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El militar español del siglo XXI

El  Ciclo AEME II/21, bajo el titulo «El militar español del siglo XXI» quiere recoger el estado actual y su evolución, en estos primeros años del siglo actual, de una serie de fundamentos básicos que son consustanciales con el oficio militar como pueden ser las Ordenanzas, la vocación militar, la ética militar, la moral militar, el espíritu militar, los valores y virtudes militares, la enseñanza militar, el liderazgo militar, el militar institucional o el militar ocupacional, la profesión militar y el militar retirado.

La siguiente colaboración, es la primera del Ciclo,  que ha sido redactada por el General de Brigada de Infantería, r, D. Francisco Laguna Sanquirico, miembro de esta Asociación..

General Laguna

LAS REALES ORDENANZAS

España es la nación, quizás la única, que mantiene un documento con el nombre de Reales Ordenanzas para fijar los criterios éticos que deben regir la actuación de sus ejércitos. Aunque en todas las naciones desarrolladas el empleo de la fuerza, y en especial la militar, se busca que se desarrolle en el marco de unos criterios éticos y que  los miembros de sus Fuerzas Armadas actúen respetando los Derechos Humanos y en definitiva, que se rijan por lo que se denomina una “moral militar”, los documentos que fijan estos criterios se desarrollan según diferentes formatos, aunque curiosamente en muchos casos, son coincidentes en cuanto a las normas y los conceptos que desarrollan.

Un valor importante de estas Ordenanzas se encuentra en su historia. Aunque hay autores que remontan sus orígenes a los Reyes Católicos, e incluso a Las Partidas de Alfonso X, José Almirante en su Diccionario Militar, en el que detalla su evolución, considera que el primer documento legal que debe considerarse como el primer paso es el que redactó Sancho de Londoño en 1568, con el título de “Discurso sobre la forma de reducir la disciplina militar a mejor y antiguo estado”. Desde esa fecha han sido varias las Reales Ordenanzas que se dictaron bien con carácter general o para una parte o para determinadas operaciones militares. Es interesante conocer esta historia para valorar el sentido que tiene la necesaria actualización de los textos, a fin de que los valores éticos que recogen respondan a los problemas reales del momento. La importancia del hilo histórico que enlaza estos textos es que reflejan que esta adaptación se realiza en base a valores que siguen siendo transcendentales.

Es interesante señalar que aquellas Ordenanzas no se circunscribían a criterios éticos, sino que abarcaban distintos temas. Así las de Carlos III, en 1768, contenían, en 8 tratados, temas de Moral militar, Régimen interior, Táctica, Justicia, Honores, Reclutamiento, etc.  De los 2.328 artículos solamente 123 se referían a criterios de ética militar, y estos fueron, en realidad, los que durante 200 años se consideraron como Ordenanzas, en la medida que los restantes se modificaron en diferentes documentos. Y lo mismo sucedió con las de Fernando VI, de 1748, para “El gobierno militar, político y económico de la Armada”.

Tras estos dos documentos se inició en España un largo periodo en el que los conflictos políticos dificultaron, y llegaron a impedir, la actualización de las Ordenanzas, llegando a crear la idea equivocada de que actualización era sinónimo de rectificación de los valores que recogían las antiguas, cuando en realidad se trataba de una forma de mantener vivos los criterios éticos en los que se debe fundamentar la profesión militar. Precisamente este fue el objetivo de la Comisión que en 1977 se creó para actualizar aquellos textos.

