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¿Va Turquía en serio?, por Josep Piqué

Cartas oficiales con la solicitud de adhesión a la Alianza Atlántica de Finlandia y Suecia, 18 de mayo de 2022. OTAN

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Una de las consecuencias –muy contraproducente para Rusia– de la invasión de Ucrania ordenada por Vladímir Putin ha sido la decisión política de Finlandia y Suecia de plantear su integración en la Alianza Atlántica. Estos dos países nórdicos han roto su tradicional neutralidad, forzada en el caso de Finlandia, después de las dos guerras con la Unión Soviética, durante la Segunda Guerra Mundial, y libremente adoptada por Suecia hace dos siglos, en el Tratado de Viena.

La respuesta aliada ha sido claramente positiva, por varios motivos. Uno, porque se trata de dos países inequívocamente democráticos y con los mismos valores en los que se basa nuestra convivencia, con una cultura de defensa y seguridad que, a pesar de su neutralidad, o precisamente por ello, los ha llevado a disponer de unas fuerzas armadas sólidas y bien pertrechadas humana y materialmente. Dos, porque ya llevan tiempo cooperando y coordinando sus políticas con la OTAN, forman parte de organismos comunes como la Asociación para la Paz e, incluso, realizan maniobras militares conjuntas.

La integración es, pues, factible a muy corto plazo. Si la respuesta de la Alianza en la Cumbre de Madrid de finales de junio es positiva (superando las reservas que ha manifestado Turquía), tal incorporación será una realidad a finales de este año o inicios de 2023.

En cualquier caso, desde el momento de la petición formal y de su aceptación, la OTAN ha mostrado su voluntad de cubrir a ambos países, aplicando de facto el artículo 5 del Tratado de Washington, constitutivo de la Alianza, para evitar tentaciones rusas durante el periodo de transición hasta la plena integración.

En tercer lugar, ambos países forman parte de la Unión Europea desde 1995 y, por consiguiente, están cubiertos por los tratados, que incluyen la ayuda mutua en caso de agresión exterior. Una posibilidad, sin embargo, que no tiene el contenido real del artículo 5 mencionado.

Por último, porque la incorporación de Finlandia y Suecia supone un plus de seguridad para estos países ante la evidente agresividad rusa, su revanchismo y su determinación a usar la fuerza militar para conseguir sus objetivos. Un revanchismo que lleva a Rusia a reclamar el espacio post-soviético dentro de su área de influencia y su deseado perímetro de seguridad. Ello incluye algunas aspiraciones históricas vigentes desde la época de los zares: el dominio del Báltico, más allá de las zonas que suelen helarse en invierno, es una de ellas. Las heladas que suelen afectar al golfo de Finlandia cierran el acceso a las “aguas calientes” desde San Petersburgo. De ahí, la enorme importancia estratégica del enclave de Kaliningrado al sur de Lituania y de la neutralidad de sus países ribereños en la costa occidental del mismo, Finlandia y Suecia.

«Las heladas que suelen afectar al golfo de Finlandia cierran el acceso a las ‘aguas calientes’ desde San Petersburgo, de ahí la enorme importancia estratégica del enclave de Kaliningrado al sur de Lituania y de la neutralidad de sus países ribereños en la costa occidental del mismo, Finlandia y Suecia»

Con la integración, el Báltico, que en la guerra fría era un “mar soviético”, pasa a ser un “mar aliado”, con un control total de los accesos al océano Atlántico. Para la OTAN, pues, constituye una aportación fundamental a la seguridad europea y explica la virulenta reacción rusa, amenazando veladamente incluso con armas nucleares a ambos países y su total oposición a la decisión, libremente adoptada por dos países libres, soberanos y democráticos. Una decisión que supone, además, que siete de los ocho países del Consejo Ártico van a ser miembros de la Alianza.

Otra gran aspiración histórica de Rusia (que incluye el dominio del Cáucaso, del Caspio y de Asia Central) es la de controlar el mar Negro y la secular pugna por dominar el Bósforo con el Imperio Otomano y, posteriormente, con Turquía. Con la caída del muro de Berlín, Rumanía y Bulgaria salieron de la órbita soviética y, posteriormente, entraron en la OTAN. En ese contexto, cobran enorme importancia otros dos países ribereños: Ucrania y Turquía.

En el caso de Ucrania, el primer objetivo de Rusia era garantizar la continuidad de su flota en el mar Negro y, fundamentalmente, su histórica base en Sebastopol, en Crimea. En un primer momento, eso se logró con un arrendamiento a 25 años de dicha base (en territorio ucraniano) que luego se prorrogó. Pero esto dependía de la voluntad ucraniana de seguir con ese estatus. Por ello, la anexión ilegal de Crimea en 2014 hay que leerla desde esa perspectiva. Sin embargo, va más allá: para Rusia se trata de acabar controlando totalmente el mar de Azov (incluyendo el puerto estratégico de Mariúpol) y cerrar el acceso del resto de Ucrania al mar, con la conquista de Odesa y conectando Crimea con Trasnistria, en Moldavia, bajo control ruso desde los años noventa. En esa lógica, hay que inscribir los objetivos militares de Rusia con su intervención militar contra Ucrania.

Pero queda Turquía y su dominio sobre el Bósforo y los Dardanelos, desde la caída de la Constantinopla bizantina en el siglo XV. Primero, bajo el Imperio Otomano y luego por la Turquía surgida de la derrota y desaparición del imperio, liderada por Mustafa Kemal Atatürk. Atatürk acordó con los bolcheviques renunciar al Cáucaso a cambio de su ayuda contra la Grecia independiente en la disputa por la actual Turquía europea, después de la Primera Guerra Mundial. Ello implicaba, lógicamente, seguir controlando el acceso desde el mar Negro al Mediterráneo.

Turquía tiene, pues, la llave estratégica. Por ello, a pesar de sus carencias democráticas y de su política neo-otomana y cada vez más ambigua en su relación con la UE y con Occidente, se integró en la OTAN, casi desde el principio, como elemento sustancial de la política de contención frente a la URSS.

«La voluntad de una política autónoma, que implica no tener aliados sino solo socios más o menos circunstanciales, ha llevado a Erdogan a sobrepasar auténticas líneas rojas»

Sin embargo, muchas cosas chirrían, sobre todo a medida que el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, ha ido consolidando su liderazgo cada vez más autocrático y su política de islamización del poder político, junto a una política exterior que le ha llevado a cambiar la tradicional máxima kemalista (“cero problemas con los vecinos”) y a tener problemas con todos ellos, incluyendo otro miembro de la Alianza como Grecia, o manteniendo la ocupación de una parte de Chipre, en contra de la legalidad internacional. Además, ha intensificado sus misiones militares en el exterior, ya sea en Siria, Irak o Libia, o apoyando al islamismo político en abierta confrontación con Arabia Saudí o Egipto en su pugna por la supremacía en el mundo árabe suní.

Esa voluntad de una política autónoma, que implica no tener aliados sino solo socios más o menos circunstanciales, le ha llevado a sobrepasar auténticas líneas rojas. La más importante es la decisión, con el pretexto de que el sistema antiaéreo y antimisiles estadounidense Patriot era demasiado caro, adquirir a Rusia su sistema S-400. Algo inadmisible para la Alianza y, desde luego, para Washington, que impuso sanciones en equipamiento militar y, fundamentalmente, suspender la provisión de sus sofisticados aviones de caza F-35 para el ejército turco. La máxima expresión de ese enfado fue la declaración del presidente de EEUU, Joe Biden, que condenó el genocidio turco contra los armenios, algo que no había sucedido antes y que Turquía sigue empeñada en negar a pesar de todas las evidencias.

A pesar de ello, ante la magnitud del desencuentro, Turquía ha estado intentando congraciarse de nuevo con EEUU, ofreciendo fórmulas de control conjunto sobre los S-400 o suavizando sus posiciones en el Mediterráneo oriental, en un movimiento soterrado y sostenido por el cambio del primer ministro Ahmet Davutoglu hace unos años.

