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Y sin embargo se mueve

La primera visita internacional de Zelenski ha sido a Washington, lo que manda una señal inequívoca de la importancia de EEUU como apoyo principal de Kiev en el desarrollo de la guerra. Mientras tanto, la UE, aunque no cuenta con la celeridad estadounidense para dar respuestas, sí que resiste, se adapta y evoluciona. Es decir, se mueve. JOSEP PIQUÉ |  23 de diciembre de 2022

Volodímir Zelenski no fue a Berlín (1.200 kilómetros de distancia desde Kiev, unas dos horas de vuelo) en su primer viaje al extranjero desde la invasión rusa de Ucrania. Tampoco a Bruselas (1.800 kilómetros de Kiev, poco menos de tres horas) ni a París (2.000 kilómetros, tres horas). La primera salida del presidente ucraniano ha sido con destino a Washington DC, a casi 8.000 kilómetros de distancia y unas diez horas de vuelo. En el mundo post-americano, todos los caminos importantes parecen seguir llevando a Roma, es decir, a Estados Unidos.

Como explicábamos en los Apuntes del Editor de finales de noviembre, buena parte del futuro de Ucrania se juega en EEUU. Esa es la señal que mandan al mundo tanto el presidente ucraniano como el estadounidense, Joe Biden, con su encuentro en el Despacho Oval de la Casa Blanca. La visita ha ido acompañada de un nuevo paquete de asistencia militar, por valor de 45.000 millones de dólares, que incluye una batería de misiles Patriot de largo alcance, refuerzo esencial para el sistema de defensa aérea ucraniano (aunque los misiles llegarán al teatro de operaciones, como muy pronto, en febrero). La ofensiva aérea rusa con drones (iraníes) y misiles contra las infraestructuras ucranianas seguirá, por el momento, causando un daño humano y material considerable.

Para un gobierno como el ucraniano, en lucha por la supervivencia del pueblo al que representa, la relativa celeridad con la que van aprobándose los paquetes de ayuda estadounidense (que suman más de 50.000 millones) debe de contrastar, por fuerza, con el laberíntico proceso político de la Unión Europea, donde cada paso importante pende de 27 hilos. Véase, por ejemplo, lo sucedido con los 18.000 millones de euros en asistencia financiera aprobados la semana pasada. El fondo propuesto por la Comisión Europa para aliviar el presupuesto ucraniano en 2023 requería la aprobación unánime de los Veintisiete. Una vez más, el veto del gobierno de Víktor Orbán en Hungría complicó y retrasó el acuerdo. Que evitar la bancarrota de tu país, en guerra contra un enemigo implacable, dependa de batallas políticas colaterales (desde el tira y afloja sobre los fondos estructurales, congelados debido a las vulneraciones del Estado de Derecho en Hungría, hasta la aprobación de un tipo mínimo en el impuesto de sociedades) ha de exasperar hasta al más aplomado de los dirigentes.

En cuanto a la ayuda militar en sí (unas de las claves en el extraordinario desempeño de las tropas ucranianas), la asistencia europea ha palidecido en comparación con la estadounidense. Después de años de recortar o congelar los presupuestos de defensa, a muchos países europeos les cuesta sangre, sudor y algunas lágrimas mantener unas fuerzas armadas listas para el combate (o para ayudar a terceros en una guerra a gran escala como la que hay en marcha en Ucrania). Aquí destaca Alemania, cuyo ejército no deja de dar muestras de precariedad. A principios de este mes, en unas prácticas de tiro, los 18 tanques Puma implicados en ellas tuvieron problemas de funcionamiento, quedando inutilizados. La Bundeswehr sigue desnuda.

En breve, la guerra en Ucrania cumplirá un año (o nueve, si contamos desde 2014, como bien hacen los ucranianos, cuando Rusia se anexionó de manera ilegal la península de Crimea). El final no parece cerca. Hoy la iniciativa militar está en manos de los ucranianos, que continúan luchando de manera heroica por defender su patria (y, de paso, los valores de todos). Vladímir Putin, sin embargo, no parece preparado para dar su brazo a torcer. Al contrario, redobla apuestas, y para 2023 es de esperar que continúe poniendo a prueba, en múltiples frentes (político, energético, migratorio), la resistencia del que considera el flanco débil del frente occidental: el europeo.

No lo tendrá fácil. A pesar del anquilosamiento que parece atenazar al Viejo Continente en cada nueva crisis existencial (y esta lo es en grado sumo), la UE resiste, se adapta, evoluciona. Es decir, se mueve.

