«¿Qué hacen un galo, un inglés, un estadounidense y un español bebiendo ron y vodka estonio en la cocina de un nacionalista ucraniano? Podría parecer el inicio de un mal chiste». Así comienza la crónica de Fermín Torrano desde Kiev que ilustra el día a día de los más de 20.000 voluntarios que han acudido a la llamada a las armas de Volódimir Zelenski, caen en un limbo administrativo y acaban engrosando las filas de milicias ultranacionalistas. Es un problema enquistado: cuando termine la guerra y la UE se abra a Ucrania, muchos de sus héroes, como los defensores del Batallón Azov de Mariúpol, están abiertamente infiltrados por ideología de extrema derecha. Y no es el único riesgo. Interior ha detectado mensajes en los círculos yihadistas que animan a sus seguidores a alistarse en Ucrania, recibir formación militar y arraigar en Europa antes de cometer atentados.

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