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El Indo-Pacífico sigue en el centro, por José Piqué

El debilitamiento de Rusia viene a confirmar aún más que el juego se desarrolla en el Indo-Pacífico. Más centro de gravedad que nunca, a pesar de las apariencias.

JOSEP PIQUÉ |  2 de junio de 2022

Aunque la invasión de Ucrania por Rusia pueda hacer pensar lo contrario, no hay un regreso del centro de gravedad geopolítico al Atlántico. Sigue en el Indo-Pacífico. Incluso más que antes. Las razones para esta afirmación contra-intuitiva son diversas, pero contundentes.

Para Estados Unidos, el principal adversario geopolítico para su hegemonía global sigue siendo, sin ninguna duda, China. Mientras, China sigue empeñada en avanzar y crear las condiciones objetivas para sustituir a EEUU como gran superpotencia global a mediados del presente siglo. La guerra ucraniana no ha cambiado en absoluto esa realidad. Y ambas partes van moviendo sus piezas en esta gran partida y se observan mutuamente cada vez con más agresividad. El riesgo de caer en la “trampa de Tucídides” sigue intacto.

Veamos algunos acontecimientos recientes. La visita de Joe Biden a Japón y Corea del Sur ha supuesto la reafirmación de la voluntad de EEUU de mantener sus compromisos de seguridad con ambos países y de propiciar su acercamiento, algo que, más tarde o más temprano, tendrá que producirse. Por otra parte, ha tenido lugar en Tokio otra reunión al máximo nivel del QUAD –que agrupa a Japón, Australia, EEUU e India–, en un claro intento de desmentir de nuevo la predicción del ministro chino de Asuntos Exteriores, Wang Yi, de que este se “desharía como la espuma en el mar”. La cooperación es creciente en asuntos de seguridad, incluidas maniobras aeronavales conjuntas. Nótese el esfuerzo por incorporar a India en una creciente alianza cuyo principal objetivo implícito es la contención del expansionismo cada vez más agresivo de China.

No es circunstancial que China, aprovechando la equidistante actitud india en la guerra de Ucrania, esté intentando acercarse a su tradicional enemigo histórico, incluyendo posibles soluciones al secular enfrentamiento en unas fronteras inmensas y no claramente delimitadas. Parafraseando a Buñuel, India se ha convertido en “ese oscuro objeto del deseo”, ya que, por su dimensión y su potencial, se constituye, por razones objetivas, en una gran potencia celosa de su autonomía estratégica y con un proyecto nacional –basado en el hinduismo– independiente de la pugna entre las dos superpotencias.

«Nótese el esfuerzo por incorporar a India en una creciente alianza cuyo principal objetivo implícito es la contención del expansionismo cada vez más agresivo de China»

Asimismo, y no menos importante, Biden ha declarado –aunque luego sus palabras han sido “matizadas” por el departamento de Estado– su firme determinación de defender militarmente a Taiwán ante cualquier agresión china. Poco a poco, EEUU modula su tradicional doctrina de “ambigüedad estratégica”, establecida después de la histórica visita de Nixon a Pekín y sus acuerdos con Mao, hace cincuenta años.

Una doctrina que apoya la tesis de “una sola China”, reconociendo solo estatus internacional pleno a la República Popular, pero que se compromete a apoyar a Taiwán ante cualquier intento de integración que no sea pacífico y de común acuerdo. El debate en EEUU está abierto y los partidarios de abandonar esa ambigüedad son cada vez más mayoritarios en ambos partidos. La razón es obvia: las circunstancias han cambiado y China parece cada más dispuesta a reintegrar Taiwán, aunque sea utilizando la fuerza militar.

