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¿Cómo se podría haber evitado la conquista talibana de Afganistán?

En el EEUU de hoy, hay voces que dicen que fue un error involucrarse en lo que ellos llaman “construcción de nación” inmediatamente después del acuerdo de Bonn.

Por Carl Bildt*

30/08/2021 – 05:00

El 20 aniversario del atentado terrorista del 11-S coincidirá ahora con la consolidación del segundo Emirato talibán en Afganistán, bienvenido por mensajes jaculatorios de Al Qaeda. ¿Se podría haber evitado? ¿U Occidente y la comunidad internacional estuvieron siempre encaminados a la derrota desde el momento en que Estados Unidos derrocó el régimen talibán en un ataque relámpago a finales de 2001? ¿Se perdieron las oportunidades para un arreglo político estable, ya sea por defecto o por diseño?

Hay obviamente lecciones que debemos aprender, aunque auguro una feroz controversia sobre cuáles son exactamente esas lecciones en los próximos años.

Bienvenido Mr. Talibán: la geopolítica pospandémica pasa por el tablero afganoE. Andrés Pretel A. Alamillos

Quizá la oportunidad más importante que se dejó pasar fue justo después de la partida de las últimas fuerzas soviéticas en febrero de 1989. Hubo propuestas entonces para un acuerdo patrocinado por la ONU entre lo que quedaba del régimen de Najibulá y los diferentes grupos antisoviéticos muyahidines. Pero quedaron en nada, rechazado principalmente por Estados Unidos y Pakistán.https://d-31693348683385083089.ampproject.net/2108132216000/frame.html

Por supuesto, nunca se sabrá si hubo otra oportunidad para un arreglo más estable justo después del derrocamiento del régimen talibán 12 años después. En teoría, habría tenido sentido intentar incluir también a los talibanes en un acuerdo político inclusivo. Pero Estados Unidos difícilmente habría aceptado esto, y los grupos de la Alianza del Norte estaban ansiosos por hacerse con todo el poder que pudieran.

El acuerdo salido de la conferencia de Bonn marcó el rumbo de los años venideros. Su esencia era un sistema presidencial altamente centralizado, estructuras dominadas por la antigua Alianza del Norte y una continua dependencia de los viejos señores de la guerra regionales que habían sido impulsados y financiados por las sacas de dólares de la CIA.

Putin teme la desestabilización talibana de Asia CentralJavier Espadas. Moscú

En el EEUU de hoy, hay voces que dicen que fue un error involucrarse en lo que ellos llaman “construcción de nación” inmediatamente después del acuerdo de Bonn. Pero lo que sucedió fue más bien al revés. Estados Unidos se resistió activamente a un enfoque más ambicioso para ayudar al país, centrándose en cambio en su propia operación antiterrorista y, a lo sumo, aceptando alguna ‘reconstrucción’. Esto llevó, en contra del consejo de muchos, a una presencia internacional muy escasa con fuerzas de asistencia de seguridad limitadas solo a Kabul. Estos fueron los años de Donald Rumsfeld y, en la medida en que hubo una atención sostenida de Estados Unidos en Afganistán (antes de que la guerra en Irak se la robara toda), se centró en la operación antiterrorista Libertad Duradera.

Pero estos años iniciales fueron el periodo en el que quizás hubiera sido posible un acuerdo político más amplio y duradero. En su ausencia, y como reacción a los otros fracasos de este periodo, entre ellos la dependencia de los viejos señores de la guerra, los talibanes comenzaron su regreso en 2005 y empezó la nueva guerra en Afganistán.

Los años siguientes fueron de altibajos, con los esfuerzos internacionales dependientes en gran medida de los cambios en las políticas de Washington. Los países europeos desempeñaron un papel clave en los esfuerzos de seguridad de la OTAN y gradualmente se convirtieron en dominantes en la financiación de los diferentes esfuerzos civiles. Las decisiones políticas para Afganistán se establecían casi exclusivamente en Washington, impulsadas por una mentalidad militar​ estadounidense no siempre en sintonía con enfoques más europeos.

Las decisiones políticas para Afganistán se establecían casi exclusivamente en Washington, impulsadas por una mentalidad militar

Con la excepción parcial de Londres, ninguna capital europea hizo ningún esfuerzo serio para influir en la política estadounidense sobre Afganistán durante estos años. Afganistán nunca ocupó un lugar destacado en la agenda de la UE, ya que se suponía implícitamente que todo era responsabilidad de la OTAN. Las visitas del alto representante de la UE a Kabul fueron extremadamente raras.