Con la perspectiva que siempre dan los finales de año, hoy podemos mirar atrás y no sentirnos del todo insatisfechos con el desempeño de la UE desde la invasión rusa de Ucrania. Los depósitos de gas europeos están llenos. Se han construido terminales de gas natural licuado en un tiempo récord. Y en todo el continente se han tomado medidas para aliviar las presiones de la inflación sobre poblaciones e industrias nacionales. Hoy el invierno es mucho menos amenazador de lo que parecía hace solo unos meses.

La independencia energética de Rusia está al alcance de la mano, algo impensable hace un año. En 2020, la UE importó más de la mitad (57,5%) de su energía, según Eurostat, con alrededor del 27% de dichas importaciones proveniente de Rusia. Hoy la cuota rusa apenas supera el 15%, lo que ha supuesto una caída de unos 6.400 millones de dólares.

Las sanciones a Rusia van por su novena ronda y ya incluyen restricciones a la industria financiera y al Banco de Rusia, a las empresas exportadoras de carbón y petróleo, además de controles generales de las exportaciones. Por ahora, la economía rusa resiste mejor de lo esperado, gracias en buena parte a la acción decidida de su banco central y a los elevados precios de los hidrocarburos, lo que ha permitido a Putin seguir financiando la guerra. Sin embargo, como señala un estudio de Bruegel, esto puede empezar a cambiar pronto. Con las sanciones, la UE cuenta hoy con una poderosa herramienta de política exterior.

En paralelo, la defensa del continente se ha reforzado de manera notable, sobre todo a través del pilar europeo de la OTAN. El ingreso de Finlandia y Suecia, así como la voluntad firme del resto de países miembros en cumplir con todos sus compromisos, han insuflado nueva vida a la Alianza, que sigue siendo la espina dorsal de la defensa europea. Al presidente francés, Emmanuel Macron, ya no se le ocurriría hablar de una organización en “muerte cerebral”.

Mientras tanto, la construcción de una genuina Europa de la Defensa marcha más lenta, pero marcha. Por primera vez en décadas, como explica Sophia Besch en Carnegie, la defensa europea ya no se limita a intentar conseguir más con menos. Hoy los europeos están gastando más dinero en defensa para cubrir con urgencia las carencias de capacidad de sus ejércitos, lo que supone una oportunidad única para modernizarlos, garantizar la interoperabilidad de sus equipos y forjar una base industrial común más sólida. Para ello será necesario apostar de manera decidida por la adquisición conjunta de material de defensa. Hasta ahora, como señala Besch, solo el 18% de toda la inversión en defensa de los Estados miembros se realiza en cooperación con otros países de la UE. El margen de mejora es enorme.

Por último, y tal vez lo más importante, la principal herramienta de política exterior de la UE se ha reactivado. El debate sobre la ampliación ha vuelto a primera línea, enriquecido con propuestas como la Comunidad Política Europea. Zelenski puede haber volado a Washington en su primer viaje al extranjero desde la invasión rusa, pero su país viaja sin escalas rumbo a la UE. En junio, los dirigentes europeos concedieron a Ucrania la condición de país candidato a la adhesión. Muchos querrían que se incorporase lo antes posible, pero quizá merezca la pena hacer bien las cosas. Tuvieron que pasar 15 años desde la caída del muro de Berlín para que los países de Europa Central y del Este entrasen en la UE, y una década si contamos desde que se asumió en serio el compromiso de incluirlos. En el caso de Ucrania, el proceso podría ir más rápido, dada la voluntad firme de ambas partes. La meta está clara y es compartida: una Ucrania libre, próspera y europea; una Ucrania en paz.

En resumen, no todos los caminos importantes llevan a Roma. Algunos desembocan en la UE.

La responsabilidad franco-alemana

Con Macron y Scholz al frente, Francia y Alemania deben enfrentarse a una reformulación profunda de su eje tradicional. Europa no avanza si ambos países no acompasan sus ritmos.

JOSEP PIQUÉ |  25 de abril de 2022

Francia y Alemania se han enfrentado en el campo de batalla en muchas ocasiones, desde que la unificación bismarckiana y la frivolidad de Napoleón III llevaran a la guerra franco-prusiana en 1870. Mientras Bismarck iba culminando su proyecto de una Alemania unida bajo la hegemonía de Prusia, la Francia derrotada dio lugar al fin del Imperio (la farsa después de la tragedia, según Marx), la Comuna de París y a la III República.

La responsabilidad franco-alemana | Política Exterior (politicaexterior.com)

Desde entonces, la pugna franco-alemana por la hegemonía continental (con el tradicional apoyo británico al más débil, en este caso, Francia) fue una constante hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Las dos Guerras (1914 y 1939) fueron un continuum de esa pugna, de las que ambas salieron (igual que Reino Unido) profundamente debilitadas, en beneficio de un nuevo orden mundial bipolar encabezado por Estados Unidos y Rusia (a partir de 1917, la Unión Soviética).

