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Japón después de Abe

Abe supo leer el nuevo escenario geopolítico con una gran capacidad de anticipación. Ante el choque entre China y EEUU, propuso una reformulación de la política exterior y de seguridad niponas coherente con los valores democráticos y liberales de la sociedad japonesa, primero impuestos y luego plenamente asumidos.

JOSEP PIQUÉ |  14 de julio de 2022

La sociedad japonesa y la comunidad internacional se han visto fuertemente sacudidas por el asesinato de su ex primer ministro Shinzo Abe, mientras participaba en un acto de campaña electoral, aparentemente por un perturbado y vengativo “lobo solitario”. La conmoción ha venido acrecentada por la gran seguridad ciudadana que tiene Japón y por su legislación enormemente restringida para la tenencia de armas.

En cualquier caso, el impacto ha sido especialmente significativo por la personalidad y la acción política desarrollada por Abe como primer ministro en dos etapas. Una inicial, muy corta, y una segunda mucho más larga, que han hecho que su mandato conjunto haya sido el de mayor duración desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Pero más allá de la duración, conviene fijarse en el contenido y la concreción de sus políticas. Unas políticas centradas en dos ámbitos: la política exterior y de seguridad, por una parte, y la política económica, por otra.

En lo que se refiere a esta última, sus recetas son conocidas como Abenomics y constan de tres “flechas” o campos de actuación. La primera es una política monetaria ultra-expansiva, con instrucción clara al Banco de Japón, que pretendía salir de la espiral de deflación y estancamiento económico que aqueja al país desde la década de los noventa, desarrollando una política sobre toda la curva de tipos orientada a incrementar la demanda efectiva y mantener tipos de interés reales nulos o negativos. La segunda, una política fiscal “flexible” y contra-cíclica, con grandes estímulos a través del gasto público (acompañada de subida de impuestos indirectos) sin incrementar la deuda, ya de por sí enormemente elevada. Y la tercera, las reformas estructurales.

Reformas concretas, como reforzar el segundo aeropuerto internacional de Tokio para atraer turistas y negocios, cambiar el sistema de pensiones, reforzar la resiliencia del comercio de materias primas en un país altamente dependiente, o en el mercado laboral. En particular, facilitar la entrada de trabajadores extranjeros (en uno de los países más cerrados del mundo y étnicamente más homogéneos, producto de su insularidad y su historia) y la incorporación de la mujer al mercado de trabajo, muy limitada por razones culturales.

«Japón sigue siendo un país con una tasa de participación femenina en el mercado laboral muy baja. No basta con la legislación, es necesario un cambio cultural muy profundo que requiere mucho tiempo»

Las dos primeras “flechas”, en tanto que políticas de demanda, son relativamente fáciles de implementar, sobre todo la primera. La tercera ha tenido resultados desiguales y concretamente Japón sigue siendo un país con una tasa de participación femenina en el mercado laboral muy baja. No basta con la legislación. Es necesario un cambio cultural muy profundo que requiere mucho tiempo.

Sin embargo, mucho más remarcables son sus logros económicos en las relaciones exteriores y que van ligadas a una nueva política exterior y de seguridad. Ahí la huella de Abe es mucho más profunda e indeleble.

El ejemplo paradigmático es el impulso al Tratado Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés) de libre comercio e inversiones entre 12 países de ambas orillas, al margen de China e incorporando a Estados Unidos. Lamentablemente, Donald Trump decidió no ratificarlo, pero Abe persistió en llevarlo adelante con los otros diez y dejando la puerta abierta a una futura incorporación estadounidense. A ello hay que añadir la Asociación Económica Integral Regional o RCEP (otro acuerdo comercial, menos ambicioso, entre países asiáticos y que sí incluye a China y del que India se descolgó en el último momento). Una apuesta por la apertura económica y comercial, liderada por Japón y que conecta con la gran aportación geopolítica de Abe: el concepto del Indo-Pacífico Libre y Abierto, endosado rápidamente por EEUU, y que busca defender sociedades, economías y prácticas políticas abiertas, para hacer frente al crecientemente agresivo expansionismo de China. Abe supo leer prematuramente el desafío planteado por una China con la ambición de sustituir a mediados de este siglo a EEUU como la gran superpotencia global.