La política estadounidense no fue de ninguna manera coherente. Varias doctrinas iban y venían. Durante su periodo como comandante de la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad, David Petraeus creía que la victoria vendría a través de una política de asesinatos selectivos de comandantes talibanes a través de controvertidas «redadas nocturnas». Richard Holbrooke, como representante especial de Estados Unidos, abogó por un proceso político con los talibanes, incluido el acercamiento a Irán.

Al final, ninguno de los dos enfoques dio resultados. Las redadas nocturnas probablemente fueron contraproducentes, ya que alienaron a muchos afganos, y ciertamente no faltaron nuevos reclutas para llenar los vacíos en las filas talibanas que dejaron los muertos. Y los esfuerzos para establecer un proceso político fueron derribados en Washington, donde existía la creencia de que los talibanes primero debían ser derrotados, o al menos reducidos en tamaño.

Las últimas horas de Kabul, en primera persona desde el Palacio PresidencialAlicia Alamillos

A menudo, era una guerra de alta tecnología contra una insurgencia de baja tecnología. Los ataques aéreos de cazas desde el Golfo o desde portaaviones ciertamente podrían ser tácticamente efectivos. Pero los llamados ‘daños colaterales’ aumentaron el resentimiento entre la población. Y fue muy caro; evidentemente, toda esta alta tecnología no venía gratis.

Y luego estaba la naturaleza de la política del propio Afganistán. Las elecciones presidenciales se convirtieron en graves crisis que trastocaron y deslegitimaron el propio sistema político. Y las vastas entradas de dinero en un país que carece de la experiencia o de las estructuras para lidiar con él estaban destinadas a fomentar, y lo hicieron, un clima de corrupción.

La abrumadora presencia militar internacional durante el llamado ‘incremento’ (‘surge’) de Obama en 2009 y 2010 fue claramente insostenible y probablemente contraproducente. Se inició un proceso de reducción gradual de la presencia internacional y entrega de responsabilidades a las autoridades afganas. Solo entonces se dio peso a los esfuerzos por buscar un arreglo político. Si se hubiera hecho antes de que se señalara la retirada, la posibilidad de progreso podría haber sido mayor.

La OTAN terminó su misión de combate en 2015, aunque continuó el entrenamiento y el apoyo, y las fuerzas afganas se volvieron aún más dependientes del poder aéreo estadounidense y de contratistas estadounidenses de diferentes tipos.

¿Cómo 75.000 talibanes han recuperado en seis semanas lo que perdieron en 20 años?Alicia Alamillos

Se puede argumentar que todo estaba, paso a paso, en camino hacia algo que podría haber sido sostenible hasta que fuera posible un arreglo político más amplio e inclusivo. Cuando los soviéticos se marcharon en 1989, el régimen permaneció en su lugar, cambió sus colores de comunista a nacionalista y se mantuvo durante algunos años. Cayó cuando desaparecieron la Unión Soviética y su apoyo financiero, y cuando no hubo un acuerdo político más amplio.

Pero, en última instancia, fue la política divisoria de Washington, no la política corrupta de Kabul, la que allanó el camino hacia el desastre que estamos presenciando.

Fue la política divisoria de Washington, no la política corrupta de Kabul, la que allanó el camino hacia el desastre

Donald Trump quería salir de Afganistán, así como de casi todos los demás lugares donde Estados Unidos tenía presencia militar. Fue debido al temor a que se despertara una mañana y ordenara una retirada inmediata que se firmó el infame acuerdo de Doha de febrero de 2020. No fue un acuerdo de paz, sino un acuerdo de retirada, y, además de eso, abandonó ‘de facto’ al Gobierno afgano y cualquier intento serio de proceso político.

Lo que comenzó Trump, lo concluyó Joe Biden. El 14 de abril, anunció que todas las fuerzas estadounidenses restantes deberían estar fuera para el 11 de septiembre. Pero las consultas con los aliados fueron incluso más inexistentes que cuando Trump selló el acuerdo de Doha. Tuvieron que leerlo en la prensa.

Pero Afganistán no era solo un problema de Estados Unidos. En ese momento, las fuerzas estadounidenses en la misión de la OTAN constituían un poco más de una cuarta parte del total. Las contribuciones de la Unión Europea y sus Estados miembros a los esfuerzos económicos y civiles fueron más del doble que las de Estados Unidos.