Fue la culminación del suicidio de Europa en dos fases y el desplazamiento del centro de gravedad del planeta hacia el Atlántico, primero, y ahora, hacia el Indo-Pacífico.

Después de la devastación y gracias, entre otras causas, al Plan Marshall, Europa Occidental fue saliendo del marasmo y recuperó su vitalidad económica, aunque no política ni militar. La prioridad política se centró en la reconciliación definitiva entre Francia y Alemania y la creación de condiciones para evitar un nuevo enfrentamiento. El primer paso relevante y concreto fue el Tratado de París que creó la CECA, que ponía en común dos antiguos instrumentos de guerra: el carbón y el acero. El siguiente fue aún más profundo: el Tratado de Roma en 1957 que creó la Comunidad Económica Europea e inició la construcción de Europa como un nuevo proyecto político, aunque, pragmáticamente, centrado en lo económico.

Esa reconciliación franco-alemana tuvo dos momentos simbólicos extraordinarios: el Tratado de El Elíseo, firmado en 1953 entre Charles de Gaulle y Konrad Adenauer, y la impactante foto de François Mitterrand y Helmut Köhl cogidos de la mano, en 1984, frente al monumento conmemorativo de la batalla de Verdún, en homenaje a todas las víctimas.

Desde el inicio de la construcción europea, el eje franco-alemán ha sido el motor que ha marcado el ritmo de la misma. En algunos casos, con la crítica de otros Estados miembros (hablando del “directorio” o de “sociedad de socorros mutuos”). Pero una conclusión es clara: Europa, como concepto político, solo es posible si incluye a Francia y Alemania. Puede hacerse, como vemos, sin Reino Unido. O incluso sin Italia o España. Pero el cuerpo europeo solo se sostiene con las dos patas, francesa y alemana. Por ello, los europeístas debemos seguir siempre con mucha atención el devenir político de ambos países.

«Desde el inicio de la construcción europea, el eje franco-alemán ha sido el motor que ha marcado el ritmo de la misma»

Hay que tener en cuenta que la visión de ambos no es compartida –en algunos casos es incluso opuesta– pero ha permitido ir articulando, pragmáticamente y paso a paso, avances reales en el proceso de integración.

La visión de Francia, desde De Gaulle (y que ahora llega al paroxismo con los planteamientos de Marine Le Pen) ha sido una Europa de “las patrias”, sin auténtica voluntad “federal”, aunque camuflada a menudo por sus aspiraciones hegemónicas derivadas de la grandeur (y de la posesión del arma nuclear). Francia no quiere asumir la realidad de que ya no es una gran potencia y, con más o menos fluctuaciones, ha buscado una autonomía europea contrapuesta al liderazgo de EEUU (que se concreta de manera apabullante en la OTAN), siempre que, evidentemente, estuviera liderada por Francia, desde una perspectiva global. Querer ser lo que no se puede ser, suele no acabar bien y genera frustración. Siempre se dijo que Francia quería liderar Europa, pero no podía y que Alemania sí podía, pero no quería…

Sin embargo, esa pretensión ha descansado en la posición pasiva de Alemania. Como decía Willy Brandt, “Alemania es un gigante económico (ya menos, en términos relativos, en el mundo de hoy) y un enano político”. Y, abrumada por su responsabilidad en las dos guerras mundiales y, fundamentalmente, por el horror del nazismo, no se ha sentido incómoda en ese papel secundario. Por ello, su visión de Europa es completamente distinta: trata de avanzar en la “vía federal”, paso a paso, y sin olvidar el objetivo de no reproducir las condiciones que posibilitaron el ascenso al poder de Hitler. Es decir, sin permitir aspiraciones hegemónicas que fueran más allá del peso relativo de cada uno de los Estados miembros de la UE, primando los avances conjuntos, desde una visión más eurocéntrica que global, en la que prima más la pertenencia a la Alianza que la autonomía estratégica. Por ello, la afirmación de Emmanuel Macron en The Economist, de que la OTAN estaba en “muerte cerebral” fue especialmente mal recibida en Berlín.

Afortunadamente, visiones tan distintas han podido canalizarse con cierta eficacia, gracias muchas veces a acontecimientos que nos ponen ante el espejo de la realidad. Los episodios recientes (la crisis financiera del 2008, la del euro de 2011, la pandemia o, ahora, la guerra en Ucrania) nos han obligado a todos a un ejercicio de responsabilidad y solidaridad impensable con anterioridad.