Ello le llevó a replantear y reforzar el QUAD (foro de diálogo entre EEUU, Japón, Australia e India) que, más allá de un foro político, es el embrión de una alianza más profunda que incluye el ámbito militar (con maniobras aeronavales conjuntas en el Índico) y que está formado por países que se sienten amenazados por la potencia de China (con la que Japón mantiene un contencioso territorial por las islas Senkaku en el mar de la China del Este).

«Abe complementó la pugna con Pekín con iniciativas de financiación de infraestructuras, sostenible, transparente y no coercitiva para contrarrestar la Nueva Ruta de la Seda china»

Al mismo tiempo, y con la misma lógica, potenció una relación cada vez más estrecha con India y Australia como dos polos esenciales para evitar un Indo-Pacífico dominado por la gran potencia asiática. Una pugna que se complementó con iniciativas de financiación de infraestructuras, sostenible, transparente y no coercitiva, precisamente para contrarrestar la estrategia china de penetración en todos los continentes y que conocemos como la Franja y la Ruta (la Nueva Ruta de la Seda).

Todo ello en un difícil equilibrio, intentando mantener relaciones fluidas con la propia China, con Corea del Sur (con el grave problema de las llamadas “mujeres de confort” durante la Segunda Guerra Mundial, agravado por su visita al Santuario Yasukuni, en el que reposan héroes militares considerados criminales de guerra por Seúl y la comunidad internacional) o con Rusia (con la que tiene el contencioso de las Islas Kuriles, ocupadas por la Unión Soviética aprovechando la rendición de Japón después de Hiroshima y Nagasaki).

‘Japón vuelve’

Pero el gran desafío de Abe fue transformar profundamente la política exterior en su vector de seguridad y defensa.

El gran escollo era de naturaleza jurídica y política, dada la Constitución pacifista impuesta por EEUU después de la derrota en 1945, por la que, en su artículo 9, limita las capacidades militares a las llamadas Fuerzas de Auto-Defensa, sin capacidades ofensivas y con la prohibición de tener armas nucleares en su territorio a pesar de las importantes bases militares estadounidenses en el mismo, en aplicación de la llamada Doctrina Yoshida, por la que se priorizó la recuperación económica (Japón sigue siendo la tercera economía del mundo y es una gran potencia tecnológica) y delegaba su seguridad en el “paraguas” nuclear (y convencional) de EEUU.

Abe planteó su reforma, algo hartamente complicado en un país pacifista aún traumatizado por el horror de las dos únicas bombas nuclearas usadas hasta el momento, y que hasta ahora no ha sido posible, aunque la amplia victoria del Partido Liberal Democrático (y del Komeito) en los últimos comicios puede ser una puerta abierta a tal modificación. El camino seguido, pragmáticamente, fue la “reinterpretación” de dicho artículo, ampliando la “auto-defensa” a la defensa de sus aliados si estos eran amenazados o atacados.

Para ello, puso en marcha el Consejo de Seguridad Nacional que, bajo su autoridad, coordinaba las tres armas y se dispuso a superar el tradicional 1% del PIB invertido en defensa, para equipararse a los parámetros de la Alianza Atlántica, llegando al equivalente al 2%. Ello implicaba capacidades en defensa antimisiles, aviones de caza de última generación o sistemas de detección por radar de alto alcance. Temas tabú hasta entonces.

«Aumentar el PIB invertido en defensa hasta el 2%, para equipararse a los parámetros de la Alianza Atlántica, implicaba capacidades en defensa antimisiles, aviones de caza de última generación o sistemas de detección por radar de alto alcance, temas tabú hasta entonces»

En definitiva, Japón tenía que asumir, para Abe, un papel mucho más proactivo y protagonista en su defensa y seguridad, en paralelo con un refuerzo de la alianza con EEUU, mediante el QUAD o la profundización de los acuerdos bilaterales (que podrían llegar a incluir en su caso la instalación disuasoria de armamento nuclear en su territorio).

