Etiqueta: Kiev

Guerra ruso-ucraniana. Propaganda, debates y controversias, por el coronel (Ret.) Fernando Pinto Cebrián

21. de octubre de 2022

https://www.despertaferro-ediciones.com/2022/guerra-ruso-ucraniana-debates-controversias-propaganda/

En los medios se han estado produciendo varios debates, basados en algunas certezas, especulaciones y opiniones que, en mayor medida, son desinformaciones, fruto de la propaganda y contrapropaganda de guerra. Una extensa variedad de fake news de diversos orígenes, en ocasiones derivadas de ciertos intereses políticos, buscan afirmar lo que se querría que ocurriera sobre lo que ha pasado, está pasando y pasará en la guerra ruso-ucraniana.

Estos debates han surgido y siguen surgiendo como consecuencia de lo complicado que es tratar de entender la guerra en todos sus procesos. Como guía aclaratoria veamos, sintéticamente, los debates más conocidos y difundidos en los medios de comunicación sobre la guerra ruso-ucraniana.

Toma de Bucha por las tropas ucranianas

Las primeras controversias

Con el soporte de expertos ucraniólogos y rusólogos de toda clase, tras la sorpresa inesperada de la invasión rusa hace siete meses en territorio ucraniano –fallo de los Servicios de Inteligencia occidentales que según la OTAN deberían producir información rápida en tiempo real para poder reaccionar con eficacia–, los debates apuntados se iniciaron con aquel que analizaba si tal acción era una guerra o no, ante la declaración rusa de que la invasión era solo una “operación militar especial”. Declaración que colocaba a dicha invasión, por no haber una declaración formal de guerra fuera de la concepción de una guerra convencional, aun cuando la misma fuera armada y violenta, con la realidad de que Europa estaba y está en guerra.

Concretamente, aquel debate sobre si el tipo de guerra es para unos convencional incluso acusando la acción sobre civiles, o híbrida para otros, si a la convencional se añaden procedimientos diferentes de los habituales, en apoyo a aquella confrontación bélica –proxy para los rusos ante la intervención bélica indirecta de los amigos de Ucrania–; o bien, para otros, se trata de una guerra total al estilo de la Segunda Guerra Mundial, en la que se actuó bélicamente con todo y contra todo.

Con el tiempo se debatió también sobre la duración de la guerra/conflicto. Por un lado, estaban aquellos que aseveraban que el conflicto sería de escasa duración, ya que los ucranianos recibirían a los rusos de brazos abiertos, con lo que la entrada en Ucrania sería un “paseo militar”, cosa que no ocurrió. Por el otro lado estaban los que, considerando los presuntos objetivos de Vladímir Putin –la anexión de la totalidad de Ucrania tras la caída de Kiev, o solo una parte fronteriza–, presumían que sería más larga. A la distancia de este debate, es posible anotar que ni siquiera los segundos acertaron del todo.

Como consecuencia, la aseveración de que la invasión rusa ha conseguido unir Europa y reforzar la OTAN en su contra –tal como se declaró en la Cumbre de la OTAN en Madrid–, ha sido planteada recientemente como posibilidad peligrosa por Josep Borrell, el alto representante de Asuntos Exteriores y Política de Seguridad de la ONU, a la vista de que Hungría quiere una consulta popular sobre los efectos de las sanciones rusas y la determinación de soluciones. Esto, a pesar de que dicha aseveración no era clara para algunos pues lo que parecía tener claridad se podría romper en orden de los intereses nacionales de cada país, según avanzara el conflicto y la dureza de las sanciones rusas, las cuales ya están deteriorando y desestabilizando la economía europea y mundial.

A propósito de la mencionada unidad de los países europeos –discutida más adelante– junto a los EE. UU., se abrió el debate sobre si estábamos ya en una Tercera Guerra Mundial o no, en atención a la intervención, aunque no directamente bélica por su parte, a la existencia nominal de bloques internacionales de soporte para cada uno de los contendientes, a los apoyos logísticos bélicos de todo tipo a Ucrania –con entrega de armamento creciente en calidad y cantidad, formación de combate a sus fuerzas, etc.–; y el sufrimiento común de los rebotes de las sanciones impuestas a Rusia. Debate en el que la mayoría señaló que, aunque existiera la posibilidad de una escalada, de momento dialéctica, en dirección a la mundialización del conflicto, aún no se estaba en ella.

