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¿Con quién está India?

Si Modi aspira a convertir a India en una superpotencia como EEUU o China, deberá hacerlo sobre la base de una inteligente geometría variable de alianzas, sin prescindir ni subordinarse a nadie. No es el caso, por ahora. El supremacismo ultranacionalista suele ofuscar las mentes.

JOSEP PIQUÉ |  7 de abril de 2022 en ¿Con quién está India en el conflicto con Rusia? | Política Exterior (politicaexterior.com)

La invasión rusa de Ucrania ha puesto de relieve muchas derivadas en el orden geopolítico global y en la posición ambigua de determinados países, como China o Turquía. Lo hemos ido siguiendo en estos Apuntes. En esta ocasión, vamos a tratar de interpretar la especificidad desconcertante de la política exterior de India.

Churchill atribuía la clave para entender a Rusia a su secular manera de interpretar su interés nacional. Probablemente, esta sea la vía también para entender a India.

Por una parte, después de la caída de la Unión Soviética, India se ha ido aproximando a Occidente y, en particular, a Estados Unidos. El fortalecimiento del QUAD (diálogo cuatripartito entre ambos países, Australia y Japón), con el objetivo de garantizar la libre circulación marítima en un Indo-Pacífico libre y abierto –incluyendo maniobras navales conjuntas en el golfo de Bengala–, es el ejemplo más claro. Esta alianza cada vez más robusta ha sido correctamente interpretada por China como un mensaje contundente frente al expansionismo agresivo chino en toda la región y, particularmente, en el estrecho de Taiwán, el mar de China Meridional y el acceso al estrecho de Malaca.

Sin embargo, India y China, enemigos históricos y con recurrentes disputas fronterizas, algunas muy recientes, coinciden en su posición frente al conflicto en Ucrania, negándose a condenar la invasión rusa, aunque tampoco la avalen. Y ello, a pesar de las presiones estadounidenses para que India se sitúe en el bando de las democracias y sus valores y se sume a las sanciones impuestas por Occidente, en las que participan Australia, Japón y otros países de la región.

Es cierto que la ambigüedad india y la negativa a las sanciones es compartida por otros países como Indonesia, Pakistán o Brasil, por distintas razones. Ello está permitiendo a la propaganda rusa difundir la idea de que los países más poblados del mundo no comparten la actitud de Occidente y que su pugna es solo con la OTAN, en una narrativa que, compartida por China, viene a explicar la intervención militar por la amenaza que la Alianza puede suponer para la seguridad de Rusia.

Tal narrativa simplifica enormemente la complejidad de las distintas reacciones. En el caso de India, las cosas son mucho más matizables, como igualmente lo es con China. Están en juego sus intereses nacionales estratégicos a largo plazo. Por ello, coincidir con China o con Pakistán ahora no implica un cambio en la tradicional hostilidad de sus relaciones y, mucho menos, en su política de alianzas.

«Para India, coincidir con China o con Pakistán en Ucrania no implica un cambio en la tradicional hostilidad de sus relaciones y, mucho menos, en su política de alianzas»

Es cierto que India tiene intereses económicos evidentes en este conflicto. La relación histórica con la URSS, primero, y con Rusia después, explica fuertes los vínculos comerciales actuales, que incluyen el suministro de sistemas sofisticados de armas para sus submarinos de propulsión nuclear, misiles hipersónicos y otros equipos militares –el 60% de las importaciones indias de armas provienen de Rusia–. Sucede lo mismo con el suministro de petróleo a bajo coste. La relación bilateral viene de la independencia del Imperio británico y la voluntad de India de encabezar el vasto proceso de descolonización después de la Segunda Guerra Mundial, tanto en Asia como en África, impulsado, entre otros, por Nehru, padre de la patria, después del asesinato de Gandhi.

El protagonismo indio en el Movimiento de Países No Alineados –objetivamente sesgado en favor del bloque soviético– forma parte de esa relación con Moscú, que se retroalimenta por la alianza entre Pakistán y China, enemigos ancestrales de India, y que busca compensar con un vínculo estrecho primero con la URSS y luego con Rusia. No en vano, un 40% de indios apoya la invasión de Ucrania y más de la mitad tiene buena opinión de Vladímir Putin, que se sitúa solo un poco por debajo de la percepción que tienen de Volodómir Zelenski. Cabe pensar que el primer ministro indio, Narendra Modi, se siente más próximo a Putin, dada su concepción ultranacionalista.

