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Y sin embargo se mueve

La primera visita internacional de Zelenski ha sido a Washington, lo que manda una señal inequívoca de la importancia de EEUU como apoyo principal de Kiev en el desarrollo de la guerra. Mientras tanto, la UE, aunque no cuenta con la celeridad estadounidense para dar respuestas, sí que resiste, se adapta y evoluciona. Es decir, se mueve. JOSEP PIQUÉ |  23 de diciembre de 2022

Volodímir Zelenski no fue a Berlín (1.200 kilómetros de distancia desde Kiev, unas dos horas de vuelo) en su primer viaje al extranjero desde la invasión rusa de Ucrania. Tampoco a Bruselas (1.800 kilómetros de Kiev, poco menos de tres horas) ni a París (2.000 kilómetros, tres horas). La primera salida del presidente ucraniano ha sido con destino a Washington DC, a casi 8.000 kilómetros de distancia y unas diez horas de vuelo. En el mundo post-americano, todos los caminos importantes parecen seguir llevando a Roma, es decir, a Estados Unidos.

Como explicábamos en los Apuntes del Editor de finales de noviembre, buena parte del futuro de Ucrania se juega en EEUU. Esa es la señal que mandan al mundo tanto el presidente ucraniano como el estadounidense, Joe Biden, con su encuentro en el Despacho Oval de la Casa Blanca. La visita ha ido acompañada de un nuevo paquete de asistencia militar, por valor de 45.000 millones de dólares, que incluye una batería de misiles Patriot de largo alcance, refuerzo esencial para el sistema de defensa aérea ucraniano (aunque los misiles llegarán al teatro de operaciones, como muy pronto, en febrero). La ofensiva aérea rusa con drones (iraníes) y misiles contra las infraestructuras ucranianas seguirá, por el momento, causando un daño humano y material considerable.

Para un gobierno como el ucraniano, en lucha por la supervivencia del pueblo al que representa, la relativa celeridad con la que van aprobándose los paquetes de ayuda estadounidense (que suman más de 50.000 millones) debe de contrastar, por fuerza, con el laberíntico proceso político de la Unión Europea, donde cada paso importante pende de 27 hilos. Véase, por ejemplo, lo sucedido con los 18.000 millones de euros en asistencia financiera aprobados la semana pasada. El fondo propuesto por la Comisión Europa para aliviar el presupuesto ucraniano en 2023 requería la aprobación unánime de los Veintisiete. Una vez más, el veto del gobierno de Víktor Orbán en Hungría complicó y retrasó el acuerdo. Que evitar la bancarrota de tu país, en guerra contra un enemigo implacable, dependa de batallas políticas colaterales (desde el tira y afloja sobre los fondos estructurales, congelados debido a las vulneraciones del Estado de Derecho en Hungría, hasta la aprobación de un tipo mínimo en el impuesto de sociedades) ha de exasperar hasta al más aplomado de los dirigentes.

En cuanto a la ayuda militar en sí (unas de las claves en el extraordinario desempeño de las tropas ucranianas), la asistencia europea ha palidecido en comparación con la estadounidense. Después de años de recortar o congelar los presupuestos de defensa, a muchos países europeos les cuesta sangre, sudor y algunas lágrimas mantener unas fuerzas armadas listas para el combate (o para ayudar a terceros en una guerra a gran escala como la que hay en marcha en Ucrania). Aquí destaca Alemania, cuyo ejército no deja de dar muestras de precariedad. A principios de este mes, en unas prácticas de tiro, los 18 tanques Puma implicados en ellas tuvieron problemas de funcionamiento, quedando inutilizados. La Bundeswehr sigue desnuda.

En breve, la guerra en Ucrania cumplirá un año (o nueve, si contamos desde 2014, como bien hacen los ucranianos, cuando Rusia se anexionó de manera ilegal la península de Crimea). El final no parece cerca. Hoy la iniciativa militar está en manos de los ucranianos, que continúan luchando de manera heroica por defender su patria (y, de paso, los valores de todos). Vladímir Putin, sin embargo, no parece preparado para dar su brazo a torcer. Al contrario, redobla apuestas, y para 2023 es de esperar que continúe poniendo a prueba, en múltiples frentes (político, energético, migratorio), la resistencia del que considera el flanco débil del frente occidental: el europeo.

No lo tendrá fácil. A pesar del anquilosamiento que parece atenazar al Viejo Continente en cada nueva crisis existencial (y esta lo es en grado sumo), la UE resiste, se adapta, evoluciona. Es decir, se mueve.

Con la perspectiva que siempre dan los finales de año, hoy podemos mirar atrás y no sentirnos del todo insatisfechos con el desempeño de la UE desde la invasión rusa de Ucrania. Los depósitos de gas europeos están llenos. Se han construido terminales de gas natural licuado en un tiempo récord. Y en todo el continente se han tomado medidas para aliviar las presiones de la inflación sobre poblaciones e industrias nacionales. Hoy el invierno es mucho menos amenazador de lo que parecía hace solo unos meses.

La independencia energética de Rusia está al alcance de la mano, algo impensable hace un año. En 2020, la UE importó más de la mitad (57,5%) de su energía, según Eurostat, con alrededor del 27% de dichas importaciones proveniente de Rusia. Hoy la cuota rusa apenas supera el 15%, lo que ha supuesto una caída de unos 6.400 millones de dólares.

Las sanciones a Rusia van por su novena ronda y ya incluyen restricciones a la industria financiera y al Banco de Rusia, a las empresas exportadoras de carbón y petróleo, además de controles generales de las exportaciones. Por ahora, la economía rusa resiste mejor de lo esperado, gracias en buena parte a la acción decidida de su banco central y a los elevados precios de los hidrocarburos, lo que ha permitido a Putin seguir financiando la guerra. Sin embargo, como señala un estudio de Bruegel, esto puede empezar a cambiar pronto. Con las sanciones, la UE cuenta hoy con una poderosa herramienta de política exterior.

En paralelo, la defensa del continente se ha reforzado de manera notable, sobre todo a través del pilar europeo de la OTAN. El ingreso de Finlandia y Suecia, así como la voluntad firme del resto de países miembros en cumplir con todos sus compromisos, han insuflado nueva vida a la Alianza, que sigue siendo la espina dorsal de la defensa europea. Al presidente francés, Emmanuel Macron, ya no se le ocurriría hablar de una organización en “muerte cerebral”.

Mientras tanto, la construcción de una genuina Europa de la Defensa marcha más lenta, pero marcha. Por primera vez en décadas, como explica Sophia Besch en Carnegie, la defensa europea ya no se limita a intentar conseguir más con menos. Hoy los europeos están gastando más dinero en defensa para cubrir con urgencia las carencias de capacidad de sus ejércitos, lo que supone una oportunidad única para modernizarlos, garantizar la interoperabilidad de sus equipos y forjar una base industrial común más sólida. Para ello será necesario apostar de manera decidida por la adquisición conjunta de material de defensa. Hasta ahora, como señala Besch, solo el 18% de toda la inversión en defensa de los Estados miembros se realiza en cooperación con otros países de la UE. El margen de mejora es enorme.

Por último, y tal vez lo más importante, la principal herramienta de política exterior de la UE se ha reactivado. El debate sobre la ampliación ha vuelto a primera línea, enriquecido con propuestas como la Comunidad Política Europea. Zelenski puede haber volado a Washington en su primer viaje al extranjero desde la invasión rusa, pero su país viaja sin escalas rumbo a la UE. En junio, los dirigentes europeos concedieron a Ucrania la condición de país candidato a la adhesión. Muchos querrían que se incorporase lo antes posible, pero quizá merezca la pena hacer bien las cosas. Tuvieron que pasar 15 años desde la caída del muro de Berlín para que los países de Europa Central y del Este entrasen en la UE, y una década si contamos desde que se asumió en serio el compromiso de incluirlos. En el caso de Ucrania, el proceso podría ir más rápido, dada la voluntad firme de ambas partes. La meta está clara y es compartida: una Ucrania libre, próspera y europea; una Ucrania en paz.

En resumen, no todos los caminos importantes llevan a Roma. Algunos desembocan en la UE.

LA INDUSTRIA DE DEFENSA EN EL EJERCITO DEL AIRE, del II Ciclo AEME/2022

Arturo Alfonso Meiriño. General de División EAE (R). Academia de las Ciencias y las Artes Militares (ACAMI)

https://www.diariosur.es/v/20130706/malaga/senalan-crisis-puesto-entredicho-20130706.html

El Ejército del Aire y la industria aeronáutica española: una simbiosis histórica

El sector industrial aeronáutico español ha estado inexorablemente unido a la historia del Ejército del Aire (EA). Una historia, relativamente corta, tanto la del sector como la de nuestra Fuerza Aérea, cuando la comparamos con la larga tradición de los sectores industriales terrestre y naval en nuestro país y la de nuestros centenarios Ejército de Tierra y Armada.

Sin embargo, la evolución que ha sufrido la industria de la aviación a lo largo de ese relativamente corto período de vida, se ha producido, si se me permite el símil, a la misma velocidad que su principal protagonista; es decir, el avión, que, ya hace tiempo, superó la barrera del sonido. La industria que diseña, desarrolla, produce y mantiene a los aviones en España, de acuerdo con el reciente informe realizado por KPMG para la Asociación de Industrias de Defensa, Seguridad, Aeronáutica y Espacio, (TEDAE), facturó en 2022, a pesar de los efectos de la pandemia, 8,1 millardos de euros, destinó el 9,4% de su facturación a la I+D+i, aportó a las arcas del Estado 1,5 millardos de euros en ingresos fiscales, creó el 0,7% de empleo nacional con 33.900 puestos directos y 108.500 indirectos, de calidad y contribuyó al 1% del PIB nacional, generado por el efecto de arrastre de sus empresas.

Y en ese proceso vertiginoso, varios son los factores que han contribuido a que la base tecnológica e industrial del sector aeronáutico español haya alcanzado los mas que saludables niveles actuales de competitividad en la esfera internacional, con un 44% de su facturación realizado en el exterior. Competitividad que se ha enmarcado en áreas como la de desarrollo de Aero-estructuras, la propulsión, la aviónica y otros sistemas y equipos producidos por pequeñas y medianas empresas, poseedoras de unos elevados y competitivos niveles tecnológicos. Unos niveles, en definitiva, que nos permiten afirmar que España es uno de los pocos países europeos capaces de hacer volar un avión; desde el diseño hasta el ensamblaje final y la certificación así como su mantenimiento a lo largo del ciclo de vida.