Sin embargo, la invasión rusa de Ucrania ha vuelto a poner de relieve que Turquía tiene su propia agenda y que no siempre coincide con los intereses de la OTAN, a la que pertenece.

Así, en su política de acercamiento circunstancial a Rusia y a Putin (acordando posiciones en Siria, sin objetar la continuidad de Bachar el Asad a cambio tener de manos libres en el norte contra los kurdos), y más allá de sus afinidades personales (una concepción similar del ejercicio del poder político, la relación con la religión o una política exterior reivindicativa de las antiguas áreas de influencia imperial), se le ha añadido su equidistancia, ofreciéndose como mediador en el conflicto, de momento con escaso éxito. Una equidistancia claramente contradictoria con su carácter de miembro de la Alianza.

«La decisión turca de cerrar el Bósforo a la navegación de buques de guerra mientras dure el conflicto afecta a Rusia y el posible refuerzo de su flota, pero también afecta negativamente a la OTAN»

Pero también su decisión de cerrar el Bósforo a la navegación de buques de guerra mientras dure el conflicto. Algo que, obviamente, afecta a Rusia y el posible refuerzo de su flota, para intentar el asalto anfibio de Odesa, en combinación con fuego artillero y de misiles y el despliegue de fuerzas desde tierra. Pero también afecta negativamente a la OTAN. Valga como ejemplo que el envío a la zona de la fragata Blas de Lezo por parte de España, fuertemente publicitada, ha quedado en suspenso y obligada a permanecer en el Egeo.

El último episodio es la oposición turca a la entrada de Suecia y Finlandia en la Alianza, algo que requiere la unanimidad de todos los Estados miembros de la misma. Los motivos aducidos se refieren básicamente a la actitud prokurda de ambos países. Algo de eso hay, y algo intentará conseguir a cambio de levantar el veto, pero parece más una excusa de cara a la galería. Lo más importante para Turquía es levantar el veto nórdico a la venta de armamento a raíz del ataque a los kurdos sirios en 2019 y, sobre todo, el veto norteamericano a la venta de los F-35 y de equipamiento militar adicional, utilizando el chantaje.

Un juego muy arriesgado ante la actitud abiertamente favorable de EEUU a la entrada de los dos países nórdicos y el cansancio de todos los aliados ante un socio manifiestamente desleal. La OTAN debe decidir entre abrir sus puertas a dos países socios, amigos y con los mismos valores o ceder a las exigencias oportunistas y ventajistas de Turquía. Y explorar hasta qué punto Ankara va en serio o está jugando de farol.

La Alianza tiene mucho que perder, pero debe transmitir a Turquía que los chantajes entre aliados no son admisibles. Ankara desafía y juega con fuego desde hace demasiado tiempo. Puede haber alguna concesión no esencial, pero ceder ahora comprometería el futuro de la OTAN de forma sustantiva y significaría perder credibilidad disuasoria frente a Rusia.

Habrá que optar entre una Alianza cohesionada y basada en la lealtad mutua o mantener en su seno a un país claramente estratégico, pero en el que no se puede confiar en los momentos difíciles.

¿Con quién está India?

Si Modi aspira a convertir a India en una superpotencia como EEUU o China, deberá hacerlo sobre la base de una inteligente geometría variable de alianzas, sin prescindir ni subordinarse a nadie. No es el caso, por ahora. El supremacismo ultranacionalista suele ofuscar las mentes.

JOSEP PIQUÉ |  7 de abril de 2022 en ¿Con quién está India en el conflicto con Rusia? | Política Exterior (politicaexterior.com)

La invasión rusa de Ucrania ha puesto de relieve muchas derivadas en el orden geopolítico global y en la posición ambigua de determinados países, como China o Turquía. Lo hemos ido siguiendo en estos Apuntes. En esta ocasión, vamos a tratar de interpretar la especificidad desconcertante de la política exterior de India.

Churchill atribuía la clave para entender a Rusia a su secular manera de interpretar su interés nacional. Probablemente, esta sea la vía también para entender a India.

Por una parte, después de la caída de la Unión Soviética, India se ha ido aproximando a Occidente y, en particular, a Estados Unidos. El fortalecimiento del QUAD (diálogo cuatripartito entre ambos países, Australia y Japón), con el objetivo de garantizar la libre circulación marítima en un Indo-Pacífico libre y abierto –incluyendo maniobras navales conjuntas en el golfo de Bengala–, es el ejemplo más claro. Esta alianza cada vez más robusta ha sido correctamente interpretada por China como un mensaje contundente frente al expansionismo agresivo chino en toda la región y, particularmente, en el estrecho de Taiwán, el mar de China Meridional y el acceso al estrecho de Malaca.

Sin embargo, India y China, enemigos históricos y con recurrentes disputas fronterizas, algunas muy recientes, coinciden en su posición frente al conflicto en Ucrania, negándose a condenar la invasión rusa, aunque tampoco la avalen. Y ello, a pesar de las presiones estadounidenses para que India se sitúe en el bando de las democracias y sus valores y se sume a las sanciones impuestas por Occidente, en las que participan Australia, Japón y otros países de la región.

Es cierto que la ambigüedad india y la negativa a las sanciones es compartida por otros países como Indonesia, Pakistán o Brasil, por distintas razones. Ello está permitiendo a la propaganda rusa difundir la idea de que los países más poblados del mundo no comparten la actitud de Occidente y que su pugna es solo con la OTAN, en una narrativa que, compartida por China, viene a explicar la intervención militar por la amenaza que la Alianza puede suponer para la seguridad de Rusia.

Tal narrativa simplifica enormemente la complejidad de las distintas reacciones. En el caso de India, las cosas son mucho más matizables, como igualmente lo es con China. Están en juego sus intereses nacionales estratégicos a largo plazo. Por ello, coincidir con China o con Pakistán ahora no implica un cambio en la tradicional hostilidad de sus relaciones y, mucho menos, en su política de alianzas.

«Para India, coincidir con China o con Pakistán en Ucrania no implica un cambio en la tradicional hostilidad de sus relaciones y, mucho menos, en su política de alianzas»

Es cierto que India tiene intereses económicos evidentes en este conflicto. La relación histórica con la URSS, primero, y con Rusia después, explica fuertes los vínculos comerciales actuales, que incluyen el suministro de sistemas sofisticados de armas para sus submarinos de propulsión nuclear, misiles hipersónicos y otros equipos militares –el 60% de las importaciones indias de armas provienen de Rusia–. Sucede lo mismo con el suministro de petróleo a bajo coste. La relación bilateral viene de la independencia del Imperio británico y la voluntad de India de encabezar el vasto proceso de descolonización después de la Segunda Guerra Mundial, tanto en Asia como en África, impulsado, entre otros, por Nehru, padre de la patria, después del asesinato de Gandhi.

El protagonismo indio en el Movimiento de Países No Alineados –objetivamente sesgado en favor del bloque soviético– forma parte de esa relación con Moscú, que se retroalimenta por la alianza entre Pakistán y China, enemigos ancestrales de India, y que busca compensar con un vínculo estrecho primero con la URSS y luego con Rusia. No en vano, un 40% de indios apoya la invasión de Ucrania y más de la mitad tiene buena opinión de Vladímir Putin, que se sitúa solo un poco por debajo de la percepción que tienen de Volodómir Zelenski. Cabe pensar que el primer ministro indio, Narendra Modi, se siente más próximo a Putin, dada su concepción ultranacionalista.

De hecho, India no quiere contribuir, mediante el aislamiento y el empobrecimiento de Rusia, a que Moscú acabe definitiva e irreversiblemente bajo la influencia de Pekín. Así se entiende que quiera facilitarle a Rusia incluso medios de pago alternativos bilaterales en sus propias divisas que disminuyan esa dependencia. Al mismo tiempo, India quiere mostrar su autonomía estratégica y que solo responde a sus intereses, aunque eso lleve a posiciones aparentemente contradictorias y poco coherentes entre el corto y el largo plazo.