Los profundos cambios que en aquellos dos siglos habían sufrido tanto la sociedad como las Fuerzas Armadas, obligó a plantear el tema de que no se trataba solo de una adaptación a los nuevos tiempos, sino que era necesaria que el nuevo texto afrontara problemas inéditos a la par que mantuvieran los valores tradicionales. Este problema no era nuevo como quedó patente en el texto del Preámbulo redactado en 1842 para. justificar el Proyecto de renovación de las Reales Ordenanzas:

La revisión de las Ordenanzas Militares es una necesidad hace mucho tiempo reconocida, no porque convenga ni sea lícito alterar los eternos principios de orden y disciplina, que constituyen en la parte esencial ese respetable monumento de saber y experiencia, sino porque muchas de sus disposiciones secundarias han caducado enteramente, o exigen al menos grandes modificaciones, como no podía menos de suceder después de un trascurso de 74 años…

En este marco los temas más importantes a los que en 1977 se tuvo que dar respuesta fueron:

1. La conveniencia de que hubiera unas mismas Ordenanzas para el total de las Fuerzas Armadas

.2. Respetar al máximo la calidad literaria de las antiguas; Incorporar las nuevas misiones que podían ser necesario cubrir.

3. Abrir la posibilidad de que en un futuro próximo la mujer se incorporara.

4. Cubrir las posibles interferencias que en el orden de la disciplina y el espíritu de compañerismo pudieran plantearse por actividades políticas o sindicales.

5. Adecuarse y evitar contradicciones con el texto de la Constitución que se estaba redactando en las Cortes.

Por último, finalizada la redacción del texto, se planteó la cuestión del rango legal que debían tener, puesto que las antiguas Ordenanzas, aunque tuvieran valor de ley, no encajaban en el vigente esquema de niveles de legalidad. Sobre este último punto es interesante valorar que se decidió el de “Ley” por considerar que era lo que más de ajustaba a la idea de que recogían lo que el conjunto de la sociedad deseaba para sus Fuerzas Armadas.

Posteriormente, en el 2007 se recuperó la costumbre de actualizar las Ordenanzas como lo exigían los cambios políticos, sociales o técnicos, redactándose unas nuevas que fueron promulgadas por el Real Decreto 96/2009. Los principales factores que se tuvieron en cuenta fueron:

1.- La  necesidad de derogar todo el Tratado III de las anteriores que trataba de los derechos y deberes de los miembros de las FAS, que habían sido regulados en diferentes Leyes y Reglamentos.

2.- El cambio de la estructura de los Ejércitos por la adopción del modelo de tropa profesional.

3.- La incorporación de la mujer en todos los niveles del personal militar.

4.- La variación de las misiones que se encomendaban, así como el nuevo panorama estratégico y la orientación de la Defensa en base a la  intervención de Fuerzas multinacionales.

El nuevo texto respeta bastantes artículos de las anteriores y amplía, y detalla, los retos que se presentan hoy. En este sentido puede decirse que no solo mantiene el enlace con la historia militar, sino que también aborda temas nuevos apoyándose en los valores tradicionales. Sin embargo, plantea interrogantes y diferencias sobre los que cabe reflexionar e introduce cuestiones, como la del cuidado del medio ambiente o el problema de la violencia de género, que corresponden más a la responsabilidad común de todo ciudadano que a la estrictamente militar.

La eliminación del Tratado III de las Ordenanzas de 1978, que como queda dicho regulaba temas que hoy están tratados en otras disposiciones legales, responde al problema que planteaba el que no lo fueran por una Ley Orgánica, como determina la Constitución. Este tema que dio lugar a un amplio debate en el que cabe destacar los trabajos de Sanchez Agesta del CESEDEN y el de Fernando J. Muniesa, publicado en la revista “Militares”, no afecta a la importancia y al peso que deben tener las Reales Ordenanzas como código de conducta de los militares. Otra cosa es que la introducción de criterios éticos en las distintas Leyes y Reglamentos haya planteado una mayor dificultad en la formación ética de los profesionales de las Fuerzas Armadas.

