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¿Qué fue del panarabismo?

El llamado ‘mundo árabe’ solo subsiste en las calles y en algunas élites intelectuales. En la política, prima la pugna geopolítica sobre un sentimiento panarabista o panislámico.JOSEP PIQUÉ |  23 de julio de 2021

Oriente Próximo (Oriente Medio es un anglicismo) ha sido, durante siglos, espacio de conquista y de conflicto. A partir de Mahoma y el Corán en el siglo VII, desde la actual Arabia Saudí, el mundo árabe y el Islam se expandieron por toda la región y también por el norte de África y la península Ibérica (único lugar en el que el Islam retrocedió por la Reconquista).

Esta expansión continuó por pueblos no árabes, en buena parte de África, la actual Turquía, el sureste europeo y, hacia el este, por Asia Central, Irán, Pakistán, India y buena parte del Sureste Asiático. El momento de máximo esplendor histórico para los árabes llegó con el Califato de Bagdad, que acabó en el siglo XIII con las conquistas mongolas y, ya a principios del siglo XVI, con la incorporación de la región al Imperio Otomano, después de la derrota bizantina y la caída de Constantinopla.

Desde entonces, lo que hoy llamamos el mundo árabe ha estado sometido a una potencia no árabe (los mongoles y luego los otomanos), con presencia creciente de las potencias europeas (especialmente, Francia y Reino Unido). Con la desaparición del Imperio Otomano, después de la Primera Guerra Mundial y el establecimiento de la República Turca en 1923, la región pasó a depender fundamentalmente del colonialismo francés y británico (los acuerdos Sykes-Picot son su paradigma) y, en mucha menor medida, de Italia o España. Además de su interés geopolítico, como escenario de disputa entre las potencias europeas, se suma la importancia vital desde el punto de vista geoeconómico, al disponer de enormes reservas de hidrocarburos fósiles, fundamentales para el crecimiento de los países occidentales.

Los procesos de descolonización posteriores a la Segunda Guerra Mundial dan lugar al establecimiento de diferentes Estados independientes que son los que hoy conocemos. Sin embargo, Occidente (incluido en el pasado más reciente, Estados Unidos) ha mantenido su influencia en la región, propiciando regímenes aliados (incluidos Irán y Turquía) y apoyando sistemas políticos autoritarios (y corruptos) pero que garantizaban la estabilidad de los suministros energéticos necesarios para sus economías. Fueron unas independencias “tuteladas”, aunque cada vez más mediatizadas en el contexto de la guerra fría, que abrió pronto dinámicas diferentes que, en buena medida, subsisten hoy.

«Tras las independencias, Occidente mantuvo su influencia en la región, propiciando regímenes aliados y apoyando sistemas políticos autoritarios (y corruptos) pero que garantizaban la estabilidad de los suministros energéticos»

La más importante tiene su punto de ignición en Egipto, después del derrocamiento del rey Faruk por los “oficiales libres”, liderados por el nacionalista panárabe Gamal Abdel Nasser, quien proclamó la república, en 1953. En 1956, Nasser decreta la nacionalización del Canal de Suez, bajo control de Francia y Reino Unido hasta entonces. La respuesta fue la intervención militar franco-británica (con la ayuda de Israel), hasta que son obligados a retirarse por el presidente de Estados Unidos, Dwight Eisenhower, quien no quería enajenarse una región que podía caer rápidamente bajo la órbita soviética.

Tal desenlace, percibido como un gran triunfo, enardece el nacionalismo panárabe, de naturaleza laica y prosocialista, y que tiene a Nasser como su gran héroe y adalid. No en vano, Egipto es el país árabe más populoso y con gran capacidad de influencia sobre el conjunto. Tal efecto difusor se concreta en la aparición de regímenes de naturaleza inicial similar (a través del partido Baaz) en Siria, Irak, Libia o Sudán, además de los surgidos de la descolonización francesa, como Argelia y Túnez, y de inspirar el movimiento palestino, a través de Al Fatah.