India argumenta que, con la retirada abrupta y unilateral de Afganistán, con el retorno de los talibán y reforzando el papel de China y Pakistán en Asia Central, EEUU y la OTAN no tuvieron en absoluto en cuenta las preocupaciones de seguridad indias, incluido el terrorismo islamista. No le falta buena parte de razón.

«India no quiere contribuir, mediante el aislamiento y el empobrecimiento de Rusia, a que Moscú acabe definitiva e irreversiblemente bajo la influencia de Pekín»

Sin embargo, no debemos quedarnos en los argumentos más o menos coyunturales. La razón más importante está en la naturaleza del proyecto político del BJP (Partido Popular de India) encabezado por Modi. Hablamos de un proyecto nacional basado en el predominio de la “indutva” o “hinduidad”, como elemento constitutivo sustancial de la nación india, extremadamente compleja con una enorme diversidad étnica, cultural, religiosa y lingüística, pero que debe subordinarse a la identidad entre la nación y su componente hindú.

Los hindúes representan el 80% de la población de India, aunque a pesar de la división de las Indias británicas entre India y Pakistán (y Bangladesh), por motivos básicamente religiosos, la población musulmana en India sigue siendo enorme –unos 200 millones–, además de sijs, cristianos, budistas y otras minorías.

El proyecto nacional de Modi es muy distinto al que representaron Gandhi y Nehru y el Partido del Congreso Nacional. Aunque ideológicamente distintos, ambos líderes creían en un Estado indio multirracial, multirreligioso y laico que, mediante el progreso, iba a ir diluyendo las diferencias ancestrales del país, incluyendo el milenario sistema de castas que sigue persistiendo y que hace que su democracia se exprese formalmente en lo político, pero no en sus relaciones sociales, caracterizadas por el hiperclasismo, la represión de los derechos de las mujeres y la persecución religiosa. De hecho, solo un 6% de indios se casan con miembros de otra casta. Y los dalit (intocables) siguen siendo duramente reprimidos y perseguidos. Poco que ver, pues, con una democracia homologable y respetuosa con la Constitución.

Esto explica por qué Modi habla de la necesidad de recuperar el pasado glorioso de India, después de “mil años de esclavitud” por el dominio musulmán primero (incluyendo el imperio mogol, uno de los más importantes, duraderos y extensos del mundo, descendientes del gran Tamerlán) y, desde el siglo XVIII, por la progresiva irrupción de la Real Compañía de las Indias Orientales y, ya en el XIX, por la dependencia directa del Imperio británico.

Este proceso de recuperación nacional de Modi está basado en la historia y, conceptualmente, no es muy diferente al de China, después del “siglo de la humillación”. Sin embargo, implica una apuesta por el supremacismo hindú y la represión brutal de los musulmanes y del resto de minorías. Se trata de darle un “sentido nacional”, homogéneo y con proyección hacia el exterior cada vez mayor, en un ejercicio de “áreas de influencia”, que reconozca su carácter de gran potencia en el subcontinente asiático, pero también en América Latina o, en menor medida, en África. El proyecto es compatible con un feroz proteccionismo en lo económico, como se ha visto recientemente con su abrupta retirada del RCEP (Asociación Económica Integral Regional), impulsado por Japón y China.

«Los resultados electorales avalan la fortaleza del proyecto de Modi que, de forma cada vez más explícita, afirma la unidad de la nación sobre la base de la exclusión de una quinta parte de sus ciudadanos»

Por el momento, los resultados electorales avalan la fortaleza y consistencia del proyecto de Modi que, de forma cada vez más explícita, afirma la unidad de la nación sobre la base de la exclusión de una quinta parte de sus ciudadanos. Un ejemplo de ello ha sido la supresión de la autonomía de Jammu y Cachemira, con población mayoritariamente musulmana.

En cualquier caso, hablamos de una potencia regional, ya que no puede aspirar aún a ser una superpotencia global como EEUU o China. Para ese propósito, debe proseguir su crecimiento económico y de renta per cápita, en un país que muy pronto será el más poblado del mundo y que sigue manteniendo unos niveles inasumibles de miseria y pobreza. Ciertamente, India se está convirtiendo en una de las principales “fábricas del mundo”, y dispone de sectores tecnológicamente muy sofisticados y un creciente soft power, además de ser una potencia militar con armamento nuclear. Pero le queda un larguísimo camino por recorrer y, para ello, no quiere prescindir de nadie, pero tampoco subordinarse a nadie.

Para ello, no obstante, India necesita a Occidente más que nunca. Por consiguiente, tiene que acompasar su autonomía estratégica con sus intereses económicos y de seguridad a largo plazo, un juego a varias bandas que tiene sus límites y sus riesgos.

Rusia puede dejar de ser para India un socio estratégico relevante, máxime si cae bajo la dependencia china. Pekín, con su política de la Franja y la Ruta –que claramente obvia a India, tanto por tierra como por mar, cercándola con su presencia en Myanmar y Bangladesh en el golfo de Bengala, Sri Lanka y Pakistán–, seguirá siendo su principal adversario y competidor en su entorno y en el Sureste Asiático. De ahí que sea esencial fortalecer su relación con los países del golfo de Bengala y, en general, con ASEAN (Asociación de Naciones del Sureste Asiático) y Australia. Y, desde luego, con EEUU y la Unión Europea.

Por todo ello, y para evitar errores, es muy importante que Occidente interprete correctamente la naturaleza del proyecto político indio. India no es como Occidente desearía. Tampoco piensa como pensamos los occidentales. Es otra cosa muy distinta. Dicho de otro modo, siguiendo su tradición, India no quiere alinearse explícita y definitivamente con ningún bando. Tampoco con unas democracias cuya naturaleza liberal no comparte.

Muchas piezas, pues, en el tablero. Es verdad que todos los imperios se han construido sobre la geometría variable. Los más duraderos son los que la han ejercido, más allá de la fuerza militar, con destreza y visión estratégica e integradora. Como hicieron los romanos, la monarquía hispánica o los mogoles durante siglos. No parece el caso. El supremacismo ultranacionalista ofusca las mentes.

La estrategia y la táctica de Putin, por Josep Piqué en Política Exterior

Con su decisión de invadir Ucrania, Putin ha echado por tierra una estrategia de décadas, cometiendo además errores tácticos de primera magnitud. Al final, está mostrando ser un mal estratega y un peor táctico.JOSEP PIQUÉ |  10 de marzo de 2022

Hace pocos días, mi admirada colega Ana Palacio decía en una entrevista que Vladímir Putin era un buen estratega y un mejor táctico. Probablemente, eso es lo que pensábamos muchos hasta hace poco.

Desde un punto de vista estratégico, Putin explicó con claridad su planteamiento en la Conferencia de Seguridad de Múnich en 2007, hace casi 15 años. Quien suscribe tuvo ocasión de escuchárselo personalmente en el lejano 2002. Su objetivo era la recuperación de la autoestima del pueblo ruso después de la derrota en la guerra fría y el colapso por implosión de la Unión Soviética, expresión del secular sueño imperial que la emperatriz Catalina resumió en su famosa frase, según la cual la mejor manera de defender las fronteras de Rusia era expandiéndolas.

Para ello, resultaba fundamental recuperar su área de influencia para garantizar un perímetro de seguridad que alejara cualquier riesgo para Moscú o San Petersburgo. Los instrumentos a utilizar serían la energía y, si fuera necesario, la fuerza militar.

Obviamente, ello presuponía la no aceptación del orden mundial implantado por Occidente después de la caída del muro de Berlín. Rusia no lo asumía como propio porque consideraba que le perjudicaba y, en consecuencia, a partir de entonces solo seguiría los requerimientos derivados del interés nacional de Rusia, interpretado desde una perspectiva historicista y nacionalista.

