La más verídica narración de los sucesos de la gloriosa jornada por Rafael Arango y Núñez del Castillo, teniente de Artillería y el primero que llegó al Parque de Monteleón y uno de los últimos en marcharse, tras haber sido tomado por los franceses. Es sus brazos murieron Daoiz y Velarde.

6.5. RAFAEL ARANGO Y NÚÑEZ DEL CASTILLO

Al igual que sus hermanos, nació en la Habana, siendo seguramente el menor de la numerosa prole, ya que el año de su nacimiento es el de 1788.

Tal como vimos en la biografía de su hermano Andrés, bien recomendado por su padre y con el empleo de subteniente, fue enviado a la metrópoli ingresando en el regimiento de infantería Granada -el cual había participado en la guerra de la Convención contra Francia-, como cadete de cuerpo. Sus conocimientos le facilitaron el ingreso en la recién creada academia de Zamora, pasando en 1804 al Real Colegio de Artillería de Segovia, y tras los exámenes correspondientes y en un tiempo más reducido de lo habitual, debido a sus conocimientos científicos, fue promovido a alférez de artillería en 1805, siendo destinado a Ferrol, en plena guerra contra Gran Bretaña.

Como sus hermanos quería ir destinado a la isla de Cuba, por lo que solicitó el destino, embarcándose en agosto de 1807 para su patria chica, pero el dominio del mar lo tenían los ingleses, siendo apresado y conducido a Inglaterra a los pocos días de navegación, siendo canjeado por oficiales ingleses apresados por los españoles, desembarcando en La Coruña en septiembre del mismo año.

Sus superiores le confirmaron que en aquellos momentos era imposible tomar posesión de su destino en Cuba, por lo que viajó a Madrid, donde se encontraba su hermano José, alcanzando la Corte el primero de abril de 1808, dándose cuenta de los ánimos caldeados contra los franceses, por lo que decidió presentarse en la sede del Real Regimiento de Artillería, solicitando un destino, concediéndosele el de ayudante del propio regimiento.

Fue el primer oficial de artillería en presentarse en el Parque de Artillería de Monteleón, poniéndose posteriormente a las órdenes de los capitanes Daoiz y Velarde.

Durante muchos años se tuvo una versión tergiversada sobre lo acaecido en aquella heroica jornada del Dos de Mayo y ante ello, ya en 1854 y retirado del servicio, escribió el coronel Arango una narración de los hechos acaecidos, considerados los más fidedignos, narración que se recoge en el apéndice 2, incluyendo, no solo, las acciones que se desarrollaron en aquella heroica jornada, sino en las posteriores, en la que salió de Madrid para enrolarse en el ejército que estaba formando el general Castaños en Utrera y que dieron por el gran triunfo de las armas españolas en la batalla de Bailén, de la cual se harán algunos retazos de los acontecimientos y de la entrada triunfal en Madrid.

De forma incomprensible, la Historia, ha sido cicatera con la gesta del teniente Arango y de hecho, había pasado casi desapercibida su figura, hasta que el autor de estas líneas sacó a la luz, una pequeña columna, que con el título “Un héroe olvidado del Dos de Mayo: El teniente cubano don Rafael Arango y Núñez del Castillo”, publicado en la www.belt.es el 2 de mayo de 2008 y recogida en múltiples referencias en internet.

El olvido, bien pudiera haber sido provocado por la obra “Historia del levantamiento, guerra y revolución de España”, del conde de Toreno, testigo presencial y excepcional del 2 de mayo en Madrid y de todo el proceso militar y político de la Guerra de la Independencia. El cual obvia en la acción, no solamente a Arango, sino a otros dignos oficiales de artillería, incluso de Marina, que se batieron con valor y heroísmo [1].

Tampoco ese olvido es subsanado en la obra magna “Al pie de los cañones. La Artillería Española”, publicación auspiciada por el propio ministerio de Defensa y publicado en 1993, cuando ya era reconocida como fidedigna, la versión del coronel don Rafael Arango.


[1] La obra del conde de Toreno consultada, es una edición publicada en Genéve en 1974 de Ediciones Ferni.

APÉNDICE 1

Primera Secretaria de Estado. Ultramar.

Excmo. Sr.

El Sr. Ministro de Estado y Ultramar dijo en 1º de septiembre de 1856 al Gobernador Capitán General de la Isla de Cuba lo siguiente:

Enterada la Reina (q.D.g.) de lo manifestado por V.E. en carta número 628 de 8 de Abril del corriente año en la que y en cumplimiento de la Real Orden de 28 de Noviembre de 1854 informa sobre la colocación del retrato del difunto Coronel D. Rafael Arango en la Casas Consistoriales de esa Ciudad, como recuerdo y remuneración de los servicios prestados por el mismo el 2 de Mayo de 1808, S.M. se ha servido disponer que en frontis de la casa donde nació el espresado (sic) Coronel D. Rafael Arango se coloque una lápida con una inscripción que recuerde a la posteridad el hecho de armas a que con tanta gloria contribuyó y del que se ha hecho mención.

Lo que de Real Orden se traslada a V.E. para su conocimiento y satisfacción.

Dios guarde a V.E. muchos años.

Madrid, 8 de Abril de 1858

Isturiz

Sr. D. Andrés Arango

La memorable defensa del parque de artillería de Madrid el día 2 de mayo de 1808, la defensa de un parque de su nombre, pues que, solo era una casa particular, descubierta y presentada a tres calles por donde fue vigorosamente acometida, la defensa obstinadísima que sustentaron no más de 22 artilleros entre oficiales, sargentos, cabos y soldados, y unos 80 paisanos, contra numerosos cuerpos franceses aguerridos que atacaban sucesivamente; la defensa en que después de agotados todos los recursos del valor, no se rindieron sino a la muerte los dos hombres extraordinarios que allí fueron a buscarla reflexivamente, para no sobrevivir al cautiverio de su rey, esta defensa es lo principal que me propongo manifestar ahora.

Pero antes de empezar mi relación, es oportuno decir brevemente cuáles son mis títulos para escribir sobre esto; por qué no lo hice en otros tiempos, y qué motivos me han estimado hoy, para hacerme prescindir del embarazo de hablar de mí mismo.