Una de las frases preferidas de Abe era “Japan is back”. Japón vuelve. Y quiere dejar de ser solo una enorme potencia económica, sino un sujeto político reconocido, de la mano del refuerzo de sus capacidades militares y una política exterior mucho más asertiva que en el pasado.

Seguramente, Abe supo leer el nuevo escenario geopolítico con una gran capacidad de anticipación. Un mundo en el que reaparece un nuevo enfrentamiento bipolar (ahora entre EEUU y China), que le afecta muy directamente, y que requiere de una reformulación de los actores y el establecimiento de alianzas de amplio espectro, desde las económicas y comerciales a las militares. Una reformulación que Abe quería coherente con los valores democráticos y liberales de la sociedad japonesa, primero impuestos y luego plenamente asumidos. El claro alineamiento de Japón con Occidente en las respuestas a la agresión criminal e ilegal de Rusia a Ucrania es un buen ejemplo. Además, lanza un mensaje a China, en el sentido de comprometerse, de la mano de EEUU, con la protección de Taiwán ante una posible invasión por parte de la República Popular.

«La posición japonesa en la guerra de Ucrania lanza un mensaje a China, en el sentido de comprometerse, de la mano de EEUU, con la protección de Taiwán ante una posible invasión»

De ahí, también, su creciente implicación con Europa, tanto con la Unión Europea como con Reino Unido para que desempeñe un papel no solo en el ámbito atlántico, sino también en el nuevo “Gran Juego” que se desarrolla en el Indo-Pacífico. Mención especial merecen las dos visitas de Abe a España. La primera, en 2014, para “peregrinar” a Santiago de Compostela, con el presidente Mariano Rajoy, y la segunda, en 2018, para conmemorar el 150 aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas y para la firma de un acuerdo de “Asociación Estratégica”.

Una implicación no solo, pues, en el campo económico y comercial, sino también en el de la seguridad colectiva.

En definitiva, Abe ha sido, sin duda y por derecho propio, el político japonés más importante desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Por su voluntad de reorientación estratégica, de transformación y de adaptación a un futuro distinto que vio antes que nadie.

Algunos le consideran un político nacionalista japonés. Y lo ha sido. Otros, como un político cercano a la ultra-derecha. No lo era. Era un hombre comprometido con su país y su tiempo y que utilizó el poder no para disfrutarlo, sino para ejercerlo para cambiar su país, pensando no solo en el corto plazo, sino con mentalidad estratégica y de largo plazo.

Merece ese reconocimiento y que descanse en paz.

La elección de Kishida y la política exterior de Japón

No cabe esperar grandes cambios en la política exterior de Kishida: el país seguirá bajo el paraguas de seguridad de EEUU y reafirmado en su compromiso con los valores de la democracia liberal frente al auge chino. La geopolítica siempre impone su lógica y Japón no es una excepción.

JOSEP PIQUÉ |  11 de noviembre de 2021

Kishida se reúne con el comandante de EEUU en el Indo-Pacífico, el almirante de John C. Aquilino, en la residencia oficial del primer ministro japonés en Tokio, el 11 de noviembre de 2021. ISSEI KATO/POOL/AFP/GETTY

Las recientes elecciones parlamentarias en Japón han reeditado la tradicional mayoría del Partido Liberal Democrático (PLD), en los últimos años coaligado con el Partido Komeito, de origen budista. El PLD lleva gobernando Japón desde la recuperación de sus instituciones soberanas después del final del “protectorado” estadounidense (con el general MacArthur al frente) a raíz de la derrota y la rendición incondicional de Japón en la Segunda Guerra Mundial, tras los ataques nucleares a Hiroshima y Nagasaki. El PLD solo ha estado fuera del gobierno en cortas excepciones (1992-93 y 2009-12) y, en general, han sido poco exitosas.