De los “offsets” a la competitividad en los programas aeronáuticos de cooperación

Sin duda, la decisión tomada por el Consejo de Ministros en mayo de 1983, de dar luz verde a la adquisición, a la US Navy, bajo la modalidad FMS (Foreign Military Sales), de 72 aviones EF-18A/B, dentro del Programa FACA (Futuro Avión de Caza y Ataque), es el factor clave que, gracias a una política de compensaciones industriales asociada a dicha adquisición, mucho más concreta y estructurada que la que se había venido desarrollando hasta entonces en las adquisiciones en el extranjero, produjo un impulso sin precedentes en el proceso de desarrollo tecnológico del sector industrial aeronáutico español. Y que también trajo un cambio de paradigma en la forma de operar y gestionar el sostenimiento de las flotas en el EA, este último aspecto a través del SND (Sistema de Necesidades y Distribución) que revolucionó la gestión del abastecimiento y el mantenimiento aéreos e incluso indujo a la reorganización del entonces Mando de Material (MAMAT) del EA, hoy Mando del Apoyo Logístico (MALOG).

Unas compensaciones industriales, u “offsets” (contrapartidas), como se les denominaba entonces, que posteriormente evolucionaron hacia el concepto de “just return” (justo retorno) aplicado en el programa EFA (European Fighter Aircraft), de adquisición de los aviones Eurofighter, al que España se adhirió en junio de 1984, cuando se autorizó por el Consejo de Ministros la participación, con un 13%, en el proyecto y cuya gestión se asignó a la Agencia NETMA, creada a tal efecto, en el marco de la OTAN. Concepto este del “just return” por el que España igualaba su participación industrial a su participación en los costes (y por tanto financiación), y ello tanto para el motor como para la célula y cada uno de sus equipos de abordo y de apoyo contratados en el programa. Es lo que en términos técnicos se denomina workshare=costshare y que permitió a la industria nacional participar en el desarrollo tecnológico del “Typhon”, como se le acabó llamando, con el consiguiente salto tecnológico para el sector aeronáutico español.

El Programa Eurofighter permitió alcanzar unos niveles de competitividad en el sector aeronáutico nacional suficientes y necesarios para enfrentarse a las nuevas reglas del modelo de “global balance”, implantado por la Organización Conjunta para la Cooperación en materia de Armamento (OCCAR), a la que España se adhirió en 2005. Un modelo mediante el cual, la participación industrial a nivel nacional se mide en términos globales, es decir en varios programas gestionados por la organización y a lo largo del tiempo. Modelo que es aplicado, por ejemplo, en el Programa del avión de transporte estratégico A400M o en el programa del Sistema Aéreo Remotamente Tripulado (RPAS) europeo MALE (Medium Altitud and Long Endurance), gestionados por la OCCAR. En ambos programas, se ha podido demostrar, y se continúa demostrando, el alto nivel alcanzado por las empresas españolas relacionadas con la aeronáutica que, en competencia con otras de los países participantes en estos proyectos, han logrado hacerse con determinados contratos, en específicos nichos tecnológicos.

La entrada de España, con pleno derecho, en las organizaciones internacionales relacionadas con la defensa, primero en la OTAN en 1982, y posteriormente en la Unión Europea en 1986, así como la entrada de España en las diferentes organizaciones internacionales relacionadas con aspectos industriales de la defensa. −LoI (Letter of Intent) y su posterior Acuerdo Marco (Framework Agreement), OCCAR (Organisation Conjoint pour la Cooperátion an Matière d’Ármament), EDA (European Defence Agency) o la NSPA (NATO Support and Procurement Agency), o la entrada de AFARMADE, posteriormente relanzada como TEDAE, en la asociación de industrias Aeroespaciales y de Defensa europea (ASD), junto a la apuesta por la cooperación internacional en el campo aeronáutico como forma de satisfacer las necesidades de sistemas de armas para el EA, han constituido otro elemento clave en el proceso de desarrollo tecnológico de las empresas españolas.

Y por supuesto sin olvidar la fórmula de financiación aplicada a los grandes programas de defensa, con la participación del Ministerio de Industria. Modelo que permitió, en su día, posibilitar la participación de las empresas españolas en los grandes programas de defensa en general y en los de carácter aeronáutico en particular, siendo por tanto otro de los factores determinantes en ese proceso evolutivo del nivel tecnológico y de competitividad de la base tecnológica e industrial actual del sector en España.

Los fondos europeos y el nuevo ciclo inversor del MINISDEF: los retos actuales

Con ese bagaje, nos encontramos en las postrimerías del 2022 con una industria aeronáutica de defensa española que, tras un importante periodo de estancamiento en cuanto a programas aeronáuticos lanzados por el Ministerio de Defensa español, con un escaso portfolio en cuanto a programas de cooperación internacional lanzados en los últimos años, y con un importante impacto negativo producido por el parón de la pandemia del COVID-19, tiene por delante tres retos o realidades a los que hacer frente.

Por un lado, nos encontramos con una Unión Europea absolutamente decidida, y esta vez con financiación, a alcanzar tres objetivos bien definidos en su Estrategia Global (EUGS en sus siglas en inglés), y en particular en su Plan de Implantación en las áreas de Seguridad y Defensa. En primer lugar dispuesta a analizar, de forma conjunta, las necesidades de capacidades militares que Europa requiere para hacer frente a las amenazas presentes y futuras de la Unión; en segundo lugar decidida a promover la cooperación en la adquisición de capacidades militares conjuntas y por último, involucrada en el proceso de fortalecimiento de la Base Tecnológica e Industrial Europea (EDTIB en sus siglas en inglés), llevándola a niveles más altos de competencia desde el punto de vista tecnológico y a cotas más elevadas de competitividad en la esfera global. El Plan Europeo de Defensa (EDAP en sus siglas en inglés) y dentro de él, su Fondo Europeo de Defensa (EDF en sus siglas en inglés) han traído, por primera vez en la historia de la Unión Europea, fondos europeos para la defensa. Los 7,9 Millardos de Euro aprobados en la Marco Financiero Plurianual (MFF en sus siglas en inglés) para el período 2021-2027 (2,6 Millardos de Euro para investigación y 5,3 Millardos de Euro para desarrollo de capacidades) suponen un panorama de inversiones sin precedentes para los próximos años, en el que necesariamente tanto el Ministerio de Defensa como la industria aeronáutica española tienen que estar si queremos seguir evolucionando en la competitividad del sector aeronáutico español. Proyectos como el de “Tecnologías para ala rotatoria de próxima generación”(Investigación), o el FMTC (Future Medium size Tactical Cargo) (Desarrollo), ambos dentro del EDF, o el FCAS (Future Combat Air System), son solo unos ejemplos de lo que está en juego para el futuro de la industria aeronáutica española.

Por otro lado, nos encontramos ante un proyecto de presupuestos del Ministerio de Defensa Español para 2023 en el que, además de la continuación de los Programas Especiales de Modernización en curso, se han añadido 13 nuevos programas, 6 de los cuáles son eminentemente aeronáuticos: El helicóptero multipropósito para la Armada, los aviones de patrulla marítima (MPA en sus siglas en inglés) para el EA, los Sistemas Aéreos Pilotados remotamente  (RPAS en sus siglas en inglés) de largo alcance SIRTAP (Sistema Remotamente Tripulado de Altas Prestaciones), el programa de sustitución de los aviones C-15M (EF-18A/B) del EA, los aviones sustitutos del AV-8B Harrier de la Armada y del C.15M (EF-18A/B) 2ª fase del EA y los aviones de vigilancia marítima (VIGMA) para el EA. Seis programas con un coste total de 13,1 Millardos de Euro a lo largo de sus diferentes periodos de ejecución, lo que representa un 76% del total de los costes de los 13 nuevos programas.

Todo ello sin olvidar la denominación actual del Ejército del Aire que también lo es del Espacio (EAE). Y por tanto la necesidad de extrapolar los aspectos antes indicados a un nuevo sector, el del Espacio, en el que los asuntos de defensa han ido ganando protagonismo y que, aunque representando por el momento solo una pequeña aportación al PIB nacional (0,1%), ha sabido especializarse en el desarrollo de lanzadores, satélites, segmento terreno, operadores de satélite y aplicaciones entre otros, con un volumen creciente de facturación y dentro de ella, un más que relevante 80% de facturación asociada a la exportación. Un sector que también tiene detrás a la Unión Europea al incluirlo entre sus prioridades de inversión en el marco del MFF. La puesta en marcha, en los próximos meses, de la Agencia Espacial Española, será sin duda un importante apoyo al desarrollo de este sector en España.

Teniendo en cuenta el escenario presupuestario previsto para el  Ministerio de Defensa en 2023 (asumiendo que las inversiones reales del Programa 122.B del proyecto de presupuestos no sufrirán modificaciones o recortes posteriores a la vista de las revisiones a la baja que las previsiones del PIB español están teniendo) y asumiendo también que España se involucrará en los proyectos, tanto de investigación como de desarrollo, de la Unión Europea dentro del programa EDF, será necesario desarrollar nuevas fórmulas innovadores y más ágiles de contratación y de gestión así como disponer de un capital humano apropiado en cantidad y calidad no solo en el ámbito industrial sino también en el de la Dirección General de Armamento y Material (DGAM), responsable de la gestión de adquisiciones de los sistemas de armas demandados por los Ejércitos y la Armada y priorizados por el Estado Mayor de la Defensa (EMAD)  en su Objetivo de Capacidades Militares  (OCM).

Guerra ruso-ucraniana. Propaganda, debates y controversias, por el coronel (Ret.) Fernando Pinto Cebrián

21. de octubre de 2022

https://www.despertaferro-ediciones.com/2022/guerra-ruso-ucraniana-debates-controversias-propaganda/

En los medios se han estado produciendo varios debates, basados en algunas certezas, especulaciones y opiniones que, en mayor medida, son desinformaciones, fruto de la propaganda y contrapropaganda de guerra. Una extensa variedad de fake news de diversos orígenes, en ocasiones derivadas de ciertos intereses políticos, buscan afirmar lo que se querría que ocurriera sobre lo que ha pasado, está pasando y pasará en la guerra ruso-ucraniana.