De hecho, India no quiere contribuir, mediante el aislamiento y el empobrecimiento de Rusia, a que Moscú acabe definitiva e irreversiblemente bajo la influencia de Pekín. Así se entiende que quiera facilitarle a Rusia incluso medios de pago alternativos bilaterales en sus propias divisas que disminuyan esa dependencia. Al mismo tiempo, India quiere mostrar su autonomía estratégica y que solo responde a sus intereses, aunque eso lleve a posiciones aparentemente contradictorias y poco coherentes entre el corto y el largo plazo.

India argumenta que, con la retirada abrupta y unilateral de Afganistán, con el retorno de los talibán y reforzando el papel de China y Pakistán en Asia Central, EEUU y la OTAN no tuvieron en absoluto en cuenta las preocupaciones de seguridad indias, incluido el terrorismo islamista. No le falta buena parte de razón.

«India no quiere contribuir, mediante el aislamiento y el empobrecimiento de Rusia, a que Moscú acabe definitiva e irreversiblemente bajo la influencia de Pekín»

Sin embargo, no debemos quedarnos en los argumentos más o menos coyunturales. La razón más importante está en la naturaleza del proyecto político del BJP (Partido Popular de India) encabezado por Modi. Hablamos de un proyecto nacional basado en el predominio de la “indutva” o “hinduidad”, como elemento constitutivo sustancial de la nación india, extremadamente compleja con una enorme diversidad étnica, cultural, religiosa y lingüística, pero que debe subordinarse a la identidad entre la nación y su componente hindú.

Los hindúes representan el 80% de la población de India, aunque a pesar de la división de las Indias británicas entre India y Pakistán (y Bangladesh), por motivos básicamente religiosos, la población musulmana en India sigue siendo enorme –unos 200 millones–, además de sijs, cristianos, budistas y otras minorías.

El proyecto nacional de Modi es muy distinto al que representaron Gandhi y Nehru y el Partido del Congreso Nacional. Aunque ideológicamente distintos, ambos líderes creían en un Estado indio multirracial, multirreligioso y laico que, mediante el progreso, iba a ir diluyendo las diferencias ancestrales del país, incluyendo el milenario sistema de castas que sigue persistiendo y que hace que su democracia se exprese formalmente en lo político, pero no en sus relaciones sociales, caracterizadas por el hiperclasismo, la represión de los derechos de las mujeres y la persecución religiosa. De hecho, solo un 6% de indios se casan con miembros de otra casta. Y los dalit (intocables) siguen siendo duramente reprimidos y perseguidos. Poco que ver, pues, con una democracia homologable y respetuosa con la Constitución.

Esto explica por qué Modi habla de la necesidad de recuperar el pasado glorioso de India, después de “mil años de esclavitud” por el dominio musulmán primero (incluyendo el imperio mogol, uno de los más importantes, duraderos y extensos del mundo, descendientes del gran Tamerlán) y, desde el siglo XVIII, por la progresiva irrupción de la Real Compañía de las Indias Orientales y, ya en el XIX, por la dependencia directa del Imperio británico.

Este proceso de recuperación nacional de Modi está basado en la historia y, conceptualmente, no es muy diferente al de China, después del “siglo de la humillación”. Sin embargo, implica una apuesta por el supremacismo hindú y la represión brutal de los musulmanes y del resto de minorías. Se trata de darle un “sentido nacional”, homogéneo y con proyección hacia el exterior cada vez mayor, en un ejercicio de “áreas de influencia”, que reconozca su carácter de gran potencia en el subcontinente asiático, pero también en América Latina o, en menor medida, en África. El proyecto es compatible con un feroz proteccionismo en lo económico, como se ha visto recientemente con su abrupta retirada del RCEP (Asociación Económica Integral Regional), impulsado por Japón y China.

«Los resultados electorales avalan la fortaleza del proyecto de Modi que, de forma cada vez más explícita, afirma la unidad de la nación sobre la base de la exclusión de una quinta parte de sus ciudadanos»

Por el momento, los resultados electorales avalan la fortaleza y consistencia del proyecto de Modi que, de forma cada vez más explícita, afirma la unidad de la nación sobre la base de la exclusión de una quinta parte de sus ciudadanos. Un ejemplo de ello ha sido la supresión de la autonomía de Jammu y Cachemira, con población mayoritariamente musulmana.

