Europa se ha suicidado dos veces en el siglo XX. En la Primera y en la Segunda Guerra Mundial fueron suicidios cruentos y desoladores. Ahora corremos serio riesgo de un tercer suicidio, probablemente incruento, pero también desolador en sus consecuencias.

La Unión Europea no es aún percibida como un sujeto político relevante frente a otras potencias exteriores. Se nos percibe débiles, inconsistentes y sin la necesaria determinación política para asumir las consecuencias de querer ser un actor indispensable en la configuración del nuevo escenario global. No es solo una percepción, sino el producto de nuestras deficiencias y de la falta de ambición que ha caracterizado los últimos años, ensimismados en nuestros problemas internos. Y, por qué no decirlo, de las carencias de nuestros liderazgos.

Se constata nuestra debilidad y se trata de quebrar nuestra solidaridad interna o nuestra cohesión, buscando la interlocución directa con los Estados miembros. Si esos intentos tuvieran éxito y la UE dejara de ser un proyecto político para quedarse, en el mejor de los casos, en un proyecto de integración económica, estaríamos ante nuestro tercer suicidio. No tendría los efectos trágicos de los anteriores, pero la consecuencia sería similar: perderíamos la capacidad de contribuir a dibujar el mundo que viene.

Es la hora de la responsabilidad, la visión y el lideragzo. El impulso fundamental debe venir de Alemania y Francia. España –fuera de juego sin la UE– debe asumir una contribución más proactiva, y eso solo es posible si la sociedad está detrás de un esfuerzo que corresponde a nuestros dirigentes. A ellos corresponde reconstruir los consensos internos y la cohesión social, territorial y política.

Reflexiono sobre esto en «Evitar el tercer suicidio de Europa».

ALGUNAS COSAS QUE HE LEÍDO

España en el mundo en 2021: perspectivas y desafíos, Real Instituto Elcano

The Conference on the Future of Europe: Tackling Differentiated Integration, Nicoletta Pirozzi, Istituto Affari Internazionali

Europa: ideal, realidad, destino, Pol Morillas, Política Exterior

Future of Europe. Special Eurobarometer 500, Parlamento Europeo

A VISTA DE GRÁFICO

La satisfacción de los españoles con el funcionamiento de la democracia en el país se sitúa entre las más bajas de la UE. Según el «Parlemeter 2020. A Glimpse of Certainty in Uncertain Times«, los ciudadanos que dicen sentirse «muy satisfechos» y «bastante satisfechos» con la democracia en sus países están en una media del 58% en la UE, frente al 46% de España. Entre aquellos que  se sienten «no muy satisfechos» y «en absoluto satisfechos», la media de la Unión se sitúa en el 41%, en comparación al 53% de España. Entender la UE como proyecto político pasa por fortalecer en el interior de cada país la confianza en la democracia y el sistema político.

ESTOY LEYENDO

¿Qué papel juega la diversidad lingüística de Europa en la construcción de la UE? ¿Es la ausencia de una lengua común un problema político y un obstáculo de comunicación? Arman Basurto y Marta Domínguez, dos españoles de menos de 30 años arraigados en Bruselas, hacen un original y entretenido viaje por las lenguas de Europa en ¿Quién hablará europeo?. Su conclusión es una advertencia: la falta de una lengua compartida impide la creación de una esfera pública común y levanta una barrera invisible entre gobernantes y gobernados. Su propuesta es pragmática y creativa: asumamos el inglés como lengua que ha desbordado a los países y es capaz de incorporar los particulares usos geográficos sin interferir en la posibilidad de entendernos.

En Estados Unidos casi 126 millones de personas han recibido al menos una dosis de las vacunas contra el Covid-19. Tienen la pauta de vacunación completa 78,5 millones. Al jurar como presidente, el 20 de enero pasado, Joe Biden anunció que en sus primeros 100 días 100 millones de personas serían vacunadas. Va a lograrlo con creces. Con ello, dará un paso esencial para reparar la división del país.

Volvemos en dos semanas,

Josep