Esta mayor dificultad se deriva del hecho de que la enseñanza de este código ético no se puede estudiar en un solo texto, lo que se traduce en que la formación de base necesariamente se dispersa. No hay que olvidar que la “ética” es un tema que se debe asumir para que oriente la aplicación de su contenido en cada situación concreta. No se trata de un reglamento que pueda consultarse para solucionar temas o problemas concretos, sino de un conjunto de ideas que orientan el comportamiento de cada persona en cada situación y por ello cuanto más sencillo y breve sea su expresión, más fácil resulta su aplicación. Por este mismo motivo es discutible lo que señala el Art. 2 como ámbito de aplicación, puesto que la persona que asume un comportamiento ético, no lo puede limitar a una fase de su vida. Otra cosa es que varios, o muchos, de los artículos no tengan aplicación en la vida del que ha cesado en su actividad profesional, por edad o por otras circunstancias.

Y esto enlaza con el hecho de que los valores éticos son importantes en todo momento, aunque su aplicación difiera según sea la situación. Y este criterio es necesario mantenerlo y extenderlo a todos los ámbitos de la sociedad sobre todo en un periodo en el que parece que la crisis de los valores se ha generalizado y se considera por la mayor parte de los pensadores y sociólogos, como el reto más importante que tiene hoy la sociedad.

La siguiente colaboración, segunda del Ciclo,   ha sido redactada por el Teniente General del ET, r  D. Luis Feliu Ortega, miembro de esta Asociación.

Teniente General Feliú

LA VOCACION MILITAR

Cuando se habla de vocación, inmediatamente se suele asociar con la vocación religiosa y más concretamente con una llamada fruto de un designio de Dios. De hecho, la primera acepción que presenta el diccionario de la RAE es “inspiración con que Dios llama a algún estado, especialmente al de religión”. Sin entrar en más detalles que no son objeto de este artículo, tenemos que afirmar que no es totalmente correcto pues, aunque para los cristianos Dios es sobre quien se sustenta toda la creación, no es un gestor de sus criaturas.

Más adecuada para nuestro propósito es la tercera acepción, “inclinación a un estado, una profesión o una carrera”. Es decir, la vocación como atracción o llamada interior que algunas personas sienten hacia ciertas profesiones o actividades. Marañón la explica como “voz interior que nos llama hacia la profesión y ejercicio de una determinada actividad”.

En la vocación podemos considerar varias etapas o fases. La vocación suele empezar en la juventud, aunque no necesariamente en ella, como una inclinación, afición, interés o ilusión, innata o fomentada o producida por unas circunstancias, un proceso educativo, un entorno familiar o social. Suele irse concretando por un gusto hacia un estilo de vida, un interés por los objetivos y finalidades de la profesión, por un afán de ser útil a la sociedad y a los seres humanos. El siguiente paso consiste en un autoexamen para comprobar si se poseen las aptitudes y capacidades físicas, intelectuales y morales necesarias para seguir esa profesión, esa vida, para trabajar por alcanzar esos objetivos y para que la organización o institución correspondiente nos acepte. Efectivamente por mucha ilusión que se tenga si no se tienen las condiciones imprescindibles, no se puede o no se debe seguir adelante pues se puede llegar a la frustración, infelicidad e ineficacia. Es decir, es preciso estar convencido de que las actividades que conlleva la profesión elegida no sólo nos pueden satisfacer, sino que las vamos a poder llevar a cabo.

 En tercer lugar y aunque no es tan imprescindible, no hay que desechar el asegurarse de que el nivel económico y social que se puede obtener es suficiente para nuestras aspiraciones familiares y sociales. Aunque te guste la profesión y tengas las aptitudes necesarias, si no resulta compatible con las demás actividades y aficiones, éstas pueden dificultarte o incluso a impedirte el ejercerla felizmente.

Finalmente, para que la vocación cristalice es necesaria la respuesta, es decir el acto de voluntad para aceptarla a pesar de las renuncias y sacrificios que puede conllevar. Como decía Confucio, “escoge un trabajo que te guste y nunca tendrás que trabajar ni un solo día de tu vida”

 Como es natural no es necesario siempre poseer vocación para ejercer una profesión, pero algunas son muy demandantes y muy poco gratificantes desde un punto de vista material y para ellas la vocación se hace casi imprescindible. En concreto, la vocación es fundamental para una profesión como la militar que impone sacrificios, riesgos e incomodidades en tiempo de paz pero que exige, en caso necesario, arriesgar e incluso entregar la vida en defensa de la Seguridad Nacional, es decir en defensa de los ciudadanos y sus intereses. Sin una vocación auténtica, la vida militar se hace muy difícil, el rendimiento es pequeño y el grado de satisfacción personal muy bajo.