Líderes de la OTAN reunidos en Madrid-2022

No obstante, aún queda pendiente la amenaza rusa de comenzar la Tercera Guerra Mundial si las fuerzas de la OTAN entran en Ucrania, o si Ucrania pasa a ser miembro de tal organización. Al igual que existe la incertidumbre sobre si esta posible guerra mundial derivaría en una guerra nuclear, la cual nadie desea. Al respecto hay dos posturas, los que creen que esta amenaza no se producirá, a no ser que se rompa el efecto disuasorio que pasara de la advertencia a la realidad, o a que haya un error bélico en tal dirección –mismos que exigen a Putin que ponga fin a la guerra–; y aquellos que la ven completamente posible si, como inicio, se emplearan por parte rusa armas nucleares tácticas, en caso de que la situación bélica se torciera en demasía para los rusos, poniéndoles «entre la espada y la pared» como parece que está ocurriendo: movilización desorganizada de fuerzas con falta de recursos, avances territoriales ucranianos de reconquista, voladura en el puente de Kerch que une Rusia con Crimea,  sabotajes sobre los gaseoductos en el mar Báltico y en Polonia, etc.

El debate actual ante la reciente amenaza pública rusa de ataques nucleares –importante saber si solo se trata de un farol con intencionalidad disuasoria–, a pesar de algunos desmentidos diplomáticos, ha originado una respuesta europea y estadounidense que intenta ser disuasoria –maniobras de la OTAN de carácter anual con armamento nuclear, las Steadfast Noom–. No obstante, esta amenaza ha sido tomada en serio por algunos países fronterizos con Ucrania, como Moldavia, Rumanía, Hungría, Eslovaquia y Polonia, los cuales están adquiriendo pastillas de yodo y revisando sus búnkeres antinucleares ante la idea de que la misma pudiera ser auténtica.

También está el debate comparativo de las bajas de combatientes y de armamento en ambos bandos, esto sobre todo por el lado europeo, contando con el silencio ruso tratando de dirimir quién va perdiendo la guerra. Rusia tiene en la actualidad carencias en cuanto a armas y municiones. Al respecto, algunos señalan que incluso cuando su maquinaria e industria militar están desgastadas, todavía cuentan con potencial para seguir en la guerra; asimismo otros señalan que, a pesar de que también se está llevando a cabo en Europa la producción de armas y municiones –armamento que ante los recientes ataques a Kiev y otras quince ciudades ucranianas se va a reforzar con sistemas antimisiles dando instrucción a quien han de emplearlos– para Ucrania con el fin de atender sus propias reservas, Ucrania está creciendo en cuanto a la recepción de armamento y material bélico, de la mano de financiación bélica por parte de que quienes les apoyan, lo que va a impulsar al ejército ucraniano hacia la victoria. Y este apoyo será también necesario en el invierno, ante la dificultad para el movimiento de tropas y la acentuación, con seguridad, de los ataques rusos por el aire de cualquier tipo. En este terreno también hay que mencionar la poca experiencia bélica de las fuerzas rusas presentes frente a parte de las ucranianas, que llevaban combatiendo siete años en la región de Donbás contra los separatistas prorrusos, además de los buenos resultados de su táctica de golpear por sorpresa y huir sin enfrentarse nunca directamente.

Asimismo, se abrió el debate, sin exponer la doctrina bélica rusa –diferente en su concepción a la europea y estadounidense–, sobre si Putin tenía una estrategia definida o no. Esto entre los que admitían que lo que estaba tratando era recuperar un territorio que antes era ruso; afirmando a la vez que Rusia había sido engañada por la OTAN sobre las intenciones de reforzar Ucrania frente al Este. En el debate, igualmente estaban aquellos que veían, y siguen viendo más allá, considerando que Rusia atacará para reforzar su seguridad y retomar su presencia como potencia mundial, recuperando en el proceso la idea de volver a la Gran Rusia, a otros países europeos fronterizos con Rusia; y ello a pesar de que haya quienes consideran, a la vista de los acontecimientos, que Putin ha cambiado de estrategia en varias ocasiones: abandono del intento de ocupación de Kiev, traslado al Este de las operaciones, nuevo ataque a Kiev con misiles, junto a quince ciudades más, como «venganza», «castigo» o represalia; ante la pérdida de parte de los territorios anexionados, la voladura de parte del puente de Kerch y la amenaza reiterada de un ataque nuclear. Cambios que, al margen de intentar mejorar la opinión pública rusa sobre la guerra, no suponen nada en cuanto a la idea de Putin, al parecer fija, de seguir adelante con la guerra de cualquier forma.