Estos debates han surgido y siguen surgiendo como consecuencia de lo complicado que es tratar de entender la guerra en todos sus procesos. Como guía aclaratoria veamos, sintéticamente, los debates más conocidos y difundidos en los medios de comunicación sobre la guerra ruso-ucraniana.

Toma de Bucha por las tropas ucranianas

Las primeras controversias

Con el soporte de expertos ucraniólogos y rusólogos de toda clase, tras la sorpresa inesperada de la invasión rusa hace siete meses en territorio ucraniano –fallo de los Servicios de Inteligencia occidentales que según la OTAN deberían producir información rápida en tiempo real para poder reaccionar con eficacia–, los debates apuntados se iniciaron con aquel que analizaba si tal acción era una guerra o no, ante la declaración rusa de que la invasión era solo una “operación militar especial”. Declaración que colocaba a dicha invasión, por no haber una declaración formal de guerra fuera de la concepción de una guerra convencional, aun cuando la misma fuera armada y violenta, con la realidad de que Europa estaba y está en guerra.

Concretamente, aquel debate sobre si el tipo de guerra es para unos convencional incluso acusando la acción sobre civiles, o híbrida para otros, si a la convencional se añaden procedimientos diferentes de los habituales, en apoyo a aquella confrontación bélica –proxy para los rusos ante la intervención bélica indirecta de los amigos de Ucrania–; o bien, para otros, se trata de una guerra total al estilo de la Segunda Guerra Mundial, en la que se actuó bélicamente con todo y contra todo.

Con el tiempo se debatió también sobre la duración de la guerra/conflicto. Por un lado, estaban aquellos que aseveraban que el conflicto sería de escasa duración, ya que los ucranianos recibirían a los rusos de brazos abiertos, con lo que la entrada en Ucrania sería un “paseo militar”, cosa que no ocurrió. Por el otro lado estaban los que, considerando los presuntos objetivos de Vladímir Putin –la anexión de la totalidad de Ucrania tras la caída de Kiev, o solo una parte fronteriza–, presumían que sería más larga. A la distancia de este debate, es posible anotar que ni siquiera los segundos acertaron del todo.

Como consecuencia, la aseveración de que la invasión rusa ha conseguido unir Europa y reforzar la OTAN en su contra –tal como se declaró en la Cumbre de la OTAN en Madrid–, ha sido planteada recientemente como posibilidad peligrosa por Josep Borrell, el alto representante de Asuntos Exteriores y Política de Seguridad de la ONU, a la vista de que Hungría quiere una consulta popular sobre los efectos de las sanciones rusas y la determinación de soluciones. Esto, a pesar de que dicha aseveración no era clara para algunos pues lo que parecía tener claridad se podría romper en orden de los intereses nacionales de cada país, según avanzara el conflicto y la dureza de las sanciones rusas, las cuales ya están deteriorando y desestabilizando la economía europea y mundial.

A propósito de la mencionada unidad de los países europeos –discutida más adelante– junto a los EE. UU., se abrió el debate sobre si estábamos ya en una Tercera Guerra Mundial o no, en atención a la intervención, aunque no directamente bélica por su parte, a la existencia nominal de bloques internacionales de soporte para cada uno de los contendientes, a los apoyos logísticos bélicos de todo tipo a Ucrania –con entrega de armamento creciente en calidad y cantidad, formación de combate a sus fuerzas, etc.–; y el sufrimiento común de los rebotes de las sanciones impuestas a Rusia. Debate en el que la mayoría señaló que, aunque existiera la posibilidad de una escalada, de momento dialéctica, en dirección a la mundialización del conflicto, aún no se estaba en ella.

Líderes de la OTAN reunidos en Madrid-2022

No obstante, aún queda pendiente la amenaza rusa de comenzar la Tercera Guerra Mundial si las fuerzas de la OTAN entran en Ucrania, o si Ucrania pasa a ser miembro de tal organización. Al igual que existe la incertidumbre sobre si esta posible guerra mundial derivaría en una guerra nuclear, la cual nadie desea. Al respecto hay dos posturas, los que creen que esta amenaza no se producirá, a no ser que se rompa el efecto disuasorio que pasara de la advertencia a la realidad, o a que haya un error bélico en tal dirección –mismos que exigen a Putin que ponga fin a la guerra–; y aquellos que la ven completamente posible si, como inicio, se emplearan por parte rusa armas nucleares tácticas, en caso de que la situación bélica se torciera en demasía para los rusos, poniéndoles «entre la espada y la pared» como parece que está ocurriendo: movilización desorganizada de fuerzas con falta de recursos, avances territoriales ucranianos de reconquista, voladura en el puente de Kerch que une Rusia con Crimea,  sabotajes sobre los gaseoductos en el mar Báltico y en Polonia, etc.

El debate actual ante la reciente amenaza pública rusa de ataques nucleares –importante saber si solo se trata de un farol con intencionalidad disuasoria–, a pesar de algunos desmentidos diplomáticos, ha originado una respuesta europea y estadounidense que intenta ser disuasoria –maniobras de la OTAN de carácter anual con armamento nuclear, las Steadfast Noom–. No obstante, esta amenaza ha sido tomada en serio por algunos países fronterizos con Ucrania, como Moldavia, Rumanía, Hungría, Eslovaquia y Polonia, los cuales están adquiriendo pastillas de yodo y revisando sus búnkeres antinucleares ante la idea de que la misma pudiera ser auténtica.

También está el debate comparativo de las bajas de combatientes y de armamento en ambos bandos, esto sobre todo por el lado europeo, contando con el silencio ruso tratando de dirimir quién va perdiendo la guerra. Rusia tiene en la actualidad carencias en cuanto a armas y municiones. Al respecto, algunos señalan que incluso cuando su maquinaria e industria militar están desgastadas, todavía cuentan con potencial para seguir en la guerra; asimismo otros señalan que, a pesar de que también se está llevando a cabo en Europa la producción de armas y municiones –armamento que ante los recientes ataques a Kiev y otras quince ciudades ucranianas se va a reforzar con sistemas antimisiles dando instrucción a quien han de emplearlos– para Ucrania con el fin de atender sus propias reservas, Ucrania está creciendo en cuanto a la recepción de armamento y material bélico, de la mano de financiación bélica por parte de que quienes les apoyan, lo que va a impulsar al ejército ucraniano hacia la victoria. Y este apoyo será también necesario en el invierno, ante la dificultad para el movimiento de tropas y la acentuación, con seguridad, de los ataques rusos por el aire de cualquier tipo. En este terreno también hay que mencionar la poca experiencia bélica de las fuerzas rusas presentes frente a parte de las ucranianas, que llevaban combatiendo siete años en la región de Donbás contra los separatistas prorrusos, además de los buenos resultados de su táctica de golpear por sorpresa y huir sin enfrentarse nunca directamente.

Asimismo, se abrió el debate, sin exponer la doctrina bélica rusa –diferente en su concepción a la europea y estadounidense–, sobre si Putin tenía una estrategia definida o no. Esto entre los que admitían que lo que estaba tratando era recuperar un territorio que antes era ruso; afirmando a la vez que Rusia había sido engañada por la OTAN sobre las intenciones de reforzar Ucrania frente al Este. En el debate, igualmente estaban aquellos que veían, y siguen viendo más allá, considerando que Rusia atacará para reforzar su seguridad y retomar su presencia como potencia mundial, recuperando en el proceso la idea de volver a la Gran Rusia, a otros países europeos fronterizos con Rusia; y ello a pesar de que haya quienes consideran, a la vista de los acontecimientos, que Putin ha cambiado de estrategia en varias ocasiones: abandono del intento de ocupación de Kiev, traslado al Este de las operaciones, nuevo ataque a Kiev con misiles, junto a quince ciudades más, como «venganza», «castigo» o represalia; ante la pérdida de parte de los territorios anexionados, la voladura de parte del puente de Kerch y la amenaza reiterada de un ataque nuclear. Cambios que, al margen de intentar mejorar la opinión pública rusa sobre la guerra, no suponen nada en cuanto a la idea de Putin, al parecer fija, de seguir adelante con la guerra de cualquier forma.

Lo que se discute recientemente

Otro debate, actualmente abierto, es sobre el valor de las sanciones económicas a Rusia. Este, entre aquellos que, partidarios de las mismas, consideraron que el resultado se vería a largo plazo;  y entre aquellos que consideran que las sanciones, como parte de la guerra, una «guerra económica» que acompaña a la bélica, no resolverán el conflicto, anunciando al tiempo que el daño causado rebotaría contra Europa. Lo que abriría la puerta a una escalada de las mismas, pensando además que el efecto de las sanciones, que afectan al continente europeo y más allá, continuará en el tiempo aun cuando se alcanzara la paz. Y este debate viene acompañado del subsecuente respecto a cómo paliar, cara al presente y al futuro, las dependencias económicas.

Existe igualmente un debate referente al apoyo armamentístico y logístico, amén de otros –entre ellos, el entrenamiento de fuerzas ucranianas, tropas y mandos, la atención sanitaria, la acogida de desplazados, etc.–, a Ucrania. Este, entre aquellos que lo consideran esencial –factor decisivo para la OTAN, para evitar que Rusia gane la guerra– y los que hablan de no dar tal apoyo, dirigiendo los esfuerzos a abrir una negociación ante la idea de que la guerra terminaría pronto frente una Ucrania derrotada.

Respecto a la salud de Putin, siguiendo la creencia generalizada de que «muerto el perro se acabó la rabia», también se ha originado un debate entre los que decían tener información concreta al respecto, información que daba como seguro, ampliada con la observación de algunos de sus gestos de que Putin estaba enfermo, gravemente enfermo; y entre aquellos que, dudando, no la consideraron como hecho en ningún momento.