En cualquier caso, hablamos de una potencia regional, ya que no puede aspirar aún a ser una superpotencia global como EEUU o China. Para ese propósito, debe proseguir su crecimiento económico y de renta per cápita, en un país que muy pronto será el más poblado del mundo y que sigue manteniendo unos niveles inasumibles de miseria y pobreza. Ciertamente, India se está convirtiendo en una de las principales “fábricas del mundo”, y dispone de sectores tecnológicamente muy sofisticados y un creciente soft power, además de ser una potencia militar con armamento nuclear. Pero le queda un larguísimo camino por recorrer y, para ello, no quiere prescindir de nadie, pero tampoco subordinarse a nadie.

Para ello, no obstante, India necesita a Occidente más que nunca. Por consiguiente, tiene que acompasar su autonomía estratégica con sus intereses económicos y de seguridad a largo plazo, un juego a varias bandas que tiene sus límites y sus riesgos.

Rusia puede dejar de ser para India un socio estratégico relevante, máxime si cae bajo la dependencia china. Pekín, con su política de la Franja y la Ruta –que claramente obvia a India, tanto por tierra como por mar, cercándola con su presencia en Myanmar y Bangladesh en el golfo de Bengala, Sri Lanka y Pakistán–, seguirá siendo su principal adversario y competidor en su entorno y en el Sureste Asiático. De ahí que sea esencial fortalecer su relación con los países del golfo de Bengala y, en general, con ASEAN (Asociación de Naciones del Sureste Asiático) y Australia. Y, desde luego, con EEUU y la Unión Europea.

Por todo ello, y para evitar errores, es muy importante que Occidente interprete correctamente la naturaleza del proyecto político indio. India no es como Occidente desearía. Tampoco piensa como pensamos los occidentales. Es otra cosa muy distinta. Dicho de otro modo, siguiendo su tradición, India no quiere alinearse explícita y definitivamente con ningún bando. Tampoco con unas democracias cuya naturaleza liberal no comparte.

Muchas piezas, pues, en el tablero. Es verdad que todos los imperios se han construido sobre la geometría variable. Los más duraderos son los que la han ejercido, más allá de la fuerza militar, con destreza y visión estratégica e integradora. Como hicieron los romanos, la monarquía hispánica o los mogoles durante siglos. No parece el caso. El supremacismo ultranacionalista ofusca las mentes.

Misiles, submarinos y equilibrio estratégico, por Josep Piqué

El desarrollo de tecnologías que hagan obsoletos los escudos antimisiles puede alterar de manera profunda el actual equilibrio estratégico entre las tres grandes potencias: EEUU, Rusia y China.JOSEP PIQUÉ |  28 de octubre de 2021

En las últimas semanas estamos asistiendo a una sucesión de noticias relativas a pruebas de misiles hipersónicos por parte de las tres grandes potencias (Estados UnidosRusia y China), así como al debate suscitado a raíz del AUKUS sobre el papel estratégico de los submarinos en el equilibrio estratégico global. Con independencia del ingente esfuerzo tecnológico (y económico) que hay detrás de estos desarrollos, los objetivos que se persiguen no son nuevos en la historia. Desde el “Vis pace, para bellum” de los romanos a las modernas teorías de la disuasión, las pugnas entre los grandes poderes se han caracterizado por alterar a su favor la correlación de fuerzas ofensivas y defensivas, para disuadir al adversario para atacar o para defenderse en caso de agresión, buscando su rendición sin necesidad de luchar.

Tales objetivos, a partir del final de la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de la guerra fría, han venido marcados por la búsqueda de la superioridad nuclear, pero sobre todo por la capacidad de neutralizar las defensas enemigas y conseguir su inferioridad de partida ante un eventual conflicto atómico a gran escala. En este contexto cabe enmarcar el desarrollo de nuevos misiles, así como el despliegue de capacidad submarina que estamos observando en estos momentos. Su alcance es enorme, ya que pueden claramente alterar el actual panorama estratégico, hoy todavía decantado de manera indudable a favor de EEUU.

Tal superioridad viene de los años ochenta y es una de las causas fundamentales de la victoria occidental en la guerra fría. Pero no siempre fue así. Ni mucho menos fue un camino fácil.

Una vez iniciada la carrera nuclear con el acceso de la Unión Soviética a la bomba en 1949, la preponderancia de EEUU y la URRS (sucedida por Rusia) en este ámbito sigue hoy intacta, siempre que nos atengamos al número de armas nucleares totales –entre ambos disponen de un 90% del total–, sentando las bases de la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada y del llamado Equilibrio del Terror, algo que no impedía la posibilidad de una guerra limitada en Europa.