Lo que se discute recientemente

Otro debate, actualmente abierto, es sobre el valor de las sanciones económicas a Rusia. Este, entre aquellos que, partidarios de las mismas, consideraron que el resultado se vería a largo plazo;  y entre aquellos que consideran que las sanciones, como parte de la guerra, una «guerra económica» que acompaña a la bélica, no resolverán el conflicto, anunciando al tiempo que el daño causado rebotaría contra Europa. Lo que abriría la puerta a una escalada de las mismas, pensando además que el efecto de las sanciones, que afectan al continente europeo y más allá, continuará en el tiempo aun cuando se alcanzara la paz. Y este debate viene acompañado del subsecuente respecto a cómo paliar, cara al presente y al futuro, las dependencias económicas.

Existe igualmente un debate referente al apoyo armamentístico y logístico, amén de otros –entre ellos, el entrenamiento de fuerzas ucranianas, tropas y mandos, la atención sanitaria, la acogida de desplazados, etc.–, a Ucrania. Este, entre aquellos que lo consideran esencial –factor decisivo para la OTAN, para evitar que Rusia gane la guerra– y los que hablan de no dar tal apoyo, dirigiendo los esfuerzos a abrir una negociación ante la idea de que la guerra terminaría pronto frente una Ucrania derrotada.

Respecto a la salud de Putin, siguiendo la creencia generalizada de que «muerto el perro se acabó la rabia», también se ha originado un debate entre los que decían tener información concreta al respecto, información que daba como seguro, ampliada con la observación de algunos de sus gestos de que Putin estaba enfermo, gravemente enfermo; y entre aquellos que, dudando, no la consideraron como hecho en ningún momento.

Además de la polémica que refería a una posible enfermedad que pudiera eliminar naturalmente a Putin, ha surgido otra discusión. En esta, por un lado están los que consideran la posibilidad de un golpe interno en Rusia que haga caer a Putin, idea que refuerzan con habilidad en su contra ante las presuntas quejas de soldados rusos en Ucrania, de sus familias, de la sociedad ante la actual movilización; ante los resultados de las sanciones, de las supuestas críticas de algunos generales y poderosos; todos, bajo la idea de que Putin ha perdido el control y que es ya incapaz de imponer su autoridad, que la invasión de Ucrania se ha vuelto contra él, que su régimen está desnortado. Y, por el otro lado, ante el tema están aquellos que consideran que el poder establecido por Putin y la presencia de una mayoría rusa nacionalista, aún no visualizada completamente al sentirse agredida por occidente, se pone a su lado, no se ha debilitado tanto, a pesar de algunos miedos a su poder,  como para ser derrocado. Y más, teniendo en cuenta la existencia de un círculo de poder próximo a Putin –el «partido de la guerra»– que exige más dureza sobre Ucrania, con acciones contra las infraestructuras vitales –energía, comunicaciones, transportes, etc.– y contra las vías de recepción de armas y medios europeos y estadounidenses para la guerra. Esto, con el objeto de colocar a Ucrania y, por ende a Europa, al borde de la supervivencia. Asimismo, hay que considerar la especulación de algunos analistas que refiere a que la ausencia de Putin no supondría ni el fin de la guerra ni que Rusia no continuara «defendiéndose» de Occidente.

Embajada de Rusia en Londres

Sobre quién está ganando o perdiendo la guerra ruso-ucraniana existe de igual forma cierta controversia. En tal caso, están los que consideran que Ucrania la ganará en un futuro más o menos lejano –que son los que manifestaban y manifiestan que la guerra no la han de ganar nunca los rusos–, sobre todo ante las ultimas reconquistas territoriales; de la mano de aquellos que afirman que la guerra está ya dada por perdida para Rusia, a la vista de lo que consideran señales de desesperación y debilidad en el ejército ruso: cambios frecuentes de generales y mandos militares, faltas de armas y de municiones. Igualmente, en el tema están los que no ven tan clara esa debilidad, dada la potencialidad rusa, de cara al futuro en su posible esfuerzo de guerra.

Un debate más responde a lo que algunos afirman sobre una posible ralentización de la guerra durante el invierno, por dificultar los movimientos de fuerzas; frente a la creencia de otros que, sin olvidar el peso de la artillería, de los misiles, de los drones y de la fuerza aérea, ven posible la continuidad bélica.