En agosto de 1807, me había embarcado para la Habana, mi destino, en clase de teniente del real cuerpo de artillería; en su travesía me hicieron prisionero los ingleses; me canjearon para la Coruña en septiembre, y a principios de 1808, llegó a Madrid, mi hermano mayor, el intendente honorario del ejército don José de Arango, que obtuvo licencia para llevarme a su lado para regresar a mi referido destino y nuestra patria. Llegué a la capital el día 1º de abril, y aunque pude como transeúnte excusarme de ser empleado allí, no lo hice, porque barruntábamos la ocasión de acreditarnos los españoles, y a la primera insinuación que me hizo el comandante de artillería don José Navarro Falcón [1], admití el encargo de ayudante. Estos fueron los pasos que me condujeron al honor  de haber sido testigo de uno de los heroicos hechos de Madrid el 2 de mayo, cual fue la defensa del parque; relación que puede hacerla circunstanciada, porque fui el primero que entró en él, y el último que salí; y porque no he podido olvidar mi día más interesante; así por la noble, la justa causa en que me empeñé, como porque en él recibí las lecciones de DAOIZ y VELARDE, impresas con su ejemplo en mi corazón, esmaltadas en mi ropa con la sangre del primero. Será imparcial también mi relación, lo que no se dudará en vista de mi desinterés probado con mi silencio, puesto que no lo hice en tiempo, ni pude dar el parte debido a mi jefe, porque apenas pude hacer algunos apuntes en la forzosa sucesión de mis emigraciones, tampoco lo intenté después, porque temí que se me atribuyera anhelo para adquirir méritos en lo que hice por deber como soldados de Fernando VII, y por voluntad como español; y ni siquiera cedí a las sugestiones de mi amor propio, aunque fuera muy disculpable la ambición de ensalzarme presentándome como compañero de aquellos ilustres varones, Y todavía continuará el sacrificio de mi interés a mi delicadeza; pero no debo sepultar en ella el mismo noble propósito del capitán de artillería don Ramón Salas, autor del Memorial histórico de la artillería española, que supongo ser el de manifestar con hechos la importancia y la excelencia del cuerpo, y como he visto que olvidó a los oficiales que estuvimos en el cuartel, cuando nombra a los dos de un cuerpo extraño, podrá decirse que si la artillería pudo ostentar la peregrinidad de dos héroes en una acción parcial, debe lamentarse del imperdonable olvido de otros oficiales. Además, hay en el capítulo décimo del Memorial inexactitudes y faltas de circunstancias que hasta ponen trocada la primacía entre los dos campeones, lo que prueba que el autor no tuvo datos seguros, porque el expediente oficial a que se refiere en su página 259, no se compuso de partes oficiales que no pudo haberlos, supuesto que mis compañeros tuvieron que escapar como yo, y sobre seguro falta mi parte que hube de dar como ayudante. Y con estos fundamentos me ha parecido preciso detallar todo lo que sucedió a mi vista en aquel teatro de gloria y desventura, protestando, que muy lejos de proponerme hace la crítica del Memorial histórico, me ceñiré a la sencilla relación de los sucesos, sin analizar los suyos, ni cotejarlos con los míos, y sin otra mira que la que el autor enriquezca de verdades su libro interesante, si acaso volviera a escribir conforme a estas palabras en su prólogo. “Trabajando yo después del año 1828 en corregir y mejorar lo mucho que necesita el prontuario de artillería que publiqué aquel año con el fin de dar una segunda edición más completa de él, se me fueron viniendo a la mano una porción de noticias históricas que, no teniendo allí su oportuna colocación, eran sin embargo dignas de conservarse, y esto me sugirió la idea del Memorial histórico”. Yo me tendría muy dichoso y útil si lograra que excitada nuevamente la pluma de don Ramón de Salas hermosease los hechos que voy a referir

Habían trascurrido muchos días del mes de abril, en los cuales, con más o menos accidentes la lealtad española fue como aquilatándose, y más indignándose a medida que intentaban minarla con. pérfidas maniobras los agentes de Napoleón. Así apareció el muy borrascoso día 1º de mayo, que fue el preludio del Dos eterno. Al amanecer de esa víspera los franceses habían repartido un folleto impreso en la casa misma de Murat, con. el título de “Carta de un oficial retirado en Toledo”, que trataba de persuadir a los españoles, “la conveniencia nacional de cambiar la rancia dinastía de los ya gastados Borbones, por la nueva de los Napoleones muy enérgicos”. Este paso dado para preparar la opinión del pueblo a que recibiera con menos convulsiones la salida de las Personas Reales, fraguada para el día siguiente, les produjo un “Carta de un oficial retirado en Toledo” les produjo un efecto del todo contrario; pues la caída del rayo en un almacén de pólvora, no causara inflamación más rápida que la que encendió en los pechos españoles la sacrílega proposición del cambio de la dinastía. No es mi designio contar las ocurrencias de aquel día, mayores o menores comparadas entre sí, pero todas grandes si se las viera aisladas.

Propóngame solamente dar alguna reseña de la disposición· de los ánimos; y para esto bastará añadir a lo dicho el desafío que en la ronda. de Genieys hubo de tres. oficiales españoles, de los que uno fue don Luis DAOIZ, contra igual número de oficiales· franceses; desafío que no se efectuó en el acto, porque personas prudentes llamadas para padrinos, lo aplazaron, persuadiendo a unos y otros que no debían con una riña particular añadir leña a la hoguera que estaba ardiendo: y diríase que por. esta mediación discretísima lo. que se aplazó. fue la inmortalidad de DAOIZ en más legítimo, más duradero y más reproducido combate. Se pasó el resto de aquella tarde haciendo nuestro deslumbrado gobierno los mayores esfuerzos, no solo para calmar la efervescencia de la población, sino para inspirar la mayor confianza en sus huéspedes, que todavía se daba este nombre a las víboras que en nuestro seno pasaron toda la noche preparando la sorpresa más infame con que empieza, ese día DOS DE MAYO.

Las siete eran de la mañana cuando mi hermano, qué me· trataba como a un hijo, pues yo tenía entonces veinte años de edad, viéndome salir apresurado quiso detenerme para almorzar; y le advertí que iba temprano a tomar la orden, porqué me prometía un día terrible, según las prevenciones que en el anterior me habían hecho los jefes; “Adiós, me dijo con la voz anudada, y acuérdate siempre de que hemos nacido españoles”. – Fui a casa del gobernador, cuya: orden general se redujo a “hacer retirar las tropas de los cuarteles, y no permitirlas juntarse con el paisanaje. De seguida fui a ver a mi comandante, y lo, encontré en la- calle ancha de San Bernardo, donde me dio escrita una orden semejante a la del gobernador” y de palabra “la de que inmediatamente me fuese al cuartel porque ya estaban en la puerta de él muchos paisanos con la pretensión de que se les armase; a los cuales debía disuadir de su arrojo  por cuantos medios suaves me dictara la prudencia “es de advertir que desde  algunos días antes una compañía de tren de artillería de los franceses estaba allí acuartelada”.

Partí con la presteza que exigían las circunstancias, y llegué al parque antes de las ocho y media. Efectivamente hallé una pequeña reunión de paisanos, que al reconocerme oficial de artillería me vitorearon, como para estimularme al auxilio del despechado enojo con que venía de ver, sin haber podido estorbar la salida de S.M. la Reina de Etruria viuda, y de S.A. el Infante don Francisco de Paula. ¡Qué denuedo el de aquellos hombres! Mejor dicho. ¡Qué fiereza! … Porque la rabia de una Leona a quien arrebataran sus cachorros, es la cooperación única del furor de los madrileños, cuando sobre el cautiverio de su Fernando VII recién aclamado vieron comenzar en aquella salida la infanda permuta de su dinastía. Mi posición en este punto era tanto más difícil, cuando que hallé a los franceses, que eran de sesenta a setenta con las armas presentadas y preparadas, que solo esperaban la voz del oficial para descargarla sobre sobre el grupo inerme de algunos sesenta paisanos [2], y con todo eso, aquellos valientes enfurecidos no cesaban de repetirme vítores alternados con insultos y amenazas a los gabachos, como los llamaban. En tal aprieto me acerqué al que hacía de comandante francés, le hice ver la mengua de atacar a unos miserables desarmados, y la responsabilidad en que él se pondría con su gobierno, si no se revestía de la discreción necesaria para calmar los ánimos, que era la instrucción que yo sabía habérsele dado. También le supuse que la tranquilidad se había restablecido en el centro de la población, y en tal caso no debía inquietarse por las vociferaciones de aquellos pocos. Logré con esto inspirarle alguna confianza y salvar por el momento aquellos preciosos españoles.