¿Qué es el ISIS-K? La filial afgana del Daesh que ve a los talibanes como traidores al islamAlejandro Requeijo Alicia Alamillos

En aquel momento, todavía existía la posibilidad de que la salida de Estados Unidos fuera algo mejor que la salida de la Unión Soviética. Pero esto habría requerido una estrategia política concertada para manejar la política de la retirada y, más aún, la política de la pos-retirada. Podría haber funcionado. Las evaluaciones de inteligencia filtradas de que el régimen podría sobrevivir algún periodo no eran necesariamente erróneas. Pero evidentemente carecían de una evaluación de la política del propio Estados Unidos y su efecto sobre la moral y la confianza en Afganistán.

Después del colapso, tanto Biden como el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, han culpado de todo a Afganistán y al Ejército afgano.

La salida de Estados Unidos de Afganistán resultó ser mucho peor manejada que la salida soviética

Pero la fuerza de un Ejército no es principalmente la fuerza de sus armas, sino la fuerza de su moral y su confianza en una eventual victoria. El Ejército afgano claramente tenía lo primero, pero perdió casi todo lo segundo cuando comenzaron a fluir mensajes estadounidenses instando a los estadounidenses a salir del país lo antes posible.

Los dignatarios extranjeros se apresuraron a ir a Doha para reunirse con los talibanes mientras nadie se presentaba en Kabul, donde, como era de esperar, la sensación de traición se estaba haciendo más fuerte. Evidentemente, ese mensaje se leyó alto y claro en las filas de las fuerzas de seguridad afganas.

Entonces todo fue mucho más lejos de lo que incluso los talibanes habían previsto. En cierto modo, fue una reversión de lo que experimentaron con el rápido colapso de su régimen hace dos décadas.

Un final ignominioso

El régimen afgano colapsó cuando Estados Unidos envió la señal de que se lavaba las manos, y finalmente se evaporó el 15 de agosto. Al no haberse preparado para este escenario, EEUU acabó con la humillación de tener que pedir permiso a los talibanes para quedarse unos días para sacar al menos a algunas personas.

Fue un final tan ignominioso como se puede imaginar. La salida de Estados Unidos de Afganistán resultó ser mucho peor manejada que la salida soviética.

¿Había alguna alternativa?https://14cc325d014b74041bbffa13caf110ea.safeframe.googlesyndication.com/safeframe/1-0-38/html/container.html?n=0

Claramente, Biden quería salir de Afganistán y no le importaban demasiado los métodos ni las consecuencias. Esta era una ‘guerra eterna’, y no quería nada de eso.

Veinte años es mucho tiempo en la impaciente esfera política de Estados Unidos, pero no cuando se trata de ayudar a construir un Estado funcional, un Ejército razonable y una nación más estable. El éxito estratégico en situaciones como estas solo se logra con paciencia estratégica, y eso es lo que Estados Unidos perdió.

El reto de la paciencia estratégica: tres lecciones de la caída de AfganistánJean-Marie Guéhenno*

Pero no debería haber sido imposible mantener una presencia de seguridad reducida centrada en Kabul y mantener un mensaje firme a los talibanes de que se mantendría hasta que hubiera un arreglo político creíble e inclusivo. Pero, que yo sepa, ningún Gobierno puso tal opción sobre la mesa para su discusión. Parece que Afganistán ni siquiera estaba en la agenda de ninguna de las reuniones de la UE después del dramático anuncio estadounidense de abril.

Ahora estamos donde estamos.

Para el 11 de septiembre, quizá sepamos si existe algún tipo de régimen semi-inclusivo en Afganistán, aunque en esencia dominado por los victoriosos talibanes, o si el país habrá entrado en una nueva fase larga de conflicto renovado y desesperación cada vez más profunda. No debemos olvidar que el país también se enfrenta a una sequía horrible, una pandemia devastadora, un desastre humanitario y un sistema financiero que colapsa.

En cuanto a las consecuencias más amplias para el desorden global y para Europa, es un tema para hablar, mucho más ampliamente, en otra ocasión.

* Carl Bildt es ex primer ministro y exministro de Exteriores de Suecia. Artículo publicado originalmente en el European Council for Foreign Relations, con el título «Afghanistan: How it could have been different».

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Apuntes del editor de Política Exterior de Josep Piqué

Europa se ha suicidado dos veces en el siglo XX. En la Primera y en la Segunda Guerra Mundial fueron suicidios cruentos y desoladores. Ahora corremos serio riesgo de un tercer suicidio, probablemente incruento, pero también desolador en sus consecuencias.

La Unión Europea no es aún percibida como un sujeto político relevante frente a otras potencias exteriores. Se nos percibe débiles, inconsistentes y sin la necesaria determinación política para asumir las consecuencias de querer ser un actor indispensable en la configuración del nuevo escenario global. No es solo una percepción, sino el producto de nuestras deficiencias y de la falta de ambición que ha caracterizado los últimos años, ensimismados en nuestros problemas internos. Y, por qué no decirlo, de las carencias de nuestros liderazgos.