La Unión Europea empieza a pensarse a sí misma como un actor geopolítico y eso plantea debates muy de fondo en ambos países. Primero, porque su peso en el conjunto no es el del inicio, con solo seis miembros. Ahora somos veintisiete (y algunos en la lista de espera) y el eje de gravedad que, al principio, estaba en torno a Aquisgrán, se desplazó hacia el Atlántico, luego bajó hacia el Sur, subió de nuevo hacia el Norte y, finalmente, se ha situado hacia el centro del continente. Sin embargo, tales desplazamientos no han modificado sustancialmente la responsabilidad de fondo franco-alemana. Sin ellos, ningún avance es posible.

«La UE empieza a pensarse a sí misma como un actor geopolítico y eso plantea debates muy de fondo en París y Berlín»

Segundo, porque la realidad obliga a ambos a readaptarse y modificar su visión. En el caso de Francia, la constatación de que la defensa y la seguridad europeas pueden y deben avanzar en una mayor corresponsabilidad y autonomía, pero que no es posible garantizarlas sin la OTAN y, por consiguiente, sin EEUU.

Incluso la propia Le Pen ha ido suavizando sus posiciones, a pesar de la animadversión que trasluce hacia Alemania, incluyendo la ruptura del “eje”: desde la salida de Francia de la UE y del euro, ahora ha planteado una reformulación profunda de la Unión, reconvirtiéndola en un revival confuso de la “Europa de las Patrias”. Tampoco plantea ya la salida de la OTAN. Rememorando a De Gaulle, Le Pen plantea hoy “solo” la salida de su estructura militar.

En cualquier caso, una victoria de Le Pen habría sido demoledora para el futuro de Europa, incluyendo una actitud prorrusa inadmisible en los momentos actuales, cuando vemos las atrocidades y los crímenes de guerra cometidos por la Rusia de Vladímir Putin. Afortunadamente, la victoria de Macron –a reserva de los resultados de las legislativas de junio– deja las cosas como estaban y obliga a replantearse una nueva relación con una Alemania “distinta” a la que hemos conocido en las últimas décadas.

El trascendental discurso de Olaf Scholz en el Bundestag el 27 de febrero de este año así lo ilustra. El canciller habla de “un momento decisivo”, un Zeitenwende o cambio de era y un punto de inflexión histórico. Scholz habla en nombre de un gobierno de coalición complejo, pero que puede recibir el apoyo –aunque sea pasivo– de la CDU/CSU. Es decir, de una mayoría apabullante del Bundestag.

«Alemania asume que no puede seguir asistiendo como espectador pasivo y que se va acomodando más o menos confortablemente a la evolución de las cosas»

Hablamos de la ruptura del principio de no suministrar armas a países en conflicto, dotar a partir de un fondo extraordinario, 100.000 millones de euros este año a gastos en defensa y comprometerse a dedicar el equivalente al 2% del PIB en los años sucesivos, incluyendo una reforma constitucional. Además, Scholz expresó un claro compromiso con los aliados en la implementación unitaria de sanciones significativas a Rusia, aunque ello pueda suponer sacrificios importantes para la población, incluyendo cambios profundos en la política energética y su coordinación con una deseable política energética europea.

Se trata de una ruptura en toda regla con el pasado. Y, lo que es más relevante: la asunción de que Alemania no puede seguir asistiendo como espectador pasivo y que se va acomodando más o menos confortablemente a la evolución de las cosas. Es una revolución, ya que Alemania implícitamente asume que Europa y Occidente necesitan de su mayor liderazgo y compromiso.

Es cierto que cabe cierto escepticismo respecto a la distancia que puede haber entre las palabras y los hechos. El renqueante tránsito hacia una reducción drástica de la dependencia energética de Rusia así lo muestra. El debate político, pero sobre todo moral, que se deriva de pasar de “¿cómo nos afecta económicamente?” a “¿cómo paramos de verdad a Putin?”, sigue estando ahí. Pero hay que darle cierto tiempo al tiempo. Y animar y ayudar a Alemania para que vaya rápido, acompasando la impaciencia francesa con la tradicional inercia alemana.

Así pues, Francia y Alemania deben enfrentarse a una reformulación profunda de su eje tradicional. Esperemos que acierten, porque el conjunto de los europeos lo necesitamos. Europa no avanza si ambos países no acompasan sus ritmos.

ALGUNAS COSAS QUE HE LEÍDO

Francia-Alemania: un eje crucial pero sin ritmo, Claudia Major y Sven Arnold, Política Exterior

Macron, Le Pen and France’s long battle between order and dissent, Sudhir Hazareesingh, Financial Times

Explainer: The proposed hike in German military spending, Alexandra Marksteiner, SIPRI

Un ‘changement d’époque’? Vers une réorientation de la politique étrangère allemande après l’invasion russe en Ukraine, Paul Maurice, Briefings de l’Ifri

‘Zeitenwende’ a cámara lenta, Henning Hoff, Política Exterior