Algo sosegado yo por esta parte, me fui al interior a pasar lista a mi tropa, que solo constaban de diez y seis entre sargentos, cabos y artilleros, número que me desconsoló mucho. Les previne la moderación que habían de guardar conforme a las instrucciones que yo había recibido y más conforme a nuestra debilidad.

Esto efectuado, volví a la puerta principal, y la hallé cerrada por disposición del capitán francés, que no se quietaba con toda la superioridad en que estaba situado, y aquí fue donde parecieron desencadenadas todas las furias, intentando romper la puerta de afuera con piedras y palos al son de furibundos gritos de sangre y muerte.

Al mismo tiempo y como por encanto, descubrí a un alférez de navío en el patio [3], que no sé por dónde entró. Era un entusiasta de rancio españolismo, me saludó excitándome que armara al paisanaje, porque habiendo (fueron sus palabras), “tocado los franceses a degüello. Era preciso decidirse a morir matando”. Todavía me parece sentir las espinas de mi corazón en este paso. Solo y aislado en aquel recinto de honor, contrastado mi juicio con unas órdenes contrarias a mis sentimientos, observado por una fuerza enemiga dentro de casa, oprimido por mi responsabilidad, que me la abultaba no solo mi juventud inexperta, sino lo complicado y nuevo del lance, y sin haber recibido más noticias que las de aquel marino tan exaltado. ¿Qué partido había yo de tomar? No me ocurrió otro que el de meterme cautelosamente en la sala de armas con un cabo y tres artilleros, para poner piedra a los fusiles, ocuparme de otros preparativos, y encargar al animoso alférez de navío que, saliendo por una puerta falsa, fuera de mi parte decir a mi comandante, que no vivía lejos, el estado en que nos hallábamos. Él admitió la comisión prometiéndose volver sin demora con instrucciones favorables, con su tema de morir matando; y así hubo de sucederle en el tránsito, pues no volvió, y nunca pude averiguar su paradero, ni su nombre digno de lugar en la lista de los próceres del valor y del patriotismo.

Su tardanza me causó ansiedad mayor de que los franceses recelaran mi clandestino manejo, sin embargo de que yo había prevenido a los otros artilleros que estuviesen siempre a la vista de los enemigos, y no pudiendo sujetar más mi expectación, recomendé a mi gente que continuase la faena, y bajé al patio sin más fin que el de desahogar mi inquietud creciente por más de una prolija hora, en que estuve haciendo de cabeza, no teniéndola yo proporcionable con aquel cuerpo engrosado de las más altas indicaciones militares y políticas, y en que siempre contando mi poca gente pulsaba la debilidad de fuerzas para entregarme a los ímpetus nacionales que bullían en mi pecho. No; yo no podré bosquejar siquiera el bálsamo consolador en que se bañó mi corazón, viendo a los pocos minutos entrar un capitán de artillería solo, pero era el gran DAOIZ, que me saludó preguntándome ¿qué tenemos por aquí? No había yo acabado de instruirle, y nos interrumpió la llegada sucesiva de dos capitanes VELARDE y Cónsul, y dos subtenientes Carpeña, y otro que era de compañía fija, cuyo nombre no recuerdo, pero si tengo muy presente por el modo de abocarse estos oficiales de artillería, particularmente DAOIZ y VELARDE, me pareció no haber sido esta su primera entrevista del día. Entró también un capitán de granaderos del estado con tres subalternos, (de lo que es debido nombrar a don Jacinto Ruiz) y unos 40 soldados; sin que yo pudiera fijarme ahora en los que llegaron antes o después. Baste decir que entraron sucesivamente con cortas intermisiones por un postigo de la puerta principal, que por su mano entreabría un oficial francés para reconocer a las personas, y volvía a cerrar con las precauciones de los temores que se les aumentaban por momentos. Bien sabía yo que DAOIZ en aquel acto era el Jefe del puesto porque me era conocida su clase y antigüedad; pero, aun si las ignorase, él me habría hecho· sentir aquella superioridad que se pinta en la posesión del ánimo, en el fuego de los ojos, en el tono de una: voz varonil, y en el porte de su persona que, aunque de pequeña estatura, se paseaba allí con tan gallardía, que representaba un gigante. Me acerqué a él para acabar. de participarle todos los acontecimientos; y sin responderme nada y con semblante pensativo se dirigió a la escalera de la sala de armas. Mientras subíamos le noticié la operación en que dejé al cabo y los tres artilleros, a lo que me respondió sonriéndose “Ello es un contrabando, pero al fin hay eso adelantado”. Sacó entonces de su bolsillo la misma orden escrita, que yo había recibido de nuestro comandante y me preguntó: “¿Qué quiere usted que hagamos?” Me dio golpe esta perplejidad, a la que respondí “que yo estaba a sus órdenes: pero después que oí a VELARDE y a los otros oficiales del cuerpo explicarse en el mismo sentido, reflexioné que la pregunta de DAOIZ a mí había sido la expresión de la batalla de su espíritu acosado por la gran responsabilidad que pesaba sobre sí, y como encogido por los pocos medios para empeñar una resolución extremada, que en lucha tan desigual aventurase a un pueblo noble a sufrir las horrorosas venganzas de un enemigo tan fuerte como implacable. No debía ser menos las sensatas fluctuaciones en que él mismo se embargaba>; y era tanto más admirable su reposada cordura, cuanto que el día anterior había procedido como joven acalorado precipitándose a un desafío; pero en que arriesgaba su persona sola. Así fue que no suspendió sus reflexiones la llegada de un jefe de los de la plaza, diciéndole «que el gobierno había dispuesto armar al pueblo»; pues volviéndose a nosotros nos dijo «Este hombre es cuando menos un aturdido, bullicioso y nada valiente, a quien no se debe creer», lo que vimos. comprobado en el suceso, porque se mantuvo siempre agazapado, y posteriormente recibimos, como notaré en su lugar, otra embajada del gobierno, que desmentía la de este jefe.