Sin embargo, no basta con ese criterio numérico. Hay que atender a las armas realmente desplegadas y a su distribución entre misiles intercontinentales y tácticos –de corto y medio alcance–, sus plataformas de lanzamiento –desde bases operativas, desde operativos móviles, submarinos, bombarderos, etcétera– y cada vez más, su capacidad para sortear los sistemas defensivos del adversario. Desde este punto de vista, EEUU y Rusia disponen de un despliegue similar, aunque sus plataformas de lanzamiento difieren y subsiste una clara asimetría en lo que se refiere tanto a los submarinos como a los llamados escudos antimisiles.

Ambos, después de los diferentes tratados de limitación, han prescindido de los misiles tácticos desde bases terrestres, tienen una importante flota de submarinos –aunque EEUU mantiene una gran superioridad numérica y tecnológica– y de bombarderos, algunos de ellos, por parte estadounidense, “invisibles”. Pero desde los ochenta, el elemento diferencial entre ambos –más allá del ámbito convencional, en donde EEUU tiene una superioridad abrumadora, después del colapso de la URSS y los enormes problemas de Rusia a la hora de renovarse y modernizarse en ese terreno– es, sin duda, la enorme ventaja estadounidense en sistemas de intercepción de mísiles balísticos y, por tanto, su capacidad para neutralizar de manera significativa cualquier ataque y mantener casi intacta su capacidad de respuesta. Son los llamados escudos antimisiles, que en su día, cuando se implementan en la época del presidente Ronald Reagan, la imaginación popular convino en denominar “la Guerra de las Galaxias”.

«Desde los ochenta, el elemento diferencial es la enorme ventaja de EEUU en sistemas de intercepción de mísiles balísticos y, por tanto, su capacidad para neutralizar de manera significativa cualquier ataque y mantener casi intacta su capacidad de respuesta»

Pero antes pasaron muchas cosas. La más llamativa fue la llamada crisis de los misiles en Cuba en 1962. Hasta entonces, EEUU no sentía la amenaza de una instalación de misiles tácticos que pudieran amenazar su territorio continental. De ahí que el presidente John F. Kennedy lo interpretara como un desafío inaceptable. Al final, como es bien sabido, después de unas semanas de enorme tensión, la URSS convino en su retirada. Lo que es menos conocido es que también hubo un compromiso por parte estadounidense de retirar los instalados en Turquía por la OTAN. De nuevo, el resultado buscaba mantener un equilibrio de amenazas entre los dos bloques.

La otra gran crisis es la conocida como la de los euromisiles, cuando la URSS decide, en 1977, instalar misiles tácticos en Europa central y oriental –sobre todo en la República Democrática Alemana y en Checoslovaquia–, conocidos como SS-20. Eran de alcance corto medio (hasta 5.500 kilómetros) y equipados con varias cabezas nucleares, lo que suponía introducir un claro desequilibrio ofensivo frente a la Alianza Atlántica, además de la posibilidad de una guerra nuclear limitada al territorio europeo, partiendo de que EEUU no se arriesgaría a una guerra total por mantener su compromiso con la defensa de Europa Occidental.

La reacción de extrema alarma vino del canciller de la República Federal Alemana, Helmut Schmidt, haciendo un llamamiento desesperado a la OTAN para que contrarrestara tal amenaza. La respuesta llegó a finales de 1979 con la llamada Doble Decisión, por la que se abría un plazo de cuatro años para negociar con los soviéticos una solución o, en caso contrario, instalar una amplia red de misiles de corto y medio alcance –los Pershing 2 y de Crucero–, que supondrían tener a Moscú bajo su alcance. Tal enfoque fue rechazado por la URSS, pero también topó con enormes resistencias dentro de Europa Occidental, con una clara división en el Bundestag –que acabaría con la coalición entre el SPD y los liberales, la caída de Schmidt y la llegada al poder de Helmut Khöl– y una clara oposición en las calles, muchas veces orquestadas por los propios partidos comunistas occidentales, aprovechando los sentimientos pacifistas de la sociedad alemana y de otros países europeos. En paralelo, Reagan propuso la “Opción Cero”, por la que la OTAN se comprometía a no instalar los nuevos misiles a cambio de que la URSS retirara los suyos. El Kremlin se negó, arguyendo que eso dejaba al margen a los misiles nucleares franceses y británicos, independientes de la propia OTAN.