Todos ellos, de forma más o menos expresa, se encuadran en el llamado Movimiento de Países No Alineados (próximos en diferente grado a la Unión Soviética) frente a EEUU, gran valedor y protector de Israel. Algunos de estos países propician movimientos de unidad árabe entre diferentes Estados, aunque ninguno de ellos cuaja ante los nacionalismos locales. En cualquier caso, es el auge del panarabismo, en el que el componente religioso es importante pero lo es más el nacionalismo y la recuperación de la autoestima después de siglos de sometimiento a potencias foráneas.

El canto de cisne de este movimiento se produjo en 1967, durante la guerra de los Seis Días, en la que Israel obtiene una gran victoria sobre Egipto, Jordania y Siria, provocando el fin de la estrella de Nasser, quien dimite aunque la presión militar y popular le lleva a dar marcha atrás a esa dimisión. Nasser fallece poco después, en 1970, y es sustituido por su mano derecha, Anwar el Sadat. A partir de entonces, se inicia el declive imparable del panarabismo y el ascenso del panislamismo como elemento aglutinador de la región (y más allá, especialmente después de la proclamación de la República Islámica de Irán, en 1979, derrocando al Sha Reza Pahlevi, gran aliado de EEUU).

La ruptura definitiva del sueño panárabe viene de la mano de Sadat, después de la guerra del Yom Kippur, en 1973, que termina prácticamente en tablas y que lleva a Sadat a alejarse de la Unión Soviética y acercarse a EEUU. La conclusión fue la Paz de Camp David entre Israel y Egipto, la ruptura del bloque árabe y el abandono del liderazgo mantenido hasta entonces por Egipto. A ese nuevo alineamiento se sumaría Jordania en 1994. Por cierto, a Sadat tal audaz movimiento le costó que la Liga Árabe expulsara a Egipto y se desplazara de El Cairo a Túnez; y también su propia vida en manos de un militante islamista en 1981.

«La ruptura definitiva del sueño panárabe viene de la mano de Sadat, después de la guerra del Yom Kippur, que termina prácticamente en tablas y que lleva a Sadat a alejarse de la Unión Soviética y acercarse a EEUU»

Desde entonces, el panarabismo no ha levantado cabeza, a pesar de que el resto del mundo árabe no haya reconocido a Israel mientras no se solucionara el problema palestino sobre la base de los dos Estados.

La región ha vivido en las últimas tres décadas varios acontecimientos dramáticos y disruptivos, desde la primera guerra del Golfo (1991), para retrotraer la invasión de Kuwait por el Irak de Sadam Hussein, a las llamadas Primaveras Árabes de 2010-11, que afectaron fundamentalmente a los regímenes republicanos, autoritarios y corruptos y que, tras diversas vicisitudes, con la frágil excepción de Túnez, han devenido en golpes militares (como en Egipto) o en trágicas guerras civiles, como en Libia o Siria. Sin olvidar el tremendo trauma que ha supuesto la intervención militar britano-estadounidense en Irak y Afganistán.

Todo ello ha desembocado en un nuevo escenario que se caracteriza por el repliegue de EEUU de la zona, el papel irrelevante de la Unión Europea y la entrada en liza –de nuevo– de potencias no árabes, con pretensiones de influencia cuando no hegemónicas, como Rusia, Turquía o Irán.

El marco es la pugna geopolítica entre Irán, Turquía y Arabia Saudí, para ejercer su supremacía sobre el mundo musulmán. Desde una potencia chií, una potencia suní no árabe y un régimen árabe suní (Guardián de los Santos Lugares), cada uno de ellos con su juego de alianzas, muchas veces de geometría variable y no siempre homogéneas. En eso estamos ahora, ya sea en Yemen, en Siria o en Libia.

A este escenario se han sumado los Acuerdos de Abraham, que han permitido a buena parte del mundo árabe desvincularse del conflicto palestino para normalizar su relación con Israel. Un nuevo paradigma que hay que analizar a fondo, aunque las motivaciones hayan sido muy distintas según los casos.