Y DAOIZ, cuya voluntad no más era obedecida en el parque de. artillería: DAOIZ, que en aquella hora ya no rindiera su obediencia sino, a Fernando VII tan solo; DAOIZ, que. habría sido menos grande sino hubiera con su meditación sublimado su valor, se quedó todavía como irresoluto, paseándose por el patio en recogimiento absorto, en que parecía tantear los destinos de la España encerrados en el primer cañón que se disparara contra el coloso que tenía sojuzgada toda la Europa. Entretanto, los oficiales. pendientes de sus labios, le contemplábamos y. admirábamos; el pueblo desde afuera, no cesaba de repetir vítores al rey y a la artillería, pidiendo armas con estruendo: y he aquí, decirse puede, que se nos apareció en acción el héroe: pues: si como de aquel nubarrón de vivas desprendida una chispa eléctrica abrasase el corazón de DAOIZ, desenvainó el sable , mandó franquear la sala de armas, y abrir la puerta del cuartel, dirigiéndose él mismo a ella, .de donde jamás se babia separado la tropa francesa en la antedicha amenazante actitud. Entró el pueblo como un turbión y sin causar ni leve daño a los franceses, porque no se defendieron, les arrebató los: sables y fusiles. Los que no alcanzaron parte del despojo, fueron a proveerse en la sala de armas, siendo de notar que el mayor número de. ellas, no sabiendo usar las de fuego preferían las blancas, y a falta de sables tomaban las bayonetas de los fusiles, arrojando estos al suelo como inútiles. En el mismo tropel en que entraron los paisanos, volvieron a salir sin que bastaran los mayores esfuerzos y aun ruegos de VELARDE para detenerlos, con la mira de ordenarlos y dirigirlos del mejor modo posible. ¡Perdido afán! Consiguió solamente la detención de unos; ochenta más o menos, y eso cerrando la puerta. No obstante, ese cortísimo número, era de ver al capitán·VELARDE como los organizaba distribuía con tal actividad que, a manera de relámpago, parecía presente en todos

Los puntos. El destacamento francés, desarmado se colocó en un rincón del patio en que se creyó seguro, bajo la protección de la compañía del Estado, que se mantuvo inmóvil sin disparar un tiro en todo el día, muy a pesar de sus oficiales y soldados: pero debo decir en justicia que, si el capitán cumplió cabalmente la orden de “no unirse a los paisanos”, tampoco los contrarió de ningún modo.

Durante la entrada del paisanaje, DAOIZ me había dado la orden de colocar cuatro piezas abocadas a la puerta y ya listas, avisaron unos paisanos que estaba en los balcones que, por la calle de Fuencarral venía un batallón hacía el cuartel. La primera voz de DAOIZ fue la de guardar silencio: VELARDE acompañado de un subalterno subió a observar los movimientos de aquella tropa: avisó que eran tan hostiles que ya sobre la puerta se disponían los gastadores a forzarla; y DAOIZ mandó hacer fuego, que produjo tres tiros de cañón, y algunos de fusil que desde los balcones hizo disparar VELARDE. Ya se ve el profundo silencio transformado en trueno repentino, la puerta cerrada, por cuyas horadaciones les llegaba la muerte, los balcones guarnecidos de fusiles que parecía más por una buena distribución, todo esto causó tal sorpresa al batallón que no fue necesario más para ponerse en fuga desordenada … “Victoria por nosotros”, gritaron los paisanos, “que ya van de huida”; y DAOIZ en el momento hizo abrir la puerta y colocar fuera un cañón, mirando a la calle enfrente a la puerta del cuartel [4], y otros dos en direcciones opuestas, avistando el uno a la calle San Bernardo y el otro a la de Fuencarral [5].

A poco rato se observó por la calle de San Bernardo que se reunían los enemigos, y se trabó la pelea como por una hora con más o menos tesón, según que el grueso de los franceses se distraía, queriendo hacernos diversión con varios destacamentos por las otras calles; y por último se retiraron escarmentados. En estos tiroteos reconocimos el perdido uso que los paisanos hacían de las bocas de fuego por no saber manejarlas, pues entre otras cosas sucedió que un desgraciado, para dar más alcance a su pistola hubo de cargarla, según nos dijeron, hasta la boca, la apoyó en su mejilla derecha para hacer mejor puntería, y en su retroceso la misma pistola le voló la tapa de los sesos. En esta ocasión fue también que el muy valeroso Ruiz, teniente de granaderos del Estado, se separó de su tropa inmóvil, se presentó gallardamente fuera de la puerta; y allí, después de haber dado muestra de un oficial valiente, resultó herido en el brazo de una bala de fusil; cuyo fatal accidente hizo resplandecer su bizarría, porque no cesó de dar las voces de fuego artilleros, hasta que ya desmayado, porque el propio encendimiento de su sangre más copioso el derrame, lo cargaron unos paisanos y lo llevaron adentro. Igualmente quedaron fuera de combate un cabo y cinco artilleros, todos heridos de bala de fusil o de metralla, de cuya munición carecíamos enteramente, porque no estaba allí el guarda-almacén. Tal fue la pérdida que tuvimos en esta refriega, la primera en que resistimos a pecho descubierto. Los paisanos no tuvieron ni un solo herido, porque no tenía necesidad de exponerse, pudiendo disparar sus tiros perfectamente cubiertos de los del enemigo. Pero notamos alguna baja de ellos; y quiero atribuirla a la novelería con que iban por las calles a pregonar proezas, porque ninguno había dado ni leve señal de miedo.

No duró mucho la suspensión de hostilidades, porque a los pocos minutos marchaban ya los enemigos hacía nosotros; [6] y DAOIZ mandó romper el fuego contra un batallón que, con su comandante a la cabeza avanzaba a paso redoblado, y aunque los estragos que le causaba nuestra artillería eran proporcionados al orden de columna cerrada en que atacaban, seguía en su impetuosa marcha, sin hacer caso de sus pérdidas; se le abrían boquetes en aquella masa compacta, y como por aluvión se rellenaba y consolidaba. Sin oírseles otra palabra que su pertinaz en avant, ya el intrépido comandante alargaba, por decirlo así la mano para coger el fruto de su valentía, y se escondió, convirtiéndose en ruina, por una ocurrencia que parecía dispuesta en su favor. ¡Prodigiosos suelen ser los resultados de la audacia y de la temeridad! Así voy a presentar el cuadro de unos setenta defensores que éramos entre militares y paisanos, en la calle, a pie firme, sin parapeto, sin una zanja y atacados por un batallón tan osado como aguerrido; que llegó como era forzoso, casi apoderarse de nuestro puesto, y que de repente se le cambia el triunfo en una total derrota, en que sufrió pérdidas increíbles de muertos, heridos y prisioneros.

Fue el caso que en aquellos críticos momentos se divisó por la calle del frente de la puerta [7], un capitán de granaderos del Estado, que a toda carrera venía flameando un pañuelo blanco. Se suspendió el fuego a la voz de DAOIZ, y corrió VELARDE a la calle del ataque para proponer al comandante francés que se detuviera, y si no volvería a romper el fuego. Este mandó hacer alto a su batallón, y para dar una señal de seguridad y confianza, mandó poner los fusiles culatas arriba; y él con tres o cuatro oficiales se adelantaron como para entrar en explicaciones. Jadeando y casi sin poder hablar, llegó por fin el capitán y dijo a DAOIZ: “que era enviado por nuestro gobierno para hacerle sentir la indignación con que había sabido la locura con que estaba precipitando al pueblo, y exponiéndole a las consecuencias más desastrosas …” No sé si tendría más que decir el plenipotenciario, de un gobierno cautivo, ni cuál hubiera sido la respuesta de DAOIZ; porque nadie pudo hablar, más interrumpiendo y pasmando a todo, uno de los valentísimos que nos acompañaban en traje de chisperos [8] que dio tal empellón a uno de los oficiales franceses que se adelantaron más para oír la embajada, que lo derribó de espaldas y gritó al mismo tiempo, viva Fernando VII, añadiendo por interjección cierta palabra condenada a no ser escrita. Estaba en aquel instante mismo con la mecha en la mano un artillero, y sin que nadie se lo mandase y quizá sin saber él mismo lo que hacía en el arrobamiento en que hubo de ponerle aquella invocación, dio fuego a la pieza que, aunque cargada con bala rasa tuvo donde cebarse en aquel enjambre de franceses tan a quema ropa, que sobrecogidos se abandonaron al espanto de tal estrago, de modo que los de retaguardia se dispersaron y huyeron precipitadamente, y los de cabeza que no cayeron imploraron clemencia, rindiendo o arrojando las armas. Estos, que fueron muchos, quedaron como prisioneros que se juntaron con los otros. También retuvimos en nuestro poder al comandante y algunos oficiales, a quienes por disposición de DAOIZ, que estaba en todo, se trató con el posible decoro. Entre nosotros hubo algunos heridos.