«La crisis de los euromisiles supuso la posibilidad de una guerra nuclear limitada al territorio europeo, partiendo de que EEUU no se arriesgaría a una guerra total por mantener su compromiso con la defensa de Europa Occidental»

En cualquier caso, después de cuatro años tensos, la OTAN, a petición del Bundestag, decide proceder a la instalación planteada, ya con Khöl al frente del gobierno de Bonn. Se equilibraba de nuevo así la amenaza estratégica, pero sobre la base de la nuclearización masiva del territorio europeo. Se trataba, sin embargo, de un equilibrio asimétrico, ya que la URSS tenía la doble amenaza, desde territorio europeo y desde los misiles intercontinentales estadounidenses, mientras que EEUU solo tenía la de los misiles intercontinentales soviéticos.

El paso siguiente fue el desarrollo del escudo antimisiles por parte de EEUU, que neutralizaba en gran medida esta última amenaza. Y la URSS se mostró incapaz de seguir por ese camino, por sus limitaciones económicas y tecnológicas. El escenario estratégico global se decantaba claramente en favor de Occidente, aunque en 1987, ya con Mijaíl Gorbachov, se firmase el Tratado de Washington para desmantelar todos los misiles balísticos o de crucero de alcance inferior a los 5.500 kilómetros. Se restablecía así el equilibrio en territorio europeo, pero no en el ámbito de los misiles intercontinentales, a pesar de los diferentes acuerdos de limitación de los mismos.

La gran asimetría se producía por el despliegue del escudo antimisiles y la superioridad ofensiva a través de submarinos y grandes bombarderos. La pugna se decantaba de manera irremisible, gracias a la tecnología y a la determinación política, en favor de Occidente.

Hasta hoy. Porque además del recuperado esfuerzo ruso en el ámbito militar –tanto convencional, a través de estrategias de A2/AD, utilizadas también por China en el Mar del Sur, como nuclear, con la instalación de misiles móviles rusos en el enclave de Kaliningrado–, el cambio cualitativo viene de dos vectores. Por un lado, la apuesta de EEUU por mantener su superioridad en submarinos de propulsión nuclear y armados con armas nucleares tácticas y estratégicas –de ahí la relevancia estratégica del AUKUS–, con las ventajas que ello supone, ya que son enormemente difíciles de detectar, muy rápidos y movibles sin salir a superficie, no necesitan abastecerse de combustible y tecnológicamente son muy avanzados. Y aunque tanto Rusia como China han incrementado su arsenal, la superioridad estadounidense sigue siendo clara.

«Aunque se siga invirtiendo en nuevas generaciones de defensa antimisiles balísticos, el esfuerzo puede resultar baldío si se tiene la capacidad de sortear el escudo»

Pero por otro lado esa superioridad, afianzada desde los años ochenta y basada en los escudos antimisiles balísticos de crucero intercontinentales, de trayectoria elíptica y suficientemente lentos como para ser interceptados en vuelo se pone en peligro con el desarrollo de los nuevos misiles hipersónicos, ensayados ya por Rusia (los Zirkon) y recientemente por China. Estos son mucho más rápidos –en seis o siete minutos pueden dar la vuelta a la tierra–, se mueven en cotas mucho más bajas –entre 20 y 100 kilómetros de altura– y pueden modificar su trayectoria incluso bruscamente para evitar su detección y así evitar su destrucción, antes de llegar a sus objetivos. De manera que, aunque EEUU esté también desarrollándolos, el mensaje es claro: aunque se siga invirtiendo en nuevas generaciones de defensa antimisiles balísticos, el esfuerzo puede resultar baldío si se tiene la capacidad de sortear el escudo.

Este es el gran cambio que puede alterar de manera profunda el actual equilibrio estratégico global. Y si bien EEUU y Rusia, con altibajos y provocaciones mutuas, tienen marcos definidos por los acuerdos de limitación, China no está en ellos. Un motivo más para alimentar el temor estadounidense de ver amenazada realmente su hegemonía global a mediados del presente siglo. China no oculta su ambición y EEUU tiene la obligación de mostrar, con hechos, que tiene la determinación de impedirla.

Estamos ante mundo tan peligroso como el de la guerra fría y con una aceleración de acontecimientos gracias a las nuevas tecnologías que lo hacen, además, mucho más impredecible. Es, pues, más urgente que nunca establecer un diálogo entre las superpotencias que evite al planeta el riesgo real de la destrucción de la humanidad.

Lamentablemente, lo que vemos es una creciente escalada de rearme. Están comenzando a sonar todas las alarmas. Porque sigue vigente el aforismo romano: si vis pace, para bellum.

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