De hecho, las intrusiones de cazas chinos en el espacio aéreo de Taiwán son más recurrentes, así como de barcos “pesqueros” chinos –en realidad, patrullas militares–, por cientos, en aguas territoriales disputadas en el mar del Sur de China, como las que rodean el archipiélago de las Spartly o las Paracel. Es uno de los objetivos personales de Xi Jinping, después de, previsiblemente, prolongar su mandato indefinidamente en el próximo Congreso del Partido Comunista Chino (PCCh) en otoño de este año.

«China parece cada más dispuesta a reintegrar Taiwán, aunque sea utilizando la fuerza militar»

De hecho, la respuesta estadounidense a la agresión rusa debe leerse en este contexto. EEUU no va a permitir que Rusia consiga sus objetivos y en ello ha comprometido a la Alianza Atlántica y, a pesar de las dificultades internas, a la Unión Europea y al conjunto de Occidente. El mensaje es claro: el coste para Rusia va a ser inasumible –lo está siendo ya–, y lo sería también para China si optara por una invasión de Taiwán. Las declaraciones de Biden van incluso más allá. En Ucrania, el apoyo a ese país y a su gobierno legítimo es indiscutible, pero no incluye implicación militar sobre el terreno ni participar en operaciones aéreas de exclusión, para evitar una confrontación directa de la OTAN con Rusia. En el caso de Taiwán, el compromiso incluye esa vertiente de implicación militar, además de la involucración directa de otros aliados en la zona, como Australia, y el apoyo explícito de Japón y Corea del Sur, entre otros.

Asimismo, Biden está intentando revertir el descomunal error estratégico de Donald Trump al no ratificar el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés) y empujar a su principal impulsor, Japón, a mantenerlo sin EEUU, presumiblemente a la espera de un cambio de posición. Acto seguido, la decisión de Trump propició la Asociación Económica Integral Regional (RCEP), que incluye a la propia China –India se descolgó en el último momento–, dejando las manos libres a Pekín y debilitando la credibilidad norteamericana frente a sus aliados asiáticos.

Biden ha puesto en marcha el Indo-Pacific Economic Framework (IPEF), “sucedáneo” del TPP, más flexible y maleable, para poder sortear las previsibles dificultades que encontraría un tratado en toda regla para ser aprobado en el Capitolio. No es, pues, un acuerdo comercial en el sentido convencional, sino que descansa en cuatro pilares: promover el comercio –en particular, el digital–, potenciar cadenas de valor resilientes –sin contar con China–, promover inversiones en infraestructuras y en energías renovables, y luchar contra la corrupción, promoviendo normas fiscales adecuadas. Muchos países reclaman, para incorporarse, ir más allá y abrir el mercado estadounidense a sus productos. Pero eso hoy no es posible. Se trata de abrir un camino que pretende incorporar a dicho esquema, además de a Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda, a siete países de la ASEAN –todos menos Myanmar, Camboya y Laos– y, significativamente, a India. Ello supondría en torno al 40% del PIB global y, aunque adolece de la ausencia de otros países del continente americano, se compensa con el peso de India, no solo demográfico y económico, sino por su significación política. Cabe destacar también su carácter abierto a otros Estados-isla del Pacífico. Fiji ya ha mostrado su interés.

Esta iniciativa se suma a la puesta en marcha, impulsada por el QUAD, de la Alianza para el conocimiento del Dominio Marítimo en Indo-Pacífico, que incluiría a las islas del océano. No hay que olvidar el papel desempeñado por las islas durante la Segunda Guerra Mundial y la pugna entre EEUU y Japón por el dominio oceánico.

Conviene destacar que todas esas iniciativas vienen a contrarrestar la clara voluntad china de expandir su influencia en dicho teatro, en detrimento no solo de EEUU, sino de Australia, tradicional garante de su seguridad. Máxime después del AUKUS, el acuerdo entre EEUU, Reino Unido y Australia –en detrimento de Francia, a su vez históricamente presente en la región, con posesiones en la Polinesia– para el suministro a Camberra de submarinos de propulsión nuclear y de altísima y sofisticada tecnología militar –hasta ahora no compartida con nadie– por parte de Washington.