Churchill ya advirtió de que, si Rusia era un acertijo rodeado de un enigma y envuelto en un misterio, la clave para interpretarla era exclusivamente su interés nacional. Y la estrategia seguida por Putin ha sido enormemente coherente en ese sentido.

Primero, se centró en aplastar movimientos secesionistas internos después del fiasco en la primera guerra de Chechenia. En la segunda, Putin utilizó masiva y cruelmente la fuerza militar, arrasando Grozni y aplastando toda resistencia. Luego, en paralelo al afianzamiento de su poder cada vez más absoluto y autocrático, ha impedido el acercamiento de antiguas repúblicas soviéticas a Occidente con la fuerza de las armas. El apoyo a los secesionistas de Transnistria en Moldavia fue un precoz y primer ejemplo. Lo hizo también en Georgia en 2008, ocupando Osetia del Sur y Abjasia, y apoyando a Armenia en su conflicto con Azerbaiyán por el Nagorko Karabaj, ampliando su influencia sobre el Cáucaso exsoviético. Le siguió Ucrania en 2014 con la anexión ilegal de Crimea y la integración de facto de las zonas secesionistas de Donetsk y Lugansk, en el Donbás. En 2020, apoyó a Aleksandr Lukashenko en Bielorrusia a cambio de su supeditación a los intereses rusos. Moscú ha intervenido también en Asia central; el episodio más reciente, a principios de este año, ha sido la intervención militar para sostener al régimen kazajo. Finalmente, ha llegado la invasión criminal de Ucrania.

Si consiguiera el objetivo de someter Ucrania, Putin habría recuperado el espacio europeo soviético, con la única excepción de las repúblicas bálticas.

«Churchill ya advirtió de que, si Rusia era un acertijo rodeado de un enigma y envuelto en un misterio, la clave para interpretarla era exclusivamente su interés nacional»

La táctica ha sido doble: el uso desacomplejado de la fuerza militar –también en otros ámbitos como Siria o Libia y ahora el Sahel, directamente o a través de los “mercenarios” de Wagner– y la búsqueda de la vulnerabilidad de Europa y de la Alianza Atlántica, agudizando sus diferentes intereses –en particular en el campo energético– y debilitando internamente a sus Estados miembros, mediante actuaciones desestabilizadoras y el uso creciente de la desinformación.

Hasta ahora, le ha salido relativamente bien. La respuesta occidental a sus acciones ha sido escasa, timorata y no siempre resultado del consenso entre aliados. Y eso le ha animado a dar pasos adicionales, a medida que comprobaba que no se trazaban nítidamente y de forma convincente “líneas rojas”.

Pero todos los grandes estrategas, sobre todo si no están sometidos al control democrático, acaban sobrevalorando su capacidad de acierto y son víctimas de su propia ambición. Como Napoleón cuando decidió invadir Rusia y cavó su propia tumba. Los que se creen infalibles es porque pierden el sentido de la realidad y caen en el primer pecado capital: la soberbia.

Con la agresión a Ucrania, Putin ha echado a perder sus objetivos estratégicos y le ha llevado a cometer errores tácticos clamorosos.

En lo estratégico, veamos los resultados. Su voluntad de construir la “gran Rusia eslava” ha devenido en la consolidación de la identidad nacional ucraniana y, al margen del resultado de la confrontación estrictamente militar, ha enajenado a los ucranianos para siempre. A la menor oportunidad, renovarán su clara apuesta europea y occidental.

En cuanto al objetivo de debilitar a la OTAN y el vínculo atlántico, el efecto ha sido justo el contrario. La Alianza Atlántica ha “recuperado su objeto social”, diluido y cuestionado después del fin de la guerra fría y el colapso de la URSS. En apenas unos días, hemos pasado de su “muerte cerebral” a una vitalidad y una vigencia extraordinarias y que veremos confirmada en la Cumbre de Madrid del próximo junio. Y Estados Unidos, que iba concentrando su atención al Indo-Pacífico, alejándose de su compromiso atlántico, ha reaccionado con contundencia –entre otros motivos, por su temor al expansionismo chino, cuyo primer paso para expulsarles del continente asiático sería Taiwán si ahora Washington mandara señales equívocas–.

«Al margen del resultado militar, Putin se ha enajenado a los ucranianos para siempre. A la menor oportunidad, renovarán su clara apuesta europea y occidental»

Si hablamos de la Unión Europea, claramente “ninguneada” por Putin durante la crisis, la consecuencia es también la opuesta a lo deseado: en lugar de agudizar sus divisiones internas, ha conseguido que Europa entienda que, para subsistir como proyecto político, debe profundizar en una política común exterior, de seguridad y de defensa y, no menos importante, en una política energética común que reduzca sustancialmente la dependencia de Moscú –lo que deja a Rusia en situación de máxima debilidad económica–.

Putin ha conseguido, además, cosas impensables hasta hace muy poco. El cambio histórico de Alemania no es el menor, aceptando el suministro de armas ofensivas a Ucrania, el incremento sustancial del presupuesto de defensa en este año, el compromiso de dedicar el 2% del PIB a dichos presupuestos de cara al futuro, así como un cambio drástico de su política energética para dejar de depender del gas ruso. Pero también ha abierto la posibilidad real de una integración en la Alianza de Suecia y Finlandia. Al mismo tiempo, el sustancial fortalecimiento del despliegue de la OTAN en sus fronteras –con especial atención a Polonia, las repúblicas bálticas y, por ende, el corredor de Suwalki– es justo lo contrario que Putin venía reclamando; es decir, la retirada de facto de la Alianza a sus fronteras previas a la primera ampliación al Este en la década de los noventa. Por si ello fuera poco, Turquía ha abandonado sus “veleidades” –con la adquisición del sistema antiaéreo ruso S-400– y se ha alineado claramente con la OTAN, incluyendo la posibilidad de bloquear el Bósforo, impidiendo la salida al Mediterráneo de la flota rusa del mar Negro.

Finalmente, además de incrementar la dependencia de China, Putin ha perdido totalmente la batalla de la propaganda –el relato– y ha conseguido ser, en palabras del presidente de EEUU, Joe Biden, un auténtico “paria internacional”, concitando un amplísimo rechazo de prácticamente toda la comunidad internacional y tan solo un tímido apoyo sin compromiso de los países que consideraba bajo su influencia. Ni tan siquiera China ha endosado la invasión, mostrando su incomodidad y ambigüedad y ofreciéndose incluso como mediador entre las partes. Es tal el rechazo que, cuando sea posible, el destino de Putin y su entorno inmediato es enfrentarse –si siguen vivos– a la justicia internacional para responder por crímenes de guerra.

Pero más allá del desmoronamiento de su estrategia, los errores tácticos han sido también clamorosos. Baste como ejemplo la infravaloración de la capacidad de resistencia de Ucrania, liderada por el presidente, Volodomir Zelenski, quien ha sabido interpretar a su pueblo incluso a riesgo de su propia vida. El ejército ucraniano está respondiendo de una manera mucho más eficaz que la prevista, tanto por la preparación llevaba a cabo desde 2014 como por el aprovisionamiento de armamento ofensivo que se está produciendo, incluidos aviones de combate, misiles tierra-aire o sistemas anti-tanque. Y con la moral propia de quien sabe que está combatiendo por su país, por su libertad y por su vida. La preparación de Ucrania ha incluido una minuciosa estrategia contra los ciberataques y una capacidad de recepción de información sustancial para conocer de forma anticipada los movimientos del invasor.