Esta inesperada victoria, que parecía arrebatada por la virtud solo del-nombre de Fernando VII, bien pudiera persuadirnos que habíamos no solamente llegado a la cima de la gloria, sino que en ella deseáramos ya de nuestras fatigas incesantes. Y no parecía descabellada esta., esperanza que se fundaba en el destacamento desarmado, en los dos batallones derrotados, y en los franceses dispersos que ya se presentaban a tomar nuestro partido, entre los cuales un sargento de. artillería que se entendió conmigo. Pero estas mismas. prodigiosas circunstancias que se habían acumulado sobre aquella. casa. indefendible; que repito, no era tal parque, y los nombres de DAOIZ y de VELARDE, que ya hermanados como por presagio. de su próximo vuelo a la inmortalidad, resonaban por todas partes, fueron la causa de que Murat mirase aquel punto como el de más entidad. de la villa heroicamente levantada, y dispuso atacarlo con una columna de unos dos mil hombres a las órdenes de un general.

Los paisanos que a todo riesgo correteaban para llevarnos noticias, anticiparon las de tan excesivo apresto: y en esta coyuntura .se deseaba saber; ¿cuántos y cuáles eran ya los sitiados? ¿Qué pensaban? ¿Qué se prometían? – Eran DAOIZ y VELARDE, que entonces se dijeron algunas palabras de las cuales no percibí más que los ademanes de ardimiento, con que después no parecieron graduados más que de bravos combatientes; que por lo mismo que palpaban la insuficiencia de sus recursos, se mostraban más poseídos del heroísmo con que se precipitaban, ya fuese para recabar de la fortuna los portentos con que ha soñado coronar a la audacia: ya fuese para no ser testigos de la dependencia: de su nación. Eran mis otros tres compañeros; que estaban en la expedición del nuevo tremendo ataque, los ·mismos que estuvieron siempre firmes y elevados a la altura, no fácil de cumplidos subalternos de aquellos capitanes, era yo haciendo mi papel de ayudante. Eran diez entre sargentos, cabos y soldados de artillería que se portaban como por honor y patriotismo. Eran los poquísimos paisanos restantes harto acreditados de buenos españoles. Tales eran los elementos de que se componían unos cincuenta o sesenta pechos descubiertos y fatigados, que esperábamos el asalto de mil y quinientos veteranos, frescos y provistos de todas armas y municiones. Preciso es ser españoles para ser tan tenaces en no torcerse cuando marchan a la gloria.

Entraba ya la columna por la calle ancha de S. Bernardo, y tan luego como la avistó DAOIZ, ·mandó romper el fuego, que se repitió con toda la actividad del coraje que se renueva en el mayor peligro. El enemigo sin disparar un tiro, marchaba con celeridad tan sostenida que no daba muestras de sentir el encuentro de nuestras balas; bien que graneadas escasamente por la disminución de nuestros tiradores. Se reproducía así el ardor y el tesón de una y otra parte, y así la columna ·se lanzó hasta diez o doce pasos de nosotros, sin dejarnos más resuello que para pocas descargas, de las cuales la última destrozó el caballo del general. No habíamos quedado ileso al pie de los ·cañones más que unos treinta entre oficiales, sargentos, cabos, y soldados de artillería y paisanos: no podíamos hacer ya nada, y nos arrollaron hacía dentro los enemigos, tan encima de nosotros que no bien estábamos en la puerta, vimos que la primera subdivisión de la columna se babia echado los fusiles a la cara. Tal vez nos hubieran barrido a todos, hasta a los prisioneros franceses, si no se hubiera aparecido el marqués de San Simón que, revestido de todas sus insignias militares, se metió por debajo de los fusiles y los hizo levantar con su voz y su bastón. Más no pudo evitar que saliesen algunos tiros, de los que -uno hirió … ¡a VELARDE! … en el centro de su gran corazón … Cayó súbitamente: pero fue aún más súbita la feroz rapiña de la soldadesca triunfante, pues por pronto que acudimos, ¡oh dolor!  hallamos despojado y desnudo aquel cuerpo que había sido feliz y precioso depósito de valor heroico y de mucho saber, y que vino a parar … ¡en ser envuelto en el lienzo de una tienda de campaña para llevarlo a su casa! …

Al mismo tiempo de este lamentable suceso, porque todo pasaba con la rápida, la instantánea movilidad del encarnizamiento, el general francés reconvino ásperamente a DAOIZ, que fue lo mismo que excitar y provocar la cólera del León. Tal pareció el ceñudo español, que aun tenia empuñado su sable, sin duda con el propósito de que victorioso o muerto, no más volviese a la vaina: y respondió acometiendo al general, que nada caballero y magnánimo no se contentó con parar el golpe, sino que, permitió que cinco o seis de sus oficiales y soldados acribillaran a estocadas y bayonetazos a su nobilísimo adversario. De este modo villano fue como lograron los franceses teñir sus aceros con la sangre del más valiente de los valientes que pelearon en aquel día por la más justa de las causas, por fortuna su cuerpo no fue profanado; todavía respiraba cuando llegamos a socorrerle; lo cargamos y conducimos a un cuarto inmediato a la puerta, y teniéndolo yo recostado sobre mi pecho corrió su sangre espirituosa por mi vestido. Su aspecto allí era el de un héroe moribundo, a quien no solamente rodeaban nuestros suspiros, nuestra admiración, nuestro respeto, sino que algunos. de los franceses con recogimiento sentimental se acercaron. á contemplarle y ofrecer sus servicios; con tal solicitud que uno de los cirujanos, posponiendo sus propios heridos se ocupó en curar a DAOIZ y hasta mandó a la botica por una bebida que le hizo tomar á cucharadas. Todo fue infructuoso. El alma del hombre del DOS.DE MAYO se desenredaba ya de su envoltura terrenal: la amarillez sombría de la efusión de sangre babia reemplazado al color de su brío, nunca amortiguado en los peligros, movía poquísimo y sin muestra de congoja aquellos miembros muy ágiles en el combate: de cuando en cuando abría enteros los ojos … ¡únicos enjutos en aquella luctuosa escena! … En tal extremidad lo llevaron a. su casa, donde exhaló el último aliento de su perseverancia en la lealtad española.