Además de la polémica que refería a una posible enfermedad que pudiera eliminar naturalmente a Putin, ha surgido otra discusión. En esta, por un lado están los que consideran la posibilidad de un golpe interno en Rusia que haga caer a Putin, idea que refuerzan con habilidad en su contra ante las presuntas quejas de soldados rusos en Ucrania, de sus familias, de la sociedad ante la actual movilización; ante los resultados de las sanciones, de las supuestas críticas de algunos generales y poderosos; todos, bajo la idea de que Putin ha perdido el control y que es ya incapaz de imponer su autoridad, que la invasión de Ucrania se ha vuelto contra él, que su régimen está desnortado. Y, por el otro lado, ante el tema están aquellos que consideran que el poder establecido por Putin y la presencia de una mayoría rusa nacionalista, aún no visualizada completamente al sentirse agredida por occidente, se pone a su lado, no se ha debilitado tanto, a pesar de algunos miedos a su poder,  como para ser derrocado. Y más, teniendo en cuenta la existencia de un círculo de poder próximo a Putin –el «partido de la guerra»– que exige más dureza sobre Ucrania, con acciones contra las infraestructuras vitales –energía, comunicaciones, transportes, etc.– y contra las vías de recepción de armas y medios europeos y estadounidenses para la guerra. Esto, con el objeto de colocar a Ucrania y, por ende a Europa, al borde de la supervivencia. Asimismo, hay que considerar la especulación de algunos analistas que refiere a que la ausencia de Putin no supondría ni el fin de la guerra ni que Rusia no continuara «defendiéndose» de Occidente.

Embajada de Rusia en Londres

Sobre quién está ganando o perdiendo la guerra ruso-ucraniana existe de igual forma cierta controversia. En tal caso, están los que consideran que Ucrania la ganará en un futuro más o menos lejano –que son los que manifestaban y manifiestan que la guerra no la han de ganar nunca los rusos–, sobre todo ante las ultimas reconquistas territoriales; de la mano de aquellos que afirman que la guerra está ya dada por perdida para Rusia, a la vista de lo que consideran señales de desesperación y debilidad en el ejército ruso: cambios frecuentes de generales y mandos militares, faltas de armas y de municiones. Igualmente, en el tema están los que no ven tan clara esa debilidad, dada la potencialidad rusa, de cara al futuro en su posible esfuerzo de guerra.

Un debate más responde a lo que algunos afirman sobre una posible ralentización de la guerra durante el invierno, por dificultar los movimientos de fuerzas; frente a la creencia de otros que, sin olvidar el peso de la artillería, de los misiles, de los drones y de la fuerza aérea, ven posible la continuidad bélica.

Y mientras, frente a tanto debate que ha surgido, como se puede cotejar, al compás de la evolución de la guerra bajo la mirada de los expertos antes aludidos, además de los que posiblemente se sigan planteando –ahora, por ejemplo, sobre el significado de la aplicación de la Ley Marcial por parte Rusia a los territorios irregularmente anexionados, respecto a la evacuación de civiles de la región de Jersón o sobre los nuevos aliados de Rusia, etc.–, todos ellos interrelacionados, nos vamos distanciando para aclarar el «aquí y ahora» que interesa, dejando igualmente de lado una cuestión que pudiera ser clave: ¿Qué se ha hecho en el terreno de la diplomacia para atajar la guerra?

Finalmente hay también un debate, aún inconcluso, que refiere que las partes que debieran negociar –al margen de las incitaciones a ello por parte occidental, y de lo que no hay mucho de cierto  todavía, sobre una posible reunión entre Biden y Putin en la Cumbre del G20 en Indonesia a mediados de noviembre–, no quieren hacerlo. Esto, ya que cada lado plantea exigencias encontradas. Al respecto, por un lado se encuentran los ucranianos calificando la guerra de «existencial», mostrando una elevada moral y gran voluntad de vencer, considerando la posibilidad real de derrotar a Rusia–incluso cuando Rusia llegase a emplear armamento nuclear–; empeñados, a su vez, en que se respete por parte rusa la integridad territorial de Ucrania, devolviendo todo el territorio ocupado, incluso Crimea –ello, al margen de que Volodímir Zelenski​ rechace hablar con un dirigente ruso, «criminal de guerra» y terrorista, mostrando así una falta de voluntad para negociar–. Por su parte Rusia, empeñada en continuar la guerra en Ucrania para ganarla, a pesar de los constantes apoyos de la UE y de la OTAN a Ucrania –lo que exacerba su belicismo–, no ve condiciones para la negociación –negociación que no quiere–. No obstante, algunos analistas intuyen que, en caso de producirse, Rusia exigiría el reconocimiento definitivo de Crimea como territorio ruso, que Ucrania admitiera que se repitieran los referéndums sobre las cuatro regiones anexionadas recientemente –Donetsk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia– bajo los auspicios de la ONU, y que, de cara al futuro, Ucrania sea neutral, sin formar parte de la OTAN.

En suma, ambas posiciones generan una situación de bloqueo sobre la que habría que haber considerado ya soluciones, con el fin de abrirla.

Coronel D. Fernando Pinto Cebrián

Coronel de Infantería y diplomado de Estado Mayor retirado. Exmiembro del CNI. Técnico de Inteligencia. Licenciado en Geografía e Historia por la UNED. Doctor en Historia por el Instituto Universitario de Historia «Simancas» (Universidad de Valladolid). Miembro correspondiente de la Sociedad de Geografía de Brasil. Socio fundador de la Asociación Española de Historia Militar (ASEHISMI). Miembro de la Asociación Española de Escritores Militares (AEME). Miembro de la Asociación de Exmiembros del Servicio de Inteligencia Español (AMSIE). Agregado a las embajadas de España en Brasil, Mauritania, Senegal, Mali y Angola. Autor de diversas publicaciones dedicadas a la historia, geografía, antropología y al terrorismo contemporáneo. Entre ellas: Las razones de la sinrazón de los terrorismos contemporáneos (Finvespol, 2017), Terrorismo yihadista e Inteligencia (Ediciones Áltera, 2019), Terrorismo y Contraterrorismo en España. La experiencia (Ediciones Áltera, 2021).

Geopolítica en el Mediterráneo: estabilidad financiera y monetaria, por José María López Jiménez

Dentro de la Jornada de Historia y Seguridad y Defensa, organizada por la Real Hermandad de Veteranos de las Fuerzas Armadas y de la Guardia Civil, se impartieron varias ponencias.

Una de ellas fue la del coronel Vidal Delgado, la cual puede descargarse en el siguiente enlace:

http://historiayseguridad.es/wp-content/uploads/2022/09/220830-Version-12-1-1.pdf

Otra ponencia, fue la del doctor López Jiménez, Director de Sostenibilidad y Responsabilidad Social Corporativa de Unicaja Banco, la cual se puede descargar en el siguiente enlace:

Cubierta

Reordenación de la seguridad transatlántica.

La invasión rusa de Ucrania ha vuelto a centrar el debate transatlántico sobre seguridad, hasta hace poco marcado por la frivolidad y la introversión. Las líneas divisorias tradicionales entre europeístas y atlantistas se redibujan, emerge una nueva división del trabajo entre la OTAN y la Unión Europea, y el equilibrio de poder entre los aliados muta. La flexibilidad, el pragmatismo y la funcionalidad deberían guiar el camino.

SOPHIA BESCH Y MARTIN QUENCEZ |  6 de octubre de 2022

Texto completo en:

Geopolítica en el Mediterráneo: pasado, presente y futuro, por Rafael Vidal Delgado

Cubierta del libro

INTRODUCCIÓN
Este pequeño repaso a la geopolítica en el Mediterráneo, no pretende extraer conclusiones, sino simplemente relacionar históricamente el hecho geopolítico; hacer mención a los actores que intervienen, de los que se ha hecho una breve relación existiendo muchos más, de carácter internacional y privado; enumerar las tensiones o conflictos existentes sobre la base de zonas concretas del ámbito objeto de este estudio y por último recoger de una forma sucinta lo que el Concepto Estratégico de la OTAN 2022, aprobado en la Cumbre de Madrid de 30 de junio, lo que señala para el Mediterráneo.
Al final, como anexo, se dispone del texto completo del Concepto Estratégico.

La relación bilateral con Estados Unidos y la Cumbre de la OTAN, por Josep Piqué

La buena sintonía con EEUU es indispensable para España, pues refuerza su posición en ámbitos clave de su política exterior: la Unión Europea, América Latina y el Mediterráneo occidental.

JOSEP PIQUÉ |  1 de julio de 2022

La Cumbre de la OTAN en Madrid ha sido extremadamente importante, por el contenido y por el contexto geopolítico en el que se ha producido. La criminal agresión de Rusia a Ucrania ha propiciado lo que el presidente Joe Biden ha denominado la “otanización” de Europa y ha puesto de manifiesto que China no ha sido coherente con los principios básicos del Derecho Internacional, al no condenar y “comprender” la flagrante violación de la integridad territorial de un Estado independiente y soberano, mediante el uso injustificado de la fuerza.

Por ello, más allá de calificar a Rusia como la amenaza más significativa y directa a la seguridad de los aliados, y para la paz y la estabilidad del área euro-atlántica, el nuevo Concepto Estratégico de la OTAN considera a China un desafío a nuestros valores e intereses y a nuestra seguridad. Son cambios sustanciales en relación al Concepto Estratégico anterior, cuando se consideraba a Rusia como un socio para la paz y la seguridad y no había ninguna mención a China.

En esa “otanización” de Europa cabe destacar la incorporación de dos países neutrales (por diferentes motivos y circunstancias) como Suecia y Finlandia, una vez levantado el veto de Turquía. Pero también el fortalecimiento de las capacidades militares de la Alianza y de la presencia estadounidense en Europa.

Otro asunto muy relevante abordado en Madrid es el relativo a la seguridad de 360º, tanto en lo que se refiere a los ámbitos (incluidos los relacionados con la “guerra híbrida” y las “zonas grises”, y el uso del espacio y el ciberespacio) como a la visión geográfica, incluyendo las amenazas crecientes que vienen no solo del Este, sino del llamado Flanco Sur. Dos de estos aspectos –el aumento de la presencia militar estadounidense en el continente europeo y las amenazas desde el Flanco Sur– enmarcan una nueva etapa en la relación bilateral entre España y Estados Unidos, una relación que ha pasado por diferentes intensidades y que es crucial para nuestro país. No solo se trata de la primera potencia del mundo, sino que EEUU es el principal inversor en España y principal destino en inversión directa de nuestras empresas. Los intercambios comerciales son muy importantes (unos 44.000 millones de euros anuales) y los flujos turísticos –más allá del impacto de la pandemia– son cada vez mayores, así como nuestros intercambios culturales o las relaciones científicas y tecnológicas.