Y mientras, frente a tanto debate que ha surgido, como se puede cotejar, al compás de la evolución de la guerra bajo la mirada de los expertos antes aludidos, además de los que posiblemente se sigan planteando –ahora, por ejemplo, sobre el significado de la aplicación de la Ley Marcial por parte Rusia a los territorios irregularmente anexionados, respecto a la evacuación de civiles de la región de Jersón o sobre los nuevos aliados de Rusia, etc.–, todos ellos interrelacionados, nos vamos distanciando para aclarar el «aquí y ahora» que interesa, dejando igualmente de lado una cuestión que pudiera ser clave: ¿Qué se ha hecho en el terreno de la diplomacia para atajar la guerra?

Finalmente hay también un debate, aún inconcluso, que refiere que las partes que debieran negociar –al margen de las incitaciones a ello por parte occidental, y de lo que no hay mucho de cierto  todavía, sobre una posible reunión entre Biden y Putin en la Cumbre del G20 en Indonesia a mediados de noviembre–, no quieren hacerlo. Esto, ya que cada lado plantea exigencias encontradas. Al respecto, por un lado se encuentran los ucranianos calificando la guerra de «existencial», mostrando una elevada moral y gran voluntad de vencer, considerando la posibilidad real de derrotar a Rusia–incluso cuando Rusia llegase a emplear armamento nuclear–; empeñados, a su vez, en que se respete por parte rusa la integridad territorial de Ucrania, devolviendo todo el territorio ocupado, incluso Crimea –ello, al margen de que Volodímir Zelenski​ rechace hablar con un dirigente ruso, «criminal de guerra» y terrorista, mostrando así una falta de voluntad para negociar–. Por su parte Rusia, empeñada en continuar la guerra en Ucrania para ganarla, a pesar de los constantes apoyos de la UE y de la OTAN a Ucrania –lo que exacerba su belicismo–, no ve condiciones para la negociación –negociación que no quiere–. No obstante, algunos analistas intuyen que, en caso de producirse, Rusia exigiría el reconocimiento definitivo de Crimea como territorio ruso, que Ucrania admitiera que se repitieran los referéndums sobre las cuatro regiones anexionadas recientemente –Donetsk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia– bajo los auspicios de la ONU, y que, de cara al futuro, Ucrania sea neutral, sin formar parte de la OTAN.

En suma, ambas posiciones generan una situación de bloqueo sobre la que habría que haber considerado ya soluciones, con el fin de abrirla.

Coronel D. Fernando Pinto Cebrián

Coronel de Infantería y diplomado de Estado Mayor retirado. Exmiembro del CNI. Técnico de Inteligencia. Licenciado en Geografía e Historia por la UNED. Doctor en Historia por el Instituto Universitario de Historia «Simancas» (Universidad de Valladolid). Miembro correspondiente de la Sociedad de Geografía de Brasil. Socio fundador de la Asociación Española de Historia Militar (ASEHISMI). Miembro de la Asociación Española de Escritores Militares (AEME). Miembro de la Asociación de Exmiembros del Servicio de Inteligencia Español (AMSIE). Agregado a las embajadas de España en Brasil, Mauritania, Senegal, Mali y Angola. Autor de diversas publicaciones dedicadas a la historia, geografía, antropología y al terrorismo contemporáneo. Entre ellas: Las razones de la sinrazón de los terrorismos contemporáneos (Finvespol, 2017), Terrorismo yihadista e Inteligencia (Ediciones Áltera, 2019), Terrorismo y Contraterrorismo en España. La experiencia (Ediciones Áltera, 2021).

Jactancia armada y falacias

EDITORIAL (10.05.2022)

Las falsas excusas de Putin para la guerra confirman que un autócrata no necesita pruebas para presentar sus actos como inevitables

La conmemoración del Día de la Victoria de la URSS frente a la Alemania nazi se anunciaba inquietante como el momento elegido por Vladímir Putin para celebrar un triunfo definitivo en Ucrania, declarar la guerra con la movilización de reservistas o dar paso al empleo de armas nucleares tácticas. Nada de eso ocurrió ayer. El autócrata del Kremlin volvió a apropiarse de tan señalada fecha haciendo de su régimen la síntesis entre el pasado soviético y el poder acumulado tras su caída, y reduciendo el sacrificio que entre otros realizaron millones de ucranianos al blandir la bandera rusa. Aunque esta vez renunció a justificar la pretendida invasión de Ucrania por el nazismo y el genocidio que encarnaría el Gobierno de Kiev para ofrecer la enésima versión de su sinrazón: que Occidente atacaba a Rusia en el territorio que considera propio del Donbás y Crimea.