No con todo esto cesaron nuestros sufrimientos, porque en el punto mismo de hallarnos los oficiales de artillería con los pechos llagados de las heridas de nuestro inimitable caudillo, comenzaron los. franceses a insultarnos con amenazas, a las que el capitán Cónsul [9], como el más caracterizado, les respondió señalándoles en el suelo la sangre de DAOIZ – «Esa era del jefe que nos ha guiado» – Esta salida que debiera desarmar a todo hombre de razón no pareció producir buen efecto en unos vencedores que enconados por los :sacrificios inmensos que les había costado la victoria, ha principiado el más ruin abuso que se hace de ella, el de acibarar más la suerte de los vencidos: Pero tuvimos la fortuna que aquel jefe de batallón que quedó en nuestro poder, aquel francés singular; tan generoso como valiente, no solo calmó la ;ira de sus compañeros, sino que nos consoló diciéndoles : «que él había· sentido la desgracia de DAOIZ como la de un hermano porque en cuantas acciones se babia hallado no vio mayor denuedo.

En esta sazón los lamentos de los artilleros heridos me llamaban. Fui socorrerlos, y un cabo fue et primero que vi. Hallábase tendido en el suelo en medio de un lodoso reguero de su sangre, que aun manaba de la herida cruel que le atravesó una ingle: y cubierto de la palidez precursora de su muerte muy cercana, con voz entera me dijo: «acuda V. mi teniente a quien pueda tener remedio; pues no soy el que me he quejado ni llamado; yo no llamo más que a la muerte que esperó conforme porque muero por mi rey y porque muero en mi oficio». Muy poco sobrevivió a estas palabras; que, oyó mi corazón en una de aquellas conmociones que se reproducen con todo efecto cada vez que se hace memoria de ellas: como ahora me sucede estar oyendo a ese impertérrito cabo de artillería; doliéndome de no poder consagrar su nombre, no menos interesante que el de cualquiera de los trescientos espartanos; pues no es dudable que si la puerta de aquella casa la defendieran trescientos como este cabo, los franceses no hubieran pasado en el día aquellas Termópilas que les representó la constancia de los españoles.

Varios generales, el comandante de artillería y algunos jefes y oficiales. de la plaza llegaron al cuartel, y sucesivamente fueron desapareciendo. La compañía de granaderos de Estado, se retiró lisa y llanamente. Mi comandante se fue también con todos sus oficiales sin dar otra disposición, si no la de «que me quedara allí para la conducción de heridos y cuanto más pudiera ofrecerse». No me quejaré de la imprevisión de mi comandante en dejarme entregado a la muy encendida venganza de unos enemigos que me habían visto con mi espada desnuda contra ellos; porque tal vez se propondría hacerme honor con esta comisión; o en el estupor que hubo de causarle la catástrofe que vio consumada sin pasar por las graduaciones que nos familiarizan con los desastres, no previó cuánto más prudente hubiera sido comisionar a uno de los oficiales que le acompañaban, sin haberse hallado en la acción. Y nada, empero, representé; porque permítaseme el desahogo; no era capaz; de eludir la subordinación militar más arriesgada, sino cuando me llamara la voz exigente de ciega obediencia la imperiosa voz de la independencia y del honor; harto comprometido en el cautiverio del rey, en la salida de las personas reales, y en la traidora ocupación de nuestras plazas fronterizas y de nuestra capital.

Últimamente se retiró el grueso de la tropa francesa; dejando allí unos quinientos hombres. Y volví a quedar solo como al principio, con la grave diferencia de que este segundo aislamiento en día tan desproporcionado a mis alcances juveniles, fue un verdadero desamparo sobre un terreno ya cubierto de destrozos y de sangre, sin oír las vivificantes voces de DAOIZ y de VELARDE, y sin más libertad que la de un vencido. Un accidente solo hubo para no colmar mi desventura, y fue que encargaron el mando de los quinientos hombres, a aquel mismo noble comandante de batallón que hicimos prisionero, quien no obstante su descalabro, conservó tal reputación, que el general le confió aquel puesto de tanta mayor entidad, cuanto que en él estaba el depósito de armas y todos nuestros pertrechos. Su primera disposición fue la de requerir a un corto número de paisanos que se habían refugiado en una de las habitaciones interiores, para que entregaran las. navajas así otras armas que tuvieran ocultas; pero ya aquellos desdichados se habían desprendido basta de la esperanza de conservar una vida de mucho precio, como escapada, entre los peligros a que se arrojaron por su rey. Después me pidió municiones para dos piezas, de las que sirvieron en su daño, y le respondí que yo no tenía conocimiento, de los repuestos ni de cosa alguna que no estuviese a la vista. porque eran muy pocos los días que había residido en Madrid con licencia. Por fin pude mandar los heridos al hospital, y volvieron los conductores dándome la triste noticia de que en el tránsito babia expirado un artillero y los que eran seis, quedaban desmayados, los más de ellos sin esperanzas de vida.

A todo esto, eran ya pasadas las seis de la tarde; y faltándome el alimento de la acción, pude sentir que estaba en ayunas después de una lucha física y moral de más de nueve bocas y como las órdenes mi comandante estaba cumplida en lo esencial, y no era de permanencia, hube ya de pensar en mí para salir de un sitio, que se me había hecho muy ominoso de un sacrificio estéril en el patíbulo. Dirígeme entonces al comandante francés, que me trataba como subordinado suyo, y le dije que me permitiera dar una vuelta a mi casa, a lo que me contestó con absoluta negativa; pero tuve la felicidad de no alterarme; y le repliqué dulcemente, representando a su sensibilidad «la cruel incertidumbre en que estaría mi hermano mayor, que era el sustituto de nuestro padre ausente»; y accedió, pero con la condición de que volviera a su lado sin demora. Así le prometí de palabra, que en mi intención estaba resuelto a no cumplirla; aunque asomaba a mi corazón cierto escrúpulo, aún de la necesidad de engañar a un hombre que, por ser enemigo, no era menos apreciable por sus excelentes cualidades, y muy digno de mi reconocimiento por el candor con que se abrió la puerta de la salvación.

Así acabó en el parque el día de revista doctrinal para toda la Europa, que según predijo un habanero [10], en aquellos momentos «debía estimular el instinto del honor de· las potencias amortiguadas por el terror pánico, o por la admiración estúpida que Bonaparte les inspirara» así acabó el día en que la historia justiciera descubrirá el primer eslabón de la cadena que remachó en una roca el genio de las batallas: así acabó el día en que las naciones penetradas de asombro, del asombro pasando· á los aplausos, de los aplausos a la envidia y de la envidia a la imitación, tomaron por modelo el porfiadísimo combate que un puñado de artilleros y paisanos, sin municiones competentes, sin una zanja y sin estar cubiertos, ni con frágiles bardas, sostuvo a pie firme y pecho descubierto arrostrándose. con todo un formidable ejército, que destacaba y engrosaba columnas de refresco, a medida que eran derrotadas las que les precedían con asombrosas pérdidas en muertos, heridos prisioneros y extraviados. Maravilla que no se podrá militarmente explicar, ni de otra manera, concebir, sino por la mágica influencia de dos capitanes de artillería encumbrados a toda la elevación de españoles indomables, y que además tuvieron la virtud no solo de infundir su energía defensiva a los que estuvieron a sus órdenes sino la de producir tal pavor a los franceses, que los prisioneros siendo tres veces más que sus vencedores, ni pensaron fugarse, porque estaban más atónitos que vencidos. Acabó así el día DOS DE MAYO, lo repito, no hubo capitulación, no hubo formas de rendición, no hubo más que haber caído una masa enorme de asaltantes-sobre los poquísimos que no fuimos inutilizados en las varias contiendas, se deshizo ·aquel conjunto de héroes, como se deshace y desmorona el muro, que después de haber represado muchas avenidas, no pudo contener el desborde de un rio caudaloso; pero cuyos escombros desparramados por la península, sirvieron de advertencia, y de materia para robustecer los malecones con que en Menjibar , Bailén, Zaragoza, Gerona y en todo el ámbito de la España refrenaron la irrupción de las huestes acostumbradas a triunfar de los imperios más poderosos y de las más indómitas naciones.