«No solo se trata de la primera potencia del mundo, sino que EEUU es el principal inversor en España y principal destino en inversión directa de nuestras empresas»

Obviamente somos, como ha dicho el presidente Biden, un “socio indispensable” para la seguridad y la defensa, dada la estratégica importancia de las bases de Rota y Morón. Por todo ello, una estrecha relación bilateral en el ámbito político es muy deseable. Y, además, debemos ser conscientes que fortalece nuestro peso específico en la Unión Europea, desde una vocación atlántica reforzada con la salida de Reino Unido. También en América Latina, con una creciente influencia china que tanto España como EEUU tienen que tomarse muy en serio en una región tan vinculada a su vecino del Norte como a través de la Comunidad Iberoamericana, especialmente en el momento convulso que viven todos los países de la región. Y, desde luego, la relación bilateral es esencial para hacer valer nuestra posición en el Mediterráneo occidental. Basta mencionar nuestra relación con Marruecos o Argelia para ver la relevancia de una buena sintonía con EEUU.

En este sentido, el momento más alto de la relación bilateral fue a partir de 2001, cuando se firmó en Madrid por quien suscribe –entonces ministro de Asuntos Exteriores del gobierno de José María Aznar– y la secretaria de Estado, Madeleine Albright, con la administración de Bill Clinton, la primera Declaración Conjunta entre ambos países. Nótese que se negoció con esa administración, pero fue asumida plenamente y profundizada por la administración de George W. Bush.

Tenía pues una profunda visión “bipartisana” por ambas partes, ya que el gobierno español compartió con el Partido Socialista, entonces en la oposición, toda la información y obtuvo su conformidad. La relación entre dos Estados soberanos e independientes no puede basarse en la coyuntura política ni en los vaivenes de la lógica y legítima alternancia de gobierno, sino que debe plantearse como una “política de Estado”, como lo es la política exterior. Sin consensos básicos en este terreno, la política exterior adolece de falta de credibilidad y deja de inspirar la confianza necesaria con los interlocutores.

Lamentablemente, ese consenso interno se perdió en 2004, cuando el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero retiró apresurada y unilateralmente las tropas españolas en Irak, a pesar de que no habían intervenido en la guerra y estaban bajo el paraguas de Naciones Unidas y, además, se permitió aconsejar al resto de aliados que hicieran lo mismo. Previamente, se produjo el famoso episodio cuando el entonces jefe de la oposición no se levantó en señal de respeto a la bandera estadounidense en el desfile militar del 12 de octubre en Madrid.

«La relación entre dos Estados soberanos e independientes no puede basarse en la coyuntura política ni en los vaivenes de la lógica y legítima alternancia de gobierno, sino que debe plantearse como una ‘política de Estado’»

Cabe decir que Rodríguez Zapatero, ya en calidad de expresidente del gobierno, ha seguido manifestando su animadversión hacia EEUU, apoyando a regímenes tan antinorteamericanos como Cuba o Venezuela o recomendando la necesidad de que Europa se uniera a China para hacer frente común a la hegemonía de nuestro principal aliado. Actitudes que no ayudan a generar de nuevo un clima de confianza mutua. Como tampoco ayuda el hecho de que miembros del actual gobierno de coalición sean claramente contrarios a la Alianza Atlántica y al propio EEUU. Todo esto se ha visto con meridiana claridad a raíz de la agresión rusa a Ucrania, culpabilizando a la OTAN y pidiendo una “paz” que no es otra cosa que una rendición de Ucrania y la cristalización de una situación de facto que premia la violación del Derecho Internacional y el uso injustificado de la fuerza militar para conseguir objetivos geopolíticos, posibilitando futuras agresiones.

Por ello, es remarcable que, en los márgenes de la Cumbre de Madrid, se haya firmado otra Declaración Conjunta que, recogiendo el espíritu y los objetivos de la de 2001, se haya adaptado a las nuevas circunstancias, aunque sin más concreciones que las relativas a la defensa. Es un mérito, sin duda, del ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares. Se trata de una declaración que refuerza la respuesta multilateral ante el desafío de Rusia y muestra un firme apoyo a Ucrania, defiende un orden internacional basado en normas, comparte los objetivos de la Agenda 2030, y “anima” a China a cumplir sus compromisos en los organismos multilaterales, contribuir a la seguridad internacional y cooperar en la provisión de bienes públicos globales como el cambio climático, la biodiversidad y la igualdad de género.

La nueva declaración se propone intensificar la cooperación en seguridad, incluyendo la lucha antiterrorista, el narcotráfico y la trata de personas, así como la ciberseguridad y el ciberespacio. También promover una migración segura, ordenada y regular, tanto en América Latina como en el Norte de África, la lucha contra el cambio climático en el marco del Acuerdo de París, así como la mejora de la seguridad energética y del suministro de minerales críticos, promoviendo cadenas de suministro resilientes.

Asimismo, se pretende una mayor cooperación en el ámbito comercial (donde mantenemos aún algunas diferencias por los aranceles establecidos por la anterior administración estadounidense), fiscalidad empresarial (en el marco de la OCDE) y en el terreno digital, científico y tecnológico.

Finalmente, se promueve una mayor cooperación política, con consultas regulares entre el ministerio de Asuntos Exteriores y el Departamento de Estado, así como entre los dos gobiernos, en la perspectiva, además, de la próxima presidencia española del Consejo de la UE del segundo semestre de 2023. Objetivos muy generales todos ellos, pero que enmarcan una voluntad clara de colaboración y de mejora de la relación bilateral.

«La fiabilidad y la confianza cuestan mucho construirlas, pero perderlas puede ser muy rápido»

La declaración del 2001 era más concreta en algunos puntos (como los contactos entre presidentes, el intercambio de información, la actualización del Acuerdo de Extradición o la promoción de la enseñanza del inglés en España y del español en EEUU).Y dio lugar a la mejor relación bilateral que hayamos mantenido nunca. Hay que esperar que se recupere aquel nivel, aunque sea parcialmente.

En ambas declaraciones, los temas de defensa fueron cruciales, estableciéndose incluso en 2001 un Comité Bilateral de Defensa de Alto Nivel, en el marco de la revisión del Convenio de Cooperación de Defensa. Ahora se acuerda, de nuevo en ese marco, el establecimiento permanente de dos destructores estadounidenses adicionales (a los cuatro existentes) en la base de Rota, para el fortalecimiento del escudo antimisiles. Queda pendiente la aprobación parlamentaria. Los socios de gobierno y parlamentarios del Partido Socialista ya han anticipado su voto negativo. Afortunadamente, la oposición encabezada por el Partido Popular ya ha confirmado su voto favorable, en un claro ejercicio de responsabilidad y sentido de Estado.

Es cierto que en la fase final del gobierno de Rodríguez Zapatero se ofreció a EEUU aumentar la presencia militar en la base de Rota, y que hubo una cierta mejora durante el gobierno de Mariano Rajoy. Pero, el hecho de que llegara Donald Trump a la Casa Blanca no solo no ayudó sino que empeoró las cosas (con España y, en general, con los aliados occidentales).

La declaración bilateral de 2001 posibilitó que el primer viaje a Europa del nuevo presidente Bush empezara por España, en una visita bilateral de gran profundidad, algo que no había sucedido antes. Ahora se ha producido, por primera vez en las dos últimas décadas, en el marco multilateral de la Cumbre de la OTAN.

Vamos en la buena dirección. Ojalá se pueda ir más allá y el claro compromiso de España con la OTAN o el cambio repentino –poco explicado y pésimo en las formas– de la posición española sobre el Sáhara han podido contribuir a restablecer una mínima confianza. Pero la política exterior, la credibilidad y la confianza se construyen paso a paso, con perseverancia y coherencia. Para ello, debe consensuarse con el principal partido de la oposición y alternativa de gobierno, y en el marco del Parlamento.

Si no se hace así, todo podría resultar, de nuevo, un intento fallido. Y no nos lo podemos permitir. La fiabilidad y la confianza cuestan mucho construirlas, pero perderlas puede ser muy rápido. Que la Cumbre de la OTAN, organizativamente muy exitosa para España, no sea flor de un día. Deben mantenerse los compromisos asumidos de forma leal y firme, así debe exigírsele también a la alternativa de Gobierno. Sobre su posición, afortunadamente, no tengo la menor duda.

LA OTAN Y ESPAÑA, por el General de división Juan A. Moliner González, dentro del 1º ciclo AEME 2022

General Juan Antonio Moliner González

Con la celebración en Madrid el pasado 30 de mayo del 40 aniversario de la incorporación de España a la Organización del Tratado del Atlántico Norte, como miembro 16 de la Alianza, se ha mostrado de forma palmaria una de las características relevantes de la presencia de nuestro país en la OTAN y que ha sido la excesiva peculiaridad de nuestra participación en la misma durante mucho tiempo y que, hay que lamentar, parece que aún persiste.

En este caso, dicha originalidad ha consistido en que el gobierno de España, o más bien una parte del mismo, ha celebrado el mencionado aniversario mientras que otra parte no solo no ha participado, sino que se opone a la celebración de la Cumbre que la Alianza va a celebrar en Madrid los días 29 y 30 de junio e incluso plantea contrarrestarla con una paralela Conferencia por la Paz.

Decisión, la de oponerse a una reunión de enorme alcance político y estratégico en la que se aprobará en nuevo Concepto estratégico, tras el vigente de 2010 y que se reclama para hacer frente a todos los cambios geoestratégicos sufridos en las relaciones internacionales, en unos momentos en que Occidente parece encontrar una gran unanimidad en las políticas de seguridad y defensa ante la agresión injustificada e ilegítima de Rusia en Ucrania, lo que muestra esa dicotomía política e ideológica que desde hace cuarenta años ha presidido la percepción de la opinión pública y la participación de España en la OTAN.