Las dictaduras no necesitan argumentos probatorios para explicar la inevitabilidad de sus actos, por crueles que sean estos. Los portavoces del Kremlin van desgranando sus supuestos motivos en la seguridad de que la mayoría de sus súbditos no osarán mostrar públicamente su escepticismo y mucho menos su oposición a una «operación militar especial» de la que Putin insistió ayer en que proseguía sobre los planes previstos. El mensaje no resultó precisamente victorioso. Pero vino a dar por sentado que el Donbás forma parte de la «tierra rusa». Como si, ante las dificultades por hacer efectiva su ocupación por la fuerza, Putin volviese a dibujar una patria expansiva por naturaleza, de manera que toda resistencia a sus pretensiones se convierte en agresión.

El régimen de Moscú es un sistema sin contrapesos, capaz de hacer un uso ilimitado de la anulación de derechos básicos y de la falacia. Ayer hizo desfilar por la Plaza Roja ingenios a los que se les supone una capacidad destructiva atroz, pero que parecían inermes. Ucrania, los aliados de la OTAN y de la UE están poniendo en evidencia el poder militar ruso. Será muy difícil que el Kremlin pueda alcanzar una victoria significativa e irreversible sobre Ucrania, a la que Putin ni siquiera nombró, aunque, en contraste con la endeblez de su jactancia armada, Rusia se está mostrando más correosa ante las sanciones económicas porque los países democráticos siguen siendo en mayor o menor medida dependientes de sus fuentes de energía. Pero la ventaja rusa irá desvaneciéndose a pesar del oportunismo doméstico al que se aferra su líder.

Mariúpol resiste un día más los ataques mientras Rusia sigue sufriendo pequeñas derrotas

Mariúpol resiste un día más los ataques mientras Rusia sigue sufriendo pequeñas derrotas (elespanol.com)

Hasta que Rusia no consiga el control de Azovstal y no complete la toma del puerto principal, no podrá decir que Mariúpol ha caído.

Aunque el ministro de defensa ruso, Sergei Shoigu, declaró el pasado miércoles que los 1.026 miembros de la 36ª Brigada de Marines se habían rendido al ejército invasor en la ciudad de Mariúpol, su afirmación ha resultado imposible aún de verificar. Shoigu publicó una serie de vídeos que mostraban la entrega de algunos de estos combatientes, pero sin posibilidad de fechar las imágenes y sin constancia alguna de su número exacto. De hecho, pocas horas después, fuerzas de dicha Brigada y del Batallón del Azov publicaron unas fotos en las que aparecían juntos en la planta siderúrgica de Azovstal.

Todo esto forma parte de lo que no sabemos con certeza. Lo que sí sabemos es que el ejército ruso, junto al de la autoproclamada República Popular de Donetsk, sigue avanzando por las calles de Mariúpol sin conseguir de momento su control absoluto. Van ya cincuenta días de guerra resistiendo sin apenas alimentos, agua potable ni suministros de ningún tipo. Viendo cómo Rusia bombardeaba sus maternidades y sus refugios. El fin está muy cerca y ellos lo saben, entre rendiciones ocasionales -alguien se tuvo que entregar en la planta siderúrgica Ilyich para que Shoigu consiguiera esas imágenes- y la amenaza del uso de armas químicas en cualquier momento para terminar con esto cuanto antes.

Hasta entonces, siguen resistiendo. Son algo más de un millar de unidades, la mayoría perteneciente al citado Batallón de Azov, repartidas por unas pocas áreas de la ciudad que escapan al dominio ruso: parte del puerto principal, que Rusia dio por controlado a principios de la semana, pero parece que no en su totalidad; unos terrenos en el noreste de la ciudad, alrededor de la planta siderúrgica Ilyich, y las inmediaciones de la otra planta siderúrgica, Azovstal, donde resiste el mayor contingente de tropas, entre hierros, pasadizos y la protección del propio acero.