Estos han sido los hechos que presencié, cuya relación he concluido sin que mi conciencia pueda inquietarse por leve alteración de la verdad, ni que se me tache de prolijo que debe ser muy grata al interés nacional. Solo tengo la pena de conocer la insuficiencia de mi pluma, porque no puede convertir la escasa animación marcial de que fue susceptible a las inspiraciones de DAOIX y de VELARDE, en la animación oratoria, que me hiciera capaz de presentar tan grandes como fueron esos dos capitanes de la artillería española. Pero me consuelo observando ahora, que su elogio está ya cifrado en sus nombres, nombres que tan acendrados como si hubieran corrido una larga posteridad, hasta pronunciarlos, para que en ellos parezcan producidas con bella simonía todas las palabras que expresen, y las ideas, y las acciones y los efectos del heroísmo.

NOTA

Por la narración hasta mi salida del cuartel, queda probado; que el día Dos no pude escribir el parte a mi jefe. Y tampoco fue posible el día tres; porque serían las ocho de la mañana cuando llegó a mi casa un amigo mío, con la horrible noticia de que en casi toda aquella pavorosa noche, habían los franceses fusilado en el Prado a todos los españoles cogidos con armas o sin ellas durante la acción y después que cesó: añadiendo,: que los oficiales de artillería del parque, debían ser juzgados esto es, fusilados, por una comisión militar francesa; lo que no dudaba él porque en su traviesa encontró una partida de dragones franceses que llevaba atados tres soldados artilleros. Mi hermano absorto con la idea de que, si yo no hubiera salido del cuartel, habría sido víctima en el Prado, resolvió sin demora, que saliésemos disfrazados de paisanos a cerciorarnos del hecho. Fuimos a preguntarlo al ministro de la Guerra don Gonzalo O’Farrill [11], nuestro paisano, cuya respuesta fue decirnos con profunda tristeza. «Esos hombres son capaces de todo» Seguimos a la casa de mi comandante, para darle noticia de los tres artilleros, y profundizar más mi negocio; y con aquella su honradez característica me dijo «que lo ignoraba todo; pero que, si él hubiera sido ayer el ayudante del parque, ya estaría fuera de Madrid». Con estos datos, mi hermano me dejó depositado en una casa de su confianza. A las tres horas volvió, llevándome. para disfraz el completo

uniforme de alférez de guardias españolas; y así vestido yo, fuimos a su cuartel, donde estaban reunidos muchos oficiales, entre quienes se hallaba de prevención el actual brigadier don Gonzalo de Aróstegui [12] que fue el trazador del plan de mi evasiva. Salí a pie con un compañero de uniforme primer teniente, del batallón acantonado en Vicálvaro. ¡Cuántas circunstancias interesantísimas voy omitiendo para ceñirme al objeto de esta nota! Pero me es imposible no pregonar, que el batallón pasó la noche como sobre la brecha, con la resolución de morir todos en ella, si me persiguiesen los franceses. Yo sería el más insensible de los hombres, si ahora y en todos los días de mi vida no recordara con reconocimiento afectuoso la protección que debí al cuerpo, que siempre bizarro, sustentador del distintivo de Guardias españolas, ha dado tantas glorias a la nación.

Al siguiente día, mi hermano temeroso de los pasos resbaladizos de mi inexperiencia, llegó temprano á Vicálvaro, y después de pasar el mal trago de ser tratado, aunque momentáneamente, como espía, porque preguntó por don Rafael Arango; me llevó a Guadalajara, desde donde habilitándome competentemente, me despachó a efectuar el concierto de nuestra patriótica venganza que era buscar por la línea más corta, algún puesto bloqueado por los ingleses, a quienes contase mi historia, y ofreciese mi espada contra el ya declarado común enemigo. Pero en mi primera jornada, me alcanzó aquel mismo Aróstegui, que iba en posta a Aragón, y de acuerdo con mi hermano me hizo retroceder a Guadalajara, con la seguridad de · que por intercesión· de O’Farrill, se había suspendido el decreto contra los cuatro oficiales de artillería. Mi hermano escribió a este ministro de la Guerra, que tuvo la animosa generosidad de mandar un pasaporte, para que por Cádiz viniese a la Habana a mi destino, como dije en la introducción de este papel.

Partí por fin; y después de mil trabajos y rodeos para evitar el ejército de Dupont, que marchaba para Andalucía, llegué donde me recibió el frenesí de muchos sevillanos, que sospechaban traidores a cuantos no habían recibido el bautismo político de. manos del padre Gil; y me hallé tan mal parado con una columna de matones, que me llevaban y traían al retortero, que hube de consolarme cuando me encerraron en una prisión. Omito mis riesgos y aflicciones posteriores, para decir cortando ya esta larga nota, que pasados algunos días me pusieron en libertad, y el primer uso que hice de ella, fue sin pensar en la Habana presentarme al Excmo. señor don Francisco Javier Castaños en Utrera, que me admitió en su ejército; allí meditaba los acertados dos planes que coronó la victoria de Bailen, y desde entonces seguí continuamente en campaña como oficial de artillería hasta la terminación de la guerra.


[1] Ingresó en 1770 en el Real Colegio de Artillería, egresando como subteniente del cuerpo en 1774, siendo destinado en 1776 a la expedición de Pedro Cevallos al Río de la Plata. Posteriormente estuvo en el Sitio de Gibraltar entre 1779 y 1783, siendo ascendido a capitán en 1787. Participó en la guerra del Rosellón contra Francia, así como en las defensas de Irún y Pamplona. Destinado a Badajoz en 1797, fue ascendido a teniente coronel del Cuerpo en 1799 y a coronel en 1804. Vocal de la Junta de Artillería entre 1803 y 1808) y desde 1805 hasta 1808 comandante de artillería de Madrid, siendo una de sus dependencias el parque de Monteleón, remitiendo parte de lo sucedido el 2 de mayo al capitán general de Madrid (Apéndice 3).

Luchó contra los imperiales durante toda la guerra de la Independencia, ascendiendo 1809 a mariscal de campo, asumiendo el mando de toda la artillería del ejército de Extremadura. Pasó posteriormente al ejército de Aragón y Valencia, defendiendo esta plaza hasta diciembre de 1811, en donde por falta de salud, tuvo que retirarse a Cartagena.

El 7 de diciembre de 1812 fue nombrado subinspector del departamento de Artillería de Andalucía, falleciendo poco después.