Así, tras la solicitud de adhesión formal a la Alianza el 2 de diciembre de 1981 por el gobierno centrista de Calvo Sotelo, y el ingreso efectivo seis meses después, a pesar de que en esos momentos las encuestas mostraban un muy limitado de la opinión pública del 18%, la llegada al poder en octubre de 1982 de Felipe González y los socialistas paralizó la integración en la estructura militar aliada.

La peculiaridad y fragmentación en clave interna se volvía a mostrar con las reticencias ante el ingreso en la OTAN del gobierno recién llegado al poder y parte importante de la opinión pública española, algo que no ha ocurrido con las sucesivas incorporaciones de otros países europeos, tras el fin de la Guerra Fría, a la Alianza.

La OTAN, debe asumirse, no cubre todos los intereses estratégicos de España y parece lógico pensar que esas visiones y fragmentación política interna no cabe duda influyeron que, en el proceso de negociación para la adhesión a la Alianza, se excluyera la aplicación de la cláusula de defensa colectiva a nuestras ciudades del norte de África, en coherencia con una lectura estricta del Artículo 6 del Tratado de Washington.

Sin embargo, las objeciones ideológicas comentadas no pudieron superar la confrontación con la evidencia de que la mejor defensa de los intereses nacionales -la democracia se había instalado en España desde 1978 y por historia, cultura y política, formábamos parte del mundo occidental- significaba asumir los costes que supone la defensa de unos valores. Y esto exigía formar parte de la OTAN, como alianza militar, y de las instituciones europeas como organización política supranacional.

Esa singularidad española llevó a la celebración del referéndum del 12 de marzo de 1986, si bien condicionado, siempre nuestras condiciones especiales, a la no entrada en la estructura militar, a reducir la presencia militar estadounidense en España y a la prohibición de almacenar o instalar armas nucleares en nuestro territorio. Como curiosidad cabe decir que en la papeleta del referéndum no aparecía la palabra OTAN y sí Alianza Atlántica. Lo ajustado del resultado final positivo (56,85 SI frente a 43,15 NO) ha contribuido a que en la opinión pública la visión de nuestro papel en la OTAN se mantenga como asunto polémico hasta nuestros días.

Pero las exigencias de las relaciones internacionales y nuestro posicionamiento claramente occidental, desde lo unilateral a lo multilateral como inevitable retorno de España a la Europa democrática de los derechos y las libertades, hicieron que se fuera haciendo una interpretación laxa de algunas de esas condiciones. Así, la participación en misiones OTAN, desplegadas por nuestras Fuerzas Armadas desde 1992, incluyendo la participación con medios aéreos en la primera operación de combate de la OTAN en su historia -la campaña aérea en Bosnia Herzegovina en 1995-, la aparente contradicción de que un español, Javier Solana, se convirtiera en Secretario General el 5 de diciembre de 1995, o incluso la celebración de una Cumbre de la OTAN en Madrid los días 8 y 9 de julio de 1997, llevaron a que el 2 de diciembre de 1997 España ingresara en la estructura militar y en 1999 militares españoles se incorporaran a los cuarteles generales y resto de estructuras de la OTAN, participando activamente en todos los organismos de planeamiento y toma de decisiones.

Se llegaba, por fin, a una situación de relativa normalidad en la participación militar de España en la Alianza Atlántica y que ha supuesto que más de 125.000 militares españoles hayan participado en 21 misiones, además de la existencia de estructuras OTAN en nuestro país como son el Centro Combinado de Operaciones Aéreas desplegable en Torrejón, el Centro de excelencia Contra Artefactos Explosivos Improvisados y los cuarteles generales de alta disponibilidad, el marítimo a bordo del buque Castilla con base en Rota y el terrestre en Bétera.

Esta relación especial de España con la OTAN se pone claramente de manifiesto si se analizan nuestras Directivas de Defensa Nacional, el documento que durante mucho tiempo ha sido el más importante en nuestro país para fijar esa política pública esencial que es la de Defensa. Mientras las Directivas publicadas bajo gobiernos socialistas hacen hincapié en el estrechamiento de las relaciones con Europa, incluidas sus políticas de seguridad y defensa, las emitidas por gobiernos populares reafirman de forma clara, además, el compromiso con la defensa colectiva que supone la OTAN.

Sí parece claro que desde el principio de nuestra adhesión a la OTAN hubo una evidente omisión en explicar a los españoles que la alianza es elemento clave para proteger los valores occidentales, amenazados hoy como antes, y que la invasión rusa de Ucrania tan evidentemente ha puesto sobre el tablero internacional.

De igual forma, como el propio gobierno español acaba de poner de manifiesto con sus contradicciones internas sobre la Alianza, la opinión pública, incluso la especializada, mantiene abundantes prejuicios ideológicos, en parte apoyados por la consideración de que la OTAN defiende sobre todo los intereses norteamericanos, que reafirman esa peculiaridad española que constituye el hilo conductor de estas reflexiones. No puede sorprender que, de algún modo, esto haya provocado entre los aliados una extraña sensación de socio poco fiable y sometido a oscilaciones en una cuestión clave de estado como es la política de seguridad y defensa.

Consecuencias de esta singularidad española han sido el desconocimiento del gran público sobre el funcionamiento interno de la Alianza y sus mecanismos de voto y posibilidad de bloqueo de decisiones, las habituales limitaciones en cometidos de las fuerzas militares españolas que participan en misiones OTAN y el hasta ahora poco entusiasmo de la opinión pública española por la Alianza Atlántica, algo que choca con el interés que, en estos días, están manifestando países tan tradicionalmente neutrales como Suecia y Finlandia.

Quizá esto también nos haya hecho perder el protagonismo que, dentro de la OTAN, nos debería corresponder en las relaciones internacionales por nuestra situación geográfica y estratégica, cultura e historia. Cabría esperar de nuestros líderes políticos que se aprovechara la celebración en España de la importante próxima Cumbre de la OTAN, al final de este mes de junio, para informar y desarrollar en los ciudadanos la conciencia de que ahora, más que nunca como demuestra la guerra en Ucrania, formar parte de una organización que asegura la defensa colectiva de nuestros valores, principios y forma democrática de vida, respetuosa con los derechos humanos y el derecho internacional, está por encima de ideologías y posicionamientos políticos particulares.

                                              General de División (R) Juan A. Moliner González                                                       Asociación Española de Militares Españoles

Organización de la OTAN en 2016. Artículo escrito para AEME, por Rafael Vidal Delgado y publicado en diversos medios

Si comparamos la Organización de Tratado de Atlántico Norte en el momento de su fundación y su situación en 2016, es como si estuviéramos hablando de dos alianzas totalmente distintas, teniendo en la actualidad como único nexo el concepto de defensa colectiva ante el ataque a uno de sus miembros.

La Alianza se basa en el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas, desarrollado en el artículo 5º del Tratado de Washington de 1949 y completado con el 6º.

La OTAN ha sido una organización dinámica y se ha organizado a lo largo del tiempo a través de la estrategia fijada por los jefes de estado y de gobierno de los países miembros. A esta estrategia se le ha denominado “Concepto Estratégico”, pudiéndose definir como “la visualización de un posible escenario futuro, político-militar, en un intervalo de tiempo determinado”, siendo este intervalo, al objeto de una determinada perdurabilidad en el tiempo de diez años, sin menoscabo que a lo largo de dicho período hayan sufrido retoques, de acuerdo con la evolución de la situación mundial.

Hasta la fecha se ha decididos seis conceptos estratégicos, sobre los cuales podemos comprobar la evolución de la OTAN de una forma muy sintética:

Gráfico de evolución de los Conceptos Estratégicos de la OTAN

El concepto de 1949 preconizaba que ante un ataque de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), al no existir todavía el Pacto de Varsovia, se respondería con un despliegue masivo divisiones convencionales, es decir una estrategia con la que se había ganado la Segunda Guerra Mundial.

La URSS responde creando en 1955 el Pacto de Varsovia y desplegando 175 divisiones, frente a las 39 de la Alianza, por lo que en la cumbre de París de 1957, la OTAN modifica totalmente su concepto estratégico, basándolo en la “represalia masiva”, es decir un ataque de cualquier tipo contra la Alianza desencadenaría el holocausto nuclear.

La carrera de misiles de largo alcance, dotados de cabeza nuclear, fue imparable, sustituyendo la OTAN el Concepto en 1967, gracias al “informe Harmel”, por el de “respuesta flexible”, es decir se utilizarían los mismos medios que el adversario y al mismo tiempo se impulsaba la gestión de crisis, el desarme y la distensión.

A partir de la década de los setenta el Pacto de Varsovia comenzó a tener dificultades internas, naciendo en 1975 en Helsinki, la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE), transformada 20 años más tarde en Organización (OSCE). Pocos años después alcanzaron el poder espiritual Juan Pablo II y el poder material Ronald Reagan, ambos con la finalidad de eliminar, el primero, el ateísmo en los países comunistas, y el segundo de doblegarlos a través del programa “Iniciativa de Defensa Estratégica” (guerra de las galaxias), que obligó al nuevo secretario general de la URSS, Mijaíl Serguéyevich Gorbachov (1985) a “entenderse” con los EE.UU. y con la OTAN, ante la imposibilidad de seguir la carrera de armamento por su coste económico.

En 1989 cae el muro de Berlín y la URSS y el Pacto de Varsovia se desmoronan, decidiendo la OTAN en la cumbre de Roma de 1990, transformar la Alianza, emitiendo un nuevo Concepto, el cuarto, el cual manteniendo la “defensa colectiva de los países miembros”, daba prioridad al “diálogo político” y a la “cooperación en su más alto sentido”, dando entrada como “países amigos” en el programa “Asociación para la Paz”, más conocido como “Partner for Peace”, a los antiguos del Telón de Acero.

La OTAN en este Concepto no hablaba de amenazas y mucho menos del Este, pero sí de riesgos e incertidumbres que comenzaban a surgir en distintas partes del mundo, de tal forma que exigía que la OTAN se hiciera “planetaria”, siempre bajo los auspicios  del Consejo de Seguridad de las NN.UU. El mundo daba por terminada la “Guerra Fría”.