«No hay que olvidar el papel desempeñado por las islas del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial y la pugna entre EEUU y Japón por el dominio oceánico»

La respuesta de China está siendo clara: un empeoramiento de las relaciones con Australia, a pesar de ser su principal socio comercial, y, sobre todo, la puesta en marcha de su propia iniciativa. La “Visión de Desarrollo Conjunto entre China y las Islas Naciones del Pacífico” ha tenido su primera plasmación en acuerdos de cooperación –incluyendo la seguridad, además de aduanas o pesca– entre China y las Islas Salomón, que previsiblemente incluyen la posibilidad de establecer una base militar en las mismas, algo que hasta ahora China solo ha materializado en Yibuti, en la entrada del mar Rojo por el estrecho de Bab-el Mandeb.

China pretende ampliar ese acuerdo con una negociación ya avanzada con Kiribati y con conversaciones con Samoa, Tonga, Fiji, Vanuatu, Papúa Nueva Guinea y Timor Leste. Wang inició la semana pasada una gira de diez días por la zona.

Finalmente, China está impulsando con otras autocracias y democracias imperfectas o iliberales una incipiente Iniciativa de Seguridad Global, sobre la doble base de la no injerencia y el rechazo a la hegemonía estadounidense.

En definitiva, ambas partes están moviendo con rapidez sus fichas, incluyendo acuerdos económicos y comerciales, estratégicos, de financiación de infraestructuras o de lucha contra los efectos del cambio climático (enormemente sensible en la región), que no ocultan la pugna estratégico-militar y por las esferas de influencia. Lo que está en juego es que la presencia estadounidense (y australiana) en la región desaparezca, nada menos, y, por tanto, que EEUU deje de ser una superpotencia global en detrimento de una China cuyo principal objetivo es, precisamente, sustituirle en ese papel.

Palabras mayores. El debilitamiento de Rusia viene a confirmar aún más que el juego se desarrolla en el Indo-Pacífico. Más centro de gravedad que nunca. A pesar de las apariencias.

ALGUNAS COSAS QUE HE LEÍDO

Biden’s China strategy cannot work with weapons alone, Edward Luce, Financial Times

The BRI and the war in Ukraine, Francesca Ghiretti and Jacob Mardell, MERICS China podcast

China’s own hotheadedness reinforces Quad’s strategic importance, Richard McGregor, Lowy Institute

La UE y España también miran al Indo-Pacífico, Emilio de Miguel, Política Exterior

The Administration’s Approach to the People’s Republic of China, Antony Blinken, US Department of State

LA ESCALA DE LOS MAPAS

Este mapa interactivo de Carnegie, titulado “The Strategic Importance of the Indian Ocean”, permite estudiar con detenimiento el laberinto geoestratégico en el que se ha convertido el Indo-Pacífico: cuellos de botella, fronteras marítimas, rutas comerciales, disputas territoriales…, añadiendo capas de complejidad a gusto del consumidor.

PLAYLIST

En su siempre interesante Sinica Podcast, Kaiser Kuo conversa cada semana con sinólogos clave. En el último episodio, Kuo entrevista a Demetri Sevastopulo, corresponsal de Financial Times y autor de algunas sonadas exclusivas, como la revelación de la prueba del misil hipersónico chino o la petición rusa de ayuda militar al poco de comenzar la invasión de Ucrania. Sevastopulo cree que en estos momentos es muy difícil mantener en Washington un debate abierto sobre China, debido a las posiciones cada vez más agresivas entre demócratas y republicanos. “Hay una gran cantidad de autocensura, que no creo que sea saludable para la democracia estadounidense ni para una administración que necesita elaborar políticas inteligentes para tratar con China”, afirma.

Este sábado 4 de junio, como cada año, los hongkoneses conmemoran Tiananmen. Por primera vez en 30 años –salvo el parón por el Covid–, la diócesis de Hong Kong no celebrará una misa conmemorativa. La represión de las autoridades chinas va de “mal en peor”, como advierte Chris Patten.