El llamado “mundo árabe” solo subsiste en las calles y en algunas élites intelectuales. En la política, prima la pugna geopolítica sobre un sentimiento panarabista o panislámico. Este segundo sentimiento corre el evidente riesgo de derivar hacia el panislamismo radical y convertirse en el campo de batalla entre las diferentes potencias en presencia. El primero fue pero ya no es. La alianza subordinada entre Egipto y Arabia Saudí (regímenes muy distintos que comparten enemigo común) es buena muestra de ello. En el futuro, es probable que el panarabismo pueda resucitar desde Egipto. Hoy por hoy, sin embargo, no podemos vislumbrarlo más que en un horizonte incierto y lejano.

El trilema de Israel y la causa palestina

09.07.2021 Josep Piqué

Oriente Próximo sigue siendo uno de los focos de atención geopolítica, a pesar de (y a causa de) la progresiva retirada de Estados Unidos de la región y el muy escaso papel de la Unión Europea en sus conflictos.JOSEP PIQUÉ |  9 de julio de 2021

Estados Unidos está consumando su retirada de Afganistán (como ya ha hecho en Irak o en el conflicto sirio, mediante el cese del apoyo a las milicias kurdas). Una retirada muy controvertida porque todo apunta a que el retorno del régimen talibán es inevitable en un plazo relativamente corto de tiempo. Veinte años después del inicio de la guerra, volvemos al punto de partida y la incógnita es si eso va a propiciar también un refuerzo del yihadismo, que fue el origen y la justificación de la intervención militar, al tener Al Qaeda sus principales bases y dirigentes en el país. Parece más bien una asunción realista de la derrota y los paralelismos con la retirada de Vietnam son cada vez más evidentes.

Ese repliegue incluye la aceptación de un papel relevante a otras potencias no occidentales, como RusiaTurquíaIrán o las monarquías del golfo Pérsico que, en un nuevo “Great Game”, están pugnando por la influencia en una vasta región, incluyendo la parte oriental del norte de África que fue en su día parte sustancial del Imperio Otomano.

El interés geoestratégico de EEUU se ha basado en el control y en la estabilidad de los suministros energéticos, hoy menos relevantes dada la creciente autosuficiencia energética del país y la progresiva disminución del peso de las energías fósiles en el mix de generación. Pero ha habido otro “anclaje” esencial, derivado del apoyo a Israel (un asunto de política interna en EEUU) y la búsqueda de una eventual solución a la cuestión palestina. En cualquier caso, el paradigma ha cambiado, más allá de la reorientación de Washington hacia el Indo-Pacífico y su confrontación sistémica con China.

El apoyo norteamericano a las llamadas “primaveras árabes” de hace una década ha derivado, en general, hacia una mayor inestabilidad en Oriente Próximo (incluidas sangrientas guerras civiles e injerencias de otras potencias, antes impensables) o un retorno al autoritarismo represivo en el marco de la competencia por la influencia y la hegemonía en el mundo árabe, que disputan potencias árabes, pero también potencias musulmanas no árabes, particularmente Turquía e Irán.

Acuerdos del Siglo

Por otra parte, el apoyo árabe a la causa palestina –condicionando la relación con Israel a la solución del conflicto– que ya se resquebrajó con la paz entre Israel y Egipto, en 1979, o entre Israel y Jordania, en 1997, ahora se ha visto golpeado por los llamados Acuerdos de Abraham (auténticos Acuerdos del Siglo y no el inefable planteamiento realizado por Donald Trump y su yerno, Jared Kushner), que suponen la normalización de las relaciones con Israel de países árabes importantes, sin condicionarla en la práctica a la resolución del conflicto palestino-israelí. Este auténtico cambio cualitativo ha sido rubricado por Emiratos Árabes UnidosBahrein (impensable sin el visto bueno implícito de Arabia Saudí), Sudán y Marruecos.

Ciertamente, tales movimientos telúricos están propiciando una ofensiva de Irán y Turquía (con el apoyo catarí) para convertirse en los adalides de la causa palestina, ante la “traición” del mundo árabe, y aprovecharlo para reforzar su influencia frente a Arabia Saudí y su ahora incondicional aliado, Egipto.