Tampoco hay que caer en el error de confundir la vocación militar con otras razones que, aunque muy legítimas y loables, no son, por sí solas, suficientes. Tales pueden ser, por ejemplo, el patriotismo que no es patrimonio exclusivo de los militares, el altruismo, más propio de otras organizaciones como las ONG o la actividad deportiva que si bien puede ser parte de la vida militar es en todo caso secundaria. Elegir la profesión militar por sólo estas razones, que algunos llaman falsas vocaciones, puede llevar a grandes desencantos y frustraciones. Y no digamos los que se deciden por la carrera militar porque con ello se aseguran un empleo y un sueldo.

Porque no hay que olvidar que el militar debe estar instruido y preparado para el uso legítimo de la fuerza, como último recurso del Estado, es decir para librar el combate y ganarlo. Combate que puede ser defensivo, cuando hay que repeler una amenaza armada a nuestros ciudadanos, sus intereses y su territorio o bien ofensivo para restituir un territorio arrebatado ilegítimamente o destruir o neutralizar a un agresor.

Como decía el general Quero, “afrontar el combate requiere ideales por los que luchar, conductas profesionales muy firmes y dignas, lealtad sin límites y disciplina a prueba de las situaciones más críticas. Estos valores hacen de la vocación militar el activo más importante de la Milicia”. Constituyen también lo que el general Jorge Vigón llama espíritu militar que debe dar sentido a la vida del militar y que se concreta en amor a la profesión, entusiasmo, energía, valor, abnegación y desprendimiento,

Otro problema al que tiene que enfrentarse el militar y para el que necesita un fuerte espíritu es la incomprensión e incluso el rechazo de una parte importante de la sociedad civil, que frecuentemente comete dos errores principales: el pensar que la guerra no es hoy posible y por lo tanto no hacen falta ya los ejércitos permanentes; y el de creer que los haberes y prebendas de los militares, así como los demás gastos de material, instalaciones e instrucción son excesivos.

Es cierto que la probabilidad de que España se vea envuelta en una guerra en su sentido tradicional es prácticamente nula a medio y corto plazo pero en cambio es cada vez más frecuente el tener que intervenir en conflictos armados de guerras no declaradas o guerras irregulares en las cuales nuestras Fuerzas Armadas se pueden y de hecho se ven obligadas a combatir, lo cual exige una mayor preparación si cabe y una mayor exigencia de valores en nuestros militares porque se incrementan las situaciones de incertidumbre y se hace necesario, desde incluso los escalones inferiores, el tener iniciativa para tomar decisiones que pueden tener una gran transcendencia.

También se oye cada vez más en la actualidad que la profesión militar ha dejado de ser una profesión de espíritu y vocación para ser una profesión técnica donde lo que son necesarios son medios cada vez más sofisticados que usan tecnologías avanzadas y que ya no se requieren unos  valores morales, cuando no hay que olvidar que cualquier tipo de guerra o confrontación es siempre una lucha de voluntades en la que la moral sigue jugando un papel preponderante y que los medios materiales no tienen más valor que el de las personas que los manejan. Nuestro Ejército de Tierra resume los valores de su personal en: VALOR, ESPIRITU DE SACRIFICIO, DISCIPLINA, COMPAÑERISMO, ESPIRITU DE SERVICIO Y HONOR.