«Los ciudadanos rusos van a pasarlo muy mal, y en algún momento reaccionarán contra el responsable de la catástrofe»

Esa subestimación por parte de Putin de la capacidad de resistencia ucraniana ha venido acompañada de una sobrevaloración de sus propias fuerzas armadas. El mediocre balance de la superioridad aérea rusa, los errores logísticos y los déficit de intendencia, así como la deficiente preparación de los planes de invasión, el uso de armamento obsoleto, la intercepción de sus comunicaciones y una moral baja de unas tropas que son de leva y que no saben por qué están luchando son algunas muestras evidentes.

last but not least, Putin ha despreciado la efectividad real de las sanciones, perfectamente coordinadas hasta ahora, aplicadas por Occidente –incluyendo a Suiza, cuya neutralidad se había mantenido incluso con Hitler– para castigar la capacidad de la débil y atrasada economía rusa y su financiación a corto y medio plazo, incluyendo el coste de la guerra y de una eventual ocupación que puede derivar en una auténtica pesadilla. Los ciudadanos rusos van a pasarlo muy mal, y en algún momento reaccionarán contra el responsable de la catástrofe.

Putín está en un auténtico callejón sin salida del que muy difícilmente podrá escapar. Por ello, utiliza la amenaza nuclear. Esperemos que su entorno y los militares se lo impidan y que se suicide solo. Pero eso debe ser objeto de otro análisis y de otros Apuntes.

En definitiva, con su decisión de invadir criminal e ilegalmente Ucrania, Putin ha echado a perder completamente su estrategia desarrollada en dos décadas, cometiendo errores tácticos de primera magnitud.

Al final, ha mostrado ser un mal estratega y un peor táctico.

La estrategia y la táctica de Putin | Política Exterior (politicaexterior.com)

La elección de Kishida y la política exterior de Japón

No cabe esperar grandes cambios en la política exterior de Kishida: el país seguirá bajo el paraguas de seguridad de EEUU y reafirmado en su compromiso con los valores de la democracia liberal frente al auge chino. La geopolítica siempre impone su lógica y Japón no es una excepción.

JOSEP PIQUÉ |  11 de noviembre de 2021

Kishida se reúne con el comandante de EEUU en el Indo-Pacífico, el almirante de John C. Aquilino, en la residencia oficial del primer ministro japonés en Tokio, el 11 de noviembre de 2021. ISSEI KATO/POOL/AFP/GETTY

Las recientes elecciones parlamentarias en Japón han reeditado la tradicional mayoría del Partido Liberal Democrático (PLD), en los últimos años coaligado con el Partido Komeito, de origen budista. El PLD lleva gobernando Japón desde la recuperación de sus instituciones soberanas después del final del “protectorado” estadounidense (con el general MacArthur al frente) a raíz de la derrota y la rendición incondicional de Japón en la Segunda Guerra Mundial, tras los ataques nucleares a Hiroshima y Nagasaki. El PLD solo ha estado fuera del gobierno en cortas excepciones (1992-93 y 2009-12) y, en general, han sido poco exitosas.

La política exterior de Japón ha ido evolucionando en función de las posiciones del PLD en cada momento, de la realidad geopolítica de Japón en su entorno regional y de su papel como gran potencia económica “occidental” (formando parte desde el principio del G7). La posición de Japón viene dada por su derrota en 1945 y los límites constitucionales impuestos por Estados Unidos, pero también por una opinión pública pacifista y nada favorable a un incremento de la relevancia del país en los asuntos internacionales, más allá de la defensa de los intereses económicos. De hecho, el concepto de autodefensa, recogido en el artículo 9 de la Constitución, parte de la renuncia a la guerra, circunscribiendo la defensa nacional a las agresiones exteriores directas, incluyendo la contención de gastos militares para evitar recelos de otros países y la subordinación estratégica a EEUU.

La estrecha alianza con Washington y la aceptación del paraguas nuclear norteamericano permitieron a Japón desarrollar una política exterior fundamentalmente orientada a promover sus intereses económicos, empresariales y comerciales, convirtiendo la economía japonesa en la segunda del mundo hasta la irrupción de China. No obstante, sigue siendo la tercera y lo será por mucho tiempo, a pesar del estancamiento económico de las últimas tres décadas. De ahí que su política exterior sea poco asertiva y esté concentrada en reducir tensiones que pudieran poner en riesgo su progreso económico, siendo un factor de estabilidad en Asia Oriental.

«Japón sigue siendo la tercera economía del mundo y lo será por mucho tiempo, a pesar del estancamiento económico de las últimas tres décadas»

Todo eso ha cambiado por diversos motivos. El primero es la creciente agresividad de China, con un claro afán de dominio sobre Asia, desplazando a EEUU como potencia clave en la región. La actitud de Pekín afecta a Japón directamente por reivindicaciones territoriales sobre las islas Senkaku (Diaoyu para los chinos), pero también por la amenaza de limitar la libre circulación en el mar de China Meridional y, por ende, el acceso al estrecho de Malaca, absolutamente vital para el comercio internacional de Japón.

Es por ello, que Shinzo Abe puso en marcha el concepto de “Free and Open Indo-Pacífic”, rápidamente endosado por EEUU y que incluye mecanismos hasta ahora informales de encuentro con otros países que comparten las mismas amenazas, como los incluidos en el QUAD (formado por Japón, EEUU, Australia e India). Dicho mecanismo va dotándose de contenido y ha recibido el nítido respaldo del presidente de EEUU, Joe Biden, que reunió en septiembre en Washington a los máximos dirigentes de esos países. El QUAD incluye maniobras militares navales conjuntas tanto en el Pacífico como en el Índico, en un claro indicio de ir más allá de la mera cooperación informal, incluso llegando a una Alianza Indo-Pacífica asimilable a la Alianza Atlántica.

El segundo factor de riesgo para Japón es Corea del Norte y su capacidad de ataque nuclear, que afectaría directamente a territorio japonés. Es cierto que el régimen norcoreano tiene su propia dinámica (la capacidad de disponer de armamento nuclear se considera como esencial para la supervivencia del régimen y la dinastía de los Kim), pero también lo es que esa supervivencia es vital para China, que no desea bajo ningún concepto que su frontera actual con Corea del Norte se transforme en una frontera con una República de Corea reunificada y estrecha aliada de EEUU.

Fuente: Council on Foreign Relations

El tercer factor es más histórico y se refiere a la relación con Rusia, cada vez más orientada a una alianza estratégica con China. De hecho, en general, ambos países han mantenido buenas relaciones. Establecieron relaciones diplomáticas en 1852 y en 1855 firmaron el tratado de Shimoda, que abría al comercio bilateral varios puertos japoneses. Es interesante remarcar que estos vínculos se crearon durante el “shogunato”, un periodo de aislamiento y de caudillos militares que solo formalmente se sometían a la autoridad del emperador.

Esa situación cambia a partir de la Restauración Meiji, en 1868, cuando se reafirma la autoridad real del emperador y se acomete la Revolución Industrial que cambiaría completamente la capacidad económica de Japón, convirtiéndolo en un país “occidental” con voluntad de proyectar su influencia más allá de su archipiélago y, en especial, sobre Manchuria y la península coreana. Ello chocó con los intereses rusos y desembocó en 1904 en la guerra Ruso-Japonesa. Para estupefacción de Occidente, la guerra fue claramente ganada por Japón, que destruyó buena parte de la flota rusa. Sin embargo, pronto volvió la cooperación, básicamente económica, que quiebra con la Revolución Rusa de 1917 y luego con la Segunda Guerra Mundial. De hecho, la Unión Soviética no declara la guerra a Japón hasta prácticamente el final de la contienda, en los días previos a la rendición incondicional. Es entonces cuando aprovecha para hacerse con el control de las islas Kuriles, que Japón sigue reivindicando como propias, por lo menos parcialmente. Tal contencioso ha impedido hasta ahora la firma de un tratado de paz entre ambos Estados y ha entorpecido las relaciones bilaterales.