Hasta que Rusia no consiga el control de Azovstal y no complete la toma del puerto principal, no podrá decir que Mariúpol -lo que queda de Mariúpol, más bien- ha caído. Mientras tanto, sus planes de rodear a las tropas de las JFO ucranianas en el Donbás, tiene que seguir aplazándose. La idea es bajar tropas desde Járkov y subirlas desde Mariúpol para hacer una pinza… pero las segundas siguen demasiado ocupadas como para diversificar sus tareas. A su vez, el hecho de que las JFO sigan con acceso a munición y alimentos desde el oeste hace que puedan resistir los ataques constantes de Rusia, con lo que los avances de Putin en esa zona son mínimos.

La desbandada de Kiev

Todos intuimos que Mariúpol caerá en breve y que esos mil o mil quinientos soldados ucranianos tendrán que rendirse o morir en el camino. Todos intuimos, a su vez, que entonces y solo entonces dará comienzo la temida segunda fase de la «operación militar especial» rusa. Las agotadas tropas del sur intentarán aislar a las JFO y entrará en juego el nuevo contingente que está preparando Putin en la frontera desde hace semanas. Todas las unidades destinadas en origen a los alrededores de Kiev están llamadas a participar en este nuevo ataque, así como un numeroso grupo de reservistas, voluntarios chechenos, sirios y osetios, así como unidades del Grupo Wagner dispuestos a actuar con su falta habitual de escrúpulos.

Por si esto fuera poco, Putin anunció hace poco una nueva leva de hasta ciento sesenta mil nuevos reclutas, que se supone que estarán formados para el combate en junio o julio, para cuando la guerra entre en una nueva fase de conquista al oeste del Dniéper. Mientras llega ese momento, lo cierto es que el panorama no es nada alentador para Rusia: Mariúpol es ahora mismo un problema para ellos, pero no es el único. Aparte del bloqueo que supone tener tantas tropas tomando una sola ciudad, más las que quedan bombardeando Járkov día y noche, imposibilitando la mencionada pinza sobre las JFO, los demás escenarios de la guerra muestran estos días un avance ucraniano sobre tropas desmoralizadas o directamente a la fuga.

En el norte, ya hemos dicho que todas las unidades que llegaron a quedarse a quince kilómetros de Kiev tienen la orden de retirarse a la frontera del Donbás para prepararse para una nueva ofensiva en esa zona. Teniendo en cuenta el inmenso despliegue que Putin preparó para tomar la capital, hablamos de decenas de miles de tropas y tanques a la fuga, vía Bielorrusia en su mayor parte. Otra de las prioridades del ejército ruso es precisamente garantizar esa huida -o ese traslado, según se quiera ver-, sin perder aún más unidades por el camino. Toda la operación en el norte ha sido un desastre de enormes proporciones: no solo no se consiguió el objetivo de tomar Kiev, deponer a Zelenski y acabar con la guerra en un solo movimiento, sino que se ha tenido que devolver todo el terreno ganado y el nombre de Rusia y su ejército quedará siempre ligado a las atrocidades que han quedado expuestas en las distintas ciudades ocupadas: Bucha, Buzova, Shevchenkova, Borodianka…

El Moskva, hundido

Al estancamiento en el Donbás y la desbandada en Kiev, hay que añadir la insólita situación en el sur del país. Pese a que Jersón fue una de las primeras capitales regionales tomadas por los rusos -la única fuera de Donetsk y Lugansk, de hecho-, el soñado avance hacia Mykoklaiv para desde ahí rodear Odesa no ha llegado a producirse nunca. Las cosas van cada vez peor para las tropas rusas desplazadas desde Crimea a la zona. Las contraofensivas ucranianas siguen ganando terreno y recuperando ciudades, quedando ya a pocos kilómetros de una capital que ha sido emblema para los invasores durante un mes y medio… pero que puede cambiar de manos si no llegan pronto los refuerzos del este.

No queda ahí la cosa: este miércoles llegaban las noticias de un enorme fuego en el acorazado Moskva, uno de los estandartes de la marina rusa en el Mar Negro, desplegado justo frente a las costas de la ciudad portuaria de Odesa como recordatorio constante a sus ciudadanos de lo que está por venir en cualquier momento. Este mismo jueves, Rusia anunció su hundimiento mientras intentaba llegar a tierra para ser reparado. Las noticias alrededor del Moskva son algo confusas, siguiendo la línea de lo que uno puede esperar en una guerra. Al principio, la propaganda ucraniana -que también existe y es potente- habló de su hundimiento antes de tiempo. Horas después, Kiev anunció un ataque con misiles Neptuno que habría dañado gravemente al barco hasta el punto de dejarlo inservible.