Se constata nuestra debilidad y se trata de quebrar nuestra solidaridad interna o nuestra cohesión, buscando la interlocución directa con los Estados miembros. Si esos intentos tuvieran éxito y la UE dejara de ser un proyecto político para quedarse, en el mejor de los casos, en un proyecto de integración económica, estaríamos ante nuestro tercer suicidio. No tendría los efectos trágicos de los anteriores, pero la consecuencia sería similar: perderíamos la capacidad de contribuir a dibujar el mundo que viene.

Es la hora de la responsabilidad, la visión y el lideragzo. El impulso fundamental debe venir de Alemania y Francia. España –fuera de juego sin la UE– debe asumir una contribución más proactiva, y eso solo es posible si la sociedad está detrás de un esfuerzo que corresponde a nuestros dirigentes. A ellos corresponde reconstruir los consensos internos y la cohesión social, territorial y política.

Reflexiono sobre esto en «Evitar el tercer suicidio de Europa».

ALGUNAS COSAS QUE HE LEÍDO

España en el mundo en 2021: perspectivas y desafíos, Real Instituto Elcano

The Conference on the Future of Europe: Tackling Differentiated Integration, Nicoletta Pirozzi, Istituto Affari Internazionali

Europa: ideal, realidad, destino, Pol Morillas, Política Exterior

Future of Europe. Special Eurobarometer 500, Parlamento Europeo

A VISTA DE GRÁFICO

La satisfacción de los españoles con el funcionamiento de la democracia en el país se sitúa entre las más bajas de la UE. Según el «Parlemeter 2020. A Glimpse of Certainty in Uncertain Times«, los ciudadanos que dicen sentirse «muy satisfechos» y «bastante satisfechos» con la democracia en sus países están en una media del 58% en la UE, frente al 46% de España. Entre aquellos que  se sienten «no muy satisfechos» y «en absoluto satisfechos», la media de la Unión se sitúa en el 41%, en comparación al 53% de España. Entender la UE como proyecto político pasa por fortalecer en el interior de cada país la confianza en la democracia y el sistema político.

ESTOY LEYENDO

¿Qué papel juega la diversidad lingüística de Europa en la construcción de la UE? ¿Es la ausencia de una lengua común un problema político y un obstáculo de comunicación? Arman Basurto y Marta Domínguez, dos españoles de menos de 30 años arraigados en Bruselas, hacen un original y entretenido viaje por las lenguas de Europa en ¿Quién hablará europeo?. Su conclusión es una advertencia: la falta de una lengua compartida impide la creación de una esfera pública común y levanta una barrera invisible entre gobernantes y gobernados. Su propuesta es pragmática y creativa: asumamos el inglés como lengua que ha desbordado a los países y es capaz de incorporar los particulares usos geográficos sin interferir en la posibilidad de entendernos.

En Estados Unidos casi 126 millones de personas han recibido al menos una dosis de las vacunas contra el Covid-19. Tienen la pauta de vacunación completa 78,5 millones. Al jurar como presidente, el 20 de enero pasado, Joe Biden anunció que en sus primeros 100 días 100 millones de personas serían vacunadas. Va a lograrlo con creces. Con ello, dará un paso esencial para reparar la división del país.

Volvemos en dos semanas,

Josep

Las fuerzas armadas francesas se preparan para una guerra de alta intensidad

https://www.lavanguardia.com/internacional/20210330/6616738/fuerzas-armadas-francesas-preparan-guerra-alta-intensidad.html?utm_term=botones_sociales

Hay otras señales de que las fuerzas armadas francesas se encuentran en medio de una transformación generacional. En enero, el Estado Mayor creó discretamente diez grupos de trabajo para examinar la preparación del país ante una guerra de alta intensidad. Los generales franceses consideran que tienen más o menos una década para adaptarse. Los grupos lo abarcan todo, desde la escasez de municiones hasta la resiliencia de la sociedad, incluido el hecho de si los ciudadanos están «preparados para aceptar un nivel de bajas que nunca hemos visto desde la segunda guerra mundial», dice uno de los participantes. El espectro de la guerra de alto nivel está ya tan extendido en el pensamiento militar francés que el escenario tiene su propio acrónimo: HEM, o «hipótesis de enfrentamiento mayor». Los presuntos adversarios no se identifican, pero los analistas no sólo apuntan a Rusia, sino también a Turquía o a un país del norte de África.