Después de la llegada de Vladímir Putin al poder, Rusia y Japón han trabajado en la mejora de sus relaciones económicas. Para Moscú, el acceso al mercado japonés de sus exportaciones energéticas y la cooperación tecnológica e inversora son clave para contrarrestar su progresiva dependencia de China y dinamizar el territorio de Siberia Oriental, escasamente poblado, y que contrasta con la enorme presión demográfica de China, al otro lado de la frontera. Difíciles equilibrios tanto para Rusia (y su relación con China) como para Japón (que basa su seguridad en la estrecha alianza con EEUU).

«Abe incrementó sustancialmente los presupuestos de defensa y adoptó una política exterior más asertiva, más acorde con la importancia económica del país y cada vez más alineada con EEUU, con quien comparte un adversario común como China»

Esas diferentes circunstancias del entorno geopolítico llevaron a Abe a replantear el concepto de “autodefensa colectiva”, considerando como tal cualquier amenaza no solo contra Japón, sino a cualquiera de sus aliados, incrementando sustancialmente los presupuestos de defensa y adoptando una política exterior más asertiva, más acorde con la importancia económica del país y cada vez más alineada con EEUU, con quien comparte un adversario común como China y el riesgo estratégico que supone Corea del Norte.

Por otra parte, tales preocupaciones llevan a Japón a mantener una ambigüedad calculada en sus relaciones con Rusia, con el objetivo –probablemente compartido– de debilitar su dependencia cada vez mayor de China.

Esa política exterior más asertiva se refleja también en el ámbito económico y comercial. Japón ha firmado un Acuerdo de Asociación Estratégica con la Unión Europea, reconociéndose mutuamente como miembros de Occidente, en términos de valores comunes y compartidos. También ha impulsado la Asociación Económica Integral Regional (RCEP), que incluye a la propia China, pero también a Corea y a varios países de la región indo-pacífica, aunque, lamentablemente, India se ha acabado descolgando. Y last but not least, ha dado continuidad al Tratado Transpacífico (TTP) –frustrado tras la retirada de EEUU con la llegada de Donald Trump–, convertido hoy en el Acuerdo General y Progresivo de Asociación Transpacífica (CPTPP).

Por todo ello, no es previsible que el nuevo primer ministro japonés, Fumio Kishida –ministro de Asuntos Exteriores con Abe y con el efímero mandato de Yoshihide Suga–, cambie los vectores básicos de la actual política exterior japonesa. Entre otras cosas porque el escenario geopolítico deja escasos márgenes de maniobra, una vez Japón ha optado por la garantía de seguridad de Washington y ha reafirmado su compromiso con los valores de la democracia liberal, frente a los perjuicios económicos y comerciales que puede ocasionarle el progresivo alejamiento de China.

El cambio más perceptible puede darse en el ámbito de la política interna y, en particular, la política económica, aunque de nuevo los márgenes de maniobra son limitados. Pero todo apunta a una clara continuidad de la política exterior, de seguridad y de defensa impulsados por Abe, especialmente en su segundo y largo mandato.

La geopolítica impone su lógica. Y Japón no es una excepción.

FUENTE ORIGINAL:

La elección de Kishida y la política exterior de Japón | Política Exterior (politicaexterior.com)

¿Qué fue del panarabismo?

El llamado ‘mundo árabe’ solo subsiste en las calles y en algunas élites intelectuales. En la política, prima la pugna geopolítica sobre un sentimiento panarabista o panislámico.JOSEP PIQUÉ |  23 de julio de 2021

Oriente Próximo (Oriente Medio es un anglicismo) ha sido, durante siglos, espacio de conquista y de conflicto. A partir de Mahoma y el Corán en el siglo VII, desde la actual Arabia Saudí, el mundo árabe y el Islam se expandieron por toda la región y también por el norte de África y la península Ibérica (único lugar en el que el Islam retrocedió por la Reconquista).

Esta expansión continuó por pueblos no árabes, en buena parte de África, la actual Turquía, el sureste europeo y, hacia el este, por Asia Central, Irán, Pakistán, India y buena parte del Sureste Asiático. El momento de máximo esplendor histórico para los árabes llegó con el Califato de Bagdad, que acabó en el siglo XIII con las conquistas mongolas y, ya a principios del siglo XVI, con la incorporación de la región al Imperio Otomano, después de la derrota bizantina y la caída de Constantinopla.

Desde entonces, lo que hoy llamamos el mundo árabe ha estado sometido a una potencia no árabe (los mongoles y luego los otomanos), con presencia creciente de las potencias europeas (especialmente, Francia y Reino Unido). Con la desaparición del Imperio Otomano, después de la Primera Guerra Mundial y el establecimiento de la República Turca en 1923, la región pasó a depender fundamentalmente del colonialismo francés y británico (los acuerdos Sykes-Picot son su paradigma) y, en mucha menor medida, de Italia o España. Además de su interés geopolítico, como escenario de disputa entre las potencias europeas, se suma la importancia vital desde el punto de vista geoeconómico, al disponer de enormes reservas de hidrocarburos fósiles, fundamentales para el crecimiento de los países occidentales.

Los procesos de descolonización posteriores a la Segunda Guerra Mundial dan lugar al establecimiento de diferentes Estados independientes que son los que hoy conocemos. Sin embargo, Occidente (incluido en el pasado más reciente, Estados Unidos) ha mantenido su influencia en la región, propiciando regímenes aliados (incluidos Irán y Turquía) y apoyando sistemas políticos autoritarios (y corruptos) pero que garantizaban la estabilidad de los suministros energéticos necesarios para sus economías. Fueron unas independencias “tuteladas”, aunque cada vez más mediatizadas en el contexto de la guerra fría, que abrió pronto dinámicas diferentes que, en buena medida, subsisten hoy.

«Tras las independencias, Occidente mantuvo su influencia en la región, propiciando regímenes aliados y apoyando sistemas políticos autoritarios (y corruptos) pero que garantizaban la estabilidad de los suministros energéticos»

La más importante tiene su punto de ignición en Egipto, después del derrocamiento del rey Faruk por los “oficiales libres”, liderados por el nacionalista panárabe Gamal Abdel Nasser, quien proclamó la república, en 1953. En 1956, Nasser decreta la nacionalización del Canal de Suez, bajo control de Francia y Reino Unido hasta entonces. La respuesta fue la intervención militar franco-británica (con la ayuda de Israel), hasta que son obligados a retirarse por el presidente de Estados Unidos, Dwight Eisenhower, quien no quería enajenarse una región que podía caer rápidamente bajo la órbita soviética.

Tal desenlace, percibido como un gran triunfo, enardece el nacionalismo panárabe, de naturaleza laica y prosocialista, y que tiene a Nasser como su gran héroe y adalid. No en vano, Egipto es el país árabe más populoso y con gran capacidad de influencia sobre el conjunto. Tal efecto difusor se concreta en la aparición de regímenes de naturaleza inicial similar (a través del partido Baaz) en Siria, Irak, Libia o Sudán, además de los surgidos de la descolonización francesa, como Argelia y Túnez, y de inspirar el movimiento palestino, a través de Al Fatah.

Todos ellos, de forma más o menos expresa, se encuadran en el llamado Movimiento de Países No Alineados (próximos en diferente grado a la Unión Soviética) frente a EEUU, gran valedor y protector de Israel. Algunos de estos países propician movimientos de unidad árabe entre diferentes Estados, aunque ninguno de ellos cuaja ante los nacionalismos locales. En cualquier caso, es el auge del panarabismo, en el que el componente religioso es importante pero lo es más el nacionalismo y la recuperación de la autoestima después de siglos de sometimiento a potencias foráneas.