Nadie ha podido confirmar aún esta versión, pero lo que es obvio por numerosas fotos y varios vídeos emitidos en redes sociales es que del Moskva salía una intensa columna de humo y ha acabado bajo el agua. En el Kremlin hablan de un incendio, sin más. Un fuego que habría empezado por un problema en el interior del barco y que se habría complicado. Nada que ver con Ucrania, nada que ver con su ejército. No es fácil saber qué versión deja peor a los rusos: malo es que el enemigo hunda uno de tus barcos insignia, pero probablemente sea peor que tú mismo te lo cargues desde dentro. 

Todo el mundo habla estos días de la segunda ofensiva y da por hecho que no será como la primera. Centrarse en el Donbás tiene la ventaja de afrontar un terreno más abierto, más claro y más reducido. Nada que ver con el frondoso norte, lugar ideal para emboscadas. La presencia del general Alexander Dvornikov, el héroe de Rusia en Siria y Chechenia, parece haber revitalizado los ánimos de las tropas desplegadas en el este de Ucrania. Ahora bien, el desastre del que viene el ejército ruso, tan solo capaz en cincuenta días de ampliar sus fronteras unos kilómetros en el Donbás y avanzar

mínimamente hacia el norte y el este de Crimea, incapaz aún de completar el corredor del Mar del Azov, debería servirnos de aviso: la fuerza y el número no lo son todo.

Desde el Kremlin se irradia una sensación de complacencia que choca con la realidad sobre el terreno. Ucrania está poniendo los muertos y las ciudades arrasadas, sí. Como decía el propio Zelenski la semana pasada: «Es difícil decir que estamos ganando la guerra cuando nuestros civiles son asesinados y violados cada día». Sin embargo, lo que parece claro es que no la está perdiendo. No solo ha conservado Kiev, sino que mantiene Járkov bajo su poder, Dnipro aún está lejos de la primera línea de defensa, el temido desembarco en Odesa no se ha producido y el oeste del país -Lviv incluida- apenas ha tenido que sufrir algún ataque suelto desde posiciones en Bielorrusia. Pensar que esto puede dar un giro de ciento ochenta grados en apenas cuatro semanas (el 9 de mayo, Día de la Victoria, se acerca) parece ahora mismo un acto de fe.

Qué ocurrirá en Ucrania cuando caiga Mariúpol

Remitido por el experto en geopolítica Carlos Guerrero.

Convertida en una trinchera humeante, la antaño próspera ciudad de medio millón de habitantes se ha convertido en símbolo de la resistencia feroz y desesperada de los ucranianos. La reorganización del ejército de Rusia ha permitido concentrar sus esfuerzos en el este, en especial los sanguinarios veteranos chechenos, pero el puñado de defensores que aún planta cara hará difícil que los invasores den por controlada Mariúpol.

Renunciando a entrar en Kiev para instalar un gobierno títere, Vladimir Putin aspira a engullir Ucrania oriental, teóricamente prorrusa, en una porción en forma de luna creciente que abarque de Jarkov a Odesa pasando por el Donbás. La superioridad numérica rusa parece darles ventaja en la guerra de desgaste, pero cada día ganado por los ucranianos acerca las sanciones más severas que terminarán agotando los recursos del Kremlin.

La «preocupante» escalada de tensión en la frontera entre Ucrania y Rusia en la que Moscú ha vuelto a desplegar tanques y tropas

10.04.2020 EE UU pide a Rusia que explique «al mundo» la acumulación de tropas en Ucrania

https://www.diariosur.es/internacional/pide-rusia-explique-20210411002258-ntvo.html

Una de las zonas más inestables del mundo tiembla otra vez ante el avance de los tanques de Rusia.

Desde finales de marzo, imágenes de satélite y videos filtrados en redes sociales comenzaron a mostrar un amplio despliegue de artillería pesada y tropas rusas hacia la región del Dombás, en el área fronteriza en el este de Ucrania, donde se inició en 2014 un conflicto que todavía no ha terminado.

De acuerdo con el grupo de investigación Conflict Intelligence Team, el Kremlin no solo ha transportado fuerzas militares a la zona, sino que también ha instalado numerosos campamentos en la frontera.

https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-56610286

https://www.elcomercio.es/internacional/maxima-tension-rusia-ucrania-20210407234248-nt.html?ref=https:%2F%2Fwww.google.com%2F