Se ha visto con meridiana claridad en la llamada “nueva intifada” (nada que ver con las anteriores) que se inicia a mediados de mayo pasado con las protestas por las resoluciones judiciales sobre propiedades en un barrio mayoritariamente palestino en Jerusalén Este, desata enfrentamientos entre jóvenes arabo-israelíes, ultraortodoxos judíos y las fuerzas del orden de Israel –rompiendo una conllevancia más o menos habitual– y, muy especialmente, se materializa en la confrontación bélica entre Israel y Hamás en la Franja de Gaza. Durante este último enfrentamiento ha habido lanzamientos masivos de misiles hacia territorio israelí, interceptados en su mayoría por el sistema antimisiles Cúpula de Hierro, la destrucción de importantes edificios en Gaza y la amenaza de una intervención terrestre.

Finalmente, se ha impuesto un frágil alto el fuego, con la mediación de Egipto, pero ha quedado de nuevo de manifiesto un conflicto profundo y no superado que, pese a los éxitos diplomáticos de Israel y su política de hechos consumados en la Cisjordania ocupada, está muy lejos de resolverse. La seguridad y la estabilidad sostenibles de Israel siguen dependiendo de ello, máxime con la involucración de otras potencias que siguen pretendiendo la destrucción de Israel.

«Se ha impuesto un frágil alto el fuego, pero ha quedado de nuevo de manifiesto un conflicto profundo y no superado que está muy lejos de resolverse»

En primer lugar, es cierto que hay un problema de interlocución. Pero también un problema conceptual.

La interlocución por parte palestina está afectada por la división entre Hamás, que controla la Franja de Gaza, y Al Fatah, partido que controla la Autoridad Nacional Palestina. Por un lado, una fuerza que utiliza métodos terroristas y que está muy ligada a Irán. Por otro, una institución desprestigiada por la corrupción, la gerontocracia y su incapacidad congénita para ofrecer soluciones reales a las necesidades de unos ciudadanos palestinos sin horizonte, que ven aplazadas las elecciones por enésima vez en los últimos 15 años.

Por parte israelí, hay un gobierno muy inestable, de composición contradictoria (desde ultraortodoxos a partidos árabes) y cuya única cohesión deriva de su voluntad de retirar a Benjamin Netanyahu del poder después de 12 años ininterrumpidos como primer ministro, a pesar de las acusaciones de corrupción que pesan sobre él.

Difícil, pues, esperar gran cosa.

El ‘trilema de Israel’

Pero quizá lo más relevante sea el problema conceptual, que podemos resumir en el llamado “trilema de Israel”. Se trata de decidir si Israel quiere ser un Estado democrático, judío y controlar de facto los territorios ocupados. Si quiere ser judío y controlar el territorio, no puede ser democrático, al condenar a los palestinos a ser ciudadanos “de segunda” en su propia tierra. Si quiere ser judío y democrático, no cabe seguir con la ocupación. Y si quiere ser democrático y controlar los territorios, no puede ser judío y debe abrirse a un Estado plurinacional en el que todos sus ciudadanos tengan los mismos derechos.

Esto nos lleva al debate sobre la solución de los dos Estados, defendida por la comunidad internacional, y si hoy puede ser viable. No lo parece. Hablaríamos de un Estado palestino, fragmentado entre una “isla” (Gaza) y un “archipiélago” (Cisjordania), sin capacidad de autonomía real ni en lo económico, ni en su seguridad y defensa, muy vulnerable además a la subordinación de facto a potencias exteriores como Irán. Algo inadmisible para Israel pero también para el mundo árabe.

Por ello, avanzan cada vez más las posiciones que defienden la posibilidad de un solo Estado binacional y democrático, que garantice los derechos y las oportunidades para todos los ciudadanos, sean judíos, árabes o palestinos, con el apoyo explícito de la comunidad internacional y, en particular, de Naciones Unidas. Se trata de poner el énfasis en los intereses reales de la gente y no en unas aspiraciones históricas incompatibles entre sí.

En este punto vuelve la responsabilidad de EEUU. Este país ya no tiene, ni quiere tener, la capacidad para imponer acuerdos de paz, como en los tiempos de Bill Clinton, pero sí puede influir para que las posiciones se vayan decantando en el tiempo. Puede parecer un objetivo utópico y naif, especialmente hoy. Y, desde luego, nada fácil. Pero hay que explorar alternativas a una solución que ya se ha mostrado inviable. Y Europa debe acompañar en ese empeño.