La realidad es que el 1991 la OTAN se encontró con el dilema de su propia existencia, propugnando su desaparición partidos políticos de los países miembros, al igual que había ocurrido con el Pacto de Varsovia, pero ya en el Concepto se contemplaban las nuevas necesidades, como la proliferación de armas de destrucción masiva, la ruptura de los aprovisionamientos de los recursos vitales y las acciones de terrorismo y sabotaje.

En 1999 se actualiza el Concepto anterior y se decide uno nuevo, en cierto modo de transición al vigente actualmente. En este Concepto se tiende a las relaciones transatlánticas, a las iniciativas de defensa propiamente europeas y otras que relacionadas con la OTAN, dispuesieran de medios de defensa en todo el globo, se inicia, tímidamente la llamada “defensa cooperativa”.

El Concepto estratégico actual de 2010, se basa en tres pilares: la “prevención y gestión de crisis” y el uso intensivo de la “seguridad cooperativa”. La aparición de nuevos escenarios, como el virtual y espacial, obligan a la atención al ciberespacio y al espacio atmosférico, y aunque no se citan explícitamente a los líderes mesiánicos que podían desestabilizar distintas zonas, como Corea del Norte, Venezuela, Eritrea, etc.

La acción del presidente ruso sobre Ucrania, ha obligado a la OTAN, en palabras de su Secretario General Jens Stoltenberg, a declarar en la cumbre de Varsovia de 2016 que la Alianza y Rusia ya no son socios estratégicos, lo cual da pie a la iniciación de una nueva “Guerra Fría”

Orgánicamente la estructura de la OTAN no ha variado sustancialmente, al menos políticamente, manteniéndose las Autoridades Nacionales, como máximo órgano de decisión; las Representaciones Permanentes a nivel de embajador; la disminución de los numerosos comités, por tres bloques: Planeamiento de Defensa (DPC), que en la actualidad se encuentra un diplomático español como Secretario General Adjunto; Consejo del Atlántico Norte (NAC) y el Grupo de Planeamiento Nuclear (NPG), de los que dependen otros comités. Todo el conjunto está coordinado y presidido por el Secretario General de la OTAN, que dispone de un Estado Mayor Internacional (IS).

Aunque la OTAN se ha “civilizado”, es decir se da más énfasis al diálogo y la cooperación, siendo paradigmáticos los planes civiles de emergencia, que han dado un resultado extraordinario en catástrofes europeas y mundiales, también cuenta con la “parte militar”, formada por el Comité Militar, constituido por los Jefes de Estado Mayor de los países miembros; por unos Representantes Militares de carácter Permanente y que cuentan, al igual que el IS de una Estado Mayor Militar Internacional (IMS).

Las decisiones militares de la OTAN parten de las Autoridades Nacionales y/o del Consejo del Atlántico Norte, así como del DPC, NPG y Secretario General, los cuales comunican las directrices a los comités civiles especializados y al Militar, apoyándose en los estados mayores IS e ISM, así como en caso necesario, por la dificultad del problema, se crea un grupo de trabajo “ad hoc”.

Con todos estos estudios y análisis se proponen a la cúpula de la Alianza unas Líneas de Acción, la cual elige una o toma una decisión mezcla de varias, designando al Mando Militar Estratégico que debe desarrollarla.

CUARTELES GENERALES DE LA OTAN

Mandos Estratégicos de la OTAN

Hay dos Mandos Estratégicos: el Mando Aliado de Operaciones (ACO), que se encuentra en Mons (Bélgica) y el Mando Aliado de Transformación (ACT), en Norfolk (Virginia-EE-UU).

Las funciones atribuidas al ACT son: definir las características de los conflictos futuros y las necesidades de medios, crear doctrina de los nuevos conceptos operacionales e implementar esta doctrina en los miembros de la Alianza. Para ello la OTAN ha dotado al ACT de cuatro centros subordinados y 22 centros de excelencia, dedicados a dirigir ejercicios que ayuden a implementar la nueva doctrina operacional a través de la experiencia adquirida por los componentes de la OTAN (Boletín de Información del CESEDEN, nº 320 de 2011).

Por su parte el ACO ha sufrido una drástica disminución en sus cuarteles generales, de tal forma que han quedado, a nivel operacional, como Cuarteles Generales Conjuntos el de Brunssum en Holanda y el de Nápoles en Italia; un solo Cuartel General Aéreo, el de Ramsteim en Alemania; un Mando Terrestre (Landcom) en Izmir en Turquía y un Mando Marítimo (MARCOM) en Northwood en Gran Bretaña.

Por su parte, en nivel táctico, prácticamente han desaparecido los cuarteles generales, llegándose a alcanzar la cifra de más de treinta, manteniéndose tres Centros de Operaciones Aéreas Combinadas (CAOC), situados en Uedem  en Alemania, Poggio en Italia y Torrejón en España, siendo este último el único Cuartel General existente en nuestro país, de hecho el Cuartel General Aliado de Retamares (Madrid), sus responsabilidades y zona de acción han sido transferidas al de Turquía.

De los Cuarteles Generales conjuntos de Nápoles o de Brunssum se encuentra la Fuerza de Respuesta de la OTAN (NRC), de la cual a su vez depende la Fuerza Conjunta de Muy Alta Disponibilidad o Very High Readiness Joint Task Force Land (VJTF), cuyo Componente Terrestre es asumido por España, en principio (puede que sea rotatorio), disponiendo para ellos de un Cuartel General Terrestre de Alta Disponibilidad (CGTAD), con base en Bétera y en Valencia. Existen otros CG,s de división y brigada desplegados en los países bálticos en Polonia y Rumania, así los llamados CGs, de NATO Forces Integration Units (NFIU), siendo similar la estructura en los componentes aéreos y marítimos

La realidad es que la OTAN desea apoyarse cada vez más en los cuarteles generales de los países miembros y en caso necesario lo implementan, bien de forma permanente o durante un intervalo temporal de oficiales de otros ejércitos.

ESPAÑA EN LOS CUARTELES GENERALES

Cuarteles Generales de la OTAN

Todos los Cuarteles Generales de la OTAN son de carácter combinado, existiendo en todos ellos oficiales de mayor o menor rango.

El CAOC de Torrejón, cuyo mando es un general de división del Aire, en la actualidad García Servert, dispone de un 2º jefe griego, de director de operaciones portugués y las divisiones del Estado Mayor están mandadas por oficiales superiores de distintas naciones miembros, al igual que las secciones y negociados. La responsabilidad de este Mando es enorme, dado que tiene bajo su coordinación a todos los aviones de alerta que existen en las bases aéreas de los países de la Alianza de todo el sur de Europa, excepto Francia, y del Este y Turquía, pudiendo ordenar la interceptación de cualquier aeronave que sobrevuele el espacio aéreo y no se encuentre perfectamente identificado.

Por su parte el CGTAD está mandada por el teniente general español, con un adjunto portugués, un Jefe de Estado Mayor, general español de dos estrellas y las divisiones se encuentran al frente de generales de una estrella de distintas nacionalidades, predominando los españoles.

CONCLUSIÓN

La OTAN ha demostrado su utilidad a lo largo de cerca de setenta años de su historia, gracias a que ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos, a la situación del momento y a los nuevos riesgos e incertidumbres.

Ha sabido optimizar sus recursos, flexibilizando el uso de la fuerza, siendo España con las llamadas brigadas polivalentes, un ejemplo de ello. La respuesta rápida, la alta disponibilidad de fuerzas y las capacidades estratégicas de transporte y vigilancia aérea, hacen de la OTAN la única gran alianza mundial capaz de responder a retos en cualquier parte del mundo, siempre bajo mandato de la ONU.

España se encuentra en un lugar privilegiado, siendo el sexto contribuyente de la Alianza, manteniendo en su territorio dos cuarteles generales, uno de tercer nivel y el otro de cuarto/quinto.

España, al igual que la OTAN se enfrenta a la escasez de recursos económicos, pudiendo afectar en un futuro próximo a su operatividad y más si tenemos en cuenta la traslación del esfuerzo norteamericano al área del Pacífico y la salida de la Unión Europea del Reino Unido.

Pero algo es seguro, que la OTAN sabrá adaptarse al futuro.

Rafael Vidal Delgado

Coronel de Artª (Ret.) DEM

Doctor en Historia Director del Foro para la Paz en el Mediterráneo

ESTRATEGIAS NUCLEARES EN LA OTAN, por el general Martínez Isidoro (1º Ciclo AEME 2022)

El General de división (Ret.) D. Ricardo Martínez Isidoro en una entrevista en televisión

La Disuasión Nuclear está concebida, no tanto por acuerdo sino por reflexión mutua, para que no se produzca un conflicto de este tipo que aniquilaría a los contendientes e incluso la vida misma en el Planeta.

   A partir de este axioma básico las potencias con capacidad nuclear se han centrado en esbozar e implementar teorías de empleo para desbordar este supuesto, con la finalidad de concebir estrategias que disuadan espacios geopolíticos concretos, como por ejemplo Europa, o limiten alguno de los efectos devastadores de la fisión no controlada del átomo, este sería el caso de la bomba de neutrones, célebre en los ochenta y noventa del siglo pasado.

   También se han superpuesto, sin combinarse en el origen de la decisión, diversas estrategias de empleo de las armas nucleares que “aliadas” suponen al candidato agresor la realización de una reflexión más complicada; este sería el caso de las estrategias nucleares de la OTAN que se “combinan”, en Europa, con la francesa, británica, y naturalmente con la de la Federación Rusa, aunque esta es del candidato opuesto.

   Desde el principio de su existencia, la OTAN ha desarrollado sucesivas estrategias nucleares reactivas que han tenido como referencia su enemigo tradicional, antes la URSS y ahora la Federación Rusa, siendo el escenario fundamental Europa.

   En la Guerra Fría, o la Guerra de Europa, como la llaman analistas de prestigio (Robert Kaplan, Universidad de Harvard), la tutela nuclear la ha llevado a cabo Estados Unidos y la ha ejercido de una manera firme, muy rígida, sobre Gran Bretaña, y prácticamente inexistente sobre Francia, potencias ambas nucleares con posibilidades de influir en el razonamiento disuasivo en Europa.