Nos volvemos a ver en dos semanas,Josep 

@joseppiquecamps

joseppique.es

La OTAN y China. 1º CICLO de AEME 2022. Autor: Profesor Calduch

La agresión rusa a Ucrania ha revalorizado, de forma abrupta y dramática, la importancia de la alianza estratégica transatlántica. Hasta hace poco, la OTAN era considerada una organización en declive, una vez que Washington había transferido su prioridad política y estratégica al área Indo-Pacífica, llegando incluso a establecer una nueva alianza con Australia y el Reino Unido (Aukus). Ahora, en cambio, se está reconsiderando seriamente el contenido que debe recoger el nuevo concepto estratégico, pendiente de aprobarse en el Consejo Atlántico del próximo Junio.

Sin duda, la creación de la OTAN respondió a la necesidad de enfrentar la amenaza del comunismo soviético, de acuerdo con la doctrina norteamericana de contención. No obstante, Estados Unidos quiso expresamente evitar un compromiso estratégico mundial, restringiendo su aplicación al área euro-atlántica.

Durante medio siglo, la OTAN desempeñó eficazmente su función de garante de la seguridad transatlántica mediante la disuasión, tanto nuclear como convencional, y llegado el caso mediante la intervención militar, como en Kosovo (1999). Sin embargo, en el concepto estratégico aprobado ese mismo año se introdujo la modificación de autorizar las operaciones de gestión de crisis, no amparadas por el art. 5, y realizadas fuera del área euro-atlántica tal y como se define en el art. 6 del Tratado. Entre ellas destacan las operaciones de ISAF y Resolute Support MIssion, ambas en Afganistán (2001-2021), la NATO Training Mission in Iraq (2004-2011), la Operation Unified Protection en Libia (2011) y la Ocean Shield contra la piratería en el Índico (2009-2016).

A la vista de estos hechos, resulta evidente que por la vía consuetudinaria la OTAN ha modificado dos de los artículos fundamentales del Tratado de Washington. Ello obliga a considerar nuevos escenarios de posibles intervenciones aliancistas en la región Indo-Pacífica, dada la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China pero también debido a que en dicha región Estados Unidos y Francia poseen parte de sus territorios y población que pueden verse directamente amenazados en circunstancias extremas de tensión.

En efecto, superada la etapa de las históricas rivalidades fronterizas entre la URSS y China por los acuerdos de Shanghai (1996) y Moscú (1997), las relaciones entre ambas potencias se han ido fortaleciendo a través de los flujos comerciales, la cooperación energética y las medidas de confianza gracias a la participación en la Organización de Cooperación de Shanghai, como el principal instrumento de seguridad regional asiática al margen de Estados Unidos y sus países aliados en la zona.

Esta aproximación entre Beijing y Moscú, unido al espectacular aumento del poder económico mundial de China, su incremento del gasto en defensa, con el corolario de la modernización y ampliación de las capacidades militares convencionales y nucleares, así como una política cada vez más agresiva en el mar meridional de China y respecto de Taiwán, han alertado a las autoridades norteamericanas. El Consejo Atlántico ha aprobado un posicionamiento explícito sobre las amenazas que para la seguridad de los países miembros de la OTAN puede suponer la evolución del poder chino.

En la Declaración del 14 de Junio de 2021 se afirmaba literalmente: “La creciente influencia y las políticas internacionales de China pueden presentar desafíos a los que debemos responder conjuntamente como Alianza. (…) Las ambiciones declaradas de China y su asertividad presentan desafíos sistémicos para el orden internacional fundado sobre reglas y en ámbitos que resultan importantes para la seguridad de la Alianza.