El canto de cisne de este movimiento se produjo en 1967, durante la guerra de los Seis Días, en la que Israel obtiene una gran victoria sobre Egipto, Jordania y Siria, provocando el fin de la estrella de Nasser, quien dimite aunque la presión militar y popular le lleva a dar marcha atrás a esa dimisión. Nasser fallece poco después, en 1970, y es sustituido por su mano derecha, Anwar el Sadat. A partir de entonces, se inicia el declive imparable del panarabismo y el ascenso del panislamismo como elemento aglutinador de la región (y más allá, especialmente después de la proclamación de la República Islámica de Irán, en 1979, derrocando al Sha Reza Pahlevi, gran aliado de EEUU).

La ruptura definitiva del sueño panárabe viene de la mano de Sadat, después de la guerra del Yom Kippur, en 1973, que termina prácticamente en tablas y que lleva a Sadat a alejarse de la Unión Soviética y acercarse a EEUU. La conclusión fue la Paz de Camp David entre Israel y Egipto, la ruptura del bloque árabe y el abandono del liderazgo mantenido hasta entonces por Egipto. A ese nuevo alineamiento se sumaría Jordania en 1994. Por cierto, a Sadat tal audaz movimiento le costó que la Liga Árabe expulsara a Egipto y se desplazara de El Cairo a Túnez; y también su propia vida en manos de un militante islamista en 1981.

«La ruptura definitiva del sueño panárabe viene de la mano de Sadat, después de la guerra del Yom Kippur, que termina prácticamente en tablas y que lleva a Sadat a alejarse de la Unión Soviética y acercarse a EEUU»

Desde entonces, el panarabismo no ha levantado cabeza, a pesar de que el resto del mundo árabe no haya reconocido a Israel mientras no se solucionara el problema palestino sobre la base de los dos Estados.

La región ha vivido en las últimas tres décadas varios acontecimientos dramáticos y disruptivos, desde la primera guerra del Golfo (1991), para retrotraer la invasión de Kuwait por el Irak de Sadam Hussein, a las llamadas Primaveras Árabes de 2010-11, que afectaron fundamentalmente a los regímenes republicanos, autoritarios y corruptos y que, tras diversas vicisitudes, con la frágil excepción de Túnez, han devenido en golpes militares (como en Egipto) o en trágicas guerras civiles, como en Libia o Siria. Sin olvidar el tremendo trauma que ha supuesto la intervención militar britano-estadounidense en Irak y Afganistán.

Todo ello ha desembocado en un nuevo escenario que se caracteriza por el repliegue de EEUU de la zona, el papel irrelevante de la Unión Europea y la entrada en liza –de nuevo– de potencias no árabes, con pretensiones de influencia cuando no hegemónicas, como Rusia, Turquía o Irán.

El marco es la pugna geopolítica entre Irán, Turquía y Arabia Saudí, para ejercer su supremacía sobre el mundo musulmán. Desde una potencia chií, una potencia suní no árabe y un régimen árabe suní (Guardián de los Santos Lugares), cada uno de ellos con su juego de alianzas, muchas veces de geometría variable y no siempre homogéneas. En eso estamos ahora, ya sea en Yemen, en Siria o en Libia.

A este escenario se han sumado los Acuerdos de Abraham, que han permitido a buena parte del mundo árabe desvincularse del conflicto palestino para normalizar su relación con Israel. Un nuevo paradigma que hay que analizar a fondo, aunque las motivaciones hayan sido muy distintas según los casos.

El llamado “mundo árabe” solo subsiste en las calles y en algunas élites intelectuales. En la política, prima la pugna geopolítica sobre un sentimiento panarabista o panislámico. Este segundo sentimiento corre el evidente riesgo de derivar hacia el panislamismo radical y convertirse en el campo de batalla entre las diferentes potencias en presencia. El primero fue pero ya no es. La alianza subordinada entre Egipto y Arabia Saudí (regímenes muy distintos que comparten enemigo común) es buena muestra de ello. En el futuro, es probable que el panarabismo pueda resucitar desde Egipto. Hoy por hoy, sin embargo, no podemos vislumbrarlo más que en un horizonte incierto y lejano.

El trilema de Israel y la causa palestina

09.07.2021 Josep Piqué

Oriente Próximo sigue siendo uno de los focos de atención geopolítica, a pesar de (y a causa de) la progresiva retirada de Estados Unidos de la región y el muy escaso papel de la Unión Europea en sus conflictos.JOSEP PIQUÉ |  9 de julio de 2021

Estados Unidos está consumando su retirada de Afganistán (como ya ha hecho en Irak o en el conflicto sirio, mediante el cese del apoyo a las milicias kurdas). Una retirada muy controvertida porque todo apunta a que el retorno del régimen talibán es inevitable en un plazo relativamente corto de tiempo. Veinte años después del inicio de la guerra, volvemos al punto de partida y la incógnita es si eso va a propiciar también un refuerzo del yihadismo, que fue el origen y la justificación de la intervención militar, al tener Al Qaeda sus principales bases y dirigentes en el país. Parece más bien una asunción realista de la derrota y los paralelismos con la retirada de Vietnam son cada vez más evidentes.

Ese repliegue incluye la aceptación de un papel relevante a otras potencias no occidentales, como RusiaTurquíaIrán o las monarquías del golfo Pérsico que, en un nuevo “Great Game”, están pugnando por la influencia en una vasta región, incluyendo la parte oriental del norte de África que fue en su día parte sustancial del Imperio Otomano.

El interés geoestratégico de EEUU se ha basado en el control y en la estabilidad de los suministros energéticos, hoy menos relevantes dada la creciente autosuficiencia energética del país y la progresiva disminución del peso de las energías fósiles en el mix de generación. Pero ha habido otro “anclaje” esencial, derivado del apoyo a Israel (un asunto de política interna en EEUU) y la búsqueda de una eventual solución a la cuestión palestina. En cualquier caso, el paradigma ha cambiado, más allá de la reorientación de Washington hacia el Indo-Pacífico y su confrontación sistémica con China.

El apoyo norteamericano a las llamadas “primaveras árabes” de hace una década ha derivado, en general, hacia una mayor inestabilidad en Oriente Próximo (incluidas sangrientas guerras civiles e injerencias de otras potencias, antes impensables) o un retorno al autoritarismo represivo en el marco de la competencia por la influencia y la hegemonía en el mundo árabe, que disputan potencias árabes, pero también potencias musulmanas no árabes, particularmente Turquía e Irán.

Acuerdos del Siglo

Por otra parte, el apoyo árabe a la causa palestina –condicionando la relación con Israel a la solución del conflicto– que ya se resquebrajó con la paz entre Israel y Egipto, en 1979, o entre Israel y Jordania, en 1997, ahora se ha visto golpeado por los llamados Acuerdos de Abraham (auténticos Acuerdos del Siglo y no el inefable planteamiento realizado por Donald Trump y su yerno, Jared Kushner), que suponen la normalización de las relaciones con Israel de países árabes importantes, sin condicionarla en la práctica a la resolución del conflicto palestino-israelí. Este auténtico cambio cualitativo ha sido rubricado por Emiratos Árabes UnidosBahrein (impensable sin el visto bueno implícito de Arabia Saudí), Sudán y Marruecos.

Ciertamente, tales movimientos telúricos están propiciando una ofensiva de Irán y Turquía (con el apoyo catarí) para convertirse en los adalides de la causa palestina, ante la “traición” del mundo árabe, y aprovecharlo para reforzar su influencia frente a Arabia Saudí y su ahora incondicional aliado, Egipto.

Se ha visto con meridiana claridad en la llamada “nueva intifada” (nada que ver con las anteriores) que se inicia a mediados de mayo pasado con las protestas por las resoluciones judiciales sobre propiedades en un barrio mayoritariamente palestino en Jerusalén Este, desata enfrentamientos entre jóvenes arabo-israelíes, ultraortodoxos judíos y las fuerzas del orden de Israel –rompiendo una conllevancia más o menos habitual– y, muy especialmente, se materializa en la confrontación bélica entre Israel y Hamás en la Franja de Gaza. Durante este último enfrentamiento ha habido lanzamientos masivos de misiles hacia territorio israelí, interceptados en su mayoría por el sistema antimisiles Cúpula de Hierro, la destrucción de importantes edificios en Gaza y la amenaza de una intervención terrestre.