Finalmente es preciso decir que, aunque estamos en una época en que cada vez parece que ya no se valoran las virtudes del espíritu y que la vocación se ha convertido en algo del pasado, afortunadamente siguen existiendo vocaciones militares que permiten que nuestros militares estén demostrando sus valores en el más alto grado, tanto aquí en los periodos de instrucción, adiestramiento y apoyo a la población civil, como en las misiones que desempeñan en el extranjero.

La siguiente colaboración, tercera del Ciclo, ha sido redactada por el  General de División del Ejército del Aire  D. Juan  Antonio Moliner González, Vicepresidente Primero de la Academia de las Ciencias y las Artes Militares y miembro de esta Asociación.

General Moliner

LA ÉTICA MILITAR

Pensar y analizar la ética militar es una reflexión esencial para todos los interesados (que no deben ser solamente miembros de las Fuerzas Armadas) sobre el uso de la fuerza militar que la sociedad delega en las personas que ejercen la profesión de las armas. El intento de conceptualizarla exige, como paso previo, establecer unas mínimas bases sobre lo que se entiende por ética.

A este respecto, el primer problema que surge se refiere al empleo como sinónimos de los términos ética y moral. Dado que la diferencia entre ambos excede este trabajo, simplificaré mi concepción señalando que la moral se refiere a la conducta o forma de vida de la persona o del grupo guiada por unos preceptos o valores, mientras que la ética es la reflexión racional precisamente sobre esos principios que inspiran el comportamiento (moral) de los seres humanos, individual y colectivamente. Dicho esto, en el presente trabajo se utilizarán ambos términos indistintamente, pues esto es lo que hacemos en el lenguaje cotidiano.

El segundo problema que se presenta es que al término ética se le han dado, y se le dan, diferentes consideraciones, interpretaciones y usos. Para señalar todas las orientaciones y teorías éticas, desarrolladas por los filósofos morales a lo largo de la historia, están los manuales de la historia de la ética y a ellos me remito. Aquí se asume el uso del término ética como la reflexión sobre lo que es bueno y malo, lo que es correcto e incorrecto, lo que se debe y no se debe hacer. Referido a lo militar, ese razonamiento se debe centrar en los aspectos relativos a la guerra y la paz, desde la justicia de sus causas hasta la legitimidad y adecuación de los medios y formas de desarrollar sus funciones y cometidos que tienen aquellos que ejercen la profesión de las armas.

El último problema a resolver, para lograr coherencia y sentido en la expresión ética militar, es reconocer que el añadido del calificativo convierte a esa ética profesional en algo mucho más funcional y práctico que la simple reflexión teórica: la militar es una auténtica ética aplicada. A veces será una exigencia, en otras ocasiones la simple orientación, de lo que los miembros de las Fuerzas Armadas pueden (y no pueden), deben (y no deben) hacer.

Explicitadas las soluciones subjetivas dadas a esos problemas planteados en relación con la ética militar, y que como todas las relativas a la ética están abiertas a la discusión, intentemos clarificar los actores esenciales de la misma. Se considera que son tres: el sujeto, los medios y el fin.

En la ética militar el sujeto es el individuo, hombre o mujer, que desarrolla una profesión con las características que le hacen ser moral: libertad, conciencia de sus actos y actor responsable de su comportamiento y consecuencias. Pero no solamente el individuo que ejerce la profesión de militar, también el grupo social: la institución militar, es sujeto de esa reflexión moral aplicada al sentido, necesidad y justificación de su propia existencia y las condiciones de su funcionamiento.

Los medios son esenciales en la ética militar pues es, la militar, una de las pocas profesiones que utilizan unos instrumentos de trabajo que producen destrucción y muerte como son los sistemas de armas, cualesquiera que sean, y lleva ese empleo a sus últimas consecuencias, incluyendo la entrega de la propia vida y el tomar la de los demás.

Para que la utilización de las armas no se haga de forma gratuita, sino con plena libertad y responsabilidad, es necesario que los fines que dan justificación a su empleo tengan plena legitimidad (además de legalidad), y aquí es donde alcanza su gran trascendencia la reflexión ética sobre el militar y su profesión.