La reciente Declaración conjunta de Putin y Xi Jinping del 4 de Febrero de 2022, veinte días antes de la invasión rusa de Ucrania, incluye un párrafo específico de oposición a la ampliación de la OTAN que, a la vista de los acontecimientos posteriores, ha resultado revelador del compromiso estratégico alcanzado por ambos dirigentes sobre el futuro de la Alianza.

En efecto, no cabe duda de que China y Rusia comparten una concepción revisionista del orden internacional, acorde con sus particulares concepciones estatales, que cuestiona, cuando no socava abiertamente, los fundamentos de cooperación multilateral y seguridad colectiva que lo sustentaban desde el fin de la bipolaridad. En ambos casos, sus planteamientos revisionistas tienen mucho que ver con la oposición al poder hegemónico ejercido por Estados Unidos y sus aliados occidentales desde la Segunda Guerra Mundial.

En semejantes circunstancias y a la vista de las peligrosas consecuencias que tales concepciones revisionistas están ya acarreando para la seguridad mundial, resulta imprescindible que la OTAN fije su posición estratégica ante “el desafío sistémico” que representa China.

Esta posición estratégica atlantista debería tomar en consideración las vulnerabilidades estructurales del régimen comunista chino. La primera de ellas es la gestión de una población diez veces la de Rusia con un territorio ligeramente superior a la mitad del ruso. Esta realidad geopolítica, que le ha permitido convertirse en la segunda potencia económica mundial aprovechando su mercado interior, también le obliga a mantener un constante y elevado crecimiento del PIB para ir mejorando el reducido nivel de vida de su población con una renta per cápita anual de 9.122 € en 2020.

La segunda debilidad estructural deriva de la alta dependencia de las importaciones de materias primas y energía que posee la economía china para garantizar su crecimiento productivo y, al mismo tiempo, su inevitable necesidad de expansión comercial y financiera a escala mundial. Ello exige unas condiciones internacionales de estabilidad estratégica, gestión pacífica de los conflictos de intereses y previsibilidad funcional de los flujos transnacionales, que casan mal con las reivindicaciones revisionistas impuestas por la fuerza, como acaba de hacer Rusia en Ucrania.

El escenario de un estancamiento de la economía real china, provocaría en poco tiempo una creciente inestabilidad social interior del régimen comunista y con ello un escenario de crisis política estatal a medio plazo, como ya ocurrió en el caso soviético, que los dirigentes chinos consideran un riesgo que debe conjurarse a toda costa.

Ello nos remite a la tercera vulnerabilidad estructural, la de un régimen político dominado por un partido comunista cuya gestión autocrática de las instituciones y de la población, dificulta la eficacia y eficiencia requeridas por el capitalismo estatal y su creciente internacionalización. Ya no se trata sólo de la violación o de las restricciones de los derechos humanos y las libertades civiles, es ya una cuestión de incompatibilidad entre una mejora de las condiciones sociales y económicas de vida de una creciente clase media urbana y la perpetuación de unas restricciones políticas impuestas por un régimen cada vez más cerrado y rígidamente elitista.

Esta contradicción del régimen político chino es la que sustenta su cuarta y última vulnerabilidad, la que atañe a la ansiada reunificación con Taiwán. La experiencia represiva de Hong Kong, constituye un recordatorio para la población taiwanesa del futuro que pueden esperar como consecuencia de su integración con la República Popular China. Un conflicto de intereses políticos que es susceptible de escalar militarmente y para el que la OTAN debería prepararse.

Sería razonable que el nuevo concepto estratégico de la OTAN tomase en consideración las posibles amenazas estratégicas y riesgos económicos asociados a la actual política del gobierno chino, incluida su alianza con Rusia. También debería especificar las respuesta adecuadas a la necesaria disuasión y, llegado el caso, la correspondiente represalia defensiva, pero teniendo siempre presente que la primera línea de defensa es siempre una diplomacia eficaz.

Rafael Calduch Cervera

Catedrático de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales

Universidad Complutense de Madrid