Finalmente, se ha impuesto un frágil alto el fuego, con la mediación de Egipto, pero ha quedado de nuevo de manifiesto un conflicto profundo y no superado que, pese a los éxitos diplomáticos de Israel y su política de hechos consumados en la Cisjordania ocupada, está muy lejos de resolverse. La seguridad y la estabilidad sostenibles de Israel siguen dependiendo de ello, máxime con la involucración de otras potencias que siguen pretendiendo la destrucción de Israel.

«Se ha impuesto un frágil alto el fuego, pero ha quedado de nuevo de manifiesto un conflicto profundo y no superado que está muy lejos de resolverse»

En primer lugar, es cierto que hay un problema de interlocución. Pero también un problema conceptual.

La interlocución por parte palestina está afectada por la división entre Hamás, que controla la Franja de Gaza, y Al Fatah, partido que controla la Autoridad Nacional Palestina. Por un lado, una fuerza que utiliza métodos terroristas y que está muy ligada a Irán. Por otro, una institución desprestigiada por la corrupción, la gerontocracia y su incapacidad congénita para ofrecer soluciones reales a las necesidades de unos ciudadanos palestinos sin horizonte, que ven aplazadas las elecciones por enésima vez en los últimos 15 años.

Por parte israelí, hay un gobierno muy inestable, de composición contradictoria (desde ultraortodoxos a partidos árabes) y cuya única cohesión deriva de su voluntad de retirar a Benjamin Netanyahu del poder después de 12 años ininterrumpidos como primer ministro, a pesar de las acusaciones de corrupción que pesan sobre él.

Difícil, pues, esperar gran cosa.

El ‘trilema de Israel’

Pero quizá lo más relevante sea el problema conceptual, que podemos resumir en el llamado “trilema de Israel”. Se trata de decidir si Israel quiere ser un Estado democrático, judío y controlar de facto los territorios ocupados. Si quiere ser judío y controlar el territorio, no puede ser democrático, al condenar a los palestinos a ser ciudadanos “de segunda” en su propia tierra. Si quiere ser judío y democrático, no cabe seguir con la ocupación. Y si quiere ser democrático y controlar los territorios, no puede ser judío y debe abrirse a un Estado plurinacional en el que todos sus ciudadanos tengan los mismos derechos.

Esto nos lleva al debate sobre la solución de los dos Estados, defendida por la comunidad internacional, y si hoy puede ser viable. No lo parece. Hablaríamos de un Estado palestino, fragmentado entre una “isla” (Gaza) y un “archipiélago” (Cisjordania), sin capacidad de autonomía real ni en lo económico, ni en su seguridad y defensa, muy vulnerable además a la subordinación de facto a potencias exteriores como Irán. Algo inadmisible para Israel pero también para el mundo árabe.

Por ello, avanzan cada vez más las posiciones que defienden la posibilidad de un solo Estado binacional y democrático, que garantice los derechos y las oportunidades para todos los ciudadanos, sean judíos, árabes o palestinos, con el apoyo explícito de la comunidad internacional y, en particular, de Naciones Unidas. Se trata de poner el énfasis en los intereses reales de la gente y no en unas aspiraciones históricas incompatibles entre sí.

En este punto vuelve la responsabilidad de EEUU. Este país ya no tiene, ni quiere tener, la capacidad para imponer acuerdos de paz, como en los tiempos de Bill Clinton, pero sí puede influir para que las posiciones se vayan decantando en el tiempo. Puede parecer un objetivo utópico y naif, especialmente hoy. Y, desde luego, nada fácil. Pero hay que explorar alternativas a una solución que ya se ha mostrado inviable. Y Europa debe acompañar en ese empeño.

Apuntes del editor de Política Exterior de Josep Piqué

Europa se ha suicidado dos veces en el siglo XX. En la Primera y en la Segunda Guerra Mundial fueron suicidios cruentos y desoladores. Ahora corremos serio riesgo de un tercer suicidio, probablemente incruento, pero también desolador en sus consecuencias.

La Unión Europea no es aún percibida como un sujeto político relevante frente a otras potencias exteriores. Se nos percibe débiles, inconsistentes y sin la necesaria determinación política para asumir las consecuencias de querer ser un actor indispensable en la configuración del nuevo escenario global. No es solo una percepción, sino el producto de nuestras deficiencias y de la falta de ambición que ha caracterizado los últimos años, ensimismados en nuestros problemas internos. Y, por qué no decirlo, de las carencias de nuestros liderazgos.

Se constata nuestra debilidad y se trata de quebrar nuestra solidaridad interna o nuestra cohesión, buscando la interlocución directa con los Estados miembros. Si esos intentos tuvieran éxito y la UE dejara de ser un proyecto político para quedarse, en el mejor de los casos, en un proyecto de integración económica, estaríamos ante nuestro tercer suicidio. No tendría los efectos trágicos de los anteriores, pero la consecuencia sería similar: perderíamos la capacidad de contribuir a dibujar el mundo que viene.

Es la hora de la responsabilidad, la visión y el lideragzo. El impulso fundamental debe venir de Alemania y Francia. España –fuera de juego sin la UE– debe asumir una contribución más proactiva, y eso solo es posible si la sociedad está detrás de un esfuerzo que corresponde a nuestros dirigentes. A ellos corresponde reconstruir los consensos internos y la cohesión social, territorial y política.

Reflexiono sobre esto en «Evitar el tercer suicidio de Europa».

ALGUNAS COSAS QUE HE LEÍDO

España en el mundo en 2021: perspectivas y desafíos, Real Instituto Elcano

The Conference on the Future of Europe: Tackling Differentiated Integration, Nicoletta Pirozzi, Istituto Affari Internazionali

Europa: ideal, realidad, destino, Pol Morillas, Política Exterior

Future of Europe. Special Eurobarometer 500, Parlamento Europeo

A VISTA DE GRÁFICO

La satisfacción de los españoles con el funcionamiento de la democracia en el país se sitúa entre las más bajas de la UE. Según el «Parlemeter 2020. A Glimpse of Certainty in Uncertain Times«, los ciudadanos que dicen sentirse «muy satisfechos» y «bastante satisfechos» con la democracia en sus países están en una media del 58% en la UE, frente al 46% de España. Entre aquellos que  se sienten «no muy satisfechos» y «en absoluto satisfechos», la media de la Unión se sitúa en el 41%, en comparación al 53% de España. Entender la UE como proyecto político pasa por fortalecer en el interior de cada país la confianza en la democracia y el sistema político.

ESTOY LEYENDO

¿Qué papel juega la diversidad lingüística de Europa en la construcción de la UE? ¿Es la ausencia de una lengua común un problema político y un obstáculo de comunicación? Arman Basurto y Marta Domínguez, dos españoles de menos de 30 años arraigados en Bruselas, hacen un original y entretenido viaje por las lenguas de Europa en ¿Quién hablará europeo?. Su conclusión es una advertencia: la falta de una lengua compartida impide la creación de una esfera pública común y levanta una barrera invisible entre gobernantes y gobernados. Su propuesta es pragmática y creativa: asumamos el inglés como lengua que ha desbordado a los países y es capaz de incorporar los particulares usos geográficos sin interferir en la posibilidad de entendernos.

En Estados Unidos casi 126 millones de personas han recibido al menos una dosis de las vacunas contra el Covid-19. Tienen la pauta de vacunación completa 78,5 millones. Al jurar como presidente, el 20 de enero pasado, Joe Biden anunció que en sus primeros 100 días 100 millones de personas serían vacunadas. Va a lograrlo con creces. Con ello, dará un paso esencial para reparar la división del país.

Volvemos en dos semanas,

Josep