Los fines que justifican éticamente el uso de medios militares por aquellos sujetos que han elegido y desarrollan la profesión militar se sustentan en valores, entendidos como valores morales, con pretensión de ser legítimos y universalizables.

De igual forma que entendemos que la disciplina militar no tiene sentido en sí misma, sino que es un elemento, eso sí, imprescindible, cuya existencia junto a otras virtudes militares, permite cumplir la misión, los fines que defienden los hombres de armas han de ser sociales y moralmente buenos, estar al servicio de toda la sociedad y buscar el bien común. Fines que, en las sociedades democráticas como la nuestra y con todos los matices que se quieran, tienen un alcance general: la libertad, la soberanía, la independencia territorial, el ordenamiento constitucional.

En esta introducción a la ética profesional aplicada, que es la militar, procede considerar los paradigmas morales que la conforman. El primero es su concepción como una ética de la virtud, que conforma el carácter de los militares y enriquece su capacidad de decisión ética, como agentes morales individuales, sólidamente fundada en hábitos y virtudes consistentes y adecuadamente interiorizadas.

La ética militar es también ética deontológica en la que el deber firme y con la adecuada intención es lo moralmente correcto, con unos objetivos del militar profesional y de los ejércitos y armadas claramente definidos en la defensa y servicio a la comunidad y que son los que orientan su código de conducta profesional. Código que en España está perfectamente identificado en las Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas y que, como código moral, parece debe ser tratado en otro trabajo.

Finalmente, es también una ética de base utilitarista pues además de los principios éticos hay que tener en cuenta los resultados de su aplicación y hay que asumir como mal menor el uso de la fuerza cuando se convierte en la única solución, a pesar de los resultados de muerte y destrucción que suponen la guerra y el conflicto, pues en ocasiones, para los individuos y las sociedades, solo queda resistir el mal con la fuerza de la legítima defensa.

En resumen, se propugna una concepción de la ética militar amplia y comprensiva y que no excluya ninguno de los enfoques, sino que articule coherentemente las éticas de la virtud, deontológica y utilitarista.

Se ha indicado que la militar es una ética aplicada y ello exige aclarar su campo de actuación, aunque acotar todos los temas en los que la reflexión desde la ética militar es necesaria no puede hacerse en los márgenes de este trabajo. Por tanto, entre otros muchos asuntos debe ocuparse de la reflexión sobre el propio fenómeno de la guerra, su justicia y legitimidad, especialmente en los conflictos modernos, irregulares y asimétricos, los actores cada vez peor definidos y las intervenciones humanitarias o la responsabilidad de proteger. Elementos que encontramos apoyándonos en el término jurídico del ius ad bellum.

Si nos sustentamos en el ius in bello, la ética militar no puede permanecer indiferente a los problemas morales que plantea la aplicación de los principios de discriminación, necesidad y contención asociados a los daños colaterales, o la utilización militar de nuevos avances de la tecnología como la ciberguerra, los drones o el uso de inteligencia artificial en sistemas autónomos letales, por no citar el empoderamiento biológico o genético del soldado.

En esta relación de algunos de los muchos y variados asuntos propios y relevantes a la ética militar, hay que añadir el de la reflexión sobre los valores, virtudes y principios que sustentan el ejercicio de la profesión, y sobre los códigos morales que los sistematizan y facilitan su interiorización y formación. Incluyendo el ajuste de esos valores a los de la sociedad a la que la institución militar presta servicio, en la paz y en la guerra. Todos estos temas, mencionados tan sucintamente, constituyen, junto con las conceptualizaciones expresadas, lo que se entiende por ética militar y que permite racionalizar y justificar desde el punto de vista moral la imprescindible necesidad, hoy por hoy, de una institución a la que se dedican con integridad unos profesionales que se amparan en unos valores y exigentes códigos morales para afrontar el fenómeno humano y social que sigue suponiendo la existencia de conflictos y guerras.