La política exterior de Japón ha ido evolucionando en función de las posiciones del PLD en cada momento, de la realidad geopolítica de Japón en su entorno regional y de su papel como gran potencia económica “occidental” (formando parte desde el principio del G7). La posición de Japón viene dada por su derrota en 1945 y los límites constitucionales impuestos por Estados Unidos, pero también por una opinión pública pacifista y nada favorable a un incremento de la relevancia del país en los asuntos internacionales, más allá de la defensa de los intereses económicos. De hecho, el concepto de autodefensa, recogido en el artículo 9 de la Constitución, parte de la renuncia a la guerra, circunscribiendo la defensa nacional a las agresiones exteriores directas, incluyendo la contención de gastos militares para evitar recelos de otros países y la subordinación estratégica a EEUU.

La estrecha alianza con Washington y la aceptación del paraguas nuclear norteamericano permitieron a Japón desarrollar una política exterior fundamentalmente orientada a promover sus intereses económicos, empresariales y comerciales, convirtiendo la economía japonesa en la segunda del mundo hasta la irrupción de China. No obstante, sigue siendo la tercera y lo será por mucho tiempo, a pesar del estancamiento económico de las últimas tres décadas. De ahí que su política exterior sea poco asertiva y esté concentrada en reducir tensiones que pudieran poner en riesgo su progreso económico, siendo un factor de estabilidad en Asia Oriental.

«Japón sigue siendo la tercera economía del mundo y lo será por mucho tiempo, a pesar del estancamiento económico de las últimas tres décadas»

Todo eso ha cambiado por diversos motivos. El primero es la creciente agresividad de China, con un claro afán de dominio sobre Asia, desplazando a EEUU como potencia clave en la región. La actitud de Pekín afecta a Japón directamente por reivindicaciones territoriales sobre las islas Senkaku (Diaoyu para los chinos), pero también por la amenaza de limitar la libre circulación en el mar de China Meridional y, por ende, el acceso al estrecho de Malaca, absolutamente vital para el comercio internacional de Japón.

Es por ello, que Shinzo Abe puso en marcha el concepto de “Free and Open Indo-Pacífic”, rápidamente endosado por EEUU y que incluye mecanismos hasta ahora informales de encuentro con otros países que comparten las mismas amenazas, como los incluidos en el QUAD (formado por Japón, EEUU, Australia e India). Dicho mecanismo va dotándose de contenido y ha recibido el nítido respaldo del presidente de EEUU, Joe Biden, que reunió en septiembre en Washington a los máximos dirigentes de esos países. El QUAD incluye maniobras militares navales conjuntas tanto en el Pacífico como en el Índico, en un claro indicio de ir más allá de la mera cooperación informal, incluso llegando a una Alianza Indo-Pacífica asimilable a la Alianza Atlántica.

El segundo factor de riesgo para Japón es Corea del Norte y su capacidad de ataque nuclear, que afectaría directamente a territorio japonés. Es cierto que el régimen norcoreano tiene su propia dinámica (la capacidad de disponer de armamento nuclear se considera como esencial para la supervivencia del régimen y la dinastía de los Kim), pero también lo es que esa supervivencia es vital para China, que no desea bajo ningún concepto que su frontera actual con Corea del Norte se transforme en una frontera con una República de Corea reunificada y estrecha aliada de EEUU.

Fuente: Council on Foreign Relations

El tercer factor es más histórico y se refiere a la relación con Rusia, cada vez más orientada a una alianza estratégica con China. De hecho, en general, ambos países han mantenido buenas relaciones. Establecieron relaciones diplomáticas en 1852 y en 1855 firmaron el tratado de Shimoda, que abría al comercio bilateral varios puertos japoneses. Es interesante remarcar que estos vínculos se crearon durante el “shogunato”, un periodo de aislamiento y de caudillos militares que solo formalmente se sometían a la autoridad del emperador.

