucrado en el mercado hipotecario estadounidense (y en el español, y en la financiación pública griega). Al caer en la cuenta del problema, se optó por tergiversarlo como una crisis de deuda soberana en la periferia de la zona euro, y atajarlo mediante políticas de austeridad. Mientras EEUU desenfundaba una política monetaria extraordinaria, proveyendo liquidez al sistema financiero global, el Banco Central Europeo subía los tipos de interés para ahuyentar al fantasma de la inflación. Si Barack Obama desplegó un programa de estímulos exiguo pero vital para combatir la crisis, en la zona euro se optó, de 2010 en adelante, por los recortes y la consolidación fiscal.

El resultado fue un fracaso sonoro. Europa tardó más en recuperarse de 2008 que el capitalismo anglo-americano, en gran parte debido a las ideas económicas de dirigentes como Steinbrück.

A principios de 2021 asistimos a una nueva ronda de eurocondescendencia en tiempos de crisis. Académicos, periodistas y dirigentes europeos se congratulaban mutuamente por la respuesta de la Unión a la crisis del Covid-19. Activismo monetario y fiscal, emisión pionera de deuda europea, programa de adquisición de vacunas dirigido y negociado por la Comisión Europea. Todo esto sonaba muy bien, y además dejaba en mal lugar a EEUU, por entonces sumido en el cenagal del relevo presidencial y aproximándose al medio millón de fallecidos por la pandemia. Confieso haber caído en la eurocondescendencia: mi valoración respecto a la actuación comunitaria era algo menos optimista, pero tenía entre poca y ninguna fe en la capacidad de Joe Biden para supervisar un programa de recuperación eficaz en un país dividido y con una mayoría legislativa ajustada.

Tres meses después, las tornas han cambiado. El plan de vacunación en EEUU avanza a pleno rendimiento, y Biden cumplirá sobradamente su promesa de vacunar a 100 millones de estadounidenses en sus 100 primeros días. La trayectoria de recuperación económica estadounidense es más prometedora que la europea. La campaña de vacunación de la Comisión, por otra parte, hace frente a todo tipo de dificultades, derivadas de la escasez de producción en territorio europeo, los cuellos de botella en producción, la torpeza negociando con farmacéuticas y países como Reino Unido, y el intento de adquirir vacunas a un precio tal vez demasiado barato. Este último apartado es significativo, porque ilustra que la brecha sanitaria y económica transatlántica tienen como mínimo un denominador común: la aversión al gasto e inversión públicas en lo que podríamos llamar el “capitalismo euro-germano”.

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