La primera estrategia común a los Dos Bloques,” la Destrucción Mutua Asegurada” siguió a una superioridad nuclear americana, consecuencia de la detención única del arma nuclear por EEUU, que duró relativamente poco. La posibilidad de aniquilación mutua paró los impulsos del Este, pero su superioridad convencional, bacteriológica y química, demostrada con grandes alardes de fuerza, en la Guerra Fría, puso de manifiesto la posibilidad de desbordar la disuasión mutua, mediante acciones clásicas de gran envergadura.

La Alianza Atlántica tuvo que reaccionar, en esa fase, a la renovación de los riesgos y amenazas que le planteaba el Este adecuando su estrategia, ahora de la Respuesta Flexible, mediante la cual se disuadía a la Unión Soviética por una gradual posibilidad de empleo de la Triada, es decir, las armas convencionales, las nucleares tácticas y las nucleares estratégicas; en esta estrategia occidental no estaba prevista la utilización inicial del armamento nuclear (No First Use), aspecto que sucedía al contrario en el bando oriental, que esgrimía su teoría nuclear militar indicando “que se reservaba el primer uso de aquellas”, aspecto que continua en la actualidad.

   Dada la escasa profundidad del Teatro Europeo, por la ocupación del Pacto de Varsovia de los países satélites, la OTAN disponía de un reducido espacio para detener un posible ataque del Este, y por tanto muy poco tiempo para la reflexión nuclear de empleo dentro de la Respuesta Graduada.

   Por ello, la OTAN dio un paso más, creando una estrategia complementaria, convencional y anti fuerzas, basada en la localización y la consiguiente destrucción, empleando unos medios y un armamento muy modernos, de gran precisión y efectividad, que se implicarían contra los segundos escalones de las fuerzas del Pacto de Varsovia, esta opción se llamó FOFA (FOLLOW-ON FORCES ATTACK).

    Es necesario apuntar que las nuevas tecnologías, que han facilitado el aumento de la velocidad de los vectores portantes de las armas nucleares, al parecer disponibles por la Federación Rusa (Misiles hipersónicos), harían también disminuir considerablemente los tiempos de recorrido de los mismos, y con ello la posibilidad de detección, e incluso de reflexión del agredido sobre las dimensiones del ataque del agresor, su identificación y la reacción alternativa. Lo que en tiempo de la Guerra Fría era escasez de espacio en la actualidad se tornaría en escasez de tiempo.

    El enfrentamiento disuasivo OTAN-PACTO DE VARSOVIA (PAV), en la Guerra Fría, produjo la escalada de este tipo de armas con la Ex Unión Soviética, y con ella la acumulación de cabezas nucleares y vectores, incluyendo los bombarderos estratégicos, objeto de los sucesivos tratados ABM, SALT I y II, START y NEW START, que culminando su validez al borde de la Epidemia del COVID 19, fue prorrogado con cierta rapidez sin que se produjeran efectos de reducción, objeto fundamental de estos tratados.

   La estrategia de la Respuesta Flexible, descontada la componente nuclear estratégica que aseguraba fundamentalmente el aliado norteamericano desde su territorio, se desarrollaba  sobre el teatro europeo, donde la superioridad convencional del PAV era notoria; la aparición de los misiles nucleares soviéticos SS-20, sobre todo, móviles, muy precisos y capaces de batir todos los objetivos de los países europeos de la OTAN y los norteamericanos estacionados en el Continente, desequilibraron la relación de fuerzas, dando lugar a la posibilidad desestabilizar el vínculo transatlántico, promoviendo que Estados Unidos pudiera “desentenderse” de Europa. Estas acciones produjeron la Crisis de los Euromisiles en los años ochenta y la necesidad de desplegar los de alcance intermedio por Estados Unidos, en especial los Pershing II y los Misiles Crucero.

   En el teatro europeo propiamente dicho, siempre objetivo de la estrategia militar soviética en su día, existían, y existen, dos aliados con capacidad nuclear, Gran Bretaña y Francia. Los británicos, con una componente estratégica submarina (SLBM), basada en los famosos Polaris, que fueron reemplazados por los Trident, siempre estuvieron” bajo doble llave”, precisando para su disparo un ulterior “permiso” del aliado norteamericano.

   Sin embargo los franceses, en su día con tres componentes, hoy solo permanecen, la aérea y la submarina (los S-3 de la Meseta de Albión, en la Provenza fueron suprimidos), mantuvieron y mantienen la autonomía de su empleo, de carácter estratégico, pues el alcance de sus SLBM y componente aérea sobre aviones Rafale así se lo permiten.

   Cabe decir que tanto la capacidad nuclear británica como la gala son consideradas, y así lo manifestaron los soviéticos en su día, como armas nucleares con acción sobre su territorio y por lo tanto, bajo el principio de “seguridad igual”, deberían ser contabilizadas en cualquier proceso de desarme; el caso del despliegue de los SS-20 constituyó, para los rusos, una de las razones que lo justificaban.

   Ni que decir tiene que este principio, dado el número exagerado de cabezas y vectores de los “Dos Grandes”, incluyendo bombarderos estratégicos, no fue aceptado por Francia que siempre fue intransigente en el concepto de la autonomía de su” Force de Frappe”; incluso existió un profundo debate en torno a la necesidad de que las armas nucleares de la OTAN que operaran en Europa se pusieran a disposición de los países europeos en los que se desplegaran, en lo que respecta a la decisión de su empleo, convergiendo los deseos de una Defensa Europea con la gravedad del momento de la crisis de los Euromisiles.(Michel Manel, L’Europe Face aux SS-20.Stratégies. 1982).

   Es necesario reconocer que a Estados Unidos le interesaba la ambigüedad de las opciones de respuesta citadas, pues ello perturbaba el cálculo soviético; hasta tal punto que existen teorías de un posible “impulso norteamericano” al desarrollo nuclear francés.

   Pasados los años, y más desarrollada la opción de “una Defensa Europea”, se ha visto como Francia podría ofrecer sus dispositivos nucleares (aviones y submarinos) para que fuera la columna central de una disuasión autóctona puramente europea, aunque es necesario admitir que ese “préstamo” no lo sería en términos de decisión ya que la doctrina gala es muy estricta al respecto; “una sola mano para el botón nuclear”.

   En cualquier caso, todas estas cuestiones sirvieron a la Federación Rusa para, en su momento, enrarecer las negociaciones START y las de un hipotético nuevo tratado INF, ahora en suspenso, dado que lo que es evidente es que los dispositivos europeos son estratégicos, por los orígenes de los posibles lanzamientos, y que los destinos son evidentemente objetivos situados en la “Gran Rusia”.

   El tercer elemento de la Triada nuclear, las armas nucleares tácticas, no se puede desvincular de lo analizado hasta ahora, pues forma parte de la estrategia de respuesta flexible; están desplegadas, y de algún modo vinculan a los países que las detentan, y lo hacen por su situación con respecto a la Federación Rusa y por la voluntad de recibirlas en su suelo, aspectos que la política, y el fomento del pacifismo y la presión, podrían hacer variar las decisiones iniciales tomadas (Nuclear Sharing) por los europeos.

   Recientemente se ha cuestionado en Alemania su actitud en torno a abandonar la decisión de que su territorio albergue armas nucleares tácticas de la OTAN, esencialmente la posibilidad de que aviones germanos asignados a la Organización Atlántica, los denominados DCA (Dual Capable Aircraft), puedan ser suprimidos; la reciente decisión del Gobierno alemán de renovar sus aviones de combate con la disponibilidad de dicha doble capacidad, en el marco de la Guerra Ruso-Ucraniana, aleja por el momento esas sensaciones.  

   Los analistas de los países afectados, principalmente, Francia, Holanda, Italia, Bélgica, Polonia y los Bálticos, no tardaron en reaccionar, emitiendo juicios claros sobre el significado de dicha posible renuncia:

   Se debilitaría el flanco norte de la Alianza; se renunciaría a una opción importante sin contrapartidas de la Federación Rusa; se fomentaría que Polonia pudiera relevar a Alemania en ese cometido, aspecto que provocaría a los rusos (Tratado NATO-Rusia de 1997); se favorecerían los movimientos antinucleares; se perjudicaría la posición de Francia en el Grupo de Planeamiento Nuclear de la OTAN; no se sería coherente con la doctrina militar rusa, que propugna un ataque nuclear, incluso ante una agresión convencional; se produciría un fomento de la proliferación, al buscar cada Estado su solución nuclear; se podría fomentar la defección de otros Aliados, como Italia;  etc.

   La Federación Rusa ha modernizado su arsenal nuclear, en todos los órdenes (ICBM RS-28, Misil Hipersónico Avanguard), y ha desplegado misiles nucleares con capacidad de alcanzar territorio europeo (Iskander, en Kaliningrado y, al parecer, en Crimea y San Petersburgo, además del Pacífico), también lo ha hecho con misiles crucero de alcance próximo a los contemplados en el tratado INF, aspecto considerado por la OTAN como la clave de la renuncia de EEUU a la continuidad del Tratado.

   La irrupción de China en el “gran juego nuclear”, con capacidades intercontinentales que pueden afectar a la OTAN en términos de disuasión, y la posesión por este país de dispositivos incluibles en un futuro e hipotético tratado INF, complican no solo el futuro del NEW START, sino cualquier solución global de desarme, al estar este pujante país en pleno desarrollo de sus posibilidades armamentísticas, en apoyo de sus pretensiones económicas y sociales.

   Es evidente que el objetivo, y el escenario de la Federación Rusa, es Europa, y que las estrategias de respuesta se juegan sobre nuestro Continente, muy afectado por la reciente renuncia a continuar con el Tratado INF; la reciente prolongación de la vigencia del Tratado START, sin apenas discusiones, la renuncia rusa al de Cielos Abiertos, y de Estados Unidos al ABM, junto con la banalización del FACE, completan un escenario de ausencia de medidas de confianza y de inseguridad en Europa.

    La invasión rusa de Ucrania, y en general, la presión sobre la libertad de pertenecer a la OTAN de los países de su “extranjero próximo”, completan este panorama con la amenaza, de la Federación Rusa, de una hipotética reacción nuclear ante una posible intervención occidental directa en el conflicto; se puede admitir que la OTAN y la Federación Rusa están ya en una guerra disuasiva.

                                                       General de División (R) Ricardo Martínez Isidoro

                                                                                       Miembro de AEME

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