[2] Nótese que siempre es a ojo más o menos exacto el número que daré de hombres, pues no era de contarse en aquellos apuros, y lo mismo será de las horas.

[3] Los alféreces de fragata o navío, Juan van Halen y José de Hezeta combatieron en el parque de artillería de Monteleón, por lo que uno de ellos pudo ser el que se encontró Rafael Arango.

https://dbe.rah.es/biografias/125360/manuel-esquivel-y-castaneda También son citados por Juan y Farragut, Mariano en “Tres alféreces de fragata y otras conexiones en el dos de mayo de 1808”. RGM, Tomo 255, págs. 303-328.

[4] CITA TEXTUAL. De San Pedro, hoy del Dos de Mayo.

[5] CITA TEXTUAL. En la calle entonces de San José, hoy Daoiz y Velarde.

[6] CITA TEXTUAL. Por la calle de Daoiz y Velarde.

[7] CITA TEXTUAL: Del Dos de Mayo.

[8] Varias versiones existen para los “chisperos” del Madrid de principios del siglo XIX, una que la palabra proviene de los hombres de las fraguas que echaban “chispas”. Otra se refiere chisperos a los hombres del Madrid alto. https://bauldechity.wordpress.com/2017/05/14/los-tipos-del-madrid-castizo/ Visualizado el 09.02.2022.

[9] Juan Nepomuceno Cónsul y González del Villar, capitán de artillería. Defendió el parque de Monteleón. Se unió al ejército de Palafox y defendió Zaragoza, falleciendo durante el sitio.

[10] CITA TEXTUAL: Manifiesto imparcial de los acontecimientos del DOS DE MAYO, escrito por mi hermano don José de Arango

[11] Gonzalo O’Farrill y Herrera, militar y político español. Nació en Cuba (1754), trasladándose a Europa, donde estudió en un colegio francés. Pasó de cadete al ejército español, pero en 1780 se alistó de voluntario en el francés para la invasión de Gran Bretaña que nunca llegó a producirse y en 1782 lo tenemos de vuelta a España colaborando en la toma de Menorca. Combatió en la Guerra de la Convención y cuando se firmó la paz, volvió a colaborar con los franceses para una expedición desde Galicia contra Irlanda. Vivió diversas vicisitudes militares, sociales y políticas, todas con una cierta afinidad a los intereses franceses. Apoyo a Fernando VII en el motín de Aranjuez y fue designado ministro de la Guerra. Tras la salida de monarca español de España, ordenada por Napoleón, se mantuvo al frente del ministerio ya como afrancesado. Al ser derrotado Napoleón tuvo de exilarse de España y sus bienes de Cuba fueron confiscados por el Estado. Pasados unos años, Fernando VII le rehabilitó, le devolvió sus dignidades y su patrimonio, pero no regresó a su patria, falleciendo en París en 1831.

[12] Gonzalo de Aróstegui y Herrera. Nació en la isla de Cuba en 1778 y murió en la misma en 1839. Ingresó como cadete en el cuerpo de Guardias Españolas, las cuales tenía la particularidad, que sus empleos en el mismo eran diferentes a los del ejército real, es decir que un teniente de Guardias, tenía la graduación de teniente coronel o coronel. Participó en toda la guerra de la Independencia y al terminar, al ser de ideas liberales, pidió destino Cuba, llegando durante el trienio liberal a ser capitán general de Puerto Rico. Al volver la década absolutista, pidió el retiro y se dedicó a sus negocios en la isla.

7.- FUENTES CONSULTADAS

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ARANGO Y NÚÑEZ DEL CASTILLO, José. Manifiesto imparcial y exacto de lo más importante ocurrido en Aranjuez, Madrid y Bayona, desde 17. de Marzo hasta 15. de Mayo de 1808. Cádiz, 1808. Esta edición no aparece documentalmente, sin embargo, en el Diccionario Biográfico Cubano, figura como fuente atribuida a José Arango. En Madrid se publicó otro libreto con el mismo título, atribuido a Juan de Arias. http://www.cervantesvirtual.com/obra/manifiesto-imparcial-y-exacto-de-lo-mas-importante-ocurrido-en-aranjuez-madrid-y-bayona-desde-17-de-marzo-hasta-15-de-mayo-de-1808-sobre-la-caida-del-principe-de-la-paz-y-sobre-el-fin-de-la-amistad-y-alianza-de-los-franceses-con-los-espanoles-escrito-en-m/

ARTOLA, Miguel. Partidos y programa políticos. 1808-1936. Tomo I: Los partidos políticos. Tomo II: Manifiestos y programas políticos. Editorial Aguilar. Madrid, 1974.

CAMPS Y FELIÚ, Francisco de. Españoles e insurrectos. Recuerdos de la guerra de Cuba. Habana. 1890.

CALCAGNO, Francisco. Diccionario biográfico cubano. Comprende hasta 1878. New York, 1879.

CARRILLO DE ALBORNOZ GALBEÑO, Juan. Diccionario biográfico de ingenieros militares. Manuscrito del coronel Carrillo de Albornoz, para enviarlo a la comisión de ingenieros militares para su edición. Málaga, 2014.

DÍEZ DE BALDEÓN, Clementina: Arquitectura y clases sociales en el Madrid del siglo XIX. Madrid, Siglo XXI, 1986.

GÓMEZ DE ARTECHE Y MORO, José. Guerra de la Independencia. Historia Militar de España de 1808 a 1814. Madrid. 1876.

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PÉREZ DE GUZMÁN Y GALLO, Juan. Memorias del Dos de Mayo. La confabulación de los artilleros. (Serie III-Tomo XIX) Memorial de Artillería 1889.

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SAN JUAN DE JARUCO, Conde de. Historia de Familias Cubanas. Tomo II. Editorial Hércules. La Habana, 1940.

7.2. ARTÍCULOS

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CERVERA PERY, José. En tierra como en el mar. Los marinos en la guerra de la Independencia. Revista General de Marina. Agosto-septiembre de 2008. Págs. 293-302.

ARANGO Y NÚÑEZ DEL CASTILLO, José. Exhortación de un español americano a sus compatriotas europeos. El Aviso. Papel periódico de la Havana (sic), núm. 555, de 15.12.1808. Págs. 1-3.

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MURO MORALES, José Ignacio. Ingenieros militares en España en el siglo XIX. Del arte de la guerra en general a la profesión del ingeniero en particular. Scripta Nova REVISTA ELECTRÓNICA DE GEOGRAFÍA Y CIENCIAS SOCIALES Universidad de Barcelona. ISSN: 1138-9788. Depósito Legal: B. 21.741-98 Vol. VI, núm. 119 (93), 1 de agosto de 2002

7.3. HEMEROTECAS

Diario de las sesiones del Senado. Sesión del jueves 28 de diciembre de 1865. Fallecimiento del senador D. Andrés Arango.

Gazeta de Madrid.

7.4. FUENTES DOCUMENTALES

Estado Militar de España. Tomos publicados anualmente. Biblioteca Nacional de España.

Estado Militar de España e Indias. Tomos publicados anualmente. Internet.

Servicio Geográfico del Ejército. Cartoteca histórica. Madrid, 1974.

Archivo Histórico Nacional.