Esa situación cambia a partir de la Restauración Meiji, en 1868, cuando se reafirma la autoridad real del emperador y se acomete la Revolución Industrial que cambiaría completamente la capacidad económica de Japón, convirtiéndolo en un país “occidental” con voluntad de proyectar su influencia más allá de su archipiélago y, en especial, sobre Manchuria y la península coreana. Ello chocó con los intereses rusos y desembocó en 1904 en la guerra Ruso-Japonesa. Para estupefacción de Occidente, la guerra fue claramente ganada por Japón, que destruyó buena parte de la flota rusa. Sin embargo, pronto volvió la cooperación, básicamente económica, que quiebra con la Revolución Rusa de 1917 y luego con la Segunda Guerra Mundial. De hecho, la Unión Soviética no declara la guerra a Japón hasta prácticamente el final de la contienda, en los días previos a la rendición incondicional. Es entonces cuando aprovecha para hacerse con el control de las islas Kuriles, que Japón sigue reivindicando como propias, por lo menos parcialmente. Tal contencioso ha impedido hasta ahora la firma de un tratado de paz entre ambos Estados y ha entorpecido las relaciones bilaterales.

Después de la llegada de Vladímir Putin al poder, Rusia y Japón han trabajado en la mejora de sus relaciones económicas. Para Moscú, el acceso al mercado japonés de sus exportaciones energéticas y la cooperación tecnológica e inversora son clave para contrarrestar su progresiva dependencia de China y dinamizar el territorio de Siberia Oriental, escasamente poblado, y que contrasta con la enorme presión demográfica de China, al otro lado de la frontera. Difíciles equilibrios tanto para Rusia (y su relación con China) como para Japón (que basa su seguridad en la estrecha alianza con EEUU).

«Abe incrementó sustancialmente los presupuestos de defensa y adoptó una política exterior más asertiva, más acorde con la importancia económica del país y cada vez más alineada con EEUU, con quien comparte un adversario común como China»

Esas diferentes circunstancias del entorno geopolítico llevaron a Abe a replantear el concepto de “autodefensa colectiva”, considerando como tal cualquier amenaza no solo contra Japón, sino a cualquiera de sus aliados, incrementando sustancialmente los presupuestos de defensa y adoptando una política exterior más asertiva, más acorde con la importancia económica del país y cada vez más alineada con EEUU, con quien comparte un adversario común como China y el riesgo estratégico que supone Corea del Norte.

Por otra parte, tales preocupaciones llevan a Japón a mantener una ambigüedad calculada en sus relaciones con Rusia, con el objetivo –probablemente compartido– de debilitar su dependencia cada vez mayor de China.

Esa política exterior más asertiva se refleja también en el ámbito económico y comercial. Japón ha firmado un Acuerdo de Asociación Estratégica con la Unión Europea, reconociéndose mutuamente como miembros de Occidente, en términos de valores comunes y compartidos. También ha impulsado la Asociación Económica Integral Regional (RCEP), que incluye a la propia China, pero también a Corea y a varios países de la región indo-pacífica, aunque, lamentablemente, India se ha acabado descolgando. Y last but not least, ha dado continuidad al Tratado Transpacífico (TTP) –frustrado tras la retirada de EEUU con la llegada de Donald Trump–, convertido hoy en el Acuerdo General y Progresivo de Asociación Transpacífica (CPTPP).

Por todo ello, no es previsible que el nuevo primer ministro japonés, Fumio Kishida –ministro de Asuntos Exteriores con Abe y con el efímero mandato de Yoshihide Suga–, cambie los vectores básicos de la actual política exterior japonesa. Entre otras cosas porque el escenario geopolítico deja escasos márgenes de maniobra, una vez Japón ha optado por la garantía de seguridad de Washington y ha reafirmado su compromiso con los valores de la democracia liberal, frente a los perjuicios económicos y comerciales que puede ocasionarle el progresivo alejamiento de China.

El cambio más perceptible puede darse en el ámbito de la política interna y, en particular, la política económica, aunque de nuevo los márgenes de maniobra son limitados. Pero todo apunta a una clara continuidad de la política exterior, de seguridad y de defensa impulsados por Abe, especialmente en su segundo y largo mandato.

La geopolítica impone su lógica. Y Japón no es una excepción.

FUENTE ORIGINAL:

La elección de Kishida y la política exterior de Japón | Política Exterior (politicaexterior.com)